viernes, 27 de enero de 2017

#hemeroteca #testimonios | Ahmad Joudeh y el baile de la vida

Ahmad Joudeh y el baile de la vida.
Alumno del Nationale Ballet de Ámsterdam, donde ha debutado en ‘Coppélia’, el bailarín Ahmad Joudeh no tiene pasaporte porque nació en el campo de refugiados palestinos de Yarmuk, en Damasco. Los yihadistas amenazaron con tirotearle y su respuesta fue danzar en las ruinas de Palmira.
Isabel Ferrer | El País Semanal, 2017-01-27
http://elpaissemanal.elpais.com/confidencias/ahmad-joudeh/

La carga emotiva asociada a los tatuajes alcanza cotas difíciles de igualar cuando Ahmad Joudeh se pone de espaldas. Bajo la nuca lleva escrita una frase que es un reto y una dolorosa declaración de intenciones; casi una plegaria. Dice así: “Baila o muere”, en caligrafía hindi. No escogió ese ángulo anatómico al azar. “Por ahí cortan la cabeza de sus víctimas los verdugos del ISIS (siglas en inglés del Estado Islámico), y quería demostrar que no podrán detenerme. Ellos prohíben la danza y el arte. Han destruido los templos de Palmira, que son el corazón y la belleza de Siria. Creo que mantener viva la cultura es una forma de vencerlos”, señala enfundado en unas mallas negras en uno de los estudios del Nationale Ballet de Ámsterdam, que lo ha sacado de Damasco para inscribirlo en su academia durante los próximos cuatro años. Ahmad, de 26 años, es bailarín, y tiene fe y esperanza, fortaleza y templanza, virtudes que le han ayudado a cruzar fronteras a pesar de que no dispone de pasaporte. Carece de Estado porque nació en el campo de refugiados de Yarmuk, hijo de un palestino y una siria. No dispone de patria legal, una situación precaria a la que se une un oficio “mal visto en el mundo árabe para un hombre, y que muchos solo admiten como una actividad teatral y siempre con el cuerpo cubierto”.

Su padre, Wafik, tomó como una afrenta el deseo de Ahmad de acudir al Enana Dance Theater, fundado en 1998 en la capital siria, y que mezcla el folclore con la danza clásica, y al Instituto Superior de Arte Dramático de la ciudad. Un hijo varón no debía bailar. “Me encerró y llegó a pegarme en las piernas para que lo dejara, hasta que, con 17 años, hice una tontería de adolescente”. Quiso cortarse las venas, y sobre esas cicatrices lleva ahora su segundo tatuaje: una paloma junto a la palabra “libertad”. “Y eso que con tatuajes no puedo entrar en el paraíso”. Para evitarse la vergüenza, el progenitor se marchó y contrajo un nuevo matrimonio, del que nacieron dos niñas. “Son fantásticas, y les enseñé a bailar a escondidas”, dice Ahmad entre risas. Cuando Yarmuk fue tomado en 2015 por el ISIS y la situación se hizo insostenible, “mi padre anunció que aquello era muy peligroso para los hombres y se fue con su nueva familia; ahora está en un centro de refugiados de Alemania”. Atrás quedaron Ahmad y su madre, Ramzeiah, además de su hermana Rawan, de 23 años, y su otro hermano, Amjad, de 25 años. “Dos chicos en edad militar…, ¿se imagina?”.

Su suerte cambió el pasado verano, cuando el reportero Roozbeh Kaboly, del programa Nieuwsuur de la televisión holandesa, lo convirtió en protagonista de una serie de documentales. Ted Brandsen, director del Nationale Ballet, los vio y organizó una campaña de recogida de fondos que llamó 'Baile por la Paz'. “Después de salir en pantalla, recibí ofertas desde Alemania hasta Estados Unidos, pero allí me reclamaban como refugiado. En Holanda me querían como alumno, y yo había visto su montaje de La Bayadère una y otra vez en YouTube. Acepté, y fue arriesgado, porque solo tenía un visado y los documentos de viaje, nada de pasaporte”. En 2014, antes de que el ISIS ocupara Yarmuk, participó en la versión árabe de 'Mira quién baila', celebrada en Líbano. Quedó finalista y conmovió al jurado con una historia que no necesita sentimentalismo añadido.

