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lunes, 1 de noviembre de 2021

#hemeroteca #homosexualidad #vih #memoria | Rebecca Makkai: «El sida evidencia las enormes desigualdades sociales que existen».

Naiz / Rebecca Makkai //
Rebecca Makkai · Escritora: «El sida evidencia las enormes desigualdades sociales que existen».

Nacida en Illinois en 1978, hasta la fecha había publicado dos novelas y un libro de cuentos pero ha sido «Los optimistas», su tercera novela, la que le ha consagrado como una de las voces más potentes de la literatura de EE.UU, habiendo sido finalista del Pulitzer y del National Book Award.
Jaime Iglesias | Naiz, 2021-11-01
https://www.naiz.eus/es/hemeroteca/gara/editions/2021-11-01/hemeroteca_articles/el-sida-evidencia-las-enormes-desigualdades-sociales-que-existen 

Lo bueno fue que en aquellos años emergió una colaboración que fortaleció el movimiento LGTBi, todos sus integrantes salieron a la calle a defender unos mismos objetivos. Mientras realizaba las entrevistas que hice para documentarme, empecé a interesarme por cómo funcionaba la memoria de quienes habían vivido aquella época. ¿De qué manera esta gente se relaciona con su propia experiencia? ¿cómo gestionan sus recuerdos?

“Los optimistas” es un relato en primera persona sobre los estragos que causó la pandemia del sida entre la comunidad gay de Chicago a finales de los años 80, la historia de una generación luchadora y optimista que, de la noche a la mañana, sintió que su mundo se venía abajo. Con una prosa sincera y emotiva y un relato estructurado en dos tiempos, Rebecca Makkai ha conseguido poner voz a los protagonistas de una época que sigue ocupando una posición marginal en los manuales de Historia Contemporánea.

Según usted, su primera idea fue escribir una obra sobre la «generación perdida», ese grupo de artistas estadounidenses que vivió el París de los años 20. Partiendo de esa premisa, ¿cómo acabó alumbrando una novela sobre los primeros tiempos del sida?

El deseo de acercarme a la “generación perdida” era para contar la historia de un grupo de jóvenes cuyo mundo se va desmoronando. Queriendo hablar de aquella época desarrollé un personaje, llamado Nora, que fue musa y modelo para varios de los pintores que hicieron fortuna en el París de antes y después de la I Guerra Mundial. El punto de partida de la novela era contemplar a Nora en su ancianidad, en la década de los 80, y que alguien contase su historia retrospectivamente. De ahí surge el personaje de Yale. Pero me di cuenta de que evocar un tiempo pasado no tiene tanta fuerza como escribir desde el presente, y Yale fue adquiriendo autonomía. Fue entonces cuando vi claro el paralelismo entre la llamada “generación perdida” y quienes padecieron la epidemia del sida en los 80. Lo curioso es que mientras de la “generación perdida” existe mucha documentación y se han escrito muchas obras, de la generación que vivió los peores años del sida apenas sabemos nada. Para mí eso fue un acicate para darle la vuelta al planteamiento inicial y ponerme a escribir otra novela totalmente diferente a la que tenía en mente.

¿Dónde localiza ese paralelismo entre la llamada «generación perdida» y quienes convivieron en el sida en los años 80?

El concepto de “generación perdida” es una invención de Scott Fitzgerald y aunque tendemos a pensar que se trató de un grupo de jóvenes cínicos que vivieron con despreocupación antes de dejarse atrapar por el desencanto, hay que poner en valor la alegría, la brillantez y el activismo de todos esos jóvenes que, de un día para otro, sintieron cómo la realidad que les inspiraba se iba destruyendo por las secuelas de la I Guerra Mundial. Antes de que tuviera lugar dicho conflicto, París fue una ciudad de acogida para muchos jóvenes con talento pero sin recursos que habían abandonado sus hogares buscando cumplir un sueño y que, contagiados por el frenesí creativo que vivía la ciudad, encontraron una nueva familia en sus compañeros de fatigas, pero llegó la guerra y la gripe y muchos de estos jóvenes murieron. Las comunidades gay que florecieron en las principales ciudades de EE.UU durante los años 70 también estaban formadas por jóvenes cargados de ilusiones que habían dejado atrás sus lugares de origen encontrando un nuevo impulso en el ámbito de la creación artística. El estado de shock en el que les dejó el sida, ese sentir que el mundo que habían construido se iba desmoronando mientras veían agonizar y morir a muchos amigos y conocidos, traza una similitud entre ambas generaciones.

¿Cómo se documentó para recrear aquella época? ¿A qué tipo de fuentes acudió?

De entrada, acudí a bibliotecas y hemerotecas y me sorprendió el escaso número de publicaciones sobre lo que había supuesto el sida en una ciudad como Chicago, que no tuvo una comunidad gay tan activa como la que podía existir entonces en Nueva York o San Francisco, pero que no deja de ser la tercera ciudad de EE.UU. Ante eso opté por realizar entrevistas a amigos de amigos que sabían o conocían a personas que habían estado involucradas en la lucha de la comunidad hay de Chicago en los años 80. Fue un trabajo de rastreo, unos testimonios me fueron llevando a otros hasta que pude acabar entrevistando a médicos, abogados, activistas, supervivientes, personas que habían perdido a compañeros en aquellos años o que llevaban siendo seropositivos desde entonces. Yo les hacía preguntas específicas porque yo ya tenía definidos a mis personajes, pero me faltaba ofrecerles un contexto. Para mí era muy importante hacer un retrato fidedigno de lo que fueron aquellos años y de ahí que tras concluir la novela diese a leer el manuscrito a muchas de esas personas.

