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viernes, 1 de junio de 2018

#hemeroteca #memoria #homosexualidad | Río Hortega, el español que se quedó sin Nobel por republicano, gay y una pelea con Cajal

Imagen: El Español / Pío del Río Hortega
Río Hortega, el español que se quedó sin Nobel por republicano, gay y una pelea con Cajal.
El vallisoletano Pío del Río Hortega realizó aportaciones fundamentales sobre las células gliales, una parte esencial del sistema nervioso.
José Pichel | El Español, 2018-06-01
https://www.elespanol.com/ciencia/20180524/rio-hortega-espanol-sin-nobel-republicano-cajal/309720032_0.html

A casi todo el mundo el suena que las neuronas son las principales células del sistema nervioso. Y a casi todo el mundo le suena el nombre de Santiago Ramón y Cajal, el Nobel español que tanto ayudó a conocerlas.

No obstante, en la biología y en la vida, como en las películas, los papeles principales ocultan a los secundarios. Hoy en día los científicos saben que las células gliales, consideradas durante mucho tiempo como un simple pegamento que rodea a las neuronas, también son esenciales para el cerebro y uno de los investigadores que más las estudió, Pío del Río Hortega, permanece casi en el anonimato, arrastrado por la corriente del olvido tras su exilio aunque fuera nominado al Nobel en dos ocasiones.

El neurocientífico y divulgador José Ramón Alonso cuenta esta historia en su blog con una anécdota: ni siquiera en su propia tierra saben por qué uno de los hospitales de Valladolid se llama Río Hortega si por allí el que pasa es el Pisuerga.

Nacido en la localidad vallisoletana de Portillo en 1882, estudió medicina y obtuvo la plaza de médico de su pueblo, donde heredó un castillo que a su muerte cedió a la Universidad de Valladolid. Sin embargo, le interesaba más la investigación que atender pacientes, así que se fue a Madrid para realizar un doctorado sobre tumores del encéfalo.

Estamos a comienzos del siglo XX y la ciencia española vive un momento relativamente dulce con el impulso de Cajal y la Junta para Ampliación de Estudios, precedente del actual CSIC, que le permite aumentar sus conocimientos en París y Londres y regresar en 1915 para formar parte de un grupo de investigación que se ubica en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas del propio Cajal. Allí perfeccionó técnicas con las que pudo impregnar de forma selectiva estructuras internas de las células y estudiar en detalle neuronas y glía.

El equipo al que pertenecía estaba dirigido por Nicolás Achúcarro, otro prometedor neurocientífico que murió en 1918 con solo 37 años. La muerte de su jefe hizo que Río Hortega se quedase sin sueldo y al conocer la razón se quedó perplejo: en realidad, él nunca tuvo contrato, sino que Achúcarro le había estado pasando la mitad de su propio salario sin decírselo.

Expulsado por Cajal
Finalmente, el vallisoletano pasó a dirigir aquel grupo, muy ligado al de Cajal, y allí empezaron sus problemas. Tímido, bajito y enclenque, las relaciones sociales no se contaban entre sus habilidades. Su increíble capacidad de trabajo sólo despertaba las envidias de los discípulos del premio Nobel, que le dicen a Cajal que habla mal de él a sus espaldas. Para colmo, Río Hortega es homosexual, así que entre unas cosas y otras había barra libre para la difamación.

Cajal le expulsa del laboratorio pero su nefasta relación personal no es óbice para que reconozca sus méritos científicos, así que inmediatamente le recomienda para un nuevo puesto, la dirección de un laboratorio en la Residencia de Estudiantes.

Don Pío, como se le conocía, cambió todos los conocimientos que se tenían hasta entonces de las células gliales y distinguió cuatro tipos, entre ellos la microglía, que pasó a ser conocida como "las células de Hortega" a propuesta de los alemanes Metz y Spatz, aunque hoy en día este nombre está en desuso. El vallisoletano comenzó a forjarse un prestigio internacional que convirtió a Madrid en referencia para estos estudios. Además, se adentró en la investigación de los tumores generados en el sistema nervioso y en 1928 fue nombrado jefe de la sección de Investigación del Instituto Nacional del Cáncer.

