sábado, 5 de agosto de 2017

#hemeroteca #testimonios #chavelavargas | Chavela Vargas: Se murió de vivir

Imagen: ABC / Chavela Vargas
Chavela Vargas: Se murió de vivir.
Lucía pistola al cinto porque «hacía bonito», y más de un tiro disparó con sus canciones. «Cuando hube muerto fui a España a resucitar», reconoció.
Rosa Belmonte | ABC, 2017-08-05
http://www.abc.es/cultura/musica/abci-chavela-vargas-murio-vivir-201708051244_noticia.html

Pelo corto, pantalón negro y chaquetón negro abotonado hasta arriba. Chavela Vargas debía de ser como Mercedes McCambridge en «Sed de mal». También llevaba pistola, que lucía al cinto porque hacía bonito. Aunque algún tiro dio, no disparó en el velorio de José Alfredo Jiménez, que se murió de beber en 1973 (ella ha conseguido morirse de vivir). Llegó Chavela así vestida pasada la medianoche, abrazó a la viuda, se dirigió al ataúd, se desparramó y empezó a cantar. Se sacó una botella de tequila y empezó a beber. Tenía canciones de sobra, dolor por el amigo que la había hecho cantante y otra botella en el bolsillo. Así estuvo horas, hasta que se incorporó y se marchó tan sola como había llegado. Lo contó Manuel Arroyo-Stephens, el editor de Turner, que la redescubrió en El Hábito de Coyoacán (revivió a los 71, como Coco Chanel) y fue el artífice de que Chavela volviera a España en los 90.

Había desaparecido a finales de los 70 y en los 80 no se supo de ella. Hasta pensaron que se había muerto. Antes había tenido otra vida. Su primer disco se grabó en 1961 pero en 1957 brillaba en el Champagne Room de La Perla, en Acapulco. Allí iban las estrellas de Hollywood y Chavela acabó cantando en la boda mexicana de Elizabeth Taylor y Mike Todd. Asistieron Eddie Fisher y Debbie Reynolds (que no sabía entonces que Taylor se la iba a hacer) y también Cantinflas. En aquella época conocería a Grace Kelly. Me la imagino con ella como posteriormente con Isabel Preysler en una de aquellas fiestas madrileñas en casa de Elena Benarroch. «¿De qué narices estarán hablando?», se preguntaba el escritor Colm Tóibín al verlas juntas de plática. Una versión hispana del almuerzo entre Marilyn Monroe e Isak Dinesen que organizó Carson McCullers.

El alcohol retiró a Chavela («Yo era muy borracha»). El trago no acabó con ella pero le forjó la leyenda negra. En los 50 había prescindido del mariachi, quitando a las rancheras el aire festivo y mostrando al desnudo su profunda desolación, según Carlos Monsiváis. También llevó el blues a su vida pero volvió a la normalidad y a «descubrir los amaneceres». Hace nada, en la Residencia de Estudiantes, le preguntaron dónde había estado, qué había hecho ese tiempo. «¿Quién sabe? No me acuerdo». Tampoco se acordaba de por qué volvió.

«Cuando hube muerto fui a España a resucitar», reconoció. Abril de 1993, Sala Caracol de Madrid. Llevaba 13 años perdida en resacas y de pronto todo el mundo quería verla. «Viva tú», le gritó un día Rocío Jurado. Recorrió España y los principales teatros. Con un tenderete de jorongos en el escenario, salía, golpeaba la guitarra, decía (más que cantar) «Ponme la mano aquí, Macorina» y la gente rugía. Aquella señora diminuta de voz desgarrada había adquirido la categoría de diosa con poncho y artista de culto. El padrino Almodóvar también hizo lo suyo en la recuperación y descubrimiento para muchos jóvenes de la legendaria figura. ‘Luz de luna’ en la voz de Chavela es de lo mejorcito de ‘Kika’. «El último trago», la canción de José Alfredo, también brilla, junto a la maravillosa música de Alberto Iglesias, en ‘La flor de mi secreto’ (dice Arcadi Espada que la cantante es «la única verdad en los pastosos melodramas de Almodóvar»).

Aunque Chavela no ha revelado quién la quiso («uno tiene que agradecer que lo quieran y no exhibirlo en una revista porque los amores son cosa privada»), siempre ha hablado de Frida Kalho, su gran amor («o yo fui su gran amor»). Puede que la cantante no haya contado intimidades más allá de lo mucho que le enseñó la pintora, pero sí ha hablado de su bigote. En ‘Y si quieres saber de mi pasado’, sus memorias, contó que una vez le insinuó que tenía una crema para quitar el vello. «¿Y a ti quién te ha dicho que yo me quiera quitar el bigote?», le soltó Frida.

Cuando empezó a cantar, alguien le dijo que tenía una voz terrible. Como Mercedes McCambridge, podría habérsela prestado al Diablo. Al fin y al cabo, tenía voz arrabalera y demonios de sobra, aunque domesticados. Para ella el misterio no era la muerte, el misterio era la vida. Un mundo raro.

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