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lunes, 12 de octubre de 2015

#articulos #testimonios #educacion | Reflexiones de un profesor gay fuera del armario


Imagen: Cuadernos de Pedagogía / Moisés Mahiques
Reflexiones de un profesor gay fuera del armario / Carlos Javier Herrero Canencia · Profesor del IES Rosa Chacel, de Colmenar Viejo (Madrid)
Cuadernos de Pedagogía (ISSN 2386-6322), nº 460 (Octubre 2015)

La visibilidad de las personas LGTB, la construcción de la propia identidad o proporcionar un referente a adolescentes que se encuentran en este mismo proceso son algunos de los motivos que empujaron al autor de este artículo, profesor de Lengua y Literatura, a hacer pública su condición homosexual ante su alumnado.

Hace siete años empecé a trabajar como profesor de Lengua y Literatura en un instituto público de Madrid y desde hace cinco estoy completamente fuera del armario con mis alumnos. Con este escrito pretendo reflexionar sobre esta experiencia, aclarar las razones que me han llevado a hacerlo y animar a mis compañeros a plantearse salir del armario.

¿Qué significa estar fuera del armario?

En una definición sencilla, “estar fuera del armario” quiere decir que todas las personas que te rodean saben que eres gay o lesbiana, no porque lo sospechen sino porque en algún momento lo has hecho evidente. No se trata de que los demás conozcan tu orientación sexual, sino de que la sospecha o intuición que tenían en algún momento se ha visto confirmada porque lo has dicho tú. Parecería que es lo mismo, total, qué más da que lo sepan porque lo sospechan o porque se lo digamos. Pero importa y mucho: lo expresado en palabras adquiere una realidad que no se puede soslayar. Un compañero puede estar en contra de la extensión del derecho al matrimonio a parejas de gais y lesbianas. Si hemos expresado claramente con palabras que somos gais o lesbianas, tiene que afrontar que nos está negando derechos a personas de carne y hueso. (A propósito, puede suceder que nuestro compañero lo afronte y se encuentre perfectamente cómodo negándonos derechos.)

He titulado este escrito “Reflexiones de un profesor gay fuera del armario”. ¿Tendría las mismas connotaciones e implicaciones que el título hubiera sido: “Reflexiones de un profesor lector apasionado del Quijote”?, ¿o “Reflexiones de un profesor enamorado de la lírica tradicional”? Sin lugar a dudas, no. De hecho, resultarían títulos pomposos sin mucho sentido. Y esto, por varias razones. En primer lugar, la consideración social que se les otorga difiere completamente. Que a alguien le guste el Quijote y disfrute con las jarchas no tiene mayor trascendencia que el placer estético que pueda extraer de ellas. Que a alguien le gusten las personas de su mismo sexo, y todavía más, que alguien ame a una persona de su mismo sexo, va mucho más allá de las personas implicadas. Para empezar, este mismo artículo escrito por otro profesor que se halle en otras circunstancias (en alguno de los más de 80 países que persiguen la homosexualidad por ley, por ejemplo; Amnistía Internacional, 2014) le puede costar el trabajo, la libertad e incluso la vida. Simplemente, el escribirlo es un lujo que está al alcance de una porción mínima de profesores gais y lesbianas. El coste sería demasiado alto.

Otra de las razones por las que el título de este escrito provoca efectos muy diferentes es que ser percibido como gay o lesbiana supone que lo que eres va a ser interpretado principalmente a través de este prisma. Da igual que alguien no lo sienta como algo relevante en su identidad, esa parte de tu personalidad va a convertirse en la fórmula que explique toda tu vida y le dé sentido.

