sábado, 1 de julio de 2017

#hemeroteca #arte #homoerotismo | El Orgullo ha muerto, viva el Prado

Imagen: Museo del Prado / 'El Cid', de Rosa Bonheur
El Orgullo ha muerto, viva el Prado.
Javier García Martín | Madridiario, 2017-07-01
https://www.madridiario.es/445954/el-orgullo-ha-muerto-viva-el-prado

Debe ser reseñado. Que el Museo del Prado, el monumento a la personalidad artística de una nación que fue imperio, demuestre con esta certidumbre que lo ‘queer’ siempre estuvo ahí, sí que es un orgullo mundial.

El itinerario 'La mirada del otro. Escenarios para la diferencia' que el Museo del Prado ha trazado para celebrar el World Pride constata que a la España gay, la que nadie esperaba hace unos años, se le siguen moviendo las tripas. Y eso es algo balsámico para toda una sociedad que se cree ideal cuanto más igual y libre. 

Dejando a un lado la exquisitez artística que garantiza todo lo que cuelga de la marca de esta pinacoteca, el recorrido en sí recoge varios hitos desde la perspectiva de la lucha LGTBI que podrían pasar inadvertidos. Por cuanto tienen de transformadores, creemos que deben ser explicitados y no relegados al registro de la (posible) aprehensión inconsciente. 

Primero, la capa más superficial. En el templo del academicismo nacional que dicta el canon de lo que fuimos y, por herencia, de lo que ‘debemos’ aspirar a ser o superar, una treintena de obras demuestran que el discurso LGTBI cabe ‘naturalmente’ con todas sus subversiones. Abrigar reflexiones no normativas en espacios legitimadores es algo revolucionario y lo es más cuanto más conservadora es esa instancia. Quede dicho que en el Londres del mismo 2017, la historiografía gay no la ha mostrado la National Gallery, sino la Tate Modern, el equivalente al Reina Sofía. 

Poliedro discursivo
Este itinerario no habla ‘de’, habla ‘desde’. Está escrito con teóricos. Eso deja atrás condescendientes y absolutorios acercamientos hacia lo gay, bienintencionados pero embrionarios. Aquí no hay el buenismo con el que demasiadas veces se tratan las ‘causas’ -esta o cualquier otra- y en el que tropiezan aún iniciativas en países que presuponíamos más avanzados. 

Esta premisa penetra en el resto de capas. La exposición va más allá del simple catálogo de pintores o escultores homosexuales. La diversidad de las siglas LGTBI está desde el principio, desde el leonado ‘Cid’ del cartel de presentación, rescatado de los fondos. Su mirada (una puerta a la otredad) cuenta la historia de Rosa Bonheur, artista lesbiana a la que no intimidaron al exigirle un certificado de travestismo para vestir pantalones. 

La muestra es relevante porque construye un rico poliedro discursivo. Levanta nuevas dimensiones frente a los relatos lineales recogiendo la torsión de los esquemas sexuales y genéricos -con la disolución de las fronteras del ‘Hermafrodito dormido’ o la ‘Barbuda de Peñaranda’-, la presencia homosexual en la solidificación de Occidente -con un busto de ‘Safo’- o el desafío a la convivencia masculina que generan ‘Orestes y Pílade’ y ‘La siesta’. 

Homófobos y maricas
Pero 'La mirada del otro', en realidad, a quien más mira es al homófobo. Le evidencia porque señala y condena sin remilgos a aquellos tantos artistas que, con conocimiento o sin él, acusaron de sodomitas a compañeros de profesión, sometiéndoles a un escarnio mortal. Esas actitudes hasta ahora aparecían ante los ojos del visitante desconocedor de manera transparente en la sucesión de obras, ocultas tras la loable actitud estética que por definición se espera de los creadores de belleza. 

El Prado ‘habla desde’ lo ‘queer’ -lo torcido, lo invertido- porque habla del ‘Maricón de la Tía Gila’ del bestiario de personajes marginales de Goya. Habla de la incomodidad específica que ha generado manejar ese término, paralela a la que producía reconocer evidentes referencias al sexo anal en alegóricas recreaciones como en ‘El rapto de Ganimedes’ de Rubens. 

La política

Vemos igualmente en esta producción tres decisiones museísticas relevantes. Primero, la permanencia. Cuando se descuelguen las banderas de los bares y las redes sociales dejen de figurar en arcoíris, la sociedad podrá seguir relacionándose con el Orgullo en este itinerario hasta finales de septiembre. Sería coherente que, quizás, no desaparezca del todo. 

Segundo, destaca su voluntad divulgativa, con textos traducidos a la lengua inglesa que presumen madurez, al menos, en algunas élites nacionales encargadas de gestionar privilegiados escaparates -cabría examinar si estos ‘escenarios’ se revuelven contra su tirón minoritario-. 

Y, tercero, estamos, justamente, ante un ‘itinerario’. No es una muestra ‘diferente’, diferenciada como las salas de acceso reservado de los museos en las que en siglos anteriores se almacenaban los desnudos masculinos. Los cuadros, las láminas y las esculturas seleccionadas se reparten por todo el museo. Seguir este recorrido, por tanto, implica asumir una decisión ‘política’ definitiva: el arte -también el clásico-, como la vida misma, es diverso, aunque se quisiese silenciar. 

Asomarse a 'La mirada del otro' supone convivir en un mismo espacio con profesores jubilados, familias, adolescentes franceses y turistas orientales, ver de pasada ‘Las Meninas’ y cruzar miradas con quienes también peregrinan de sala en sala transitando el plano de esta muestra que se entrega en el mostrador de acceso. Seguir este recorrido conlleva, en definitiva, reconocerse en esos demás espectadores de la cultura LGTBI, un empoderador salto del otro al yo como el que anticipaba el león de Bonheur y su mirada vitria, especular. Porque la segregación solo se pelea con la mezcla y el Prado siempre fue marica.

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