En aquellos años el sida era una enfermedad que pesaba como un estigma sobre la comunidad LGTBi. ¿Cree que hoy en día se han superado esos prejuicios o siguen pesando de cara a no dedicar recursos suficientes a la investigación?

Todavía siguen pesando mucho esos prejuicios. Basta acudir a las estadísticas y ver cómo actualmente más de un millón de personas siguen muriendo al cabo del año víctimas del sida. Lo que ocurre es que la mayoría de esas nuevas víctimas pertenecen a países africanos que no merecen la más mínima consideración por nuestra parte, por eso caemos en el error de pensar que el sida es una enfermedad del pasado. En el fondo, el sida siempre ha reflejado exclusión y marginalidad. En EE.UU la mayoría de nuevos contagios se están dando en población afroamericana y latina del sur del país. ¿Y qué hace el gobierno ante eso? Pues recortar en sanidad y en investigación. De hecho, cuando Trump llegó a la Casa Blanca una de sus primeras decisiones fue despedir a todos los miembros del Consejo Presidencial para asuntos relacionados con el VIH. Esos recortes son un drama en un país donde hay mucha gente que no tiene acceso al seguro médico ni a los tratamientos más básicos. Es una enfermedad que evidencia las enormes desigualdades sociales que existen.

¿Cree que la epidemia del sida contribuyó a la lucha del movimiento LGTBi, a que este se organizase y coordinase con más efectividad?

Sí, sin duda. Desde los años 70 los gays habían emprendido una lucha con la idea de hacerse más visibles en la sociedad pero la aparición del sida y la estigmatización que padeció el colectivo hizo que emergiese un sentimiento de activismo mucho más acentuado. Muchos de los que empezaron a militar entonces pidiendo más recursos sanitarios y en investigación reorientaron ese activismo en la reivindicación de una igualdad plena de derechos para los homosexuales. Por otra parte aquella lucha también sirvió para involucrar en el activismo a los colectivos de lesbianas que, hasta ese momento, estaban al margen de todo, condenadas a la invisibilidad incluso por los propios gays. De hecho, una de las personas a las que entrevisté me comentó “si aquella hubiera sido una enfermedad que hubiera afectado masivamente a lesbianas, no sé si los gays hubieran tenido esa misma reacción de apoyo que ellos tuvieron por parte de ellas”. Lo bueno fue que en aquellos años emergió una colaboración que fortaleció el movimiento LGTBi, todos sus integrantes salieron a la calle a defender unos mismos objetivos.

En aquel caso sí que se puede decir que la epidemia trajo consigo una reacción de solidaridad ¿no?

Bueno, existió solidaridad entre los propios gays. Hubo una culpabilización del social colectivo que incluso caló entre muchos de sus miembros. Rebelarse contra el estigma fue lo que les hizo levantar la voz, luego fueron sumándose otras personas ajenas al colectivo pero yo creo que nunca fue una causa realmente popular. Los políticos, en general, sobre todo los del partido republicano, no vieron qué rédito podían sacar de apoyar esa lucha, incluso se esforzaron por mantener marginados a estos activistas como si fueran unos apestados. No deja de ser significativo que Ronald Reagan no pronunciase en público la palabra sida hasta 1987. La situación que hemos vivido con la covid es radicalmente distinta, no solo por la naturaleza de la enfermedad sino porque en este caso se trata de un virus al que todos estamos expuestos y eso obliga a la clase política a posicionarse sin subterfugios.

Volviendo a la novela, llama la atención que usted organice la narración en dos tiempos, en los 80, con la historia de Yale Tishman y en 2015, con esa subtrama protagonizada por Fiona, hermana de uno de los amigos de Yale, con cuya muerte se inicia la novela ¿Por qué le dio esta estructura al relato?

Mientras realizaba las entrevistas que hice para documentarme, empecé a interesarme por cómo funcionaba la memoria de quienes habían vivido aquella época. Cuando les hacía determinadas preguntas muchos de ellos me decían “hacía treinta años que no pensaba en esto”. Otros me sacaban fotos que ellos mismos no veían desde hacía décadas. Eso me llevo a pensar ¿de qué manera esta gente se relaciona con su propia experiencia? ¿cómo gestionan sus recuerdos? Porque me interesaba mucho cómo había evolucionado el sentimiento de culpa y el dolor en esas personas. Ese tipo de reflexiones me llevaron a desarrollar el personaje de Fiona y a trasladarlo a 2015. Fue una manera de introducir el tema de la memoria. En este sentido y atendiendo a la acogida que ha tenido su novela en EE. UU

¿Piensa que «Los optimistas» ha servido para reactivar la memoria histórica? ¿Cree que la literatura posee esa función?