A pesar de la actitud paterna, el movimiento y la música son esenciales en su casa. Su madre daba clases de gimnasia en Siria y gestiona una escuela con chicos de 18 años a su cargo, una ocupación insólita para una mujer. Ella les aficionó al baile. Su hermana es profesora de educación física, y su hermano toca instrumentos de cuerda tradicionales. La destrucción causada por la guerra ha cambiado de tal modo la percepción del país que, sin mediar pregunta alguna, Ahmad recuerda las ruinas que tapan hoy su antiguo hogar, a sus cinco parientes muertos y el ruido constante de las balas. “El ISIS me amenazó con dispararme en las piernas si persistía, y he bailado en el teatro romano de Palmira, donde ellos rebanaban cuellos”. Pero también evoca la vida antes del horror. Establecido en 1957 para acoger a los palestinos escapados de la guerra árabe-israelí de 1948-1949, “Yarmuk acabó siendo un barrio al sur de Damasco, con escuelas y hospitales, del que podías salir y entrar”. “A nadie se le ocurría preguntar si éramos musulmanes, judíos o cristianos”.

El pasado noviembre, y ante la oportunidad de volver a empezar, Ahmad decidió darle una sorpresa a su progenitor. Durante los últimos 11 años, Wafik se negó a dirigirle la palabra. “Hablaba con mis hermanos y ni siquiera me nombraba. En plena guerra, y nada. Me ignoraba. Una vez en Europa, decidí mostrarle la importancia de la danza en mi vida y perdonarle si me aceptaba tal como soy. Fui a verle a Alemania y no se lo podía creer. No hacía más que pedirme perdón, darme las gracias y proponer que me quedara. Yo le dije que estaba allí gracias a la danza. Que el baile puede cambiar la vida, algo que él, profesor de arte, debería entender. Ahora lo ve, y aunque no pienso vivir a su lado, yo tenía que perdonar para seguir adelante”.

En el amplio estudio del ballet holandés donde ensaya, Ahmad gira y salta con gusto. Se siente seguro en la danza moderna, pero el ballet es diferente. Holanda es conocida por la base clásica de todos sus bailarines, “y aquí te das cuenta de que un pie ligeramente mal puesto o una mano sin la caída adecuada lo estropean todo”, dice, moviendo los dedos para diferenciar una postura de ballet de un gesto cualquiera. En una banqueta descansa su bolsa de ropa, y si se piensa que abandonó Damasco casi con lo puesto, parece su única posesión. Vestido de negro sobre un fondo blanco, el ascetismo de su figura contrasta con la expresividad de sus movimientos. “Sin la danza no puedo vivir”, asegura, y no suena cursi ni pueril. Viene del horror, pero no piensa desfallecer. “El baile es arte y podía estudiarse en Siria antes de la guerra. Con los condicionantes de cada cultura, pero teníamos una profesora, Albina Bilowa, una antigua bailarina rusa, que daba clases de ballet. Yo iba en secreto, por mi padre. Cuando estalló la guerra, ella se trasladó a Dubái”.

Ante la amenaza de ser llamado a filas para marzo de 2017 (un derecho otorgado por el mismo Gobierno sirio que le niega el pasaporte), su situación se hizo insostenible. El documental holandés hizo posible un viaje iniciado en Beirut, donde esperó cuatro horas en la aduana con sus escasos documentos válidos. La mediación de la Embajada holandesa en Líbano franqueó el camino hacia Estambul y desde allí hasta Ámsterdam. “Ha sido la primera vez en mi vida que llego a un sitio nuevo y me tratan con respeto. Me eché a llorar, claro”. Cuando por fin se instaló en Holanda, uno de sus compañeros de piso, un colega, resultó ser uno de los artistas que había visto mil veces en los vídeos del Nationale Ballet cuando vivía en Yarmuk. Sus nuevos amigos esperaban encontrar a un tipo sombrío, cercano a la depresión. Pero no. Ahmad, alto, bien parecido y en contacto permanente con los suyos, que siguen en Damasco “en una situación terrible”, mira hacia atrás, pero solo “con el deseo de curar las heridas” de un país que le ignora.

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