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sábado, 13 de mayo de 2017

#hemeroteca #iglesia #pederastia | Infierno en la “casita de Dios”: dos curas violaban niños sordos ayudados por una monja

Imagen: El País / Kosaka Kumiko
Infierno en la “casita de Dios”: dos curas violaban niños sordos ayudados por una monja.
Durante años muchos menores fueron abusados en un centro de la Iglesia en Argentina. Nadie quiso oír las denuncias de las víctimas o sus familiares.
Carlos E. Cué / Federico Rivas Molina | El País, 2017-05-13
http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/13/actualidad/1494703067_140518.html

Eran niños, sordos, y muy pobres. Las víctimas ideales. Era fácil convencerles de que no contaran nada. Y si lo hacían, como pasó con algunos, nadie les creería. Todavía hoy, ya veinteañeros, sorprenden a los abogados y fiscales por las caras de terror que ponen en las rondas de reconocimiento cuando ven al padre Corradi, de 82 años. Se llevan la mano a la boca y cierran el puño. Le siguen teniendo miedo aunque esté en la cárcel. Son los niños del Provolo de Mendoza (oeste de Argentina), un instituto para sordos donde se cometieron abusos sexuales de todo tipo durante años sobre menores incluso de cinco años. Realizados en su mayoría por curas, en ocasiones con la ayuda de una monja que probaba a las niñas y niños para encontrar a los más débiles y entregárselos a los sacerdotes.

Hay seis detenidos y el centro cerró en diciembre. Ya ni la Iglesia se anima a negar lo que pasaba allá adentro. Las violaciones y vejaciones de todo tipo —una adolescente denuncia que fue encadenada y objeto de abusos por cuatro personas a la vez— se producían casi siempre en un altillo, en una sala a la que llamaban “la casita de Dios”. La policía encontró las cadenas y material pornográfico. “Al subir las escaleras en una inspección, una víctima nos señaló una imagen de la virgen y nos dijo: ‘Siempre que pasaba por aquí, la monja mala se persignaba’. ¿Cómo podía ser tan hipócrita?”, cuenta el fiscal del caso, Gustavo Stroppiana, al que le cuesta dormir por las noches —tiene hijos menores— después de las cosas que escucha en la investigación. La monja ha sido detenida esta misma semana ante las pruebas contra ella.

“Varios testimonios coinciden. Primero, la monja Kosaka Kumiko golpeaba a los menores para probarlos. Los que se resistían, se salvaban. Los que eran sumisos terminaban siendo abusados”, explica Sergio Salinas, abogado de varias víctimas y gran impulsor de la causa apoyado por su asociación, Xumek. Una niña de cinco años, hoy adolescente, fue violada repetidamente por Corbacho, otro cura del Provolo detenido. “La monja la llevaba a la habitación del cura, a sabiendas, y un día le puso un pañal para disimular la hemorragia y poder llevarla al comedor. Le dolía tanto que no se podía sentar. Ella les hizo ver pornografía, hacía que las niñas se tocaran. Eran niños muy pobres, con familias con problemas, que apenas les veían porque estaban internados. Además los elegidos eran los que tenían más dificultades para comunicarse con sus padres, los que no conocían el lenguaje de signos”, dice Salinas.

El abogado y las víctimas, una veintena de momento —siguen apareciendo nuevos testimonios, que se animan a denunciar al ver en la televisión que los curas a los que tenía terror están encarcelados— no están solos. El fiscal cuenta la misma versión. “Cuando estaban dentro, los amenazaban con echarlos si hablaban. Hay que tener en cuenta que muchos de estos niños venían de villas miseria, el centro era como un hotel de lujo para ellos. Les decían que sus familias tendrían muchos problemas si decían algo. Cuando salieron, convivieron con miedo y vergüenza. Algunos hoy tienen hijos, les cuesta contar lo que les hicieron. Pero se dan fuerza unos a otros. Algunos eran tan chiquitos que no podían transmitir lo que pasaba, no sabían. Hemos encontrado muchos que se autolesionaban porque no podían contar lo que les estaban haciendo. Ahora quieren hablar al verlos detenidos. Un chico que hoy vive en la provincia de San Luis nos dijo: ‘Si los dejan libres yo me mato”.