La única responsabilidad que me arrogo como escritora es con mis lectores. Con “Los optimistas” lo que más me preocupaba era hacer justicia a esa generación de hombres gays que ahora tienen entre 55 y 65 años y que vivieron en primera persona aquellos años del sida. Me preocupaba que se vieran reconocidos en la historia que estaba contando y he tenido la suerte de que ellos han sido uno de mis mayores apoyos. Rescatar su memoria ha servido para que otras muchas personas hayan accedido a la novela, algunas sin saber de que iba o sin tener un conocimiento real de aquella época mientras que para quienes la vivieron “Los optimistas” ha sido una especie de catarsis y eso me hace sentirme especialmente orgullosa.

miércoles, 27 de octubre de 2021

#hemeroteca #vih #memoria | El estigma del sida, en una novela sin ficción

Imagen: ABC / Rebecca Makkai //

El estigma del sida, en una novela sin ficción.

La escritora estadounidense Rebecca Makkai narra los estragos del virus en el Chicago de mediados de la década de los ochenta apoyándose en testimonios de supervivientes.
Inés Martín Rodrigo | ABC, 2021-10-27
https://www.abc.es/cultura/libros/abci-estigma-sida-novela-sin-ficcion-202110271852_noticia.html 

En 1981, se diagnosticaron en Estados Unidos los primeros casos de sida. El origen de esta pandemia, sin embargo, se remonta, según la hipótesis científica más aceptada, a los años veinte del siglo pasado en la actual Kinsasa (República Democrática del Congo), siendo la década de los sesenta el momento histórico en el que empezó a expandirse por todo el mundo. Desde entonces, y según las cifras más actuales y recientes, 39 millones de personas han muerto a causa del sida o de enfermedades relacionadas con el virus del VIH. En la actualidad, hay 37,7 millones de casos y cada quince segundos, aproximadamente, una persona se infecta, lo que se traduce en 5.760 personas al día (una de cada cuatro no lo sabe). Pero todavía no hay vacuna. Sí tratamiento, pero no vacuna.

El estigma que siempre, desde que apareció, ha rodeado a esta enfermedad por sus connotaciones sexuales y raciales ha sido el parapeto tras el que la opinión pública se ha colocado para evitar mirar de frente, cara a cara, a una cifras escandalosas y a una realidad de la que todos formamos parte. Hasta la literatura, siempre pendiente de la vida para dar cuenta de ella, reflejarla, se ha mostrado bastante tibia al respecto. Son muy escasas, y sobre todo poco contadas, las novelas que se han ocupado del sida como tema central, narrativo. Y una de las más recientes ha coincidido en el tiempo con otra pandemia, la del Covid-19.

Su título, ‘Los optimistas’ (Sexto Piso), sacado de una cita de Francis Scott Fitzgerald, dice bastante de la intención de su autora, Rebecca Makkai (Skokie, Illinois, 1978): recuperar la memoria de las víctimas para que la sociedad, desmemoriada en extremo, no se olvide de ellas. Para ello, sitúa la acción en el Chicago de 1985, año en el que apareció el primer test de diagnóstico y en el que el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan pronunció por vez primera la palabra sida, aunque lo hiciera, como advierte Makkai, «en una especie de visita turística a la Casa Blanca», no en público. La escritora ha rastreado en la memoria de los supervivientes, a los que ha entrevistado llegando a convertirse en una especie de terapeuta, con la intención de contar, desde la ficción, una historia tan real como la vida misma.

«Al principio, el tema del sida empezó siendo una especie de subtrama de la novela, pero a medida que fue pasando el tiempo me di cuenta de que no quería relegarlo, sino mirarlo de frente. He comprobado que en demasiadas novelas, en demasiadas películas, este tema es una subtrama. No voy a criticar a nadie, no se trata de eso, pero siempre es un amigo del protagonista el que se muere y debido a eso él aprende algo sobre la vida... Me parecía que eso no era respetuoso con la gente que ha pasado por toda esta desgracia. No quería tratar el tema como algo simbólico, quería abordarlo directamente», explica Makkai a su paso por Madrid para promocionar el libro.

Desde la perspectiva creativa, la considera que «antes se intentaba no ofender al público de una forma un poco cínica», y aunque es cierto que hubo gente que escribió novelas o hizo películas «sólo veían el tema como una trama que les convenía, veían el problema como algo secundario». Entre las excepciones artísticas, Makkai cita la película ‘An Early Frost’, estrenada también en 1985 y que supuso un «avance», aunque la pareja protagonista no se tocaba, sólo había una mano que rozaba un hombro… «Fue un intento, una aproximación, hicieron lo que les parecía aceptable en ese momento para no herir sensibilidades. Hoy en día no tenemos que avergonzarnos de ese tipo de cosas».

Memoria
La escritora no cree que ahora exista miedo o temor a hablar del sida. Se trata, más bien, de que «la gente lo obvia, lo ningunea. «El sida es un enorme problema que aún no se ha resuelto, pero como está un poco mejor la gente no se preocupa». Por otro lado, son los «grupos marginales» los más afectados e infectados en todo el mundo, y por eso «mucha gente no ve el sida como un problema que afecta a toda la sociedad». Además, el pasado pesa, y mucho, en la consideración de una pandemia que nunca se consideró como tal. «La gente lo ve como un problema del pasado. Es impensable que un político se pusiera a hablar ahora en campaña del sida. Las historias no se contaron en los años 80 y 90, los peores del sida, por el estigma, en parte, pero ahora no se habla lo suficiente».

