Mostrando entradas con la etiqueta Movimientos vecinales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Movimientos vecinales. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de marzo de 2024

#hemeroteca #lesbianismo #feminismo | Mirar a los orígenes del 8M en Barcelona con Dolors Majoral: “Estábamos en la vanguardia del feminismo y del separatismo lésbico”

Dolors y Gretel junto a sus compañeras en La Nostra Illa en 1987 //

Mirar a los orígenes del 8M en Barcelona con Dolors Majoral: “Estábamos en la vanguardia del feminismo y del separatismo lésbico”

La acritz y activista recorrió las calles de Barcelona de la transición en defensa del feminismo y el lesbianismo junto a la filosofa Gretel Amman, con quien fundó Ca la dona y el Centro de Estudios de la Mujer
Amparo Pérez | El País, 2024-03-10
https://elpais.com/espana/catalunya/2024-03-10/mirar-a-los-origenes-del-8m-en-barcelona-con-dolors-majoralestabamos-en-la-vanguardia-del-feminismo-y-del-separatismo-lesbico.html

Las flores que asoman por los balcones de Gràcia no engañan: la primavera se acerca, es 8 de marzo de 1984 en Barcelona. Dolors Majoral y Gretel Ammann salen del recién inaugurado Centro de Estudios de la Mujer (‘El Centro’) y se encaminan a la peluquería de Susana. Las “paradas obligatorias” alargan el camino: una barra en la panadería de Elena y Anna, saludar rápidamente a Carme en la carpintería y recoger las fotos reveladas en donde Laia. Un núcleo vecinal exclusivamente formado por feministas y lesbianas en el centro de Barcelona fue el proyecto de vida utópico de Majoral, Amman y sus compañeras de la Red de Amazonas: “Queríamos un pequeño barrio habitado solo por mujeres totalmente autónomas y luchadoras, independientes de modelos heterosexuales y masculinos. Estábamos en la vanguardia del feminismo y del separatismo lésbico”. Cuarenta años después, Dolors Majoral (Rubí, Barcelona, 72 años) permanece tan involucrada en la causa feminista que, por los preparativos del Día de la Mujer, solo tiene hueco para una llamada telefónica.

La cinta se rebobina. El 27 de mayo de 1976 ―ocho años antes de la inauguración de ‘El Centro’― 4.000 personas desafiaban el aforo del Paraninfo de la Universidad de Barcelona para asistir a las I Jornades Catalanes de la Dona (jornadas catalanas de la mujer). Por primera vez las mujeres llevarían al debate público temas como la brecha salarial, el divorcio, el aborto o la sexualidad: el feminismo estaba eclosionando y su ruido despertaba a una España en transición. Majoral señala que, en sus inicios, el movimiento bebía del activismo vecinal: “Casi nadie se denominaba feminista, éramos mujeres que salíamos a luchar por nuestros derechos, y en la calle coincidíamos todas, feministas declaradas y no declaradas”. Majoral tuvo que conformarse con escuchar las jornadas por la radio, mientras atendía la tienda de ultramarinos que regentaba en Rubí. Las jornadas “de sol a sol” tras el mostrador se acabaron a finales de la década de los 70, cuando se mudó a Barcelona para dedicarse profesionalmente al teatro. “Estudié en el Institut del Teatre de Terrassa movida por la curiosidad que genera lo prohibido. El teatro es más abierto que el resto de la sociedad y me permitió entenderme a mí misma”, recuerda Majoral. El arte dramático le abrió las puertas de los garitos feministas de la ciudad.

La plaza de Cardona está en el corazón el barrio de Sant Gervasi. Allí, una mujer de pelo corto y con vaqueros de tiro alto se asoma a la rendija del número 7. Tras identificarse rápidamente, le abren las puertas de Daniel’s, epicentro del lesbianismo de la época. Como la normativa de la época prohibía los clubes no mixtos, el bar disponía de un sistema de alerta de las redadas policiales. “Cuando se encendía la luz roja, dejábamos de bailar y de darnos cariño. Sacábamos los juegos de mesa y les decíamos que era un local donde charlar y tomar el té, algo inofensivo”, recuerda. Cuando la Policía se marchaba, el parchís y el dominó eran sustituidos por la música de Mari Trini y la mesa de billar, entorno a la que Majoral conoció a la que sería su pareja los próximos 20 años.