Las víctimas, hipoacústicas, están muy protegidas. Sus familias prefieren no hablar. Pero hay una que sí lo hace para El País. Es Cintia Martínez. Su hijo, ahora de 20 años, fue objeto de abusos por su cuidador, que antes había sido otro interno del Provolo y a su vez había sido violado por uno de los curas. “Mi hijo vio como abusaban del que después le violó. Era una cadena. Todavía hoy le tiene terror a Corradi. Su relato siempre se detiene en él. Dice que le tiene mucho miedo”.

Efecto dominó
Cintia está especialmente dolida. Si le hubieran hecho caso se podían haber evitado muchas víctimas. En 2008, ella vio que su hijo, interno en Provolo, estaba muy mal. “Dormía con la luz prendida, empezó a lastimarse, se cortaba los brazos, las piernas, me decía que no quería ir allí. Y un día me trajo un dibujo pornográfico, era una persona mayor haciéndole sexo oral a otra. Habían puesto ojos como de otros que miraban. Me contó que lo habían obligado a hacer sexo oral con otro alumno”. Cintia fue a la escuela escandalizada. Pero allí le pidieron que no contara nada, le prometieron que iban a apartar al responsable. Ella denunció el caso ante la fiscalía y sacó al niño. Nadie le hizo caso.

“Ni siquiera las madres me creyeron. Les dijeron que mi hijo y yo éramos conflictivos. Se hubiera parado ahí. Pero no. Siguió hasta 2016. Eso es lo que me duele”. Cuando entraron en el Provolo para detener a los curas y cerrar el centro, los investigadores encontraron semen en la ropa interior de una menor.

Los abusos llegaron hasta el último día, y solo se frenaron de casualidad, porque una menor le contó todo a una intérprete justo cuando estaban en un edificio con el fiscal y la vicegobernadora al lado. Fueron rápidamente a explicárselo a ellos y se inició la causa. Una víctima llevó a otra y todas fueron confesando en un efecto dominó. La Iglesia nunca hizo nada por pararlo. “Yo sigo creyendo en Dios, pero desde luego nunca más en la Iglesia”, se indigna Cintia. Solo en Argentina, el país del papa Francisco, hay 62 curas denunciados por abusos desde 2002. Solo tres de ellos han sido expulsados. Los demás siguen siendo sacerdotes, incluso encerrados en la cárcel.

“Esos monstruos eran nuestros compañeros”
Los Provolo eran institutos grandes, con cuidadores, limpiadores, y muchos maestros. Todos se preguntan en Mendoza cómo es posible que nadie viera ni dijera nada en tantos años. Leticia Grellet fue profesora 17 años.

“Nunca tuvimos ninguna sospecha. Veíamos a diario a estas personas, eran confiables para nosotros, salvo Corradi que era muy maltratador con el equipo docente”, asegura. “En un principio todas nos negamos a creer que esto podía suceder, teníamos una relación familiar. Hay alumnos que estuvieron allí 15 años. Los hemos visto crecer, eran parte de nuestra familia. Que no nos dijeran nada, que no pudiéramos vislumbrar que algo pasaba en la noche es terrible. Todas las maestros hemos ido al psicólogo por el trauma. Esos monstruos eran nuestros compañeros de trabajo, nuestros empleadores”.

Los fiscales creen que algunos profesores sí sabían. Sobre todo porque hubo denuncias que no atendieron. “En 2015 una mamá se quejaba de que a su hijo le bajaban los pantalones los más grandes. Les preguntamos y lo negaron. Los que los cuidaban son los que están presos”, admite Grellet. Ese niño era el hijo de Beatriz Escudero, que tiene otra visión: “Yo hablé con la directora y lo minimizó, me dijo que los chicos eran alumnos muy buenos sin problemas. Nadie me creyó. Hasta que saltó el escándalo”.

