Mostrando entradas con la etiqueta Pandillas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pandillas. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de julio de 2018

#hemeroteca #homofobia #poblacionrefugiada | La historia de Unai y Esteban, dos refugiados homosexuales forzados a huir de las pandillas en Honduras

Imagen: El Diario / Unai y Esteban
La historia de Unai y Esteban, dos refugiados homosexuales forzados a huir de las pandillas en Honduras.
La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) recoge los testimonios de una pareja que tuvo que huir por las amenazas por su orientación sexual y ahora vive en España a la espera de que su caso se resuelva. Según denuncia la ONG, en los últimos años solo se han concedido 25 solicitudes a personas centroamericanas de las casi 3.400 presentadas. "Era un infierno, vivía con mucho miedo, vigilando que no te vean, pensando qué ruta voy a tomar, si me van a matar, si me van a violar. Eso no es vivir", cuenta Unai.
Desalambre, El Diario, 2018-07-06
https://www.eldiario.es/desalambre/Refugiados-homosexuales-honduras_0_789521777.html

Unai siempre ha sufrido el acoso de las pandillas en Honduras. Primero, cuando era un niño y las maras extorsionaban a su madre para que pagara dos veces por semana el llamado "impuesto de guerra" por su pequeña tienda de alimentación. Después, cuando creció y comenzaron a amenazarle por su orientación sexual.

Para estos grupos que controlan buena parte del territorio, en su idea de lo que "tiene que ser un hombre", relata el joven, no caben los homosexuales. Tampoco su pasión: la danza. El acoso constante obligó a Unai a abandonar sus estudios de baile e interpretación. Cada vez que salía de casa, recuerda, planeaba minuciosamente la ruta por miedo a ser asesinado o agredido.

"Era un infierno, vivía con mucho miedo, vigilando que no te vean, porque siempre te están observando… Pensando dónde voy a guardar el dinero o qué ruta voy a tomar, pensando si me van a matar, si me van a violar, si algún día se van a cansar de hostigar y van a pasar a la acción. Tuvimos que huir. Eso no es vivir", recuerda en un testimonio recogido por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

En el caso de su pareja, Esteban, las amenazas fueron a más. "No queremos volver a verte por aquí", asegura que le decían cuando, antes de tener que dejar de hacerlo, visitaba a Unai en su barrio. El acoso también venía a través de llamadas telefónicas. "Cambié de número varias veces, pero de una u otra forma, siempre lo tenían", comenta.

Un día, salía del ensayo cuando unos pandilleros entraron en el autobús en el que viajaba y, según su testimonio, le obligaron a bajarse a punta de pistola. Se lo llevaron a un lugar conocido 'el campo'. "Allí matan, violan y hacen de todo", sostiene Esteban. A él le dieron una paliza, lo suficiente para darse cuenta de que su vida corría peligro, de que tenía que marcharse de allí.

Hoy ambos viven en España a la espera de que se resuelva su petición de asilo. Mientras, han podido retomar sus estudios de interpretación. Según CEAR, que ha denunciado en varias ocasiones los retrasos y el "colapso" del sistema de asilo español, en los últimos cuatro años solo se han concedido 25 solicitudes de asilo a personas procedentes de Honduras, Guatemala y El Salvador, de las cerca de 3.400 peticiones presentadas.

Unai sabe que es difícil que, con estos datos, su caso se resuelva favorablemente, pero tiene una certeza: "No volvería a mi país, porque allá no se vive".

"El odio de las pandillas a los homosexuales es una forma de humillar y de sentirse superior a los que tenemos esta orientación sexual", explica Esteban. En un contexto marcado por la pobreza, en países como El Salvador, Honduras o Guatemala, la violencia de las maras afecta particularmente a las personas LGTB, para las que las amenazas son una realidad cotidiana.

"Es necesario recordar que todavía hay personas en todo el mundo que no solo no pueden festejar con normalidad el orgullo LGTB, sino que se ven obligadas a ocultar su condición o a huir de sus países debido al temor a ser asesinadas por ser, sentir o amar de una forma determinada", defiende Estrella Galán, secretaria general de la ONG.