Demasiado a la izquierda para algunos puestos
En 1929 y en 1934 fue nominado al premio Nobel de Medicina, pero no tuvo suerte. Es posible que a su candidatura a estos galardones, no exentos de presiones políticas e intereses de todo tipo, no ayudasen sus claras convicciones políticas, que lo situaban tan a la izquierda que en plena II República formó parte del grupo de intelectuales españoles que fundó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética.

Una anécdota muestra claramente cómo le perjudicó su ideología y retrata el país al que pertenecía. Cuando Cajal murió en 1934, su puesto en la Real Academia de Medicina quedó vacante y Río Hortega aspiraba a ocuparlo. Su amigo Gonzalo Rodríguez Lafora presenta todos los papeles necesarios: el currículum del vallisoletano, sus innumerables méritos y los avales de algunos de los más prominentes científicos del país. Sin embargo, los académicos, que eran conservadores, monárquicos y muy mayores, eligen a otro candidato que no le llega ni a la suela de los zapatos. Tras la decisión, Rodríguez Lafora monta en cólera al ver que el legajo que él mismo había preparado con toda la documentación ni siquiera había sido desatado.

Al rescate subido en una tanqueta
Al comienzo de la Guerra Civil, las tropas de Franco asedian Madrid. El Instituto Nacional del Cáncer está muy cerca del frente y es bombardeado, pero Río Hortega decide que hay que salvar algo, así que se monta en una tanqueta y en compañía de una sobrina y un amigo llega hasta allí y rescata 5.000 preparaciones histológicas y radio comprado en Bruselas para radioterapia.

Tras pasar por Francia y Reino Unido, acaba exiliado en Buenos Aires, aunque su vida allí sería corta. Él mismo se diagnostica un carcinoma y cuando ya está en fase terminal el gobierno de Franco le ofrece regresar, pero se niega para no verse utilizado, así que murió el 1 de junio de 1945 en Argentina –sus restos descansan desde 1986 en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de Valladolid– y su cadáver fue amortajado con la toga de profesor honoris causa por Oxford y una insignia republicana en la solapa. 

Y TAMBIÉN…
Ramón y Cajal, el joven cachas, pendenciero y carcelario que ganó un Nobel.
El científico español más importante de la historia tuvo una infancia y una juventud turbulentas que no hacían presagiar lo que ocurrió cuando se puso a mirar por el microscopio.
José Pichel | El Español, 2017-07-28
https://www.elespanol.com/ciencia/20170727/234477519_0.html

sábado, 28 de mayo de 2016

#hemeroteca #franquismo | Franco contra Ramón y Cajal

Imagen: El País / Santiago Ramón y Cajal dando una clase en 1915
Franco contra Ramón y Cajal.
Un libro recuerda la demolición del legado del premio Nobel español por la dictadura.
Manuel Ansede | El País, 2016-05-28
http://elpais.com/elpais/2016/05/27/ciencia/1464368392_307898.html

Santiago Ramón y Cajal se lanzó a intentar dar su primer beso a una mujer en 1876, a la edad de 24 años. Acababa de regresar de Cuba, adonde acudió como joven médico militar a combatir la insurrección contra la colonización española. Volvía del Caribe con el rostro pálido y los ojos hundidos, tras meses de malaria y disentería, pero con ganas de besar a su prometida. “Cierto día, pues, tras coloquio lánguido y anodino, llegó el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué a mi siempre severa novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo proyectado”, relató décadas después en sus memorias, Recuerdos de una vida (1917).

La chica retiró rápidamente la cara. Le hizo una cobra a Ramón y Cajal. Y exclamó, con gesto de asco: “Jamás creí que me ofendiera usted de este modo. Mi educación y mis creencias me impiden tolerar tan pecaminosas audacias”. El joven aceptó racionalmente el rechazo. Era un médico enfermo y sin clientes, un fracasado. “Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en plena pobreza tiene poco de agradable”, reconoció.

El resto de la historia es más conocido: Ramón y Cajal recuperó su salud, se volcó en la investigación del sistema nervioso, describió las neuronas del cerebro, fundó la neurociencia moderna y acabó ganando el premio Nobel de 1906. Un año después, tomó las riendas de la recién creada Junta para Ampliación de Estudios (JAE), una institución que becaba a científicos españoles para que visitaran las mejores universidades europeas y americanas. Y alrededor del sabio creció una escuela de prestigiosos discípulos. Si el criterio de su primera novia fue la falta de perspectivas, se equivocó.