Corradi: 50 años de abusos. La Iglesia solo lo movía de centro
Todas las víctimas e incluso los fiscales de la causa coinciden en una idea: la enorme responsabilidad de la Iglesia en lo que pasó en el Provolo. Sobre todo porque sabían hace muchos años quién era Nicolás Corradi. Y lejos de frenarlo, de denunciarlo a la justicia o de apartarlo de los niños, se limitaron a cambiarlo de ciudad o de país, donde simplemente cambiaba de víctimas, siempre niños sordos y pobres.

Corradi llegó a La Plata, cerca de Buenos Aires, en 1986. Venía de Verona, donde había abusado presuntamente de otros niños sordos. Una grabación con cámara oculta a uno de los curas del Provolo de Verona hecha por unos periodistas italianos muestra el sistema: cuando había denuncias, el cura tenía que elegir: “a casa o a América”. Todos optaban por lo segundo.

En 2009, el caso de los abusos en Verona estalló públicamente. Hubo un juicio. Fue un gran escándalo. El nombre de Corradi apareció como uno de los peores abusadores. Pero ni en el Provolo de La Plata, donde había estado, ni en el de Mendoza, que dirigía, hicieron nada. Los padres, muy pobres, no se enteraron. Y Corradi siguió abusando de niños. “Nunca nos llegó noticia alguna, jamás. Desconocíamos absolutamente los antecedentes de estas personas, no teníamos idea”, señala el portavoz del obispado de Mendoza, Marcelo de Benedectis.

El escándalo de Verona se publicó en los diarios, incluido El País, pero la Iglesia local asegura que no se enteró e insiste en que el Provolo depende directamente del Vaticano. “Estos hechos han causado una conmoción en la sociedad y en la Iglesia”, explica. “Hemos tomado medidas para que estos hechos no sucedan nunca más. Se ha nombrado a un visitador diocesano que recorre la provincia, hace visitas pastorales a los colegios para que el clima sea sano y de protección a los niños. Todo los sacerdotes deben presentar una declaración jurada de su aptitud psicofísica, demostrar que puede trabajar con niños”.

viernes, 5 de mayo de 2017

#hemeroteca #iglesia #pederastia | Detenida en Argentina una monja acusada de elegir a niños “sumisos” para curas violadores

Imagen: El País / Kosaka Kumiko
Detenida en Argentina una monja acusada de elegir a niños “sumisos” para curas violadores.
La japonesa Kosaka Kumiko ocultaba con pañales las heridas de los menores abusados en el Instituto Provolo.
Federico Rivas Molina | El País, 2017-05-05
http://internacional.elpais.com/internacional/2017/05/05/argentina/1494006124_567259.html

“Soy una persona buena que he entregado mi vida a Dios”, dijo la monja Kosaka Kumiko. Vestida aún con su hábito, pero esposada y con chaleco antibalas, la religiosa se declaró inocente ante el juez que la acusa de ayudar y encubrir a los sacerdotes que, durante años, abusaron sexualmente de los niños sordos que tenían a su cuidado en el Instituto Provolo de Mendoza, en Argentina. Kumiko llegó al colegio en 2007 desde Japón, y durante seis años fue “el demonio con cara de mujer” detrás de las violaciones, como la llamó uno de los abogados de las víctimas. Esos mismos niños han sido ahora los verdugos judiciales de la monja: en marzo pasado, una adolescente contó que, cuando tenía sólo cinco años, Kumiko le colocó un pañal para disimular el sangrado que le producía la violación sistemática a la que la sometían varios sacerdotes de la orden. La mujer tenía también la misión de seleccionar a los niños más “sumisos” y entregarlos como presas a los curas. Ahora ha quedado detenida, luego de estar prófuga durante más de un mes.