Y por último está la cuestión de ser profesor, y por tanto, estar en contacto con menores. Dentro del imaginario homófobo ocupa un lugar destacado la figura del homosexual (y en este caso se refieren solo al homosexual masculino) como depredador sexual de menores. Cualquier gay cuyo trabajo esté relacionado con menores habrá escuchado esta pregunta, en cualquiera de sus variantes: “Pero ¿tú no les harás nada malo, verdad?”. La homofobia que implica esta pregunta creo que no necesita explicación. Presentarse como “profesor fuera del armario” conlleva un cierto riesgo, hasta en las situaciones más favorables que se puedan imaginar.

¿Por qué entonces salir del armario?

En primer lugar, la visibilidad LGTB (siglas que se corresponden con lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) nos concede la posibilidad de actuar políticamente, entendida aquí la política en su sentido más amplio y no solo como elecciones. En política rige una ley parecida a la que Piaget descubrió en los bebés, a la que llamó permanencia del objeto: hasta cierta edad un objeto que desaparece de la vista deja de existir para un bebé. En nuestro caso, aquello que no se ve no existe. Si no nos ven, no existimos, por tanto, no contamos, no tenemos problemas, no existen discriminaciones, no hay nada que plantearse. El verbo ver resulta engañoso; no se trata literalmente de ver, sino de percibirnos y reconocernos. Pondré un ejemplo que creo que lo ilustra perfectamente. Podemos ver una pareja de mujeres ir de la mano por la calle, pero únicamente las veremos como lesbianas si ellas así lo manifiestan, de otro modo serán dos amigas que se quieren mucho. Que dos amigas se quieran mucho nos parece perfecto, y envidiable, y no se le puede objetar nada salvo lo siguiente. Dos amigas que se quieren mucho no necesitan plantearse quién va a poder decidir sobre su tratamiento si una de ellas se encuentra en un hospital, ni van a adoptar o concebir hijos, ni van a tener problemas en cuanto a herencias, ni serán despedidas del trabajo, ni tendrán miedo a ser separadas por sus familiares cuando sean mayores... Por lo tanto, no es necesario reformar leyes que las discriminan, ni estudiar las situaciones de discriminación para plantear políticas sociales que las erradiquen, ni plantearse su visibilidad en los medios; no será necesario porque no se ven, y por tanto, no existen.

La visibilidad es, además, una cuestión en la que la cantidad y la cualidad importan. Es más efectivo políticamente que haya un número grande de personas LGTB que sean visibles, que estén fuera del armario; y es necesario que esa visibilidad sea lo más transversal posible. En las sociedades occidentales más permisivas, la visibilidad LGTB se reduce fundamentalmente a gais, y solo cuando son jóvenes, guapos y con dinero. No se ven prácticamente lesbianas, transexuales y bisexuales, o se ven como estereotipos. En el caso de los gais, no se ven a los ancianos, los parados, los discapacitados, los niños, los enfermos crónicos (salvo que sean enfermos de sida), etc. que son gais. Y por tanto, no es necesario plantearse qué podemos hacer para combatir la discriminación de todo tipo (incluida la que proviene de la propia comunidad gay) que sufre un gay que ha tenido la osadía de envejecer. Los gais, como podría suponerse por nuestra visibilidad pública, nacemos y morimos jóvenes, y mientras tanto, consumimos.

Otra cuestión por la que se debe salir del armario es la construcción de la propia identidad. Anteriormente me he referido a una de las desventajas de ser percibido como persona LGTB, o de salir del armario: el que esa parte de tu identidad va a arrollar a todas las demás, y se convertirá, se quiera o no, en la principal tarjeta de presentación. Es cierto, pero la alternativa creo que es peor. Permanecer en el armario nos deja más indefensos ante la identidad que se nos va a adjudicar, tendremos menos oportunidades de negociarla y dotarla de otro significado.