Esteban cuenta que de pequeño solía soñar con volar. Sus padres le respondían: "Pero hijo, eso es imposible, las personas no volamos". Hoy, dice, lo logra a diario gracias a la danza. La misma por la que tuvo que sufrir el acoso y abandonar su país. Pero no lograron cortarle las alas.

miércoles, 8 de julio de 2015

#hemeroteca #violencia | Las niñas presas de El Salvador

Imagen: El País
Las niñas presas de El Salvador
Las internas de la única cárcel para mujeres menores del país se agarran a la educación para evitar las pandillas cuando recuperan la libertad
Iñaki Makazaga | Planeta Futuro, El País, 2015-07-08
http://elpais.com/elpais/2015/07/03/planeta_futuro/1435911320_753927.html

“Fuera no me quedan amigas, todas están bajo tierra”. A Verónica, vivir recluida en el único centro de internamiento de niñas y adolescentes de El Salvador le ha salvado la vida. Lleva dos años interna, ha retomado los estudios y todavía le quedan otros cinco por “feminicidio agravado”. Tiempo en el que espera aprender un oficio nuevo: costura y reparación de computadoras. A sus 17 años ya ha marcado su vida para siempre: no tanto por el homicidio, como por haber formado parte activa del entorno de las pandillas, del que dicen que no hay salida.

Tras el rostro las niñas encerradas en la única prisión de menores de El Salvador aparece una infancia sitiada por la violencia. “Eres una inconsciente, no piensas las cosas. Para cuando lo haces, ya estás aquí y es tarde”. Una “inconsciencia” responsable de la escalada de violencia que ha convertido a El Salvador en el segundo país más violento del mundo con casi 4.000 homicidios en el último año, un 57% más que el año anterior tras la ruptura de la tregua de pandillas.

Y la “inconsciencia” de la que huyen al día centenares de salvadoreños de forma ilegal rumbo a los Estados Unidos para dejar a tras las amenazas, la extorsión y la muerte. Los que no cruzan la frontera también deben desplazarse por el país para proteger a sus hijas y a sus hijos de las redes de la pandilla. En total, se calcula que son 60.000 los jóvenes que forman parte de ellas. Ahora se aprovechan de los menores de edad para cometer los peores delitos conscientes de que las penan serán más bajas. “Los peores criminales en este país son menores de 18 años”, aseguran desde la Procuraduría de Derechos Humanos.

A Verónica fueron los compañeros de escuela los que le llevaron a la pandilla Barrio 18 de la ciudad de San Vicente donde vivía. “Eres rebelde y consideras atractivo andar con droga, siempre en la calle con tus amigos…”. Ahora cumple condena por homicidio con agravante junto a otras 71 chicas entre los 13 y 25 años de edad.

“Si pudiera retroceder en el tiempo, lo evitaría. No dejo de repetírselo a mi hermano que sigue ahí fuera”. Para ella estar dentro de la cárcel le ha supuesto un alivio por los niveles de violencia de la calle y la única manera de seguir con los estudios. El 100% de las internas está escolarizada y cada tres meses un juez realiza un estudio psicosocial: revisan sus notas, comprueban su conducta y repasan su entorno familiar. El 95% carece de referente paterno y muchas de ellas han sido entregadas a redes de trata y prostitución desde edades bien tempranas. El principal objetivo del internamiento es devolverles parte de una infancia perdida: escolarización, apoyo psicosocial y formación profesional.

Hoy a Verónica le toca retomar las clases durante la mañana, por la tarde lo harán las del sector dos, las reclusas relacionadas con la mara salvatrucha (MS-13). Existe un tercer módulo para aquellas que se encuentran en “condición de aislamiento”. Sin embargo, al hablar con ella y el resto de compañeras ninguna reconoce pertenecer a la pandilla.

“Para nosotras sólo forman parte activa de la mara las que van tatuadas, las que han sido brincadas (rito de entrada)”. Y es que si para algo se han puesto de acuerdo las pandillas en los últimos años es para no aceptar a las mujeres en ninguna de ellas. Ya no son “brincadas”, ya no se les realiza ningún ritual.

“Sufren la misma persecución, cometen los peores delitos, pero no gozan ni de la posibilidad de ser consideradas parte”, explica la directora del penal, Graciela Bonilla. Para Las Dignas, asociación feminista del país, el papel de la mujer en estas organizaciones es también reflejo del machismo cultural imperante: “Tan sólo son un objeto de deseo y un objeto perfecto de venganza”. Persiguen a las más guapas para que sean sus novias y pronto se convierten en un blanco fácil para la pandilla rival, la policía y el resto de jóvenes de su propia pandilla.