El Instituto Provolo de Mendoza fue noticia en Argentina en diciembre del año pasado, cuando la justicia detuvo a los sacerdotes Nicolás Corradi, de 82 años, y Horacio Corbacho, de 56, imputados por "abuso sexual agravado con acceso carnal y sexo oral" contra al menos una veintena de niños hipoacúsicos de entre 10 y 12 años. Los alumnos eran forzados a practicar sexo oral en presencia de los curas y algunos fueron violados y golpeados, según sus propios relatos.

La cabeza del infierno era Corradi, llegado a la Argentina en la década del 60 desde el Instituto Antonio Provolo de Verona. Desde allí lo envió la Iglesia para protegerlo de decenas de denuncias de violación de menores. No le quitó los hábitos, sino que lo alejó lo más posible del escándalo, bien al sur, en Argentina. Los abusos y las golpizas de Corradi se reanudaron en el país sudamericano, primero en La Plata y después en la Mendoza, 1.000 km al oeste de Buenos Aires. Durante los últimos años, Corradi encontró en Kumiko a un cómplice de peso, una mujer con carisma entre los niños e inmune a la culpa.

La monja forma parte de la congregación Nuestra Señora del Huerto y, desde su llegada al Provolo, tuvo a su cargo el cuidado de los 43 niños que en 2007 dormían en el instituto. Desde ese puesto ejerció, según los testigos, un papel determinante en la trama de abusos. Las víctimas son ahora adolescentes que, poco a poco, se han animado a hablar. En el expediente figuran la denuncia de la joven que contó cómo la monja ocultaba el sangrado de los vejámenes con pañales, la de otra menor que relata que era enviada por Kumiko a la habitación de Corbacho para ser abusada y testimonios “que dicen que la religiosa participó en tocamientos a nenas, les pidió que se toquen entre ellas y vio pornografía junto al celador Jorge Bordón (otro detenido) en un televisor”, relató el abogado Sergio Salinas, de la ONG Xumek, a cargo de la querella.

Pero su principal función fue elegir a los niños más vulnerables. “Los golpeaba sistemáticamente y el más sumiso era entregado a los violadores. El que se rebelaba se salvaba de los abusos”, explicó Salinas al canal de noticias TN. Cuando las pruebas se acumularon, Kumiko huyó y se ocultó en Buenos Aires, adonde finalmente se entregó. “Soy inocente, no sabía de los abusos”, le dijo al juez.

Los abusos en el Instituto se conocieron en 2008, pero la causa fue archivada por la justicia. La sucesión de testigos finalmente reactivó el caso. El fiscal Fabricio Sidoti, a cargo de la investigación, contó que “los chicos dicen que los llevaban a la Casa de Dios, un lugar que hay en el instituto, donde los metían. Las víctimas veían a través de las rendijas de la puerta lo que pasaba”. El escándalo estalló finalmente en diciembre, el instituto fue intervenido y la Iglesia se vio obligada a asumir que algo pasaba en el lugar, tras años de silencio.

En ese entonces, la voz oficial estuvo a cargo del arzobispo de Mendoza, Carlos María Franzini. “Quiero aclarar mirándolos a los ojos, con las manos limpias y la conciencia tranquila, que nunca fuimos notificados de antecedentes penales que pesaran sobre ninguno de los sacerdotes imputados. Tampoco hemos recibido denuncias o comentarios sobre irregularidades que hubieran sucedido en dicho Instituto”, dijo el sacerdote. Los antecedentes de violación de Corradi, conocidos por la Iglesia italiana, al parecer nunca llegaron a Argentina.

jueves, 9 de febrero de 2017

#hemeroteca #iglesia #pederastia | Los escándalos de pedofilia se disparan en Argentina

Imagen: El País / Julieta Añazco
Los escándalos de pedofilia se disparan en Argentina.
“Mientras le confesábamos los pecados al oído, él nos tocaba”, cuenta a El País una víctima.
Mar Centenera | El País, 2007-02-09
http://internacional.elpais.com/internacional/2017/02/08/argentina/1486572845_075366.html