¿A qué identidad me refiero? A la que da la injuria. Antes de saber que nos gustaban los hombres, hemos sabido que “maricón” era uno de los peores insultos que se nos podían hacer. No hacía falta entender el significado concreto de la palabra, bastaba con que intuyéramos el lugar que se asignaba al así designado: los márgenes, el afuera. La palabra maricón, o cualquiera de sus múltiples sinónimos, actúa como un virus para el que existe un vacuna cuyo precio no todo el mundo puede pagar. Si has sido vacunado, si eres heterosexual o actúas como tal dentro de unos límites precisos que marca cada sociedad en cada momento, el insulto va a ser inocuo para ti. Si, por el contrario, no eres heterosexual o no te adecúas a las prescripciones de género (ser un hombre o una mujer “como dios manda”) que se te exigen, el virus te hará enfermar y, llegado el caso, puede ser letal (Área de Educación de FELGTB - Comisión de Educación de COGAM, 2012). Esto explica el uso omnipresente en los pasillos de los institutos de la palabra maricón. Cuando les recrimino a los alumnos, siempre de la manera más cordial, me contestan que no le están llamando al otro de verdad “maricón”, que no le están insultando. Y queda ahí retratada toda la homofobia que les rodea como el aire, invisible pero que se respira a cada momento. Efectivamente, ellos saben que el “otro” no es maricón, que está vacunado, no hay peligro de que enferme. Solo enfermará quien lo sea, solo en ese caso estarán insultando.

Curiosamente, y siguiendo con la metáfora, salir del ambiente (de nuevo, en las sociedades más permisivas) supone acceder a una cierta vacuna. Si tu entorno sabe que eres una persona LGTB probablemente te vas a evitar un montón de situaciones incómodas, chistes homófobos y la homofobia ambiente se va a aligerar.

¿Y por qué hacerlo en la escuela?

“¿Y por qué no?” podría ser la primera respuesta que diéramos. La respuesta a esta segunda pregunta es obvia, tiene un coste elevado, nos da miedo, puede traernos problemas. Para poder contrarrestar todas estas objeciones tenemos que precisar qué beneficios se pueden derivar del hecho de salir del armario, no solo con nuestros compañeros de trabajo, sino con nuestros alumnos.

En los colegios e institutos, los veamos o no, lo sepan ellos mismos o no, tenemos un alumnado LGTB que lo tiene más difícil que sus compañeros a la hora de ir creándose una identidad. Y también tenemos un alumnado que no es LGTB pero que es percibido como tal y puede sufrir la misma discriminación.

Para crearnos una identidad tenemos que tener referentes, personas con las que compararnos, admirar, rechazar, etc. En el caso de los adolescentes heterosexuales, los referentes se encuentran por todas partes, en su familia, sus vecinos, sus amigos, en las novelas que leen, en la clase de Literatura, en la televisión, en las letras de las canciones que escucha, en los cuadros de la clase de Historia del Arte... Literalmente, en todas partes.

El alumnado LGTB lo tiene mucho más difícil. ¿Cuántas novelas adolescentes van a tener una protagonista LGTB, cuántas películas, cuántas canciones? Siendo optimistas, muy pocas. Si analizáramos los personajes LGTB que aparecen en la televisión o en las películas, probablemente llegaríamos a la conclusión de que un porcentaje alto son personajes planos, estereotipados, con pocas posibilidades para que los jóvenes LGTB pudieran identificarse.

En la vida real, lo normal es que no conozcan a mucha gente que esté fuera del armario. Por ello me parece importante que los profesores salgamos del armario para poder proporcionar referentes a nuestros alumnos. Con esto no estoy diciendo que seamos su modelo a seguir, sino que seamos un modelo real con el que se puedan medir, que puedan aceptar o rechazar, que les ayude a construirse su propia identidad.

Sin lugar a dudas, otra consecuencia de salir del armario es que se crea una barrera protectora frente a la agresión homófoba. Ahora va a resultar más difícil meterse con un alumno LGTB sabiendo que hay un profesor que abiertamente lo es. Ojo, es una barrera, pero no asegura en absoluto que la agresión no se dé, aunque no sea delante de nosotros.

