sábado, 3 de junio de 2017

#hemeroteca #laicismo | El alcalde de Cádiz no está loco

Imagen: Paralelo 36 / Procesión de la Virgen del Rosario, Cádiz
El alcalde de Cádiz no está loco.
Raúl Solís | Paralelo 36 Andalucía, 2017-06-03

https://www.paralelo36andalucia.com/el-alcalde-de-cadiz-no-esta-loco/

Vanesa tiene 33 años, vive en un barrio periférico de Sevilla con altos niveles de exclusión social, con tres hijos, uno con una enfermedad degenerativa, y trabaja limpiando oficinas. Cobra 500 euros al mes por fregar por encima de sus posibilidades con una contrata que se embolsa más por hora de lo que le pagan a ella. El mes que le toca comprarle a su hijo la medicación tiene que ir a Cáritas a por alimentos porque no le llega para vivir. La casa de Vanesa está repleta de imágenes religiosas de la Semana Santa de Sevilla y ella, cada año cuando se acerca la Semana Santa, se las apaña para no faltar ni una sola tarde a los ensayos con su banda de música a ensayar los toques de corneta que tocarán para acompañar la salida procesional de su cofradía.

Vanesa se hace fotos con el uniforme de la banda y las sube orgullosa a las redes sociales. Para ella, ponerse el traje le recuerda a su infancia, a su padre fallecido, a su hermano que también falleció por el estrago que aún hacen las drogas en los barrios olvidados y, mientras toca su corneta durante la procesión, pasa por su cabeza la película de su vida, de la lucha de su barrio por un colegio, un instituto y hasta un centro social donde reunirse para exigir los derechos que a los barrios periféricos de Andalucía han llegado no hace tanto.

Si le preguntas a Vanesa si es creyente, te dirá que es atea pero muy de la Macarena. El domingo antes del Domingo de Ramos viste a sus tres niños de domingo, como se viste la gente sencilla para las ocasiones importantes, y los lleva a visitar el paso de la Macarena ya listo para procesionar. Vanesa, que es atea, llora ante el paso y sus hijos la miran atónita. De mayores, sus hijos llorarán igual. Vanesa le llora a su vida, a sus recuerdos, a la familia que ya no está y a la felicidad que siente de poder ir con sus hijos un año más a ver a la virgen vestida de domingo.

Gertru milita en Izquierda Unida en la asamblea de su pueblo. Habla perfectamente unos cuantos idiomas, se ha formado, pero el modelo productivo andaluz la tiene castigada trabajando de teleoperadora por un sueldo que no supera los 1.000 euros. Gertru es feminista y en su pueblo ha creado una asociación para que los jóvenes homosexuales y transexuales tengan una vida más feliz que las generaciones pasadas, pero en Semana Santa se pone sus mejores galas y sale a la calle a admirar con fe atea las imágenes religiosas. Se acuerda de su madre, que ya no está, y como a Vanesa le pasa por delante toda una vida de recuerdos. No lo puede explicar, pero ella llora cuando ve pasar delante toda su vida mientras mira a su Cristo. Es su referencia sentimental, forma parte de su identidad y no está dispuesta a renunciar a ella en este mundo globalizado que nos obliga a rechazar lo que nos hace distintos para abrazar un cosmopolitismo que busca desarraigarnos de los símbolos afectivos para hacernos a todos iguales en lo cultural y desiguales en derechos.

Sandra tiene 28 años, nació en el Cerro del Águila, barrio obrero donde Podemos consiguió casi el 30% de los votos en las últimas elecciones generales y el PP obtiene resultados de partido político marginal. El barrio de Sandra tiene una de las hermandades más populares de la Semana Santa de Sevilla, la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores, popularmente conocida como la Hermandad del Cerro. Cada Martes Santo, Sandra, que ya no vive en el barrio, vuelve a su barrio y desde el balcón engalanado con telares de seda de su madre, modista, ve salir a su Virgen de los Dolores camino del centro de la ciudad para hacer la Carrera Oficial. Hay gente de los barrios periféricos de Sevilla que no baja nunca al centro de Sevilla, salvo en Semana Santa. Con sillitas de los chinos, sus ropas de domingo y fiambreras para cenar porque la economía no da para meterse en un bar a pedir tapitas como hacen las clases altas de la capital andaluza.