Makkai se implicó personalmente en la investigación que llevó a cabo para poder escribir la novela. Visitó archivos, consultó hemerotecas y habló con todos aquellos que sobrevivieron para, años después, cuando estuvieron preparados, poder contarlo. «Hice como una especie de papel de terapeuta, porque les ayudé a rescatar esas memorias, esos recuerdos, lloramos juntos, vimos fotos antiguas… No ficcionalicé a nadie. Muchas de estas personas ahora tienen 70 u 80 años, y era el momento de contar su historia, pero sigue habiendo todavía estigma y también han sufrido un trauma. Aunque en aquel momento salieron del armario, cuando sucedió todo aquello su tendencia fue a reprimirlo, a ocultarlo. Hay gente que hoy en día está fuera del armario, pero no quiere hablar del tema ni tratarlo».

Una novela que, en definitiva y según su autora, «trata de cómo la gente trata de vivir su vida cuando la Historia se interpone, les interrumpe». Que es lo que llevamos haciendo, al fin y al cabo, en el último año y medio. «La Historia irrumpe y frustra nuestros planes, acaba con ellos», remata Makkai.

lunes, 25 de octubre de 2021

#hemeroteca #homosexualidad #vih #memoria | Rebecca Makkai: «Si vas a escribir desde una posición de privilegio, no hay margen de error»

Mujer Hoy / Manifestación de Act-Up en 1990 //

«Si vas a escribir desde una posición de privilegio, no hay margen de error»: Rebecca Makkai firma ‘Los optimistas’, una historia sobre la pandemia que tampoco ha acabado, el VIH.

‘Los optimistas’ (Sexto Piso) se mueve entre los 80, los años duros del sida, y un presente cercano. Es la historia de un grupo de amigos homosexuales y de una madre que busca a su hija. Pero también una reflexión sobre el mundo del arte, la autenticidad y quiénes consiguen contar sus historias.
Laura Caso | Mujer Hoy, 2021-10-25
https://www.mujerhoy.com/actualidad/nuevo-libro-pandemia-vih-sida-polemica-hombres-gays-los-optimistas-rebecca-makkai-20211025142610-nt.html 

¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que empecemos a contar historias con perspectiva sobre la crisis del COVID-19? ¿Serán los que fueron niños durante esta pandemia los que mejor puedan contarla? Rebecca Makkai nació en 1978 y tenía 9 años cuando el presidente de su país, Reagan, pronunció por primera vez en público el término 'AIDS', sida, seis años -nada más y nada menos- después de que se descubriera el virus. En 2018, cuando otra epidemia mundial aún era inimaginable, publicó ‘Los optimistas’, que en este 2021 se estrena traducido al español por la editorial Sexto Piso (trad. Aurora Echevarría) y se contempla, quizá, de una manera diferente.

‘Los optimistas’ comienza en 1985 con un grupo de amigos gays en Chicago, casi todos con trabajos intelectuales y en la treintena. Y empieza con Yale Tishman, un curador de arte, acudiendo al funeral de Nico: la epidemia se está cobrando vidas de hombres jóvenes a un ritmo alarmante, y cada diagnóstico es prácticamente una sentencia de muerte. Pero el libro viaja también al presente, treinta años también cuando Fionna, la hermana de Nico, trata de localizar a la hija con la que ha perdido toda relación desde que ésta, en su juventud, se uniera a una secta.

«No creo que la pandemia haya cambiado la manera en que pienso en mi libro pero sí creo que haberlo escrito, con toda la investigación que realicé, me ha dado un entendimiento diferente de la crisis: sobre cómo funciona el sistema de salud estadounidense, cómo los países trabajan juntos para atajar una crisis, cómo la gente confía o desconfía de la ciencia… Fue como un curso preparatorio», explicaba Rebecca Makkai a Mujerhoy un soleado día de octubre en Madrid.

P. En tu opinión, ¿existen paralelismos entre ambas crisis sanitarias?

R. En aquel momento hubo mucha desinformación porque no se cubrió en los medios y el gobierno no hablaba de ello. Ronald Reagan no pronunció públicamente la palabra 'sida' (aids, en inglés) hasta 1987, y la enfermedad se descubrió en 1981. Hubo mucho silencio y desconocimiento. No se investigaba apenas porque no había dinero. Y es interesante porque ahora ha sido al contrario: hay amplia cobertura mediática, se ha invertido mucho dinero y aún así mucha gente no se fía de lo que dicen las autoridades o la ciencia.

P. Se habló mucho de que las emergencias sanitarias como esta «nos igualan a todos», pero una vez más hemos comprobado como eso no es cierto. Las personas con menos recursos vuelven a ser las que más sufren, y esto ya había ocurrido con la pandemia del VIH...


