viernes, 2 de diciembre de 2016

#hemeroteca #identidades | Crucificados por la moda: el revival ‘bomber’, una apropiación cultural

Imagen: Jot Down
Crucificados por la moda: el revival ‘bomber’, una apropiación cultural.
Carles A. Foguet y Carles Viñas | Jot Down, 2016-12-02
http://www.jotdown.es/2016/12/crucificados-la-moda-revival-bomber-una-apropiacion-cultural/

«Del este de Londres la potencia resurgió, por el resto del mundo, la estirpe floreció», cantaban en 1985, proféticos, los Decibelios, en su adaptación al castellano del mítico «Chaos» de los ingleses 4 Skins. «Vuelven los ‘skinheads’, otra vez las bandas (…) ‘Skins’ en todas partes, unidos para luchar. ‘Skinheads’ en el paro, ‘skinheads’ en el bar, ‘skinheads’ en el metro, controlando la ciudad». Poco podían imaginar esos pioneros del ‘Oi!’ patrio cuando alcanzaron la cima de su exigua popularidad a finales de los ochenta que esa imagen iba a producirse, sí, pero treinta años después. Las bombers son hoy, por fin, omnipresentes. Pero ya no las visten los ‘skinheads’, ni siquiera los ‘pelaos bakalas’ noventeros, sino hordas de ‘fashion victims’ urbanitas que apenas son conscientes de las décadas de historia que llevan a cuestas.

La revista Vogue anticipaba, en febrero de este año, que las ‘bombers’ iban a ser «un exitazo» de ventas, después de haber detectado, el noviembre anterior, que «no hay ‘celebrity’ sin su bomber» (Kendall Jenner o Gigi Hadid se dejaron ver con ellas). A pesar de que los círculos más vanguardistas ya las habían recuperado para sus ‘looks’ pretendidamente más transgresores desde hacía unas temporadas, el modelo en seda de la firma The Upside llamado «The Souvenir» supuso un verdadero punto de inflexión. Lo irónico de la situación es que Ashlea Holdsworth, su diseñadora, vinculaba erróneamente ese modelo a las chaquetas que vistieron los soldados yanquis destinados en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Y con ello, de paso, obviaba las distintas subculturas urbanas que habían mantenido viva la prenda con respiración asistida durante tantos años, ajena —como sus clientas— a los nuevos significados que habían adquirido dichas cazadoras desde la década de los setenta.

Las ‘bombers’ de nailon, las auténticas antepasadas de las que hoy se pasean por las calles de tu ciudad, nunca sobrevolaron el imperio del sol naciente. No fue hasta 1948, en plena resaca de la Segunda Guerra Mundial, cuando el matrimonio formado por Robert y Helen Lane consiguió un contrato con el Departamento de Defensa de Estados Unidos para fabricar chaquetas de vuelo para los pilotos de la Fuerza Aérea. Tras formar diversas empresas, la pareja acabó asociándose con Samuel Gelber, quien en 1959 se distanció de los Lane después de hacerse público un intento de soborno a un funcionario del Gobierno para lograr un contrato. En octubre de aquel mismo año, Gelber se unió a Herman «Breezy» Wynn para crear una nueva sociedad. En Knoxville, Tennessee, nacía Alpha Industries.

En un viejo sótano de una fábrica desvencijada los operarios de la empresa producían ropa militar con máquinas de coser alquiladas. El inicio de la guerra de Vietnam supuso una enorme inyección económica para la compañía, que logró cuantiosos contratos con el ejército norteamericano. El impacto del conflicto relanzó a la empresa hasta el punto de erigirse en una de las sociedades líderes de la industria manufacturera local en la década de los sesenta. Un éxito logrado, en buena medida, gracias a uno de sus productos estrella, la cazadora Flight Jacket MA-1. Una pieza que reemplazó a las chaquetas de cuero y las A-2 Jacket, de algodón, que habían lucido los pilotos de caza norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, pero que habían quedado obsoletas ante la rápida progresión tecnológica de los aviones de combate, más pequeños, estilizados y capaces de volar más alto. Alpha Industries diseñó dos modelos de chaqueta específicamente para los aviadores de las Fuerzas Aéreas. Junto a la MA-1 confeccionó la CWU-45/P. La primera, que acabaría haciendo fortuna, estaba fabricada en nailon y únicamente disponible en color negro y verde militar. Contaba con dos bolsillos laterales, uno más pequeño situado en el brazo izquierdo y otro interior. De hecho, la cazadora era reversible, con un revés naranja chillón para poder localizar con mayor facilidad y rapidez al piloto en caso de ser abatido.

