martes, 11 de abril de 2017

#hemeroteca #cofradias | Semana Santa, ¿semana laica?

Imagen: El País / 'La Estrella' en Sevilla, 2017-04-10
Semana Santa, ¿semana laica?.
Víctor Urrutia · Catedrático de Sociología. Grupo Civersity (UPV/EHU) | Campusa, 2017-04-11
http://www.ehu.eus/es/campusa/albisteak/-/asset_publisher/R8pu/content/n_20170412-cathedra_victor-urrutia

La cultura occidental está fecundada por los ritmos y festividades religiosas. Los principios y simbología cristiana, al menos en Occidente, se recuerdan cada año a pesar de la avanzada secularización de sus sociedades. Junto con la Navidad, que sustituyó al solsticio de invierno, en el que se festejaba la victoria del sol sobre las tinieblas cuando los días empezaban a alargarse, está la celebración de la Semana Santa, en el tiempo coincidente con la Pascua judía. Ambas festividades marcan las verdades de fe o dogmas fundamentales del cristianismo. Cambiaron la concepción del tiempo, de la historia, de la libertad humana y de Dios. Un Dios que se hace presente en la historia, que se hace prójimo, que predica la fraternidad, que por ello muere ajusticiado en la cruz y que, posteriormente, vence a la muerte con su resurrección.

Sobre estos fundamentos que se abrieron paso a través de los siglos, el cristianismo fue construyendo los referentes sociales y culturales que dieron sentido a las sociedades donde se implantó, unas veces apoyado por los poderes políticos y otras por el testimonio de sus seguidores. La confrontación filosófica entre la "razón de Atenas" y la "sabiduría de Jerusalén" creó una síntesis de pensamiento que, desde el punto de vista del conocimiento, hizo posible un corpus ideológico y cultural resistente durante dos milenios. Todo ello sin ignorar un tercer elemento, el genio organizativo de Roma. El éxito del cristianismo, la exaltación imperial del crucificado, ha introducido en su seno una contradicción de la que no es posible salir sin reconocer con agradecimiento la derrota. También hay que reseñar otras aportaciones, desde el Renacimiento a la Ilustración, y el Concilio Vaticano II, que fueron corrigiendo y enriqueciendo críticamente las concepciones más dogmáticas o fundamentalistas.

La modernidad, los cambios científicos, los procesos de secularización (políticos y culturales), sobre todo a partir del siglo XIX, han trastocado aquellos referentes religiosos, la propia idea de Dios y la radicalidad de los principios evangélicos. Y con ello las liturgias, las celebraciones y las festividades religiosas. Pero, sobre todo ha afectado a la institución-iglesia sobre la que recae la transmisión de la tradición, su adecuada traducción a los tiempos, su testimonio como comunidad de creyentes y, en definitiva, la credibilidad de aquello que predica.

La férrea jerarquización institucional, su competencia con los poderes de los estados para ejercer su influencia política y expansión cultural, y especialmente su control de las conciencias fue despegándose, fundamentalmente desde el siglo XIX, de los avances de la modernidad y de la ciudadanía más ilustrada. Gran parte de las expresiones públicas de la fe, de los misterios que fundamentan el cristianismo, quedaron en manos de una religiosidad popular donde lo "mágico" y el espiritualismo milagrero mantuvieron en aquellas celebraciones como la Semana Santa su expresión más enraizada en las prácticas de la fe colectiva. En España este proceso es bien conocido, así como el papel que jugaron y juegan las llamadas cofradías (algunas de origen medieval), que en ciertos casos funcionan, en la actualidad, al margen de las autoridades eclesiásticas.

El desarrollo de la sociedad del ocio o la sociedad de consumo donde el fenómeno social del turismo de masas ha encontrado en las "fiestas" de Semana Santa una oportunidad para ofrecer un tiempo vacacional "de primavera" como anticipo del verano. Un tiempo de estímulo comercial y extraordinario valor para el turismo. Unas mini vacaciones en las que, además, se puede disfrutar del "espectáculo" de las procesiones religiosas de la Semana Santa. No es una semana de reflexión sobre los misterios del Dios de la fraternidad, de su muerte y resurrección, sino una fiesta para disfrutar del mar o la montaña.

A esta tendencia social, ascendente desde los años sesenta del siglo pasado, debemos añadir la expansión del pluralismo religioso y la aparición de nuevos movimientos religiosos (NMRs) que están contribuyendo a una pérdida de influencia de la Iglesia Católica y a una relativización de las creencias religiosas en general, dando lugar a las llamadas "religiones a la carta".

Para la jerarquía eclesiástica, la contradicción entre el mantenimiento del sentido religioso de esta celebración capital y lo que vive realmente la sociedad tiene una carga de ambigüedad evidente. Por una parte, está una iglesia cada vez más replegada en las sacristías, con un descenso de fieles activos en sus comunidades parroquiales, y por otra está la ocasión de hacerse más visible mediante la exposición popular de las procesiones, su proyección mediática, la ocupación de los espacios públicos de ciudades y pueblos. Es una "proyección de masas" más cultural que religiosa pero que, al fin y al cabo, hace visible a la institución.

No obstante, también debe señalarse una corriente de fieles que buscan en estos días un tiempo de retiro y de meditación en los diversos centros de espiritualidad y monasterios donde las celebraciones de la Semana Santa mantienen su sentido religioso más auténtico. Para algunos, este es otro tipo de "oferta turística", la modalidad religiosa, pero no cabe duda que en él se encierra un nuevo movimiento, en busca de la espiritualidad que subyace en los principios que se enuncian al comienzo de este escrito.

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