R. Esto es especialmente cierto en un país como Estados Unidos, con un sistema de salud tan injusto… Si no tienes seguro no puedes conseguir tratamientos que cuestan miles y miles de dólares. Seguimos teniendo personas con VIH (1,1 millones en EE.UU.), muchas son infecciones nuevas y gran parte de ellas son gente que no lo sabía, que no tiene acceso a medicación o que, aún teniéndolo, no pueden tomarlo todos los días o renovar sus recetas.

Existe la idea de que el VIH es algo acabado. Y sí, es una condición con la que se puede vivir en países con sistemas públicos excelentes y si no se tienen otras patologías, pero la gran parte de las nuevas infecciones no se producen en esa situación. En lugares como Sudáfrica o India la enfermedad golpea especialmente a las personas con menos recursos.

P. Hace poco ha habido dos pequeños fenómenos audiovisuales que rememoran, como ‘Los optimistas’, los años más duros de la pandemia del VIH: las series Pose y It's a sin. ¿Crees que estas historias están surgiendo porque sus creadores las vivieron cuando eran niños o jóvenes y quedaron muy marcados por ello?


R. Nací en 1978. Cuando el libro comienza, yo tenía solo 7 años, pero el VIH era un tema que me fascinaba y estaba muy preocupada. Creo que sí, que las novelas y las series que ahora están surgiendo tienden a tener detrás a gente de mi generación, gente que empezó a ser consciente del mundo cuando el mundo estaba sumido en esta crisis. Los que eran adultos en aquel momento quizá la vivieron pensando «bueno, es otra crisis, las crisis van y vienen», pero para un niño esta enfermedad lo era todo. Y si lo piensas, era así: murieron decenas de millones de personas.

Es un momento muy interesante, porque hay muchos creadores de esa generación que lo vivieron, jóvenes que no saben casi nada al respecto y personas que sobrevivieron, tienen 70 u 80 años y es la oportunidad para contar sus historias.

P. Casi podemos hablar de una generación desaparecida, que en el caso de las guerras, por ejemplo, sí que se recuerda y se rememora así, pero no existe esa consideración histórica y social en lo referente a aquellos años del VIH.

R. En el mundo del arte sí que hay ese sentido de pérdida y, por supuesto, entre los que vieron morir a sus seres queridos. Pero hay mucho olvido porque hubo mucho silencio: personas que murieron con la enfermedad que no querían que se supiera, o a veces eran sus familias. No hay una lista con todos los nombres, al estilo de la I Guerra Mundial.

P. Es una novela muy coral y compleja, hay muchos personajes que además comparten tantas características que podría haber sido una tentación caer en los estereotipos: hombres treintañeros, urbanitas, con profesiones liberales, gays...

R. Gran parte de la investigación consistió en entrevistar a gente que vivió aquellos años, y eso me proporcionó muchísimos detalles, detalles psicológicos también. A mí me criaron profesores, así que tiendo a escribir sobre intelectuales. Manejar tantos personajes era todo un reto, porque la novela no puede ser eterna. No podía hablar de todos los tipos de personas que sufrieron aquellos años: gente con drogadicción y vih, mujeres con vih... Necesitaba quedarme con un grupo de amigos y ser realista con cómo de diverso podía ser ese grupo en esa época: no ibas a tener a una persona de cada etnia, etc. Pero dentro de esos límites quería toda la variedad posible.

P. Ahora que mencionas a mujeres, también tienen un peso importante en la novela, especialmente como cuidadoras...

R. Sí, en la novela, al final las mujeres son las que cuidan. Está Fionna, que al principio del libro pierde a su hermano por la enfermedad, y hay dos personajes más secundarios, una pareja de lesbianas. Lo que aprendí es que aquellos hombres gays tenían muchas amigas y, cuando enfermaban, el resto de sus amigos o estaban también enfermos o no podían hacerse cargo y eran las mujeres las que estaban ahí. La comunidad lesbiana estuvo realmente a la altura en ese momento histórico. Hasta entonces, las comunidades gay y lesbiana no se habían llevado muy bien, sentían que no tenían nada en común, pero en esta crisis ellas se involucraron de verdad, cuidando y también apoyando desde el activismo.

P. Si uno se deja llevar por la temática o la sinopsis, ‘Los optimistas’ puede dar la sensación de ser una novela en la que no se para de llorar. Pero hay mucho humor, hay tramas casi de thriller, hay ternura...

R. Cuando la gente me pregunta, siempre digo que es un libro triste, no deprimente. Nadie puede vivir en un estado de crisis durante una década. A medida que me informaba más y más sobre este periodo y hablaba con quienes lo vivieron, entendí que era lo más realista.

Sigues teniendo sentido del humor, te sigues divirtiendo. Buscaba la textura de la realidad, y pasan muchas otras cosas que no tienen nada que ver con el VIH. El trabajo de Yale, rupturas, enamoramientos… Esto me permitió llevar alegría y sentido del humor al libro.

P. Además de muchos personajes, la estructura se complica manejando dos líneas temporales. ¿Planteaste así la novela desde el principio?