Acabada la campaña en Vietnam, la MA-1 se popularizó de la mano de los veteranos, mientras los civiles únicamente la podían adquirir a través del mercado negro o las ventas de excedentes de material militar. Ante el interés, Alpha Industries introdujo algunos cambios en su diseño para adaptarla al nuevo público, ampliando su gama de colores. Las chaquetas no tardarían en volar más allá de las fronteras de Estados Unidos, encontrando sorprendentes grupos de entusiastas, tanto en Japón como en Gran Bretaña. Fue a finales de los setenta cuando la prenda fue adoptada definitivamente por los ‘skinheads’, un estilo emergente en las islas británicas desde 1965 que entonces vivía una segunda juventud y estaba a las puertas de erigirse en un fenómeno global. Las nuevas generaciones de cabezas rapadas extremaron, por influjo del punk, la imagen de sus antecesores, apropiándose el uso de la MA-1 y convirtiéndola en uno de sus referentes estéticos. Desde ese momento, las ‘bombers’ o ‘pilots’, como también fueron conocidas, formaron parte del fondo de armario de los ‘skins’. Cuando en 1980 Steve McQueen protagonizó ‘Cazador a sueldo’ luciendo una MA-1 caqui de forro naranja, ya no quedaba ninguna duda de que las bombers eran las chaquetas preferidas de los tipos duros.

La importación del estilo ‘skin’ a España fue una tarea ardua para los advenedizos que trataban de emular la estética de sus homónimos británicos. Sin las facilidades actuales para completar su vestuario, muchos de aquellos pioneros tuvieron que esperar a que algún amigo viajero les trajera una ‘bomber’ cuando volviera de Londres. Los más impacientes se conformaron con las burdas imitaciones coreanas que compraban en tiendas de ropa militar de segunda mano. Daban el pego pero no eran lo mismo. Coincidiendo con el auge de los cabezas rapadas en los años noventa, las ‘bombers’ empezaron a abarrotar los fondos de los estadios. Los radicales del fútbol las adoptaron como prenda propia. Vestir una ‘bomber’ era «muy ultra». Una moda bien visible cuando en el gol sur del Camp Nou decidieron copiar a los seguidores milanistas y girar sus chaquetas para lucir su reverso naranja. Lo que nació como un guiño al mágico tridente holandés del conjunto italiano (Gullit, Van Basten y Rijkaard) acabó convirtiéndose en un rasgo singular del fenómeno de las hinchadas radicales autóctonas. Una característica que les otorgó justo aquello que anhelaban: visibilidad y protagonismo. Sin embargo, este auge del estilo ‘skin’, al abrigo de su propagación en las gradas, favoreció su conversión en una moda insertada en la sociedad de consumo que acabaría siendo adoptada por colectivos, como los 'makineros', completamente ajenos a los principios originales de dicha subcultura.

Apenas una década después de su eclosión en el Estado, el estilo ‘skin’ —presuntamente transgresor— se había reconvertido ya en otra moda destinada a saciar el ímpetu de rebeldía adolescente. Su pretensión de conculcar las normas sociales y el sistema imperante, a pesar de no articular ninguna alternativa, acabó reducida a un mero producto comercial más. La profusa explotación de su mercantilización favoreció la desactivación de su faceta subversiva, provocando que el estilo pasara de ser apocalíptico a integrador.

