martes, 11 de agosto de 2020

#hemeroteca #rampova #testimonios | Rampova: “Maribollotrans no es un insulto porque cuando admites el término se convierte en arte”

Imagen: El Salto / Rampova

Rampova: “Maribollotrans no es un insulto porque cuando admites el término se convierte en arte”.

Rampova es artista y autora del libro Kabaret Ploma 2: Socialicemos las lentejuelas, donde narra en primera persona la historia de un grupo en el que algunos de sus integrantes vieron pasar su juventud en cárceles o manicomios franquistas, “vapuleados por la siniestra Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social por nuestra opción sexual”.
Teresa Díaz Guzmán | El Salto, 2020-08-11
https://www.elsaltodiario.com/lgtbiq/rampova-cabaret-ploma-2-maribollotrans-no-insulto-porque-cuando-admites-termino-convierte-arte 

Rampova es una de las artistas que rompieron con las convenciones sociales sobre el género o la sexualidad, y apostaron por la construcción de identidades propias muy adelantadas a su época. Conocida principalmente como artista de cabaret transgénero, fue también autora de cómics underground que publicó en diferentes publicaciones y fanzines, y activista en el origen del movimiento LGTB+ valenciano de los años 70, colaboradora de La pinteta rebel, en Radio Klara, e InfoGay en los 80-90.

“En mi generación, en los 80, daba igual lo que fueras, hablábamos en femenino y nos besábamos todas en la boca”, arranca ella la conversación en una terraza del Cabanyal, en València. Rampova, que se refiere a sí misma a lo largo de la entrevista tanto en femenino como en masculino, a día de hoy sigue siendo un símbolo de la lucha contra los estereotipos de género y la deconstrucción de género, y sus ideas al respecto son plenamente actuales. “En el momento en que tú admites un término, se convierte en arte. Por eso digo ‘maribollotrans’ y no es un insulto”.

Su infancia
Rampova nació en València en 1957, hija de un sindicalista represaliado por el franquismo, enviado a la Legión y luego, en los 60, pasó tres años de exilio en Francia. Habla mucho de su madre y su abuela, y afirma que tuvo “una infancia y adolescencia muy libre”, exceptuando el tiempo que pasó en la cárcel: “Yo estudié en un colegio católico y nos separaban en el patio niños a un lado y niñas a otro. Nosotros teníamos que cantar el 'Cara al sol', y yo hacía ‘playback’”.

“Si quitamos que me hayan metido en la cárcel, con la gente nunca tuve problemas. En la niñez sí me decían maricón, y yo ya respondía con toques cabareteras pero en el colegio yo tenía un montón de novios y nos veía todo el mundo, porque era todo huerta, pero no tuve ningún problema”, relata.

Su relación con la música empezó bien pronto: “He cantado desde pequeña. Veía a las niñas cantando ‘albaes’ o algo parecido y me daban mucha envidia, y la niña que cantaba como solista, yo pensaba: ‘Fíjate, si canto yo mejor que ella’”. Más tarde, como con antecedentes penales no se podía trabajar, aprovechó esas dotes artísticas para sobrevivir.

Ploma 2
En los años 80 comenzó en el mundo del espectáculo, haciendo teatro y más tarde cabaré político en Ploma 2, en lo que ellas llamaban transformismo crítico. “Amador [otro de los miembros de Ploma 2] y yo fuimos a un espectáculo de danza-jazz, que mezclaba swing, jazz, piruetas... y nos iba muy bien para el Music Hall, que era como definían lo que hacíamos”. Marlene Dietrich, relata, cantaba a dúo con Nana Mouskouri, una cantante francesa. “Ambas aparecían vestidas de hombre, y hacían una canción llamada ‘Masculino y femenino’, así que decidimos seguir ese camino del cabaret». Después formó parte del primer grupo rock gay español, los Gore Gore Gays.

Rampova habla también de Marisol, “esa niña que cantaba y bailaba” que aparece de forma recurrente a lo largo de la charla y que la marcó desde su infancia: “Yo la imitaba y la Marisol adolescente me salía ‘niquelá’. Actuaba delante de mis primos y primas, que éramos unos 40 en la familia, y yo quería ser como ella”. Sin embargo, fue por la diseñadora de Hollywood de los años 20, Natacha Rambova, por quien eligió su nombre, aunque cuenta que antes de ese se puso un montón de nombres y pseudónimos para firmar sus cómics: “’Star’ era una revista de mujeres similar a ‘Ajo Blanco’, y envié ‘Quiero la cabeza de Lulú García’ con el nombre de mi madre porque yo no podía presentarlo por ser menor de edad y menos con los antecedentes que yo tenía”.

La cárcel
En un viaje a EE.UU, Rampova preguntó por la situación del colectivo LGTB+ en ese país y le explicaron que en algunos estados la homosexualidad estaba penalizada con hasta 20 años de cárcel —lo que siguió vigente hasta 2003— “a pesar de ser una democracia”, apunta. En España, la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 establecía desde simples multas hasta penas de cinco años de internamiento en cárceles o centros psiquiátricos para la “rehabilitación” de los individuos.

Rampova apenas nombra la cárcel de pasada un par de veces: “A mí la primera vez me detuvieron un mes, sin juicio”, por actos de homosexualidad, cuando tenía 14 años, “y mes y medio, en Barcelona donde acabé en el hospital de la paliza que me dieron”. Lo que no cuenta es que fue víctima, además, de una red de prostitución en la que dentro de la celda los delincuentes comunes pagaban a los vigilantes para colarse y violar a los jóvenes recluidos. “Después de pasar por la cárcel, para mí, todos los hombres, aunque fueran homosexuales, eran criminales en potencia, así que me alejé incluso de mis amigos. Me rodeé solo de amigas y nos juntábamos en mi casa, de reunión —como se decía entonces—, nosotras y mi abuela”, explica.

Interseccionalidades
Rampova habla también de interseccionalidades: “Quien siembra recoge, es mi opinión. Una manifestación contra el adulterio o el día 1 de mayo, allí estábamos y ellas nos veían que íbamos con las pancartas del Front Homosexual del País Valencià: ‘Libertad sexual, amnistía total’”, recuerda. Cuando iba a Madrid, prosigue, acudía a “la cárcel modelo” para pedir la libertad de otros presos encerrados por otros motivos. “Si a las feministas las metían en la cárcel por adúlteras, allí estábamos, y luego venían a apoyar nuestras manifestaciones”, narra.

Y ahora, ¿qué queda de aquellas feministas radicales de los 70 que hoy se enfrentan a las mujeres trans y a las personas no binarias? “Siguen la máxima de esa época”, contesta, “que es que a los 20 soy revolucionario, mañana con 60 soy reaccionario”.

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