La Procuraduría de Derechos Humanos también matiza que las menores son las que peor situación sufren: “Muchas llegan a las pandillas huyendo de la violencia de sus casas, de la prostitución y terminan en nuevos contextos de violencia”. Una realidad difícil de comprender mirando las caras de todas estas niñas, sin ninguna diferencia, salvo en el excesivo olor a perfume, de las de otras niñas de su edad de cualquier parte del mundo.

Al margen de lo que ellas consideren, el centro penitenciario las separa sin ninguna posibilidad de contacto. “Ahora mismo nos portamos mejor nosotras, luego ya veremos”, señala Carmen, compañera de sector de Verónica y con una pena de 10 años de internamiento también por homicidio.

Carmen sujeta en brazos a su segunda hija durante el descanso entre clase y clase. El 70% de las reclusas es madre con uno o dos hijos. A los dos años los bebés son retirados del centro y entregados a familiares o centros de acogida. “Aquí carecemos de las condiciones mínimas para tenerlos”, aclara la directora mientras se detiene un buen rato con Carmen para conocer cómo está la pequeña.

“Me arrepiento de lo que he hecho porque me tiene alejado de mi hijo y de mi madre”. Lo que Carmen tampoco se perdona es que ahora también su madre forma parte del entorno de la pandilla. Para Carmen, su error le sucede a muchas niñas en su país: se enamoró de un pandillero. “Si tu chico es pandillero tienes que estar preparada para lo que venga”, explica con frialdad. La mirada de Carmen es más dura que la de Verónica. Ella tiene ya 21 años, le quedan siete más de cárcel y sujeta fuerte la mano de su segunda hija, de la que sabe que en breve también tendrá que desprenderse.

Mientras que Verónica y Carmen retoman las clases, Lara aprovecha para ordenar su habitación dentro del sector 2. Cumple una pena de 15 años “por extorsión”. Lleva cuatro en el centro de internamiento y no ha perdido el tiempo. “Gracias a que estoy aquí, he retomado los estudios y aprendido el oficio de peluquería. A mí salida espero dedicarme a esto junto con mi familia”. Afuera le espera una hija de dos años.

“Acostumbrarte a esta vida es muy duro: al principio echas de menos a la familia y pronto descubres que aquí dentro no puedes confiar en nadie. Nadie se puede acostumbrar a vivir entre cuatro paredes”. En su habitación convive con otras 17 menores. Algunas todavía van vestidas con el pijama y se les pueden ver tatuajes en el abdomen, antebrazos y las piernas.

La habitación es amplia, con una sucesión de literas pegadas a la pared, estrechas taquillas grises y grandes ventanas enrejadas. En algunas habitaciones hay una televisión encendida. En otras, las paredes cuentan historias con el nombre de los chicos a los que se les promete amor eterno o se les increpa por no tener noticias de ellos.

“Los móviles están a la orden del día”, asegura el policía nacional de la puerta del edificio. “Están prohibidos pero o los introducen sus familiares en los lugares más creativos o lo hacemos nosotros mismos. La capacidad de convicción de estas niñas es enorme y nuestros sueldos, fácilmente corruptibles”. Aunque estén en prisión la pandilla no se olvida de ellas: ofrece apoyo a sus familiares, las visita y mantiene al día de la vida del barrio.

Lara baja ahora a la entrada del sector. Es la hora de la comida y por un momento el olor a perfume de toda la cárcel se pierde por el olor a arroz blanco, ensalada y frijoles. Junto a los barrotes van apareciendo manos y retiran poco a poco los platos llenos de comida.

Cuando acaben con un sector, irán a entregar el almuerzo al otro. Tras la comida regresarán las clases y los talleres, su principal arma para no regresar a su salida al entorno de las pandillas. A las cinco de la tarde cenarán, se realizará el recuento de todas ellas, se cerrarán las puertas de cada habitación y en unas horas apagarán las luces. Verónica, Lara, Carmen y sus compañeras habrán pasado un día más con vida en el segundo país más violento del mundo.