martes, 21 de febrero de 2017

#hemeroteca #cuerpos | No es 'El silencio de los corderos': es el reto extremo que me convertirá en una bestia del 'fitness'

Imagen: El Mundo / Javier Cid (c) en Boutique Gym
No es 'El silencio de los corderos': es el reto extremo que me convertirá en una bestia del 'fitness'.
Javier Cid | El Mundo, 2017-02-21

http://www.elmundo.es/vida-sana/cuerpo/2017/02/21/58a6f40e22601d4f318b4601.html

Soy un esclavo de mi propio cuerpo. Como Alessandra Ambrosio, cuya vida se va en papayas y ungüentos de mandrágora para acorazar su culazo carioca. O como Terelu, la tv star de talla juguetona que lo ha catado todo, todito, todo, desde la alcachofa detox a los churros con chocolate. Trepidante existencia la nuestra; encadenados a la báscula, trajinando hierbas de los incas adelgazantes, insomnes por un puñado de gramos de más.

En mi caso -por ir acotando-, no debieron de bastarme del todo los 22 kilazos que perdí el año pasado, una tragedia de tintes grecodiabólicos que llevó por título, en estas mismas páginas, Un cuerpo 10 en 100 días. Pues bien:una vez me deshice de aquella marabunta de grasas necrosadas, puro tocino que me abrochaba el cuerpo, mi adicción al ejercicio físico ya era imparable.

Y así, entrado septiembre, mantuve mi rutina de deporte espartano -al alba siempre, como Luis Eduardo Aute-, si bien me relajé en los menesteres del comer. (He dado cuenta de tantos cocidos, pero tantos, que podríamos forrar el Calderón con las ristras de morcilla que engullí sin rencor). Y mi efecto rebote se convirtió en un trasunto de calado nacional; expertos y todólogos de todas las todologías debatieron en radios, televisiones y twitteres sobre ese particular; y para mi algarabía, siete meses después de acabar el reto he engordado no más que dos kilos y medio. Debate cerrado, pues.

Y ahora vamos a lo que nos ocupa. Dado que soy puro ansia y siempre quiero más -más bíceps, más abdominales, más reprix en la San Silvestre-, me he pasado los días y las noches suplicando una nueva hazaña deportiva en Boutique Gym, el gimnasio milagroso de Martín Giacchetta en el que dejé de ser un gordo para volverme un paladín de esbeltérrima figura.

Mis plegarias fueron escuchadas, no sé si como premio o por castigo, y desde hace una semana soy la cobaya de un entrenamiento extremo que nadie, jamás, nunca, ha probado antes; el 3F. Así, como suena. Como el golpe de Estado pero sin el 2. Sus creadores, entrenadores del Boutique Gym, han ideado este método, que combina tres pilares: funcionalidad, flexibilidad y fuerza. De ahí su nombre.

El cóctel 3F
¿Y cómo surgió este cóctel de 'efes' que, si no fallezco antes, habrá de convertirme en un superhombre?

"Yo siempre he levantado mucho peso y practicaba deportes de contacto, más agresivos", explica Marcos Pérez Rivas, el 50% de este tándem del fitness. "Mi compañero Enrique, además de entrenador, también es profesor de yoga y pilates, y tiene una filosofía muy distinta a la mía. Como me dolía mucho la espalda, un día me recomendó unos ejercicios para mejorar mi flexibilidad, que era bastante limitada. Y entonces se nos ocurrió idear un entrenamiento que procurase el aumento de fuerza y potencia muscular, por supuesto, pero también la funcionalidad y la flexibilidad".

Para aderezar este totum revolutum, el método 3F promueve el uso de una máscara de oxígeno. De entrada, todo un aliciente estético para animar el tedio mañanero de los parroquianos que observan, ojipláticos, mis exóticos entrenamientos. Pero más allá del impacto visual de este artilugio que evoca las pasiones sádicas más oscuras, que las hay, el objetivo de la máscara es bien distinto. "Aunque se vende como un simulador de entrenamientos en altitud, lo que hace no es disminuir la cantidad de O2, sino reducir el aire que entra en los pulmones", cuenta Enrique Cheng, el otro pater de 3F. "Como la respiración se vuelve más costosa, los músculos del aparato respiratorio tienen que trabajar más. Y como el esfuerzo es mayor, se queman más calorías. Además, al restringir la entrada de aire los músculos no reciben suficiente oxígeno, por lo que el cerebro da la orden de irrigarlos con más sangre".

