jueves, 30 de marzo de 2017

#hemeroteca #serofobia | El virus del estigma

Ilustración de Mikel Arranz
El virus del estigma.
La aplicación para ligar Grindr ha incluido una nueva casilla en los perfiles de sus usuarios: estado serológico y fecha en la que se hizo el último test. Lo que subyace en este gesto es una incitación a la confesión.
Asier Santamari(c)a | Pikara, 2017-03-30
http://www.pikaramagazine.com/2017/03/el-virus-del-estigma/

  • VIH: Virus de Inmunodeficiencia humana
  • PVVIH: (Persona Seropositiva) Persona que Vive con VIH.
  • SIDA: Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Una PVVIH sin tratamiento, llegará a este estadio de la enfermedad.
  • Carga viral: Número de copias del virus en sangre. De ella deriva la capacidad de infectar.
  • TAR (Terapia Anti-Retroviral): Fármacos contra el VIH que reducen la carga viral. Su objetivo es conseguir una carga viral indetectable
  • Indetectable: Persona que vive con VIH en cuya sangre no se contabilizan copias del virus (a efectos prácticos, menos de 20 copias por mm3). Estas personas NO tienen la capacidad de infectar.
  • Relación serodiscordante: Relación entre personas con estados serológicos distintos

Una vez oí que para un marica ligar es como buscar trabajo porque o bien lo encuentras online, o bien te recomienda una amiga. Como persona que tuvo ya sus primeros escarceos a través de la web, nunca seré plenamente consciente de hasta qué punto las aplicaciones de citas gays han condicionado mi discurso sexual y mis prácticas y afectos. Por ello, entiendo esta tecnología como una de las principales máquinas de subjetividad homosexual, especialmente para las nuevas generaciones como la mía.

Hace pocos meses, Grindr, la más conocida de ellas, nos sorprendía con una nueva categoría informativa a incluir en nuestro perfil. Ahora, además de altura, peso, edad o preferencia sexual heteronormativa (activo-pasivo), los usuarios podrán indicar su estado serológico públicamente, unido a la fecha en que se realizaron el último test.

Previo a cualquier análisis, llama la atención que sumergido entre datos tan generales y fácilmente contrastables se incluya algo tan específico como una prueba serológica. Lo que subyace en esta nueva categoría identitaria no es otra cosa que una incitación a la confesión. Una confesión que, adscrita a diferentes discursos, deriva en normalización o marginalización. Indicar el seroestado como un dato análogo al peso, la edad o la altura, cuando objetivamente esta información pertenece a un registro muy distinto, busca imprimir el factor “seropositividad” en nuestra economía sexual. Dicotomizarnos en positivos y negativos, convertir un virus en una identidad.

Un virus es una frontera entre lo vivo y lo no-vivo. Un ente simple pero en constante cambio, que penetra insidiosamente en todo aquello que toca con la inconsciente misión de replicarse, perpetuarse y extenderse. Hoy quiero hablaros de dos virus diferentes pero interrelacionados. Uno circula en el torrente sanguíneo y ataca a las células de nuestro sistema inmune. El otro se vehiculiza a través de discursos, capturando nuestras identidades, prácticas y afectos. Su nombre es serofobia, o fobia a la “seropositividad” (y, por ende, a las personas que viven con VIH).

Una revista de mi ciudad supuso un vehículo más de este último virus cuando recomendó a las maricas bilbaínas la abstinencia, la monogamia y la masturbación como prácticas sin riesgo para el VIH. Siguiendo la línea discursiva de Grindr, advertía a los lectores de que las personas con VIH “pueden mentirte, sobre todo si quieren tener relaciones contigo”. En este punto me gustaría aclarar que el seroestado es información confidencial, que nadie tiene derecho a preguntarnos por él y, lo que es más importante, que nadie tiene ninguna obligación moral de confesárnoslo. Ante una pregunta ilegítima, no hay verdad ni mentira. Tan solo hay serofobia. Permitidme explicaros por qué:

Ya desde su inicio, la comunidad científica trató de establecer una relación, o incluso una causalidad, entre el SIDA y la homosexualidad. El primer nombre de la epidemia, de hecho, fue GRID (Gay Related InmunoDefficiency). No es exagerado decir que les trataron de apestados, dado que la prensa estuvo durante años utilizando el concepto “Peste Rosa” para referirse a la pandemia de VIH. Este intento obedece a una lógica heteropatriarcal que entiende, consciente o inconscientemente, la homosexualidad como un ente patológico, anormal. El VIH es el principal eje de la medicalización homosexual en la actualidad, pero antes se había intentado desde la anatomía en el siglo XIX o la psiquiatría en el XX. Prueba inequívoca de esta patologización es el concepto Grupo de Riesgo, al que pertenece todo varón homosexual por el mero hecho de serlo, más allá de sus prácticas. El hecho objetivo es que, en números brutos, la mayoría de las infecciones de VIH en el mundo se dan en encuentros sexuales heterosexuales, pero el discurso epidemiológico prefiere confinar el virus en nuestros cuerpos anómalos, antaño pecaminosos.