Julieta Añazco empezó a recordar cuando nació su nieto y sintió un miedo repentino que no sabía explicar. "Me empezaron a venir imágenes que había olvidado y no lo pude parar", dice Añazco a pocos metros de la catedral de la ciudad argentina de La Plata. Aún no había cumplido los 10 años cuando el cura Héctor Ricardo Giménez la manoseó por primera vez, durante un campamento de verano. "Los abusos los perpetraba en el momento de la confesión. Nos hacía hacer una fila larga y todos pasábamos de a uno en una carpa. Mientras le confesábamos los pecados en su oído, pegados a su cuerpo, él nos tocaba. Y después decía que lo que allí sucedía no lo teníamos que contar porque era secreto de confesión y si lo hacíamos iríamos al infierno porque era un pecado. Y le hacíamos caso", relata.

Por las noches, asegura que el sacerdote se desnudaba en la tienda de campaña en la que dormía junto a otras cuatro o cinco niñas y les tocaba el sexo. También aparecía en las duchas y las enjabonaba. "Éramos niñas y adolescentes, no sabíamos bien qué pasaba. Nos quedamos paralizadas", responde. La imposibilidad de plantar cara al abusador y el miedo a contar lo que les hacía alguien que consideraban "lo más cercano a Dios" se repiten en el testimonio de muchas víctimas de curas pedófilos que permanecieron en silencio durante décadas. Argentina, el país del papa Francisco, se ha visto sacudida en los últimos meses por varios escándalos protagonizados por sacerdotes y cada vez son más los que acuden a los tribunales para exigir justicia.

El caso más resonante en manos de la Justicia argentina es el que investiga los supuestos abusos cometidos contra niños sordos en institutos de las ciudades argentinas de La Plata y Mendoza. Nicolás Corradi, de 82 años, y Horacio Corbacho, de 56, están imputados por "abuso sexual agravado con acceso carnal y sexo oral" contra al menos una veintena de niños hipoacúsicos de entre 10 y 12 años en el Instituto Próvolo de Mendoza. Los alumnos eran forzados a practicar sexo oral en presencia de los curas. Algunos fueron violados y golpeados, según sus relatos. El infierno que denuncian lo vivieron antes otros alumnos en la ciudad italiana de Verona, donde Corradi fue acusado de abuso sexual en los años 60. En vez de ser expulsado de la Iglesia católica, sus superiores ordenaron trasladarlo a Argentina. Los abusos y las golpizas se reanudaron en este país, primero en La Plata y después en Mendoza. En ambas arquidiócesis niegan haber sido informados de sus antecedentes en Verona, que habrían evitado nuevas vejaciones. Las víctimas y sus abogados lo ponen en duda.

"Tolerancia cero"
Ante una denuncia, los obispos deben apartar al sacerdote, abrir una investigación y remitirla al Vaticano. Las directrices eclesiásticas contemplan también que la Iglesia se ponga del lado de las víctimas y las acompañe, incluso si deciden acudir a la Justicia penal. "Desde hace tiempo la Iglesia no solamente está trabajando en los casos que se van descubriendo de abuso sexual a menores sino también en la formación de los sacerdotes. La Iglesia tiene una mirada no solamente para ver lo que pasó sino para evitar que pase, para hacer lo imposible para que estos casos no se vuelvan a repetir", dicen fuentes de la curia porteña. Desde el Vaticano, Francisco ha exigido "tolerancia cero" contra los curas pederastas y ha pedido a la jerarquia eclesiástica que tome las medidas necesarias contra esos crímenes.