A efectos prácticos, este maremagnum científico de oxígenos que entran, salen, vienen y van, se explica así: al hacer ejercicio con esta máscara supersónica atada al hocico como un yunque de buey, parece que la vida comenzase a girar muy despacito. La falta de aire multiplica el cansancio, las pulsaciones y la sudoración. Tras un sprint en la cinta, por ejemplo, la sensación es una mezcla de asfixia bestial con un plácido hormigueo (un gustirrinín, para entendernos) que recorre la médula espinal. O sea, un efecto similar al de las drogas. '¿Y a qué drogas?', se preguntará usted, querido lector, con sabuesa curiosidad. Piense, piense mal, y acertará. En otras palabras: soy el poeta maldito de mi gimnasio.

"La máscara se ha utilizado siempre en deportes en los que el cardio es el rey", explica Marcos. "Y nosotros la hemos incorporado a la hipertrofia (aumento de masa muscular) o al crossfit para llegar al límite. Y así mejoramos la resistencia y la fuerza en nuestro día a día; se trata de que podamos hacer un sprint para no perder el autobús sin ahogarnos, llevar a cabo una mudanza sin morir en el intento, saltar una valla... O, simplemente, correr por placer. En la mayoría de métodos de entrenamiento se trabaja con mucho peso y altas repeticiones, forzando el mismo músculo y creando una gran tensión que, a la larga, el cuerpo no soporta. Nosotros, además, de insistir en la técnica, potenciamos la flexibilidad [el calentamiento consta de una serie de posturas de yoga], para así evitar las lesiones".

Para las personalidades frívolas y exhibicionistas como la mía, curtida al fragor 'Sensación de Vivir' y los anuncios de Coca-Cola, se impone una reflexión inevitable. ¿Cómo se transformará mi anatomía? Porque si voy a dejarme la dignidad y los alveolos mientras entreno con una máscara de oxígeno -parezco un perturbado, eso es así-, a cambio espero conseguir el culo de Tom Cruise y un abdomen con la tensión de cuerdas del violín de Rostropóvich. (Como saldrán los eruditos a recordarme que el músico azerbaiyano no tocaba el violín, les ahorro el trance; señoras y señores, en efecto, Rostropóvich también tocaba el violín).

"Conseguirás más masa muscular, así como una notable pérdida de grasa", dice Marcos. "Y lo más importante es que notarás un mejor rendimiento deportivo. Te sentirás más ágil, más veloz, más fuerte, con una gran potencia y una mejora cardiovascular. Pero que no se te olvide: de nada te sirve tener un brazo muy grande si no tienes un corazón fuerte".

¿Y la comida? Enrique puntualiza:"La dieta es un estilo de vida. En tu caso, como vas a tener un desgaste calórico alto tendrás que ingerir algo más de hidratos y grasas para no desmayarte durante los entrenos". (Nota de servidor. Esas 'grasas' no incluyen 'foie' o 'beicon frito'; las 'grasas' de las que habla Enrique son nueces, aguacate, aceite de oliva o pescado azul . Menuda bacanal). En este menester de la dieta me ayudará la nutricionista Ana Albarsanz, que ya obró el milagro el año pasado, cuando me rebañó 22 kilos a golpe de quinoa y coliflor. Alabada sea.

Tengo seis meses para conseguirlo. Sé que estoy en buenas manos. Y que siempre habrá un alma cándida para embozarme un boca a boca si la vida se me fuese en un desmayo de damisela. En julio, apunten bien, volveré a asomarme a estas páginas para mostrar los resultados. Séase: los pulmones como el huracán Katrina, el ego mastodóntico de Donald Trump y el culo de Tom Cruise. Sobre todo el culo de Tom Cruise.

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