R. Empecé escribiendo solo desde el punto de vista de Yale y solo en los 80. Avancé 100 páginas, pero cambié de opinión por dos razones. La primera es que estaba preocupada por la cuestión de la apropiación: escribiendo desde el punto de vista de un hombre gay sentía que estaba ejerciendo de ventrílocua. Al meter otro personaje más parecido a mí podía alejarme más como autora. La otra razón es que cuando hablé con supervivientes me fascinó cómo hablaban de la memoria. Un montón de gente hablaba de que no se acordaba de nada porque había estado bebiendo mucho para soportar la situación. Esta cuestión del tiempo se convirtió en algo muy interesante: qué pasa con los que sobreviven. No hubiera podido incluir nada de eso si me hubiera quedado en la misma época.

P. No es comparable por muchas cuestiones, pero con el coronavirus hemos vuelto a vivir la enfermedad asociada a un castigo moral: parece que quien se contagia es, necesariamente, culpable. En el caso del VIH, esta vinculación era tremenda y muy dolorosa, y décadas después parece que no hemos aprendido...

R. En aquel momento, líderes religiosos y políticos dijeron públicamente que esto era un castigo divino, que Dios estaba limpiando la Tierra. Un político muy cercano a Reagan llegó a proponer que se hicieran tests a toda la población y que se marcara a los contagiados. Otro propuso mandar a todos los homosexuales a una isla... Los hombres gays de esa generación se habían criado en el armario. La mayoría fueron educados en la vergüenza. Y que esto ocurriera justo cuando eran adultos y libres les llevó a pensar a muchos: mi párroco tenía razón, mi madre tenía razón...

Tuve un conflicto mientras escribía. Mucha gente me había recalcado lo tóxico que es intentar trazar quién se lo ha transmitido a quién, pero como novelista necesitaba que hubiera causa y efecto. Me daba la sensación de que cada elección que tomaba era, de alguna manera, un juicio moral: si un personaje promiscuo contrae el virus iba a parecer que yo estaba dando a entender que la causa era su promiscuidad. Si se trataba de alguien muy cuidadoso, podía dar la sensación de que quería decir: «da igual lo que hagas, estás jodido».

Me di cuenta de que, como escritora, no podía solucionar ese problema, y tampoco podía evitarlo. Así que se lo pasé a mis personajes, que ellos fueran los que lo experimentaran, porque así era en la vida real.

P. Antes hablabas de tu preocupación por la apropiación al escribir una historia sobre un colectivo al que no perteneces. No sé si te has enterado de la reciente polémica sobre el Premio Planeta, Carmen Mola y los tres hombres tras el pseudónimo...

R. ¡Sí! He escuchado mucho hablar de ello... ¡Vaya escándalo!

P. A muchas personas les ha molestado enormemente que, teniendo en cuenta un contexto histórico en el que muchas mujeres han tenido que publicar con pseudónimos y una industria que sigue publicando a menos mujeres que hombres, tres escritores utilicen el nombre de una mujer para firmar. ¿Cuál es tu opinión?

R. Nadie dice que no puedas escribir sobre ciertos temas, no te vamos a cancelar, pero si vas a hacerlo, si vas a escribir desde una posición de privilegio, no hay margen de error. Y, sobre todo, ¡hay que ser honesto! Otra cosa que me pregunto es... ¿Cómo se escribe un libro entre tres personas?

domingo, 24 de octubre de 2021

#hemeroteca #homosexualidad #vih #memoria | Rebecca Makkai, una crónica del sida entre el duelo y la nostalgia

The Objective / Primer activismo por la liberación sexual //

Rebecca Makkai, una crónica del sida entre el duelo y la nostalgia.

Aprovechando su paso por el festival de literatura madrileño, Capítulo Uno, entrevistamos a la escritora sobre su último libro, 'Los optimistas', una crónica ambientada en el Chicago de los 80 sobre los inicios de la epidemia y cómo golpeó al colectivo gay.
Marta Ailouti | The Objective, 2021-10-24
https://theobjective.com/further/rebecca-makkai-optimistas-sida 

Finalista del Premio Pulitzer y el National Book Award, cuando se publicó en 2018 en Estados Unidos ‘Los optimistas’ rápidamente se convirtió en uno de los libros del año en el país americano. Disponible ahora en español, con traducción de Aurora Echevarría, en una edición de Sexto Piso, la novela de Rebecca Makkai es una de las más interesantes propuestas literarias que han llegado este otoño a nuestro país.

Un mosaico generacional que recrea el ambiente gay de los años 80 en Chicago, cuando las pruebas para detectar el VIH en sangre empezaron a estar disponibles comercialmente por primera vez. Ambientada en dos arcos temporales —1985 y 2015— la escritora construye toda una crónica del sida, que viaja desde sus aterradores inicios hasta la actualidad. Así, bajo el sugerente título de ‘Los optimistas’, construye la historia de Yale, un galerista de Chicago que ve cómo, uno a uno, sus amigos van cayendo enfermos en un cerco que cada vez se va estrechando más a su alrededor. En el otro lado temporal, su íntima amiga Fiona, tres décadas después, viajará hasta París para localizar a su hija desaparecida. Bajo esta premisa, la escritora siembra las bases de una narración absorbente que trata de indagar sobre el duelo, el trauma y la memoria del dolor en un mundo donde el arte no es ajeno del todo.