Otro de los efectos positivos es que empujas los límites de lo que es la normalidad, entendida en su versión más antipática: el cómo deben ser los seres humanos. Durante mi infancia asistí a un colegio religioso en el que todas las familias eran prácticamente iguales: papá, mamá, dos o tres hijos. El más mínimo signo de diferencia suponía un problema. Afortunadamente, este país ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años, y cualquier clase de un colegio público (no así en muchos de los colegios concertados y privados) refleja una gran variedad: alumnos con distintos orígenes, distintas creencias, distintas situaciones familiares, distintas capacidades. Que un profesor salga del armario añade otro grado más de diversidad al grupo. Y no es baladí, en la medida en que todos los alumnos se reconocen como diversos, pueden aceptar mejor su propia diferencia y no vivirla como exclusión del grupo.

¿Cómo salir del armario con los alumnos?

Una consideración previa: como cualquier persona LGTB sabe, esta pregunta, y esta otra relacionada, ¿cuándo puedo ir de la mano con mi pareja o simplemente relajarme en la calle sin exponerme a una agresión?, se nos van a plantear a cada rato, no se contestan de una vez para siempre. Y desgraciadamente, esto les parecerá un lujo asiático a la gran mayoría de las personas LGTB de este mundo.

Supongamos que podemos y queremos dar ese paso. ¿Cómo hacer pública una información que todo el mundo considera que pertenece a nuestra intimidad y que, por tanto, no tiene mucha cabida en las aulas? Desde luego, huyendo como de la peste del modelo “tengo algo que confesarte”. Con los adultos siempre lo he tenido claro, mi salida del armario es indirecta, forma parte del decorado, no está dentro del espacio iluminado por el foco. Para que se me entienda, no empiezo diciendo “yo soy gay”, sino “un novio mío fue el primer insumiso juzgado en este país”, o algo parecido. No estamos hablando de si soy gay, el que yo sea gay lo vas a saber de la misma forma que yo entiendo que eres heterosexual cuando veo la foto de tu familia.

Con los alumnos lo abordo desde la cuestión del respeto. Al comienzo del curso les digo que para mí es muy importante que todos nos respetemos para que podamos convivir y aprender. Y les cuento mi experiencia de acoso en el colegio en el que estudié. Aquí sí es importante verbalizar claramente que eres gay. Cuando lo haces, entiendes por qué nuestros antepasados creían en conjuros: las palabras producen efectos, tienen poder, cambian cosas. De entrada, algo impensable en las aulas de los institutos, que durante unos segundos se haga un silencio de los que se cortan con cuchillo.

Mi experiencia con los alumnos

Como dije al principio, hace siete años empecé a trabajar como profesor. Durante dos años fui interino, y trabajé en los institutos madrileños IES Grande Covián y IES Jaime Vera. A pesar de que ya había estado colaborando con el grupo de Educación de Cogam dando charlas sobre diversidad afectivo-sexual, decidí no salir del armario, me mantuve en el llamado “armario de cristal”, no lo dije pero tampoco lo oculté. Me sentía muy inseguro como profesor como para meterme en un berenjenal más. Al año siguiente aprobé la oposición y entré a trabajar en el IES Luis Buñuel de Alcorcón (Madrid), y allí empezó la experiencia de estar fuera del armario en un instituto. Los últimos cuatro años he estado en el IES Rosa Chacel, de Colmenar Viejo (Madrid).

Sin duda, puedo calificar la experiencia como muy gratificante a nivel personal. No he tenido ningún problema con los profesores, los alumnos y los padres. Los chavales parecen asumir sin ningún problema el tener un profesor gay. Las anécdotas más tiernas tienen que ver con mis alumnos más pequeños, los de 12 a 14, porque todavía mantienen la espontaneidad de los niños. Desde aparecer por un pasillo con una amiga que no es alumna mía para cerciorarse de que yo soy gay de verdad, y ver la cara que se le pone con mi respuesta, hasta pedirme sinceras disculpas cuando en las escaleras uno a otro se han llamado “maricón”, y de pronto ven que yo estoy por allí.