En su país denuncian que en muchos casos eso no ocurre. "Los cambios impulsados por Bergoglio son barnices, son gestos ‘pour la galerie’, para salvar la imagen de la institución", critica el letrado Carlos Lombardi, de la Red de Sobrevivientes de abuso eclesiástico. "El superior de Corradi en Italia era el obispo (Giuseppe) Carraro, que hoy está en trámite de beatificación por parte del papa", denuncia. Llama la atención también sobre el padre Julio César Grassi, que no ha sido expulsado de la Iglesia pese a su condena a 15 años de cárcel por abuso sexual agravado contra un menor. Añazco critica el hermetismo con el que la Iglesia lleva la investigación interna sobre su denuncia y la indiferencia del Papa frente a la carta que le escribieron varias víctimas.

Lombardi representa a querellantes contra curas pedófilos desde hace siete años. Su primer caso fue el del mendocino Iván González, quien comenzó a ser abusado a los 19 años por el entonces diácono Jorge Luis Morello, responsable de su formación en el seminario. "Empezó con tocamientos en el cuello, decía que le dolía el cuello. Y fue avanzando de a poco, hasta que un día me tocó de más y me quedé helado", recuerda González casi dos décadas después. Asegura que el abuso se prolongó durante cuatro años, en los que el diácono le obligaba a guardar silencio bajo la amenaza de que si alguien se enteraba no podría entrar en el seminario.

Omar tenía 17 años y era, según sus propias palabras, un joven "introvertido, callado y de pocos amigos". Cuenta que las vejaciones empezaron durante un campamento, cuando compartió la tienda de campaña con un sacerdote que había sido la primera persona a la que se había atrevido a confesar que su padre abusó de él. "Comenzó con caricias, manoseos y luego concretó el abuso. Todo el tiempo me sentía mal, paralizado, angustiado. Me despertaba y tenía una angustia que no se pasaba con nada. Vivía con mis abuelos en ese momento y no se lo podía contar a la familia", describe.

Complicidad civil
Omar decidió acudir al psicólogo, pero este le recomendó no denunciar al cura para evitar el desgaste y la exposición que sufriría. Le hizo caso y el delito prescribió. Lo mismo le ocurrió a González. Sin embargo, más tarde González decidió querellarse contra el Arzobispado de Mendoza por daños morales ante sus reiteradas negativas para informarle sobre la causa eclesiástica abierta contra Morello. El Tribunal Superior de Justicia provincial le dio la razón en 2015 y obligó a indemnizarlo con 30.000 pesos (3.750 dólares en el momento de la sentencia).

González asegura que en algún momento todas las víctimas han pensado en suicidarse y por eso se consideran supervivientes. Cree que de a poco la sociedad argentina comienza a entender que no mienten, aunque en su momento no opusiesen resistencia ni denunciasen. "Tiene que ver con el poder del abusador sobre la víctima, te paraliza", explica.

El cambio social se percibe también en que cada vez son más los menores que se atreven a poner en palabras el horror que sufren, sin esperar a que pase el tiempo. Uno de ellos fue Renzo, el hijo de 11 años de Silvia Muñoz, habitante de una pequeña localidad de Entre Ríos. Hace unos meses, Renzo la sentó en la cama y le dijo que le tenía que hablar del cura del pueblo, el colombiano Juan Diego Escobar. "El cura me lleva a la pieza, me encierra y me toca. Me toca las bolas, el pito, por encima del calzoncillo", le dijo a su madre. Se quedó helada y se largó a llorar desconsoladamente. Después, decidió denunciarlo. La decisión de acudir a la justicia la enfrentó en un primer momento con los vecinos, pero las críticas disminuyeron cuando apareció otro denunciante. "Quiero que vaya preso, porque sino seguirá haciendo lo mismo en otros lugares", dice Muñoz. En unos meses comenzará el juicio contra el cura Juan José Ilarraz, acusado de abusar de medio centenar de seminaristas de 10 a 14 años, entre 1984 y 1992, en la ciudad de Paraná. "Esto es la punta del iceberg. A medida que las víctimas pierdan el miedo sabremos cuántos más casos hay", asegura Lombardi.