El optimismo de una época trágica
Eran «los mayores optimistas», «los hombres que vivieron las primeras primaveras al mismo tiempo» y que «vieron venir la muerte y se salvaron, y ahora recorren el largo y tormentoso verano», escribía Francis Scott Fitzgerald en ‘Mi generación’. Sobre ese verano, inspirada en esta cita del autor de ‘El gran Gatsby’, Makkai indaga ahora en su novela, sobre la necesidad de «aferrarse a la alegría y a la esperanza» en el contexto de la enfermedad.

Presente en España para promocionar su libro y por su participación en la primera edición del festival literario Capítulo Uno, que se celebró el pasado fin de semana en Matadero de Madrid, aunque en un principio Makkai no iba a escribir sobre la epidemia, aquel relato pronto contagió todo el texto hasta centrar toda la historia. Obsesionada con transmitir un ambiente veraz, durante meses la escritora se estuvo documentando mediante lecturas y entrevistas a terapeutas, médicos, activistas, abogados y testigos que aportaron su testimonio de aquel periodo. Muchos de ellos recordaban aquellos años con nostalgia y cariño a pesar de todo.

«En esa época ellos tenían veinte años, era como su primera juventud, la primera vez que se enamoraron y la primera vez que fueron independientes, estaban empezando a salir del armario, muchos de ellos habían tenido unas infancias complicadas, muchos venían de pequeños pueblos o ciudades y se mudaron a Chicago y encontraron una comunidad que les arropó. En aquella época aprendieron a celebrar el sentido de la alegría. Tenían inclinaciones artísticas. Estaban entre amigos. Muchos se convirtieron en activistas, empezaron a ayudarse los unos a los otros y algunos encontraron incluso una misión en la vida, un objetivo. Igual era la primera vez que luchaban por algo. Por supuesto que fue una época de pérdida, trauma y tristeza pero es como si hubiese sido la mejor/peor etapa», analiza la escritora desde la distancia temporal en declaraciones a The Objective.

Sin embargo, reconoce, aquel proceso de documentación, no siempre resultó sencillo. «La gente revivía momentos complicados de sus vidas y yo de repente me encontré haciendo un poco de terapeuta. Sin embargo yo tenía una ventaja. Podía canalizar todo aquello, las cosas que más me impactaron emocionalmente o que provocaron mi rabia, en el libro. Lo que encontré más difícil fue cuando me hablaron de personas queridas que habían muerto. No es lo mismo cuando la muerte es una cosa poética y sacada de foco, es que esas muertes podían ser cuestión de una semana o suceder después de dos años de enfermedad, que les dejaban hechos polvo con fluidos corporales. Había diferencias. De aquello hablé con varios médicos y enfermeras. También con los supervivientes. Pero fue difícil escucharlo y escribir acerca de eso».

Chicago, 1985
Nacida en Chicago en 1978, cuando los acontecimientos de su novela se desarrollan, a partir de 1985, Makkai era apenas una niña. «Absorbí de aquella época la música, los colores y algo del clima político, pero no conocía la escena gay —rememora—. Había un barrio en Chicago que se llamaba Boys Town que fue el primer barrio de Estados Unidos reconocido oficialmente como gay. Ahora es un barrio con estatuas, se ha gentrificado, pero en los 80 era un barrio pobre y marginal».

Curiosamente, aunque la escritora, que se dio a conocer anteriormente con ‘El devorador de libros’ y ha publicado otros títulos como ‘The Hundred-Year House’ o ‘Music for Wartime’, ha vivido casi toda su vida allí, nunca había situado sus historias en su ciudad natal hasta ahora. «Estaba escribiendo de cosas que yo no era. Yo no soy gay, no era adulta en esa época y no soy seropositiva. Chicago era una forma de tener algo a lo que poder agarrarme que conocía bien», confiesa. Y la novela fue tomando forma. A medida que empezó a investigar, se dio cuenta de que, a pesar de haber sido una ciudad muy castigada por la epidemia, apenas había información de lo que había ocurrido allí. ¿Por qué? «En la literatura comercial que todo el mundo lee sobre el sida en Estados Unidos Chicago ni siquiera aparecía. No estaba representada. Me gustó aquel desafío. No creo que haya demasiada literatura sobre este tema, de hecho creo que es al revés, pero las historias que hay están situadas siempre en ciudades de la costa como Nueva York o San Francisco. Yo quería tratar algo que no fuera lo esperado», reconoce.

De hecho, si algo echa en falta Makkai es la ausencia de novelas sobre el sida y sus consecuencias. «En la década de los 80 —añade— los libros y las películas se dirigían a un público más general. Un libro como el mío habría acabado en una librería especializada gay, no sería algo que lees en el club de lectura. No era para una mayoría, había gente que no quería verse involucrada, que no quería que le vieran leyendo algo así. Sin embargo, en teatro sí que se trató el tema del sida enseguida. También hubo fotógrafos y artistas visuales que empezaron a trabajar con imágenes políticas. Pero es verdad que en el caso de las novelas y las películas fue distinto. Algunas películas como ‘Philadelphia’, dirigidas a un público amplio, pecaban de simplicidad. Pero pienso que ahora la gente que sobrevivió a esta crisis en los 80 tendría que contar sus historias. Ahora es el momento. Es importante que se escriba sobre ello. Si un editor ve que hay público, que hay interés, habrá cada vez más libros».

