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martes, 23 de enero de 2018

#hemeroteca #masculinidad | Violento luego existo

Imagen: El Salto / 'Susana y los viejos', obra de Artemisia Gentileschi, 1610
Violento luego existo.
La Santísima Trinidad de la Violencia en el hombre: la violencia contra uno mismo, la violencia contra el otro y la violencia contra la mujer.
Ciro Morales Rodríguez | El Salto, 2018-01-23
https://www.elsaltodiario.com/tribuna/violento-luego-existo

Uno de los elementos troncales de la construcción histórica del “ser hombre” está en nuestra relación con la violencia –por efecto o defecto-. Y, como no podía ser menos, para ir acercándonos a Dios, esta se da en nosotros en forma de tríada: una especie de Santísima Trinidad de la Violencia en el hombre. Pero en este caso no hay misterio alguno, se capta cabalmente a la primera y se puede explicar también sin mucha liturgia… aunque sí conlleva demasiado dramatismo.

Sin más dilación, para ir huyendo de la terminología eclesiástica –no vaya a ser que levante ampollas innecesarias-, tenemos la violencia contra uno mismo, la violencia contra el otro y la violencia contra la mujer (propuesta de clasificación de Michael Kaufman). Padre violento, hijo violento, espíritu santo violento. No hay creación, redención o santificación que valga en nuestra educación genérica (de género) en torno a la violencia.

La masculinidad ha existido y existe como ideología, como conducta codificada en el marco de las relaciones entre los sexos, y dentro de esta composición minuciosa de lo que ha significado “ser un hombre”, la violencia (o la amenaza de esta, ojo) se lleva la palma. De la misma manera, el contexto donde se ha podido desarrollar a sus anchas esta ingrata característica es en el de las sociedades de dominación y control: organizaciones humanas donde el hombre ha tenido el mayor protagonismo a la hora de sus escrituras.

Es un tema complejo y muy poliédrico este sobre el que escribo, que no se atiene a un solo factor ni a una simple mirada –como parece que puedo estar insinuando a la hora de relacionar masculinidad y violencia-. Y hago constar que no es un panfleto que llama a la paz en el mundo, ya que eso se consigue con la organización de la transformación de las condiciones materiales a través de la justicia social y no sólo con buenas voluntades. Ya saben por dónde voy.

Violencia contra uno mismo: desde el exceso de valentía con el que nos marcan a fuego desde que nacemos –a riesgo de ser un cobarde, un pringado, un marica, una nenaza si no comulgamos con ella– y que nos lleva a no tener conciencia del peligro; hasta la carencia de una inteligencia emocional y cuidadosa para con nosotros que nos guía a escondernos en los peores mundos del maltrato propio: alcoholismo, adicción al trabajo, drogadicción, accidentes de tráfico, ritos de iniciación o de paso, ludopatía, etcétera. Que nuestra identidad se relacione con la velocidad, con la osadía o con no respetar –o conocer– los límites propios también viene de este tipo de violencia.

Violencia contra los otros: desde la educación rígida, jerárquica y autoritaria del patriarca hacia la niñez, que imponía su criterio o voluntad a base de hostias, a las cárceles atestadas de hombres en todo el mundo por motivos violentos; pasando por la obsesión por los logros y los éxitos que aluden a que el hombre se tiene que validar como tal en este contexto patriarcal. Ser un eterno ganador, mantener siempre latente el estado de alerta y competencia. Creo que no hace falta explayarme más en este caso puesto que tenemos ejemplos en nuestras propias biografías relacionales o en cada escaleta de los telediarios. O las numerosas guerras, genocidios, torturas, secuestros o masacres que nos acompañan en nuestra conciencia colectiva. Se resumiría como la violencia utilizada con el objetivo de excluir del contexto todos los obstáculos que se oponen al ejercicio del propio poder mediante el control de la relación y el uso de la fuerza (Corsi 1995).

Violencia contra la mujer: auspiciada por la Historia, generada y favorecida por la aberrante idea de la superioridad y supremacía masculina. Tampoco escribiré más en este apartado porque lo que tenga que exponer lo han dicho otras antes y mejor (como también en los anteriores, si tiro de honradez).

Claro está que agresividad y violencia no son lo mismo, aunque la primera lleve a la segunda cuando no se controla (y, ¿recordáis que no nos enseñaban con eficacia el autocontrol para con los otros?). Aunque la socialización sexual (de los sexos) también ha dejado marcado desde el principio que esta aptitud innata –la ira, la cólera– está reservada a eso que llamamos “hombres”.

Merece especial atención el hecho de que en nuestras sociedades destiladas, desinfectadas y diplomáticas, cierta violencia ha cambiado sus apariencias y se ha vestido de dominación ‘soft’: hacia los otros y hacia la mujer. Siendo lo sibilino aún más perverso por traicionero. Esta violencia posmoderna es simbólica y amortiguada, insensible e invisible incluso para sus propias víctimas; andada por los caminos de la comunicación y el conocimiento, del reconocimiento y hasta del sentimiento.