Dolors Majoral y Gretel Ammann //
Gretel Ammann (San Sebastián, 1947-Barcelona, 2000) fue filósofa, ensayista, pionera de la teoría feminista y el separatismo lésbico en España y, sobre todo, activista. “Gretel estaba involucrada en todas las luchas sociales ―ecologista, pacifista, vecinal, asamblearia―, durante un tiempo llegó a pertenecer al movimiento comunista de Barcelona”, expone Majoral. De todas las causas, el feminismo fue protagonista y de la mano de Majoral y sus compañeras, Ammann fundó el primer grupo de teatro de mujeres y la primera escuela de verano, y lanzaron ‘Red de Amazonas’, la revista que editaban desde el número 256 de la calle Roselló. “Acudíamos casi diariamente al Centro de Estudios de la Mujer para celebrar debates, organizar charlas o hacer presentaciones. Terminábamos empoderadas y convencidas de la lucha separatista pero al salir, nos dábamos de bruces con la realidad”, cuenta. La realidad es que si querían tomar una cerveza en un lugar sin hombres tendrían que abrirlo ellas mismas: La Nostra Illa, la pequeña barra de bebidas y frutos secos, cumple ahora 38 años siendo un espacio para el cine, karaoke, charlas, talleres y, en especial, “para combatir la soledad de las integrantes de la comunidad”, destaca Virginia Rayuela, directora de la asociación.

La comodidad de contar con una cafetería pegada al centro les incitó a reproducir el modelo de comunidad que ya existía en ciudades como Paris o Berlín. “Teníamos la golosina en la boca, visualizábamos un barrio exclusivamente lesbiano en el centro de Barcelona. Pero, aunque de la ilusión se viva, esta no paga los alquileres”, lamenta Majoral. El paso de los años, las circunstancias personales y la apertura de la primera sede de Ca la Dona, retiró a Majoral y a sus compañeras de Gràcia y las “encerró” en Diagonal para editar, durante más de una década, ‘Laberint’, el “legado de Gretel” o la revista de difusión y discusión para mujeres y lesbianas. El magazine integraba artículos feministas, piezas de escritura creativa, convocatorias de eventos y un rico repertorio de las investigaciones, libros y estudios europeos traducidos por Ammann. Majoral opina que el feminismo es inseparable del internacionalismo. Ella y sus compañeras fueron por las distintas capitales europeas “de feria en feria” del libro, para tejer una red de mujeres incorporando la experiencia, la teoría y las dinámicas de cada lugar. “El componente internacional es igual o más necesario ahora que nunca”, advierte.

Después de años reducido a una actividad puramente institucional y de “puertas a dentro”, desde hace unos años el feminismo ha vuelto a las calles, ampliando su campo social y creando más conciencia, “a pesar de que luego solo hablemos de discrepancia”, critica. Como mujer entregada a la causa, a Majoral le duele ver cómo el debate enriquecedor se convierte en discusión, “cuando necesitamos tanto que esté fuerte y unido”, añade. A los partidarios de que “todo está hecho”, Majoral les da un último consejo antes de volver a los preparativos vecinales del 8-M: “No es necesario que se califiquen como lesbianas, feministas o vecinas. Que sean ellas mismas, que se pongan las gafas violetas y entonces se pregunten a sí mismas si tienen todos sus derechos cubiertos, si se desenvuelven íntegramente y si son capaces de vivir en plenitud todos los momentos de sus vidas. Seguramente la respuesta sea no, y luchar por ello es feminismo, aunque lo quieran llamar de otra manera”.

miércoles, 24 de enero de 2018

#hemeroteca #identidades | Barrionalismo

Imagen: El País / Fiestas del barrio de Gràcia en Barcelona
'Barrionalismo'.
El barrio como fuente de identidad individual y colectiva.
Manuel Delgado · Seres Urbanos | El País, 2018-01-24
https://elpais.com/elpais/2018/01/14/seres_urbanos/1515932437_091211.html