Los incondicionales de la teoría del “choque de civilizaciones” no encontrarán confirmada sus teorías en mi experiencia. Entre los alumnos más cariñosos conmigo (también es cierto que no les doy clase, ya se sabe que la convivencia estropea muchas cosas) está un grupo de chicos adolescentes de origen marroquí. Lo menciono aquí porque en el imaginario colectivo está el que necesariamente tiene que haber problemas con estos adolescentes. Como digo, no ha sido mi caso.

Un momento emocionante fue cuando vino un exalumno del centro a visitarnos y me contó cuánto le había ayudado para poder aceptarse como gay, aunque en su momento no me dijera nada. También me contó algo que me ha hecho reflexionar desde entonces: en muchas ocasiones me había defendido ante sus compañeros cuando me insultaban. Se me ocurren varias consideraciones. Obviamente, el que yo no perciba comportamientos homófobos entre mis alumnos no quiere decir que no existan. Y el hecho de estar fuera del armario puede tener un efecto no buscado, el que los alumnos LGTB sean testigos presenciales de insultos homófobos dirigidos al profesorado LGTB, es decir, aumentar la concentración de homofobia que respiran a diario.

Por otro lado está la cuestión de la formación de la identidad masculina a través del rechazo de la homosexualidad y la feminidad. Puede que parte de esos insultos se deban a la necesidad de configurarse como “hombres” en un sentido muy tradicional.

Pese a todo, y voy terminando, creo que es útil salir del armario con los alumnos, aunque no sea suficiente para erradicar la homofobia de los institutos. Y creo que el profesorado LGTB debemos reflexionar sobre estas cuestiones, sea cual sea la decisión que tomemos finalmente.

Además de agradecer a mis compañeros y alumnos de todos los institutos en los que he estado su apoyo y cariño, me gustaría terminar con una utopía y una cita. La utopía sería que este texto se volviera cuanto antes incomprensible (suponiendo que no lo sea ya por otros motivos), que resultara tan absurdo como ahora ocurriría con un texto en el que aparecieran frases como esta: “¿cómo decirles a tus alumnos que te fascina el número pi?”, que necesitara numerosas notas a pie de página para explicar un contexto histórico que en nada se pareciera al del lector, que ese lector no pudiera creerse que hubo un momento en el que las diferencias que se dan entre los seres humanos fueran motivo de discriminación.

Y la cita: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”, Eduardo Galeano.

Sigamos caminando.

martes, 14 de octubre de 2014

#revistas #educacion | Cuadernos de Pedagogía | 449 | Arte y diversidad sexual

Arte y diversidad sexual
Tema del mes de: Cuadernos de Pedagogía (ISSN 0210-0630), n. 449 (2014-10)

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/ Arte - Estudio y enseñanza / Diversidad sexual / Educación
TEXTO COMPLETO | Acceso restringido usuarios UPV/EHU

http://millennium.ehu.es/record=b1754582~S1*spi

La diversidad afectivo-sexual y de género está presente en las aulas, pero se mantiene oculta. Este Tema del Mes postula la Educación Artística como una herramienta para visibilizar esta realidad y fomentar el desarrollo creativo del alumnado y del profesorado que quiere vivir con normalidad su diversidad sexual. Frente a la heteronormatividad, o incluso la homofobia, distintas experiencias de aula impulsan la expresión personal, la creatividad, el debate y la reflexión en torno a opciones sexuales, roles de género y estereotipos. Subyace una mirada nueva, que se aleja de tabúes y miedos, y defiende la promoción de los derechos humanos y las libertades.