No cabe decir que en muchos casos se da la mano con la brutalidad si las “buenas formas” no consiguen el objetivo último de doblegar, convencer o anular la calidad del otro. Incluso si un hombre se considera no violento, el imaginario colectivo del género le envuelve –pese a su buena voluntad, pese a no vestirse con los pantalones apretados del género–, provocando así en las otras la eterna amenaza o posibilidad de su uso: esto me parece muy importante tenerlo también en cuenta.

Como hemos leído más arriba, el do de pecho reconocido y aplaudido en la Historia ha sido el de los hombres y su construcción del mundo; y eso implica también su relación con la naturaleza y el mundo animal. A la vista está que tampoco ha sido un trato ético, sano, inteligente ni pacífico. El progreso, masculinizado, ha destrozado la vida ajena natural a base de bien. Qué curioso que ciertas voces esencialistas hablaran de la diferencia de cultura y naturaleza correspondiéndola a la diferencia entre hombre y mujer.

Y, con todo esto, ¿qué? ¿Nos cruzamos de brazos y asumimos que es un camino de no retorno? ¿Nos lavamos las manos con las explicaciones biológicas? ¿Nos resignamos ante la posesión masculina del problema? No hace falta ni responder. Sin intención de provocar, la cuestión fundamental no es si los hombres estamos o no predispuestos a la violencia sino qué hacemos y qué estamos haciendo como sociedad con ella. Perderíamos el debate y nunca nos lo perdonaríamos si tiramos la toalla, si damos espacio a las voces que se blindan –también inconscientemente– en los aspectos biológicos: el humano es un ser biográfico, donde lo innato –insustancial– se conjuga con lo cultural; sabiendo ya el poder inaudito que tiene lo sociológico. Si la mujer no nace sino que se hace, el hombre necesita de esa plasticidad, de esa fenomenología, de ese dinamismo liberador para vislumbrar y poder plantear alternativas.

Por tanto, abogo desde aquí, y me uno a las voces desesperadas, sufrientes y también empoderadas, por un planteamiento serio, holístico, prioritario y urgente como sociedad –con todos y cada uno de los dispositivos educativos y propagandísticos con lo que cuenta– que aborde de una vez por todas esta relación siniestra que tenemos los hombres con la violencia. Necesitamos una educación sexual igualitaria desde la infancia que erradique lo que el género se ha encargado de arraigar. Sistemas pedagógicos que desafíen, que rompan el eterno silencio y la permisividad social ante esta relación histórica. Una educación que no tienda hacia la culpabilización generalizada o la inculpación global del niño, sino que marque la senda del cuestionamiento de las definiciones hegemónicas y emplace a la responsabilidad del cambio, de la transformación. Una educación que les asegure a las siguientes generaciones unos bientratos, unos cuidados, una comunicación horizontal donde la violencia intrapersonal, interpersonal y colectiva entre iguales sea cosa del pasado.

lunes, 16 de noviembre de 2015

#hemeroteca #violencia | Eso no. Ahora no. Tú no

Imagen: El País / Vuelta al cole en Paris
Eso no. Ahora no. Tú no.
Barbijaputa | El Diario, 2015-11-16
http://www.eldiario.es/zonacritica/barbijaputa-isis-machismo-violencia_masculina-laura_freixas_6_452914721.html

El día después de los atentados de París, la escritora y feminista Laura Freixas escribía este tuit: “Horrorizada por esta nueva muestra de violencia masculina #JeSuisParis”.

Desde que se produjeran los atentados, se han hecho análisis y reflexiones por parte de muchos profesionales desde todos los prismas posibles: económicos, políticos, geoestratégicos... Las características de los terroristas parecían importar muchísimo, desde sus nacionalidades y sus religiones hasta sus edades y familiares. Cualquier análisis o dato era bien recibido, hasta que Laura escribió su tuit. Ese dato no lo quería nadie. Las amenazas e insultos por su reflexión, donde remarca (y con razón) que esta violencia es masculina, empezaron al instante (día 14 de noviembre) y siguen hasta estos momentos. En su mayoría, como adivinarán, por parte de hombres: “Implantaría sin dudar la pena de muerte para ti”, “¿por qué no ejecutamos a Laura Freixas?”, “que las liquiden a ustedes feminazis de mierda hijas de puta”. Y más lindezas (cientos) que obviaremos por repetitivas y poco originales.

