lunes, 7 de noviembre de 2016

#hemeroteca #poblacionrefugiada | El increíble viaje de los cubanos bloqueados en la frontera húngara

Imagen: La Vanguardia / Esteban Trujillo
El increíble viaje de los cubanos bloqueados en la frontera húngara.
Vuelan hasta Rusia, después cogen otro avión a Montenegro y acaban viajando en tren o a pie hasta Belgrado.
Anna Buj | La Vanguardia, 2016-11-07
http://www.lavanguardia.com/internacional/20161107/411633602938/cubanos-bloqueados-frontera-hungria-serbia-campamento-horgos.html

De Oriente a Occidente. De Siria, Afganistán, Irak o Pakistán, a Europa. La gran mayoría de las 600.000 personas que han cruzado Serbia en el último año para llegar a Alemania, al Reino Unido o a los países nórdicos viene de países en conflicto de Oriente Medio o de África. El año pasado eran sirios huyendo de la guerra civil que ha devastado el país. Este año, después del criticado pacto de Bruselas con Ankara que ha cerrado la ruta griega, los hombres afganos o paquistaníes que marchan, en largas jornadas a pie por las montañas desde sus países de origen, les han tomado el relevo.

Pero no están solos: en una ruta de cuatro días por los campos de refugiados de Serbia uno se puede encontrar personas de casi todas las partes del mundo, literalmente. Hasta a cinco cubanos que han recorrido nada menos que 12.189 kilómetros con el sueño de llegar a España, o a cualquier otro país europeo que les brinde una oportunidad.

“Volamos hasta Rusia, después cogimos otro avión a Montenegro, y luego un tren hasta Belgrado”, cuenta Jenly Herrera, de 33 años, que en La Habana era enfermero. Ahora se pasa el día matando el tiempo ante su habitáculo en el campo de refugiados de Krnjaca, a las afueras de Belgrado, donde viven otras 1.000 personas que esperan su turno para cruzar la frontera con Hungría y poder pedir asilo en la Unión Europea.

Junto con Bielorrusia, Rusia, Montenegro y Serbia son los únicos tres países del continente europeo que permiten la entrada de ciudadanos de Cuba durante un mes sin necesidad de un visado que normalmente les supone un quebradero de cabeza.

Las historias de los cubanos en la ruta por los Balcanes son muy diferentes a las de guerra y miedo de sus vecinos de campamento, pero también tienen sus motivos. Los principales: represión política y pobreza. Si el informe anual de Freedom House todavía suspendía los “pocos progresos democráticos” que había hecho el país centroamericano desde el restablecimiento de relaciones diplomáticas con EE.UU., el salario medio de un cubano en el 2014 era aún de 24 dólares al mes.

En el caso de Herrera, que viaja con su pareja, asegura que el nivel de opresión hacia el colectivo homosexual en Cuba era insoportable. “Prefiero morirme en cualquier país lejano del mundo que volver con los Castro. Me escupían, me pegaban como a un perro y me discriminaban por ser gay”, asegura. Por eso vendió la casa que le dejó su madre en el turístico barrio de Centro Habana y compró los billetes de partida. En total, se gastó unos 1.300 dólares en ir hasta Moscú, 300 euros en volar a Podgorica (Montenegro) y 34 euros en el tren hacia Belgrado. “Queremos llegar a España ya porque es un país que quiere a los gays y donde nos podremos casar”.

Ahora ya lleva casi seis meses bloqueado en el centro de asilo de Krnjaca, como el resto de refugiados que esperan pacientemente tras el cierre de la frontera húngara. Desde hace un año, Budapest sólo permite la entrada de 30 personas al día, lo que obliga a los inmigrantes a un bloqueo de meses en Serbia, un país con pocos recursos que está llegando al límite. Herrera, con VIH, denuncia que en todo este tiempo tanto él como su pareja, ­Leandro, sólo han recibido el tratamiento en una ocasión por falta de fondos. En el centro de asilo, la pareja comparte los ratos con Roselyn Dominguez, su hija Adriana, de nueve años, y su marido entre los cientos de familias kurdas, afganas, sirias o iraníes.

“Es como las Naciones Unidas en miniatura”, bromea Domínguez, que también está solicitando el asilo en Europa con el mismo procedimiento que el resto de migrantes de Oriente Medio. “Yo me he ido de Cuba porque no podía dar de comer a mi niña, y porque no tenía derecho ni a protestar por la situación. La represión política todavía es muy fuerte, digan lo que digan”.

Según aclaró Rosa Otero, portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) en España, los cubanos pueden participar de las mismas demandas de asilo que el resto de inmigrantes de Oriente Medio en los Balcanes “porque el derecho a pedir asilo es universal”. Para ellos el procedimiento administrativo es el mismo que el del resto de refugiados, y son los países miembros los encargados de aceptar o no sus solicitudes.

En general, la convivencia con el resto de miembros en los centros de asilo del país balcánico es muy buena, aunque el choque cultural es espectacular. En Horgos, el campamento informal donde esperan los refugiados que en los próximos días cruzarán la frontera con Hungría es el hogar de los inmigrantes provenientes de Afganistán (en su mayoría) o de Pakistán e Irán, que no se mezclan con los sirios o iraquíes porque han tenido problemas en el pasado. Y entre ellos, de nuevo, se encuentran dos cubanos, Graciela de la Caridad y Esteban Trujillo, que son los reyes de la fiesta.

“You, my friend”, le ordena Trujillo, de 58 años, a un compañero para que le traiga más tomate. Este habanero era aparcacoches en un hotel del barrio del Vedado y apenas ganaba más de 20 dólares al mes, así que decidió intentar buscarse una vida mejor para intentar traer a su familia a Europa.

En Horgos es el cocinero oficial del campamento y los afganos le observan con admiración mientras cocina arroz con atún para todo el grupo. “Somos muy buenos amigos, pero no tienen buena cocina en su tierra”, cuenta mientras intenta convencer a Mariam, una mujer afgana, de no echar el tomate al arroz blanco, sino al atún. “No sabes lo que daría por un buen puerco asado”, confiesa.

Su compañera de viaje, Graciela, incluso le dice a las afganas que se liberen del velo “porque es una imposición del hombre a la mujer, y esto no está bien”, pero ellas no la entienden, asienten y sonríen.

“Si te digo la verdad –afirma, al apartarse del grupo– hay muchos días en que me pregunto si todo este duro viaje habrá valido la pena. Estos últimos días están siendo un infierno”. Duerme en una tienda de campaña, sin electricidad ni luz por la noche, con apenas servicios básicos de higiene, a la espera de que le den turno para llegar a Hungría.

“En realidad, si no es España, me da igual. Cualquier país será mejor que Cuba”.

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