miércoles, 26 de abril de 2017

#hemeroteca #lesbianismo | Mercedes González: "Con 40 años me di cuenta de que era lesbiana y se lo tuve que contar a mis hijos"

Imagen: El Confidencial
"Con 40 años me di cuenta de que era lesbiana y se lo tuve que contar a mis hijos".
En el Día de la Visibilidad Lésbica contamos la historia de Mercedes, que salió del armario pasados los 40 tras un gran conflicto personal.
Ángela Sepúlveda | El Confidencial, 2017-04-26
http://www.elconfidencial.com/sociedad/2017-04-26/lesbiana-homosexualidad-visibilidad-lesbica-mujer-mayor_1372946/

Este texto ha sido escrito en primera persona tras una larga entrevista con Mercedes González en la Fundación 26-D.

El día que salí del armario dije que no volvería a entrar. Tenía ya más de 40 años, tres hijos y dos relaciones con dos hombres a mis espaldas. Para no olvidarme me hice un tatuaje, dos signos femeninos entrelazados en la muñeca, para que todo el mundo lo viera, para que cuando levantara el brazo con el uniforme de coordinadora de seguridad se viera bien. “Eh, ese tatuaje, Mercedes”. Mi jefe siempre se enfada cuando lo ve, pero a mí me da igual. Que se sepa bien que yo, Mercedes González, soy lesbiana. Un director de la compañía vio la foto que tengo con mi actual pareja en la pantalla de mi móvil y me preguntó quién era “esa chica tan guapa”. Le dije que era mi novia. “Tú no te cortes”, me soltó mi jefe con sinceridad. Pero lo del tatuaje le sigue sin hacer gracia.

He salido del armario a los 40 y en el trabajo no he tenido ningún problema pese a que todos mis compañeros son hombres. A mí madre ya no le hizo tanta gracia cuando se lo dije. “Qué asco me das”, me soltó. Y yo, que soy como soy, le dije “cariño, vomita, que no pasa nada”.

Cuando empiezas a notar algo diferente dentro de ti te acojonas. Esa es la palabra, acojone. Así que lo escondes y te dices a ti misma que lo que te pasa es que quieres mucho a tu mejor amiga. Tú sabes que ahí dentro pasa algo que es contrario a lo que te han enseñado. Yo venía de una familia de Testigos de Jehová así que cualquiera decía nada. Pero en ese conflicto personal sí que tenía muy claro que quería ser madre. Así que a los 22 me quedé embarazada y me casé con el padre de la criatura. El primer error de mi vida. Tuve dos hijos pero aquello fue horroroso. A parte de que saber que aquello no es lo tuyo, era un maltratador.

Aguanté seis años antes de divorciarme. Tenía 28 años y decidí probar con una mujer. En España eran los años 80 pero todavía disimulábamos. Si nos queríamos dar la mano yo me metía la mía en el bolsillo y ella metía la suya con la mía, o nos íbamos al Medea, el único sitio donde se bailaba y se hacía de todo. Era la primera discoteca oficial de lesbianas en Madrid. Allí te encontrabas a la típica camionera de turno en la puerta con unos brazos como mi cabeza de anchos y donde daba un poco de miedo entrar. Era un gueto, sinceramente.

Aquella primera relación lésbica tampoco fue lo más maravilloso del mundo. Así que empecé a dudar. No me iba bien ni con los tíos ni con las tías. Tenía 30 años, dos hijos a cuestas que sacar adelante y un conflicto personal increíble. Entonces conocí al padre de mi tercer hijo y empezamos a vivir juntos él, yo, mis dos hijos y el que venía en camino. Quería que los niños tuvieran una situación familiar estable, con papá y mamá, pero a los 9 años dejó de funcionar. Yo ya tenía 40 años. Y hasta ese momento no quería salir del armario. Se oía que pegaban a los homosexuales y prefería quedarme dentro.

Pero ocultarlo hace que cambie hasta tu personalidad. Pasar de ser una persona alegre a estar triste, a vivir con miedo. Sales con una mujer y solo piensas ‘madre mía cómo me pillen’. Temes al qué dirán y a la reacción de la familia. Aunque he de reconocer que así como mi madre fue un rechazo total, mi hermana se convirtió en mi aliada. Era también Testigo de Jehová pero me apoyó mucho. Después dejar al padre de mi último hijo me llamó por teléfono y me notó muy contenta. Me preguntó si tenía pareja. Le dije que sí y me soltó “¿es una mujer?”. Flipé. Después de estar toda la vida intentando que no se me notara nada, casada una vez y viviendo con un hombre nueve años, mi hermana me soltaba eso. Cuando le dije que sí, que era una mujer, me dijo: “Ya era hora de que te dieras cuenta”. La verdad es que siempre me he considerado muy mujer pero plumilla he tenido. Mi madre de pequeña me decía que era muy ‘machopirolo’ porque me gustaban las pelotas, venía escalabrada… Era un chicazo, la verdad.

Contárselo a mis hijos también fue fácil. Hasta nos fuimos a vivir a Segovia porque me enamoré de una mujer que vivía allí. Los mayores lo supieron cuando tenían 11 y 12 años. Lo entendieron perfectamente. Los había criado bajo tolerancia y en la idea de que si no entendían algo, lo respetaran. Desde ese momento empecé a salir de la mano con mi pareja de casa. Y ya me daba igual que las vecinas me llamaran bollera o tortillera. Tuve algo más de vergüenza cuando se lo dije a mis amigas de toda la vida. Cuando ya sabían que me gustaban las mujeres yo agachaba la cabeza si entraba con ellas en un vestuario para cambiarnos. No quería que pensaran que yo las miraba de otra manera. La gente siempre cree que si eres lesbiana eres una viciosa, no entienden que no me gustan todas las mujeres del mundo. La gente piensa en lesbiana y piensa en el sexo. Ser lesbiana no es solo que te acuestas con mujeres, es que te enamoras de ellas; primero te gustan y luego te acuestas con ellas.

Por eso vengo a la Fundación 26-D. Aquí me siento bien, nos reunimos una vez a la semana mujeres lesbianas de más de 50 años. Compartimos penas y risas a partes iguales. Algunas dejan la soledad en la puerta por un rato. Yo tengo pareja pero aquí hay quien no tiene nada, ni familia, ni hijos. Y hay quien busca compañía, porque se siente muy sola. Somos mujeres, mayores y lesbianas, somos tres veces invisibles para la sociedad. Los gais, los chicos, tienen más poder, salen a las calles el día del Orgullo, tienen a presentadores gais en la televisión, pero ¿nosotras? A nosotras no nos representa nadie.

He empezado con la fundación un programa de visitas a los colegios. Es algo así como alcohólicos anónimos en las películas. Entro a clase, y digo “Hola, soy Mercedes y soy lesbiana”. Y empiezo a hablar. Me pregunta cosas como si siendo lesbiana puedo tener hijos. Prefiero esas preguntas a las de los adultos, que están más interesados en saber si cuando me acuesto con mi pareja hago de tía o de tío. O cuando mi ginecóloga me pregunta si uso preservativo en mis relaciones, le digo que no porque mi pareja es una mujer y apunta en mi historial clínico que soy lesbiana. La sociedad acepta poco a las lesbianas, pero a las mujeres mayores lesbianas, mucho menos. ¿Cuántas presentadoras o actrices mayores han dicho públicamente que les gustan las mujeres? El miedo al rechazo sigue existiendo.

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