Lo que sacamos en claro es que los politólogos pueden analizar desde uno o varios prismas, los economistas desde otro, los teólogos desde el suyo y las feministas han de estar calladas con sus propios análisis si no quieren pasar un fin de semana terrorífico. Servidora se unió al tuit de Freixas y se llevó también lo suyo (de hecho, aún siguen las menciones también para mí), pero mi caso no es peor, ni siquiera igual, yo tengo la suerte de tener un (bendito) seudónimo (todavía hay gente que no entiende a santo de qué), pero Laura Freixas es una escritora y reconocida activista feminista, usa su foto y nombre real en las redes sociales, y sus opiniones pueden tener repercusiones desagradables más allá de menciones en redes sociales.

El hecho de que se señale que el terrorismo yihadista es violencia masculina no gusta. Pero no solo no gusta, sino que ‘curiosamente’ causa más violencia masculina, como ha quedado patente.

Muchos alegaron que no existe razón para denominar a esta violencia como "masculina" basándose en que a veces “hay mujeres que se inmolan”. Esto es como decir que la ablación no es machista porque la practican mujeres a otras mujeres o que la violencia de género no es machista porque las víctimas se quedan junto a sus verdugos en vez de salir corriendo.

También se repetía el simplista: "Es como si señalas que eran pelirrojos". Pues bien, hagamos de este símil algo que se ajuste a nuestra realidad antes de contestar a argumentos tramposos: si la mitad de la población fuera morena y la otra mitad pelirroja, y la inmensa mayoría de los que cometen atrocidades fueran estos últimos, ¿a alguien le cabe alguna de cuál sería la opinión generalizada de los pelirrojos en ese mundo hipotético? ¿Creen que alguien que dijera: "¿os habéis dado cuenta de que los pelirrojos matan en una proporción desorbitada?" estaría haciendo una reflexión descabellada digna de acoso y amenazas?

Otros dijeron que no era el momento de decir que la violencia era masculina. El timing, ay, el timing. Porque está claro que el feminismo siempre tiene que esperar a que se hagan primero los análisis que la sociedad patriarcal considera importantes y ya, luego, hablar de lo suyo sin hacer demasiado ruido. Recuerda bastante a aquel momento, durante el 15M, cuando se desplegó una pancarta que decía “La revolución será feminista o no será” y los propios asistentes a dicha manifestación, supuestamente sensibilizados con las desigualdades, la arrancaron al instante, sin dar casi tiempo a leerla. Porque como ven, lo primero es lo primero, y "esto ahora, no”.

Tampoco faltaron los reproches al tuit de Freixas del tipo “usáis cualquier cosa para vuestra causa”. VUESTRA causa. Declaración de intenciones bastante clara.

Pero más allá de los reproches machistas (que por supuesto no tuvieron ninguna consecuencia, al igual que tampoco despertaron rechazo masivo las amenazas a Laura sino únicamente su tuit), quizás no estaría de más analizar (ahora que ya han pasado varios días de los atentados y parece que las feministas ya podemos hablar de “nuestras” cosas) por qué parece tan erróneo recalcar que lo que pasó en París es fruto de la violencia masculina.

Partiendo de la base de que las guerras, sea cual sea, las causan y ejecutan hombres, que sólo en el siglo XX han sido asesinadas 140 millones personas a manos de (casi en su totalidad) hombres, y sabiendo que la figura de la mujer en estos escenarios queda siempre relegada a ser simples (y masivos) trofeos de guerra y/o víctimas de terrorismo sexual (como, por ejemplo, el de Boko Haram) o violaciones por parte de soldados... (incluso de soldados en misión de paz, incluso de cascos azules), ¿es completamente desquiciado recordar en un tuit que los atentados de París, una vez más, vuelven a ser obra de hombres?

¿Por qué está bien analizar que los terroristas eran franceses para entender que el problema va más allá de Siria, pero no está sujeto a análisis ni crítica de ningún tipo que son, casi en su totalidad, hombres? ¿Qué estamos diciendo, que es casualidad que lo sean y que, por tanto, no hay nada más que hablar? ¿Estamos diciendo que se puede hacer hincapié, sin que te insulten o amenacen, en que los terroristas eran musulmanes (a pesar de que el ISIS ha asesinado, en su mayoría, a otros musulmanes) pero no podemos decir que son siempre hombres los que idean, dirigen y ejecutan estos atentados? ¿Por qué? ¿Por qué observaciones obvias sobre violencia masculina generan más violencia masculina? ¿Tampoco esto es digno de ningún tipo de reflexión?

¿Esta ceguera es por alienación o por elección? ¿Hasta cuándo el feminismo va a tener que dejar pasar un tiempo prudencial antes de analizar la historia desde una perspectiva de género para así no molestar ni “interrumpir” otros análisis? ¿Hasta cuándo vamos a seguir viendo normal que hombres linchen a mujeres por denunciar lo obvio y por darle una visión de género a lo que nos rodea?

Quizás debería haber esperado algunos días más a plantear tantas preguntas sobre un tema tan sumamente incómodo y fuera de lugar, pero es que me tocaba publicar en lunes. Sabrán perdonarme por la osadía.