sábado, 7 de julio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | 28J, orgullo crítico y memoria histórica

Imagen: ctxt / Celebración del Orgullo en Florencia en 2017
28J, orgullo crítico y memoria histórica.
“Mientras me sentía la única chica en el mundo a la que le pasaba ‘aquello’, muchísimas mujeres lesbianas, gais y transexuales se dejaban la piel y daban la cara por mí”.
Kika Fumero | ctxt, 2018-07-07
http://ctxt.es/es/20180627/Firmas/20459/kika-fumero-28j-dia-del-orgullo-lgtbi-homofobia.htm

Las fechas son importantes para no olvidar, para celebrar el recorrido hecho, para realzar el sentimiento de grupo de personas que no vivimos ni luchamos solas, y para tomar aliento a través de ese chute de energía que da el lanzarnos a la calle y convertirnos por unas horas en una sola voz, unánime. Las fechas son importantes para velar por la memoria histórica, por nuestra propia trayectoria.

El 28 de junio de 1969, casi seis años antes de que yo naciera, tuvo lugar una redada en el desde entonces emblemático bar gay neoyorkino Stonewall Inn. El sistema perseguía a las personas homosexuales y transexuales en Norteamérica, mientras en España éramos perseguidas por el gobierno franquista. Aquellos disturbios marcaron el inicio de la lucha por las libertades del movimiento LGBT en EEUU. Aquí, en España, tuvimos que esperar a la muerte del dictador para comenzar a avanzar y para decir “basta” a tantas muertes injustamente cobradas por un poder brutalmente homófobo y tránsfobo.

Recuerdo mi pre-adolescencia como un período lleno de silencios, de temor a ser descubierta sin saber exactamente qué era lo que podían descubrir ni de qué debía protegerme, de caos interior por sentirme diferente, de miedo por un peligro que alertaba y no era capaz de definir, ni tan siquiera de adivinar de qué manera podía hacerme daño ni cómo protegerme. El sentimiento que durante más tiempo me acompañó fue la confusión: no saber en qué me equivocaba, qué funcionaba mal en mí, qué era exactamente lo que tenía que esconder, por qué sentía erróneamente…

Conforme pasaban los años comencé a entender por dónde iban los tiros. Mirar a mi alrededor y no ver a primera vista a nadie “como yo” me hizo sentir más bicho raro y, a la vez, más especial que el resto: aquella primera vez nos convirtió –a ella y a mí– en las dos únicas personas en el mundo a las que le pasaba aquello. Lo que estaba viviendo –que ya por fin, a los 11 años y tras percatarme de las famosas mariposas en el estómago, conseguí entender que se trataba de algo muy parecido a lo que llamaban amor– me producía sentimientos muy encontrados: por una parte, la felicidad de entender que aquello era más especial que cualquier otra historia de mis compañeras de pandilla por cuanto único –ilusa de mí–, y, por otra, la angustia de no poder compartir esa felicidad porque sabía en mi fuero interno que era errónea y estaba mal. En aquella época, aún era considerada una enferma para la Organización Mundial de la Salud y, socialmente enferma o no, sentía que estaba enfermando, que la experiencia me consumía, que el silencio tácitamente impuesto hacía mella en mi salud. En la psíquica como mínimo.

Tardé unos años más en descubrir “homosexual” y “lesbiana” como términos. Lo cierto es que, descubrirlos, más allá de la carga negativa que también aprendí que tenían, me supuso un alivio inmenso, ya que por fin encontraba una palabra que me definiera, que me identificara y, sobre todo, que me hiciera sentir parte de un grupo, una más: ya no estaba sola, tal vez seguía siendo rara, pero ya no estaba sola. Y liberarme de una soledad no deseada fue tremendamente esperanzador.

Por entonces, el feminismo ya tenía una trayectoria recorrida, miles de mujeres a lo largo de la historia habían luchado por ofrecerme una vida mejor. En aquella época, otras miles de mujeres le habían tomado el relevo a sus predecesoras y seguían combatiendo a pie de calle para lograr unos derechos de los que yo aún carecía. Mientras me sentía la única chica en el mundo a la que le pasaba “aquello”, muchísimas mujeres lesbianas, gais y transexuales se dejaban la piel y daban la cara por mí; por aquel entonces el colectivo LGBT ya había ocupado las calles y luchaba por mi derecho a amar sin miedo, sin confusión, sin silencios tácitamente impuestos. Lo que yo llamaba escondite, resultó llamarse armario; y contra ese escondite ya otras luchaban cuando yo no entendía siquiera en qué fallaba, qué había de equivocado en mí.

Muchas mujeres han entregado sus vidas en esta lucha para que yo hoy tenga una mucho más digna como mujer. Un gran número de personas LGBT han pagado con sus vidas los derechos de los que yo hoy disfruto como lesbiana. Este 28J, como cada año, me detuve a recordar aquellos disturbios del Stonewall Inn y lxs asesinadxs por el franquismo. Pero no solo en nuestra historia pasada, también hago un recorrido de la presente: miradas de asco y reprobación, miradas lascivas de los hombres ante una pareja lesbiana, insinuaciones y proposiciones sexuales, rechazo, insultos, silencios, pérdida de amistades y familiares, miedo al contagio del estigma, armarios impuestos, acoso escolar, mobbing en el trabajo, exclusión social, vejaciones, palizas, cadena perpetua, pena de muerte, violaciones correctivas, asesinatos, suicidios… Nuestra lucha es política y, por tanto, crítica. Como político y crítico es nuestro orgullo.

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