domingo, 29 de enero de 2017

#hemeroteca #iglesiamormona #poligamia | Mi vida feliz como mujer de un polígamo

Imagen: El País / Comunidad mormona de Hildale, Estados Unidos, 2008
Mi vida feliz como mujer de un polígamo.
Un hombre, dos mujeres, cuatro hijos. La boda fue pactada. Pasado el tiempo dicen ser una familia feliz. Cómo reacciona la sociedad.
M. E. Torres | El País, 2017-01-29
http://elpais.com/elpais/2017/01/19/icon/1484844930_340659.html

La canadiense Twyla Quinton tenía 16 años cuando, en otoño de 1997, aceptó casarse con un hombre cinco años mayor que ella y al que apenas conocía. Dos años antes, a los 14, había podido rechazar un arreglo matrimonial parecido gracias la complicidad de su madre, que estuvo de acuerdo en que Twyla era aún demasiado joven para casarse.

El matrimonio entre la adolescente y el joven adulto se llevó a cabo el 31 de octubre, víspera de Halloween, en Bountiful, una colonia mormona de 600 habitantes de la Columbia Británica (Canadá) donde había crecido Twyla. La identidad de su marido le había sido revelada unas horas antes. Se trataba de un vecino con el que había coincidido en alguna ocasión, pero con el que apenas tenía trato.

Aunque la legislación canadiense rechaza los matrimonios forzosos, Twyla se casó por su propia voluntad y lo hizo estando ya en la edad legal de consentimiento, que por entonces estaba fijada en 14 años (Canadá la elevó a los 16 en 2008). Lo irregular llegó dos años después. Esta vez, instigado por Twyla, que por entonces ya había tenido a su primer hijo. La joven madre pidió a Winston Blackmore, líder de la comunidad, que permitiese a su marido y a ella ampliar la familia tomando una nueva esposa. La candidata era April, media hermana menor de Quinton, hija de distinta madre y mismo padre. “Habíamos crecido juntas y me pareció perfectamente natural que compartiésemos marido y criásemos a nuestros hijos juntas”, explica Twyla a la publicación ‘Vice’.

Sin embargo, el nuevo arreglo matrimonial, autorizado sin problemas por Blackmore y consumado en invierno de 2000, sí entraba en conflicto con el código penal canadiense, que en su artículo 293 prohíbe de manera explícita la práctica de la poligamia. Twyla, su marido y su hermana-esposa pasaron a formar parte de un modelo de familia que su país considera fuera de la ley. Un detalle que ellos ignoraban y que no tuvo la menor importancia mientras siguieron residiendo en Bountiful, oasis polígamo en el que la acumulación de esposas resultaba normal y frecuente.

Los problemas llegaron años después, cuando la familia decidió mudarse a otro municipio, a apenas media hora de carretera de la colonia mormona. Por entonces, en 2006, la apacible Bountiful se había convertido en epicentro de un escándalo mediático de grandes proporciones. Acababa de descubrirse que, durante años, esta población de 600 habitantes había sido punto de origen de una ilegal caravana de mujeres. 50 niñas canadienses de entre 12 y 17 años habían sido enviadas al sur de la frontera, a las ciudades estadounidenses de Hildale, Eldorado y Colorado City, para casarse contra su voluntad con hombres mucho mayores que ellas, como el líder mormón Warren Jeffs y otros líderes destacados de su comunidad. Entre las víctimas de esta red de contrabando de menores estaban las dos hijas de 14 y 13 años del patriarca de Bountiful, el citado Winston Blackmore, que fue acusado de trata de blancas y complicidad con un delito continuado de abuso infantil.

Para Twyla Quinton, el escándalo Warren Jeffs y su profundo impacto en Bountiful marcaron el punto de inflexión que la llevó a romper con su iglesia, su comunidad y gran parte de su familia. A lo que no quiso renunciar es a su matrimonio a tres y a sus hijos. En 2009, Twyla convenció a su marido de la conveniencia de dejar atrás la atmósfera viciada de Bountiful, matricular a sus hijos (tienen cuatro, dos de cada una de ellas) en una escuela pública, más moderna y diversa, y empezar una nueva vida al margen de la comunidad. “Cuando nuestros hijos explicaron en la escuela que tenían dos madres, todo el mundo dio por supuesto que éramos una pareja de lesbianas”, cuenta Twyla a ‘Vice’, “algo que despertó curiosidad, pero no un abierto rechazo”.

El rechazo vino después, al descubrirse que Twyla y su hermana no eran amantes, sino exiliadas de la comunidad mormona del sur del estado, y formaban parte de una relación polígama. Es decir, que el suyo no era un modelo de convivencia avanzado, sino un atavismo propio de una secta religiosa de mentalidad pre-moderna. Varios empresarios locales a los que Twyla pidió trabajo llegaron a decirle que no podían contratarla porque al continuar con su relación matrimonial estaba cometiendo un delito. Por primera vez, Twyla se planteó que no solo su marido, también su hermana-esposa y ella misma estaban violando la legislación canadiense y se arriesgaban a acabar entre rejas.