Una vez enmarcada la serofobia dentro de la homofobia estructural, hablemos de sus dinámicas propias. Tal y como he aclarado previamente, una PVVIH indetectable es una persona portadora del virus pero que, gracias a la terapia antirretroviral, ha conseguido que no puedan contabilizarse copias del VIH en su sangre. Sobre el papel, esta persona no podría infectar. A menudo, cuando expongo esta evidencia científica, recibo miradas de asombro e incredulidad. Seguimos concibiendo colectivamente a la persona que vive con VIH como una suerte de bomba de relojería, siempre volátil, a punto de estallar dañándose a sí mismo y a sus familiares o amantes. La misma revista bilbaína, de hecho, explicaba poco antes de recomendar la abstinencia que el VIH no se transmite por teléfonos, muebles o duchas. Tal es el delirio colectivo, tal es la histeria. Estos dos virus, en constante interacción, han construido toda una retórica de muerte y culpa. Pero podemos protegernos del VIH con autocuidado y de la serofobia con información.

Por autocuidado entiendo asumir que la responsabilidad última para con tu propia salud sexual reside en ti. Aprende a protegerte de los riesgos, y a disfrutar en la seguridad. Intenta entender el condón como un agente de autoprotección, no como un inhibidor de placer heteroimpuesto.

Además, es importante destacar que la inmensa mayoría de las nuevas infecciones se deben a personas que no conocen su estado serológico. La mejor forma de autocuidado colectivo es hacernos la prueba rápida de VIH periódicamente y motivar a nuestros amantes y amigas a hacérsela también. Es gratuita y podemos realizarla en la Seguridad Social, farmacias o asociaciones de nuestras zona.

Desde la premisa de que la información nos ayuda a evitar que la serofobia infiltre en nuestra economía sexual, te invito a preguntarte cuánto sabes realmente del VIH. ¿Conoces, por ejemplo, el estudio Partner? En él, se reflejan dos años de seguimiento de 1166 parejas serodiscordantes, en las que el miembro con VIH sería, además, indetectable (es decir, sin carga viral en sangre). Al final del estudio, el cómputo total de relaciones sexuales sin preservativo ascendía a 58.000 (siempre en el marco de esta pareja) y se aclaró que NINGUNA de las 1166 había adquirido el virus a través de su pareja . Esto, trasladado a la bioestadística, indica que la posibilidad de adquirir el virus desde una PVVIH indetectable es cercana a cero (es imposible llegar al 0 absoluto ya que la bioestadística se mueve en intervalos de confianza). Aquí el artículo completo, para aquellas que no me creáis o queráis saber más.

Existe, además, una herramienta terapéutica muy útil para prevenir infecciones de VIH. Se llama Profilaxis Post-Exposición. Muchas nos habremos visto en la situación de un condón que se rompe, o de haber tenido sexo bajo los efectos de sustancias y no recordar si las medidas de protección que utilizamos fueron las correctas. Ante esto, aún podemos tomar cartas en el asunto y autocuidarnos. La próxima vez que te ocurra, acude rápidamente a Urgencias y solicita la PEP (una profesional sanitaria evaluará el riesgo real de transmisión que ha habido y si la terapia es, por tanto, pertinente). Consiste en un mes de terapia antirretroviral que reduce en un 98%la probabilidad de adquirir el virus aún cuando te hubieras expuesto a él. Además, si consideras que el médico de urgencias no te ha asesorado bien, puedes pedir ayuda en las muchas asociaciones especialistas en VIH y SIDA que existen el Estado. Ellos podrán interceder por ti, su labor es encomiable y está muy poco valorada dentro del colectivo. Además, te animo a que te hagas eco de este recurso terapéutico. No muchas personas lo conocen y, dado que pierde su eficacia pasadas 72 horas (aunque lo mejor es empezar antes de las primeras 24), para cuando la persona afectada acude a una consulta de ETS, suele ser ya demasiado tarde.

Hay un último factor que imprima directamente en la construcción social del VIH y es su naturaleza infecciosa. Esto interacciona de forma muy interesante con la construcción judeocristiana de la enfermedad en un marco de opresión sexual sistematizada. Colectivamente entendemos aún la enfermedad como un castigo divino, aunque no seamos plenamente conscientes de ello. Esa construcción fue reinterpretada a través de Job, el justo doliente, un personaje bíblico al que Dios hace enfermar como una “prueba de fe”. Esta otra retórica nos permite darle significado a enfermedades moralmente “aceptables” como el cáncer infantil. Sin embargo, la transmisión sexual del VIH parece legitimar ese “castigo divino” previo al justo doliente, lo que nos mueve constantemente a enunciar este virus en términos de “culpa y vergüenza”. Y este problema es extensible al resto de las ITS (Infecciones de Transmisión Sexual). Las enfermedades no tienen culpables. Culpar a alguien por una enfermedad es como culparle por que llueva en su jardín. Nuestra postura ante la serofobia nunca será radical a menos que vaciemos de prejuicios al virus y eliminemos esa frontera entre las patologías dignas e indignas. Hasta que entendamos que una persona con VIH no tiene ni más ni menos culpa que una niña con leucemia.

Me gustaría terminar este artículo con unas líneas que me dedicó un amigo activista especializado en VIH: “El activista VIH que mejor interviene en la materia, de la manera más efectiva, sana y saliendo totalmente ileso, es aquel que mayor distancia interpone entre la infección y él mismo”. Me pregunto si sería posible que fuésemos todas un poco activistas contra la serofobia. Que interpusiésemos distancia entre la infección y nuestro discurso propio y colectivo. Que empezásemos a concebir la lucha contra la serofobia como una tan o más urgente que la lucha contra el virus. Que dejásemos de identificar a las personas por un microorganismo que habita en unas pocas células de su cuerpo. Que nos diésemos cuenta de que follar con personas que viven con VIH es, simple y llanamente, follar con personas.

Asier Santamari(c)a. Una sodomita subversiva, estudiante de Medicina y activista en IntifadaMarika.

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