Como sucedió con las construcciones identitarias precedentes surgidas a finales de los años setenta, los ‘skins’ también acabaron siendo fagocitados por el sistema que pretendían contravenir. Así, sus principales elementos de referencia (vestuario y música) se convirtieron en bienes de consumo de masas al generar a su alrededor una incipiente industria. Ir a Londres o Perpiñán dejó de ser una cita ineludible para completar el ajuar ‘skin’. La explotación sistemática del estilo devaluó su pósito contestatario y lo convirtió en un producto convencional al alcance de cualquier bolsillo.

El resultado de este proceso fue que aquello que en su momento resultaba atrayente para los jóvenes que buscaban construir una identidad propia alejada del control parental a través de su adscripción al estilo (como el aura de clandestinidad que comportaba asumir una imagen al margen de los cánones estéticos estándar) se acabó diluyendo al popularizarse el ‘look skin’ como una moda juvenil más a partir de los noventa. De esta forma, los ‘skinheads’ se perpetuaron como una tendencia en declive entre los adolescentes, y en paralelo con un escaso ascendente entre los adultos. Incluso Mark Renton abandonó su mugrienta ‘bomber’ marrón cuando salió del hoyo.

A pesar de que el estilo ‘skin’ planteó en sus inicios retos simbólicos —en términos de desafío social— estos acabaron desvaneciéndose. Así fue como culminó el proceso que permitió reparar el orden social fracturado por su irrupción, integrándolos en el sistema como un simple entretenimiento. Los ‘folk devils’ de antaño fueron reemplazados por unos nuevos chivos expiatorios, las bandas latinas. Desde entonces los ‘skins’ desaparecieron de portadas y tertulias para convertirse en un estilo sin proyección mediática a pesar de mantener una «presencia ausente». Hasta hoy, cuando por lo menos sus características y olvidadas cazadoras han regresado por todo lo alto.

Quejicas y nostálgicos —como nosotros— tienen ahora una nueva oportunidad si son capaces de elevar sus lamentos por encima de las risas despreocupadas de miles de jóvenes que visten orgullosas sus ‘bombers’ de colores. El enfado es comprensible. En palabras de Poppy Frean, de Cargo Collective: «Me cabrea ver al ‘punk’ convertido en una moda por gente que probablemente trata con desdén al mundo sucio, ruidoso, sudoroso y depravado del que proviene». Quique Gallart, al que probablemente con razón Kiko Amat bautizó como «el primer ‘skinhead’ de Barcelona», denunciaba en una entrevista la perversión de su subcultura: «Una pena, nunca pensé que el rollo ‘skin’ llegara a convertirse en una moda tan banalizada. La generalización rompe los códigos y los vacía de contenido». Un apunte, para contextualizar: la entrevista es de 2010 y se refería solo a las nuevas generaciones que habían expandido el culto ‘skin’, poco menos que una minoría marginal, pero la reflexión sirve también para interpretar la comercialización masiva de su prenda más icónica. Un caso de apropiación cultural en toda regla.

Sin embargo, el concepto mismo de apropiación cultural está discutido, sobre todo para menesteres más serios que una triste chaqueta. Quien sospecha de él, alega que no hay culturas puras ni fronteras estancas y que la Cultura —en mayúsculas— es, por definición, un proceso de apropiaciones constantes en todas las direcciones. Al fin y al cabo, incluso los primeros ‘skinheads’ dieron la vuelta como un calcetín al uso y significado de la chaqueta de aviador, una vez esta había sido sustituida entre sus portadores originales por otras prendas que cumplían mejor su función, o sea, guarecerlos del frío. Pero, mientras que aquellos primeros cabezas rapadas se apropiaron de un objeto dejado de la mano de Dios para convertirlo en una de sus divisas más visibles, cuarenta años después sus herederos han visto cómo la industria de la moda les desnudaba sin reparos ante los ojos de todos.