La poligamia solo es legal en 58 de los 200 estados soberanos del planeta. Está completamente prohibida y perseguida judicialmente en todos los estados de la Unión Europea, incluida España, y en el continente americano en su conjunto. Hay países que la toleran o no la persiguen activamente, como la Federación Rusa, pero solo es completamente legal en algunos estados africanos y asiáticos de mayoría musulmana.

En Canadá, a raíz del escándalo de la red de jóvenes esposas de Bountiful, la Corte Suprema de Justicia de la Columbia Británica dictaminó en 2011 que prohibir y perseguir activamente la poligamia es compatible con la constitución canadiense. Según el jurista Robert Bauman, eso se debe a que se trata de una práctica común en comunidades religiosas “fuertemente patriarcales” y por tanto las mujeres que participan en relaciones polígamas lo hacen, en la mayoría de los casos, “coaccionadas por su entorno y no en condiciones de verdadera libertad”.

Bauman argumenta también que penalizar esta práctica y perseguirla de oficio es la única manera de que la sociedad se mantenga vigilante y proteja a las víctimas, “porque ellas, al estar inmersas en comunidades religiosas que aprueban la poligamia, muy difícilmente denunciarán su situación”. En el caso de las hermanas Quinton, la decisión de seguir adelante con su modelo de convivencia a tres después de dejar atrás Bountiful y soltar amarras con la comunidad mormona da pie a un explosivo debate.

Twyla reconoce que en sus orígenes fue una relación polígama, fruto de un matrimonio de conveniencia instigado por líderes religiosos. Sin embargo, en su opinión, ha acabado convirtiéndose en un pacto de convivencia libre entre más de dos personas. Algo no muy distinto de un trío o una relación poliamorosa (tener más de una relación simultánea y tolerada con varias personas), que no son perseguidas en los mismos países que sí persiguen la poligamia. “En un sentido formal”, según apunta el jurista canadiense Tom Dickson, “lo que convierte en delito la poligamia tal y como la practican los mormones es la existencia de una ceremonia en la que ese pacto de vida se hace público”. Para Twyla, “a estas alturas, ya nadie persigue a un adúltero o a un hombre que tenga dos familias”. Lo que se penaliza, en el caso de la poligamia, es hacerla oficial. Salir del armario.

Aunque su unión polígama es ilegal, es muy improbable que se les detenga. Las autoridades de Canadá solo han detenido a adultos mormones casados con menores de 16 años. En la práctica, la ley contra la poligamia es constitucional y no se deroga, pero tampoco se aplica de manera estricta. Twyla, de momento, sigue viviendo en forma de trío.

Al margen de consideraciones legales, para la escritora y periodista peruana Gabriela Wiener, “poligamia y poliamor están en las antípodas la una del otro, aunque tal vez sí pueden llegar a tener un parecido superficial en algún caso concreto”. La misma Wiener ha relatado su propia relación poliamorosa en su libro ‘Llamada perdida’ (Malpaso Ediciones) y dedicado una crónica al polígamo Ricardo Badani y sus esposas en ‘Sexografías’ (Melusina). “La clave está en hasta qué punto hablamos de una relación libre y simétrica. En la poligamia, todo gira entorno a las necesidades sexuales y afectivas del hombre, por muy conformes y muy sumisas que lleguen a estar las mujeres implicadas. En el poliamor, en cambio, sí hay (o debe haber) verdadera libertad y simetría”.

Wiener recuerda cómo la convivencia con el polígamo Badani resultaba “confortable y más o menos plácida para sus esposas, que se sentían como hermanas y aliadas en la tarea de ‘cuidar’ a su hombre, que a su vez ‘cuidaba’ de ellas”. Un escenario, según lo describe, no muy distinto de la serie ‘Big Love’, que aborda frontalmente (y con verosimilitud y sensatez) las contradicciones que afrontan mujeres mormonas del siglo XXI inmersas en una relación polígama.

Pero, tal y como Wiener misma apunta, “que se llegue a un cierto punto de equilibrio y de comodidad no quiere decir que estemos hablando de una relación sana y libre. Y, desde luego, algo así no tiene nada que ver con el poliamor”.

En el caso de Twyla Quinton, Wiener señala: “Podríamos estar hablando de una relación poliamorosa sobrevenida si entre ellas dos hubiese atracción sexual o amor romántico. Al no ser, obviamente, el caso, lo que tenemos es un modelo de convivencia atípico, alejado tanto del poliamor como de la forma más tradicional de poligamia y que, en todo caso, despierta curiosidad y merece respeto”. Para la escritora y activista del poliamor Juliette Siegfried, una relación poliamorosa es aquella en la que “se acepta la diversidad sin preguntarse qué es la norma, no se cuentan mentiras y se convive sin dramas”.

Algo parecido a lo que cree tener Twyla Quinton, hoy 36 años, que ha dado la espalda a los aspectos más tóxicos y opresivos de la comunidad en la que creció para quedarse con lo esencial: las personas que le importan.

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