En 1935, un año después de la muerte de Ramón y Cajal, los billetes de 50 pesetas de la Segunda República llevaban impreso su rostro. España vivía la llamada Edad de Plata de las letras y las ciencias. Y el Instituto Cajal, dedicado a las neurociencias, se encontraba en la vanguardia de esta oleada de progreso. Hasta que llegó el general Francisco Franco.

Los ganadores de la Guerra Civil “desmantelaron” el legado de Ramón y Cajal en España, según denuncia el nuevo libro Science Policies and Twentieth-Century Dictatorships (Políticas científicas y dictaduras del siglo XX, de la editorial británica Ashgate).

“El Instituto Cajal era, sin duda, una de las instituciones científicas más prestigiosas de España, aunque parecía estar estrechamente ligado a la cultura liberal y secular representada por la JAE, o incluso al espíritu antiespañol, materialista e izquierdista de la propia República, según los vencedores de la Guerra Civil”, explica en el libro Rafael Huertas, investigador del CSIC y expresidente de la Sociedad Española de Historia de la Medicina. “Los que estaban al mando del nuevo Estado creyeron necesario llevar a cabo una limpieza política que purgara el Instituto de sus indeseables connotaciones, pero sin renunciar a los beneficios del prestigio internacional que Cajal y su escuela habían cosechado”, continúa Huertas.

La dictadura recién nacida en 1939 gaseó el instituto. El médico Dionisio Nieto huyó a México y se convirtió en el jefe de Investigación Psiquiátrica y del Cerebro del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía. Miguel Prados Such se exilió en Canadá y consiguió una plaza de profesor de Psiquiatría de la Universidad McGill de Montreal. Gonzalo Rodríguez Lafora, jefe del laboratorio de Fisiología experimental del Sistema Nervioso creado por Cajal, fue condenado por el Tribunal de Responsabilidades Políticas a ocho años de inhabilitación especial para ejercicio de cargos públicos y al pago de una multa de 50.000 pesetas. Se exilió en México y dirigió allí el Instituto de Enfermedades Mentales, según detalla el libro La destrucción de la ciencia en España: depuración universitaria en el franquismo, editado por la Universidad Complutense de Madrid y coordinado por el historiador Luis Enrique Otero Carvajal.

“Otros discípulos de Cajal permanecieron en la España de Franco y fueron sometidos a procesos de depuración”, relata Huertas. Francisco Tello, que había relevado a Ramón y Cajal al frente del instituto, fue destituido y despojado también de su cátedra de Histología en la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. “En el proceso de depuración fue acusado de ser ateo, de haber mantenido su puesto durante la guerra, de haber firmado el manifiesto de intelectuales contra el Ejército nacional tras el bombardeo de Madrid, de haber ocupado puestos altos como el de decano de la Facultad de Medicina y de no haber cooperado con el triunfo del Glorioso Alzamiento”, narra Huertas, investigador del Instituto de Historia, en Madrid.

El Instituto Cajal se vació de cerebros, en consonancia con el resto de España. El ministro de Educación entre 1939 y 1951, José Ibáñez Martín, había asumido la misión de “recristianizar la sociedad”. De los 580 catedráticos que había en la universidad, 20 fueron asesinados, 150 expulsados y 195 se exiliaron, según refleja el historiador Manuel Castillo, catedrático emérito de Historia de la Ciencia en la Universidad de Sevilla, en su libro Enseñanza, ciencia e ideología en España (1890-1950).

Sobre las ruinas de la JAE de Ramón y Cajal, la dictadura franquista creó en 1939 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) para intentar “la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”, según su ley fundacional. Al frente se situó José María Albareda, un especialista en ciencia del suelo que era miembro del Opus Dei y más tarde fue ordenado sacerdote. Albareda, según recoge Huertas, colocó a científicos de confianza, “católicos leales al régimen”, y sin conocimientos de neurociencia en los mandos del Instituto Cajal. “El centro mantuvo el nombre, porque daba prestigio, pero se vació de contenido”, lamenta el historiador. En 1941, en la silla de director, antaño ocupada por el premio Nobel, se sentó Juan Marcilla, un ingeniero agrónomo experto en vino.