No es nada personal, solo son negocios. No hay en esta explosión comercial ningún tipo de homenaje ni reconocimiento. Tampoco es asimilación, ni siquiera la pretensión consciente de aculturación de ese colectivo de jóvenes salvajes —o de buenos salvajes, en términos rousseaunianos— que alguna vez fueron los ‘skinheads’. Todo ello supondría que alguien hubiera dedicado un solo minuto a pensar en ellos, o a saber por lo menos que existían. Lo único que sucede es que una cultura dominante, casi hegemónica, usurpa un elemento característico de otra y lo deforma hasta dejarlo irreconocible en el fondo, pero confuso en la forma. Hagamos un ejercicio: pongamos a un ‘skin’ al lado de una chica pija. Las chaquetas podrán parecer idénticas, pero mientras que para ella no significa nada, para él lo encarna todo. Sin duda los tiempos cambian; ahora aquella prenda que en su momento ensalzó el machismo más exacerbado, al vincularse con la rudeza de los ‘skins’, es usada casi exclusivamente por mujeres.

Lo que está ocurriendo con las ‘bombers’ no es un fenómeno nuevo, ni excepcional. Agotado casi todo lo que el escaparate del ‘punk’ podía ofrecer, había que tirar del hilo para expoliar el patrimonio estético de otras subculturas. Raf Simons o Rick Owens han hecho de esta apropiación su sello personal —y su negocio— desde principios de siglo. Ayer fueron las chupas de cuero con tachuelas a miles de euros o sus versiones más asequibles —aunque todavía de piel, rozando los cuatrocientos— comercializadas en plataformas masivas como Urban Outfitters que ya incluían sus parches y parafernalia punk para ahorrarle trabajo al consumidor compulsivo (si los anarquistas Crass no tuvieran alergia a los abogados, podrían haber financiado su comuna hasta 2045). Hoy son las ‘bombers’, que van desde los dos mil quinientos euros de la versión de Gucci hasta los apenas veinte euros que cuestan en Zara o H&M. Y mañana ya se verá. Las modas duran cada vez menos. Y nadie está a salvo de la voracidad del sistema: más allá del ‘punk’ y sus derivados, el movimiento ‘rasta’, el ‘grunge’, el ‘metal’ o el ‘hip hop’ también han caído en sus garras a lo largo de la última década. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez «¿Por qué llevas esa camiseta si no sabes qué significa?» al ver a alguien vestido con el logo de los Ramones o Nirvana?

Grace Coddington, la cara oscura de Anna Wintour a la cabeza de Vogue, ponía de manifiesto estas contradicciones en la Met Gala de 2013, rodeada de modelos luciendo parafernalia contestataria: «Me gustaría ver a auténticos ‘punks’ por aquí, auténticos ‘punks’ de la calle, pero dudo que les hayan invitado». La cara de la norteamericana Hilary Rhoda era un poema.

Tras casi cuatro décadas de implantación de los ‘skins’ en España, ahora una de sus prendas fetiche, la ‘bomber’, se ha convertido en la nueva ‘blazer’ de moda, el complemento estrella de la temporada. La «chaqueta del 2016», según El País (asociándola equivocadamente con el movimiento ‘rockabilly’), ha sido elevada a los altares de la comercialidad más banal por marcas como Louis Vuitton o Gucci y alabada por ser sinónimo de un «’look’ fresco, juvenil y ‘supercool’» (sic). Una tendencia que riza el rizo cuando se complementa con «botas y gafas estilo aviador. Perfectas para lucir igual de ‘glam’ que las estrellas». «¡Oh, Gucci, sinceramente nos habéis robado el corazón!», exclamaban con entusiasmo en la versión británica de la revista Marie Claire, admirados ante tamaña aberración. Pero no eran corazones de lo único de lo que Gucci se había apropiado.

Quedan muy lejos aquellos años en los que los ‘skinheads’ merodeaban por las discotecas pijas de Barcelona para sustraer las ‘bombers’ que lucían aquellos que pretendían usurpar su imagen. Hoy en día no darían abasto.

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