Tema del mes: Arte y diversidad sexual / coord. Ricard Huerta
46 / Presentación
48 / La Educación Artística como motor de cambio social / Ricard Huerta
51 / Complejidad y sensibilidad / Lander Cavelhe e Imanol Aguirre
54 / Contar la diversidad familiar en el aula / Autoría compartida
58 / Desde el arte contemporáneo, traspasar los límites impuestos / Laus Fullana Gomila
61 / Quiero ser Queer-ARTecno-CREATIV@ / Víctor Parral Sánchez
64 / Una cuestión de género / Liliane Inés Cuesta Davignon
68 / Docentes en formación y diversidad sexual / Paloma Rueda Gascó y Amparo Alonso-Sanz
71 / Para saber más / Ana Maeso Broncano

La Educación Artística como motor de cambio social / Ricard Huerta · Director del Instituto de Creatividad e Innovaciones Educativas de la Universitat de València
En: Cuadernos de Pedagogía (ISSN 0210-0630), n. 449 (2014-10), p. 48-50. Tema del mes: Arte y diversidad sexual.


El territorio del arte permite reflexionar y actuar sobre la realidad. Desde la Educación Artística se pueden aprovechar numerosos recursos para mejorar y transformar esta realidad en base a criterios como el respeto, la colaboración y la equidad. El autor del artículo propone una defensa de los derechos humanos a partir de las geografías del arte y sugiere encaminar los esfuerzos hacia una mayor aceptación de la diversidad sexual en las aulas.

A pesar de las constantes regresiones que está padeciendo la educación en artes dentro del currículo oficial, numerosos profesionales y colectivos seguimos manteniendo una apuesta por la innovación y el desarrollo. El impulso que están adquiriendo iniciativas como las artografías (a/r/tographies) o la investigación basada en las artes (Arts Based Research) constituyen una buena muestra de este afán por mejorar y adecuar las artes a los nuevos entornos educativos. Dentro de este espíritu de mejora introducimos un factor clave para definir una posible hoja de ruta: la Educación Artística como motor de cambio social. Para ello abordamos la diversidad sexual desde la Educación Artística, visibilizando así una realidad social y cultural que sigue ausente en las aulas. Mediante reflexiones y propuestas fomentamos el desarrollo creativo y artístico del alumnado y del profesorado para que puedan vivir con normalidad su diversidad sexual. Las experiencias que se están llevando a cabo en las aulas de Primaria, de Secundaria y de la universidad serán el foco de atención del monográfico que sigue.

Personas de todas las edades están sometidas a discriminaciones de orden legal, cultural, educativo y político a causa de la homofobia y de la heteronormatividad, lo cual influye negativamente en su salud y su bienestar. El alumnado y el profesorado que asume su diversidad sexual como una opción personal legítima ve mermadas sus posibilidades de llevar una normalidad académica y laboral en este sentido, lo cual es un síntoma de debilidad del sistema educativo ya que se trata de una cuestión directamente relacionada con los derechos humanos, el ejercicio de la democracia y la responsabilidad social (Council of Europe, 2011). Desde el arte se abren diversas posibilidades de acción, entendiendo la Educación Artística como una geografía que atiende a la relación entre los individuos y su entorno. Nuestra mirada y nuestra reacción como creadores y usuarios de imágenes son la clave de esta apertura al conocimiento y la interacción.