El Martes Santo, el centro de Sevilla huele, habla y viste como la gente sencilla del Cerro de Águila. Por un día, la gente del Cerro es la dueña de una ciudad clasista en la que las clases altas piensan que el centro lo han heredado. A Sandra, feminista y profundamente progresista, se le da un vuelco el corazón cuando ve a su Virgen de los Dolores pasar por delante de la Catedral de Sevilla o por alguna de las calles más señeras de la Semana Santa hispalense. La Virgen de los Dolores no es un símbolo de la Iglesia Católica, para Sandra es su referente emocional, huele a su niñez, a su adolescencia, al primer amor. Sandra se hizo mayor el día que su madre la dejó salir de nazarena. En Andalucía, los adolescentes no se hacen mayores hasta que tienen permiso para salir de nazarenos.

Rocío, onubense y también militante de Podemos, está ahora mismo en El Rocío como cada año acude a ver su virgen, a su romería. Cuando vuelva a su pueblo, Rocío será más atea que nadie, pero sobre su virgen no permite ni que se bromee porque la Virgen del Rocío es su patrimonio emocional, la siente suya. Las imágenes en Andalucía no son muñecos, son símbolos, referencias afectivas y emocionales que atraviesan la identidad, la de la gente sencilla más que la de nadie.

La izquierda andaluza ha permitido que la derecha y la jerarquía eclesiástica, que están profundamente en contra de la heterodoxia y carácter popular de las cofradías, hayan convencido a no poca gente de que la izquierda está en contra de la gente sencilla, que las odia profundamente, por una actitud elitista, de superioridad intelectual en nombre del laicismo. Durante mucho tiempo, la izquierda ha querido ser pueblo pero desprestigiando todo lo que le gusta al pueblo. A la misma Mónica Oltra le cayó lo más grande por afirmar que es fallera y que acude cada año a la ofrenda floral de la Virgen de los Desamparados de Valencia.

Los espacios populares, sean religiosos o no, puede ser progresistas o conservadores, reaccionarios o palanca de cambios sociales y de empoderamiento de la gente sencilla. El gesto del alcalde de Cádiz, de dar una medalla a la patrona de la ciudad –popularmente conocida como ‘La Chary’- tras la recogida de 6.000 firmas en las farmacias, ultramarinos, bares y panaderías de los barrios, es de profunda inteligencia, de profundo conocimiento de los matices emocionales que atraviesan la identidad andaluza de la gente sencilla, es un mensaje que pone tan nerviosos a los Clinton de provincias como a la derecha que había encontrado en la religiosidad popular la manera de escenificar su cercanía a la gente sencilla mientras que con sus actos y leyes la desprecia y empobrece con todas sus ganas.

Hace unos años, cuando la Iglesia Católica pidió a las cofradías españolas que pusieran crespones negros en los pasos en apoyo a las intenciones del PP de derogar la Ley del Aborto, las cofradías andaluzas fueron las únicas que no hicieron caso a la jerarquía eclesiástica y no se posicionaron en contra de la libertad de las mujeres. Rocío, Sandra o Gertru no hubieran tolerado una intromisión a las libertades de las mujeres metiendo por medio a sus referentes emocionales e identitarios. Lejos de ser un error, el alcalde de Cádiz está lanzando un mensaje nítido que hace temblar al PP y también al PSOE: la nueva izquierda andaluza quiere ser pueblo, quiere estar con la gente sencilla también en sus celebraciones populares. Andalucía tiene una manera particular de ser laica y también de ser religiosa, aunque los Clinton de provincias, que dicen defender a la gente sencilla pero desprecian sus fiestas, su manera de entender la vida y todo lo que no concuerde con el laicismo de molde norteño, no se quieran enterar.

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