Todo empezó con el arte

‘Los optimistas’, cuenta Makkai, iba a ser en un principio una historia sobre una mujer, Nora, una modelo en los años 20 que había posado para los pintores de la generación perdida, en el París de entreguerras. Su personaje, aunque se mantiene, es ahora un secundario, una mujer ya anciana que quiere donar sus bocetos a una galería de arte. Es ahí donde interviene Yale, su protagonista. «Todo empezó con el arte», reconoce la autora. Fueron unas fotografías en internet sobre Belmont Rocks, un lugar situado a orillas del lago Michigan, en Chicago, donde solían reunirse los gais lo que hizo plantearse por qué ellos se habían dejado fotografiar así por un profesional, alguien que expondría sus vidas y haría pública su condición sexual. «Así surgió el personaje de Richard». La historia de Nora y Richard le llevó a pensar en cómo el arte, y ella con su escritura, podían representar el trauma y hacer algo bello de ello. «También estaba el tema de la importancia del arte en la memoria. En por qué exponer esas imágenes tiempo después. Puede ser un poco cuestionable o delicado hacer algo bello de todo para colgarlo en una galería».

Makkai se ríe cuando recuerda que ella se planteó la escritura de esta novela como algo sencillo en un principio. No pudo mantener aquel pulso. «En cuanto empecé a escribir me cuestioné la apropiación de la voz de Yale, si solo mantenía un punto de vista podía llegar a sentirme como si fuera un ventrílocuo. Introducir el personaje de Fiona en 2015 me ayudó a cambiar de perspectiva. Me dio la oportunidad para reflexionar sobre la memoria de una tragedia a largo plazo y de la responsabilidad que tenemos con otras personas, con las que sobreviven y con las que no». Además, confiesa, no quería acabar el libro en medio de la tragedia. «Ella me permite distanciarme y también contar qué había pasado con el resto de personajes. Funciona como un testigo de otra época que mira desde dentro, pero también desde fuera».

Desde fuera porque Fiona, como ella, no perteneció nunca al colectivo gay, pero en el caso de su personaje vivió con dolor cómo uno a uno se iban muriendo sus amigos. Amiga y hermana, ella misma tiene su propia familia rota en esa otra trama de investigación en torno a la desaparición de su hija. Su presencia representa además los lazos que hacemos por el camino. «’Los optimistas’ —describe su Makkai— es un libro sobre la familia que eliges porque sus protagonistas son gais que se cuidan en comunidades de amigos. Aparecen algunas familias biofuncionales, aunque no es la mayoría. Estaba aquí la cuestión sobre qué es lo que debes a una familia que eliges y a una familia biológica. Qué responsabilidad hay hacia las dos. Claro que tampoco quería caer en decir que la familia que eliges es genial —matiza— porque Claire, la hija de Fiona, se mete en una secta y esa es su familia de adopción. Con este tema yo no tenía una tesis o un mensaje que dar, simplemente quería ver todos los ángulos posibles y cuestionarlos», señala.

lunes, 11 de octubre de 2021

#libros #homosexualidad #vih #memoria | Los optimistas

Los optimistas / Rebecca Makkai ; traducción de Aurora Echevarría.

Madrid : Sexto Piso, 2021 [10-11].
572 p.

/ ES / EN* / NOV / Libros / Amistad / Gais / Historia – Siglo XX / Homosexualidad / Memoria histórica / VIH-Sida
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418342516 / 23,90 €

[.es] Yale Tishman es uno de los muchos amigos de Nico que se han reunido para honrar su memoria en una pequeña fiesta. A la misma hora, no muy lejos de allí, se celebra en una iglesia el funeral oficial, organizado por la familia, que ha dejado bien claro que sus amigos no son bienvenidos. Es Chicago, es 1985, y esos amigos son homosexuales. En otros tiempos, tal vez, Yale lo habría tenido todo para ser feliz: una relación estable, un grupo de amigos muy unido y una carrera prometedora. Sin embargo, es Chicago, es 1985, y el SIDA causa verdaderos estragos: uno a uno, sus amigos enferman, y cada día que pasa el virus estrecha más su cerco alrededor de Yale. Pronto, solo podrá apoyarse en la hermana pequeña de Nico, Fiona. Tres décadas después, Fiona está en París, tratando de localizar a su hija, que hace años le dio la espalda y desapareció. Hospedada en la casa de un amigo de los viejos tiempos, Fiona aún lidia con las devastadoras secuelas que aquella época terrible tuvo para su vida y la relación con su hija.

Entrelazando las historias de Yale y Fiona, Rebecca Makkai nos ofrece una formidable novela que reflexiona sobre la enfermedad y la muerte, pero ante todo sobre el poder de la vida, el amor y la amistad. ‘Los optimistas’ recrea con fidelidad el día a día de la comunidad gay en los ochenta, la paradójica atmósfera de vitalidad y esperanza por las libertades ganadas, y de incertidumbre y miedo en una época en la que un test positivo equivalía a una sentencia de muerte. Brutal y emotiva, esta novela retrata con gran humanidad a unos seres optimistas que incluso en medio del más pavoroso desastre continúan creyendo en la bondad.