Revisar, visibilizar y mirar sin tabúes
El desarrollo de las teorías queer y de los feminismos supone elaborar nuevos discursos en relación con el cuerpo y los espacios por los que transita. Los postulados queer (término inglés que podría traducirse como "raro" o "anormal") parten de una revisión del concepto de género, dudando de la validez de dicotomías como "hombre-mujer", "masculino-femenino", "homosexual-heterosexual", las cuales constituyen en realidad calificaciones de orden cultural (no natural), apostando por una validación equilibrada y porosa del conjunto de las identidades sociales, todas igualmente anómalas. La visibilización y la crítica del engranaje que articula el esquema masculinizante de nuestra sociedad propicia una mirada sin tabúes y un empoderamiento en muchos ámbitos que antes parecían intocables. Artistas como Miguel Ángel o Caravaggio tuvieron que someter su sexualidad al rigor que exigían el poder religioso y los esquemas dominantes. Por el contrario, hoy podemos elaborar lecturas desprejuiciadas de las obras de David Hockney, Pierre et Gilles o Nan Goldin sin tener que evitar su trama sexual. Le pregunté a mi alumnado universitario si me podía explicar la diferencia entre sexo y género. Inicialmente no entendían qué motivos había para tratar estos temas en las clases de arte. Entonces les hablé la obra de Keith Haring, Pepe Espaliú, Wolfgang Tillmans, Cabello-Carceller, Gilbert & George, Carlos Motta o Félix González-Torres. Intentar comprender a estos artistas sin tener en cuenta su implicación en la lucha por los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales (LGTB) es muy complicado. O como mínimo confuso (Lord y Meyer, 2013). Esconder estas realidades resulta anacrónico, del mismo modo que cuesta entender por qué motivo en algunos catálogos, libros o exposiciones sobre Francis Bacon, Robert Rauschenberg, Jasper Johns, Jackson Pollock o Cy Twombly se insiste en ocultar su opción sexual, de manera que perdemos buena parte de la perspectiva y de sus posibles lecturas.

Si ocultamos a nuestro alumnado estas realidades que afectan a la vida y la obra de grandes artistas perpetuamos un registro de actitudes homófobas y recalcitrantes. Evidenciamos de manera preocupante que no se introducen en las clases las imágenes que desde las artes han venido afianzándose en el imaginario popular de la diversidad sexual, como por ejemplo el triángulo rosa, con el cual los nazis marcaban a los homosexuales a quienes después ejecutaban en campos de exterminio durante la II Guerra Mundial. Transformar este símbolo para evitar la humillación de personas inocentes supone respaldar los derechos humanos. La lucha contra el SIDA convirtió el triángulo rosa en símbolo reivindicativo de los derechos del colectivo gay. Otro icono visual de la diversidad sexual es la bandera de seis colores, signo de identidad en la lucha por los derechos LGTB que se produce tras los disturbios en 1969 de Stonewall Inn, el mítico local del Greenwich Village de Nueva York. La estética propia de la diversidad sexual está al alcance de nuestro alumnado en los videoclips de Lady Gaga, Madonna, Pet Shop Boys, Culture Club, George Michael y tantos otros ejemplos que inundan la red. ¿Por qué motivo no nos acercamos a estas muestras de la cultura popular para analizar las imágenes que representan? ¿Es por la misma razón que no estamos revisando en clase films tan recomendables como “Philomena” (Stephen Frears, 2013), “Contracorriente” (Javier Fuentes-León, 2009), “Milk” (Gus Van Sant, 2008), “Brokeback Mountain” (Ang Lee, 2005), C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), “El banquete de boda” (Ang Lee, 1993) o “La calumnia” (William Wyler, 1961)?, ¿O acaso no resultan fascinantes las filmografías de directores como Almodóvar, Pasolini, Fassbinder, Jarman, Pons o Lichtenstein?

Resultaría muy eficaz que desde el cine y la música atendiésemos a la cultura visual que generan los postulados LGTB para abordar los problemas de quienes se enfrentan a realidades diversas en lo referido al género y la identidad sexual. Con ello instauramos un ambiente de respeto hacia los diferentes posicionamientos, impulsando desde la educación criterios equitativos, facilitándoles los recursos pertinentes a las personas que lo necesiten, y teniendo en cuenta que contamos con organizaciones de apoyo que conviene conocer. La Educación Artística puede articular un nuevo engranaje para reivindicar la diversidad a través de la cultura visual, dotando al alumnado de estrategias que fomenten los derechos humanos, la creatividad, la economía emprendedora y la generación de conocimiento compartido. […]