Aparecía hace poco el 'Diccionario de las periferias. Métodos y saberes autónomos desde los barrios,' editado por Traficantes de Sueños, una de las fuentes básicas, hoy, desde la que obtener bibliografía crítica sobre y contra la destrucción de las ciudades a manos de sus depredadores económicos y políticos. El libro es un glosario de términos clave para entender la vida de los barrios –"ascensor", "autogestión", "economato", "bares"…– y está centrado en el barrio madrileño de Carabanchel, aunque amplía su campo de atención a una parte importante de los suburbios populares de la capital de España. El libro es cosa de Carabancheleando, una plataforma de investigación-militante resultado de la complicidad entre el Observatorio Metropolitano de Madrid y una red de movimientos sociales y vecinales surgidos del movimiento 15M. Puede descargarse libremente.

Esta novedad editorial da pie a formularnos una pregunta, cuya respuesta no es tan obvia como parece. Podríamos hacerlo tomando como punto de partida una de las entradas del diccionario, 'barrionalismo', un término que ya ha servido para centrar una tesis doctoral -la de Pedro Limón, en la Universidad Complutense de Madrid– a partir de los ejemplos de Poblenou (Barcelona) y Hortaleza (Madrid). 'Barrionalismo' es una manera de nombrar ­la pertenencia a un barrio como un ingrediente fundamental para definir y defender la propia identidad desde algo parecido a una forma de patriotismo. De hecho, en el artículo del diccionario se menciona como ilustración una secuencia de la película 'El día de la Bestia', de Àlex de la Iglesia (1995), en la que, cuando se interroga a uno de los protagonistas –Santiago Segura como joven heavy– sobre si es satánico, responde: "Sí; satánico y de Carabanchel".

La cuestión es, ¿qué es o a qué llamamos 'barrio'? La contestación podrá parecer obvia, pero no lo es, por cuanto remite a una subdivisión que no puede ser descrita objetivamente a partir de criterios administrativos ­–como el distrito–, ni siquiera geográficos o urbanísticos. Excepto en países en que el término 'barrio' se aplica en exclusiva a sectores considerados pobres de una urbe, como es el caso de Venezuela, por barrio se entiende un territorio urbano con unas dimensiones ni demasiado grandes, ni demasiado pequeñas. También ha de tener unos límites más o menos reconocibles, aunque no haya acuerdo a la hora de establecerlos cuando se pregunte por ellos. Por otra parte, suele o solía reunir una población más bien socialmente homogénea. Fundamental: su morfología debe no solo permitir, sino propiciar la interacción entre residentes. Le suele corresponder un cierto sentimiento de pertenencia, que a veces puede ser clave para presentar y reconocer la posición que cada uno ocupa en relación con la sociedad en su conjunto, ya que es la sede de una red estratégica de solidaridades tanto duraderas como efímeras. Hay un rasgo más que no puede faltar: un barrio debe tener un nombre, una denominación de origen que permita reconocer una individualidad colectiva. De ahí que haya barrios con canción –'Ménilmontant', de Charles Trenet; 'Almagro', de Carlos Gardel; 'Little Italy', de Stephen Bishop, o 'Transtevere­', de Lando Fiorini–, o con película, como 'Notting Hill', 'Chinatown' o 'El Raval'. O como, de nuevo, 'Ménilmontant', de Dimitri Korsanoll (1926), una de las mejores muestras del cine de vanguardía europeo de los años 20.

Esta cuestión es importante, ya que nos coloca ante la esencia del concepto 'barrio' en un tipo específico de vínculo social basado en la proximidad y en la rutina de los encuentros en un contexto territorial delimitado- Ahora bien, todo barrio es un vecindario, pero no toda vecindad es un barrio, de igual manera que no toda casa es un hogar. Para ser un barrio, una vecindad debe ser más y otras cosas. Esto es así porque el barrio es, por un lado, un espacio subjetivo asociado a prácticas individuales; su sentido es sobre todo biográfico, aunque a menudo pueda servir para recomponer un vínculo social que la ciudad en su conjunto y las relaciones anónimas y de distanciamiento que le son propias tienden a disolver. Es fundamental que este territorio aparezca definido sobre todo porque en relación con él se generan sentimientos poderosos, relacionados con un conjunto más o menos intenso y extenso de prácticas colectivas y con el reconocimiento mutuo, al menos "de vista", que otorgamos a ese personaje de nuestra vida de cada día al que le atribuimos el papel social de 'vecino'. La serie australiana de los 80, 'Neighborhood', era una excelente ilustración de ello.

En cualquier caso, el barrio es una verdadera institución social de primer orden a la que se le reservan, todavía hoy, tareas fundamentales en la formación de la persona. Es el molde o configuración básica para cualquier modalidad a apropiación psicológica y afectiva del espacio, de cualquier espacio, ya que es nuestra primera experiencia –constantemente reeditada– de esa región que se extiende más allá de las puertas de nuestra casa y que es menos nuestra e incluso menos colectiva cuanto más nos alejamos de ella.

Ahora bien, al mismo tiempo que el barrio es un espacio subjetivo de prácticas individuales, también es un espacio objetivo de y para la acción colectiva. El barrio es una unidad social clave, asociada a un tipo de integración social basada en la proximidad y en las interacciones frecuentes cara a cara que no tienen por qué estar exentas de conflictividad y de prácticas de exclusión. El libro de Carabanchaleando levanta acta de esos aspectos no siempre elogiables.

Es importante subrayar el papel que los barrios han jugado siempre en las luchas sociales, por su tendencia a convertirse en baluartes desde los que las clases populares podían acuartelarse, por así decirlo, en ciertos momentos críticos. Y esto vale tanto para los barrios antiguos de las ciudades como para los grandes polígonos de bloques en el extrarradio urbano. Pensemos en el ejemplo que nos prestaba de ello, no hace mucho, el conflicto en el barrio del Gamonal, en Burgos. En este y en todos los casos hubo un elemento común y básico: la aceleración y la intensificación que en cualquier momento podían conocer las relaciones cotidianas entre personas con unos mismos intereses sociales. en un nicho de interacción permanentemente activo o activable.

La acción colectiva resulta entonces casi inherente a una vida cotidiana igualmente colectiva, en la que la gente coincide en el día a día, se ve las caras, tiene múltiples oportunidades de intercambiar impresiones y sentimientos y se convierte en vehículo de transmisión de todo tipo de rumores y consignas. La protesta, incluso la revuelta, están predispuestas e incluso presupuestas en un espacio que las propicia a partir de la facilidad con que en cualquier momento se puede 'bajar a la calle', allí donde el encuentro con los iguales es inevitable y es inevitable compartir preocupaciones, indignaciones y, después, una misma convicción de que es posible conseguir determinados fines por medio de la acción común. Décadas de lucha en los barrios del mundo entero por el derecho a la ciudad son la prueba de ello. Por proponer solo algunos ejemplos entre tantísimos, el barrio 23 de enero en Caracas, por lo bien descrito que está en un documental de Nuria Alabao y Lenin Brea, 'Fuegos bajo el agua' (2008), y los barrios en las periferias de las ciudades francesas, por dos películas en que se representa su problemática: 'Ma 6-T va crak-er', de Jean-François Richet (1997), y 'La haine', de Methieu Kassovitz (1996).

El vecindario se convierte de este modo en un factor desencadenante de determinadas relaciones sociales, entre ellas las asociadas a la actuación colectiva para lograr objetivos comunes. Concentrar se reconoce una vez más como sinónimo de concertar, o, dicho de otro modo, nos volvemos a encontrar con las consecuencias del factor aglutinante en los procesos de contestación, factor que no resulta de otra cosa que de la existencia de contextos espaciales que favorecen la interacción inmediata y recurrente. Vivir cerca se convierte entonces, a la menor oportunidad, en luchar juntos.