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lunes, 7 de octubre de 2019

#hemeroteca #mujeres #sexualidad | La guerra de orgasmos la ganó Alemania oriental

Imagen: El País / Dos modelos en Berlín en 1960
La guerra de orgasmos la ganó Alemania oriental.
¿Disfrutan las mujeres más de sus relaciones en países socialistas? Las diferencias entre la RDA y la RFA son un ejemplo de cómo el capitalismo afecta a la sexualidad.
Kristen Ghodsee | El País, 2019-10-07
https://elpais.com/elpais/2019/10/04/ideas/1570201563_930103.html

Durante cuatro décadas, las dos Alemanias siguieron caminos distintos, sobre todo en lo que respecta a la construcción de masculinidades y feminidades ideales. En Alemania Occidental se abrazó el capitalismo, los roles de género tradicionales y el modelo del matrimonio monógamo burgués en el que el hombre es el sostén de la familia y la mujer es ama de casa. En el Este, el objetivo de la emancipación de las mujeres, combinado con la escasez de mano de obra, llevó a una incorporación masiva de aquellas a la población activa. Como explicaba la historiadora Dagmar Herzog en su libro ‘Sex after Fascism’ (‘El sexo tras el fascismo’), publicado en 2007, en Alemania del Este el Estado promovió activamente la igualdad de género y la independencia económica de las mujeres como características distintivas del socialismo, en un intento de demostrar su superioridad moral por encima del Occidente democrático y capitalista. Ya a principios de la década de 1950, se animaba desde las publicaciones estatales a los varones alemanes a participar en el trabajo doméstico, compartiendo así la carga del cuidado de la descendencia de forma más equitativa con sus esposas cuando estas también trabajasen a jornada completa.

Según la profesora de Estudios Culturales Alemanes Ingrid Sharp, en Alemania del Este se creó una situación en la que las mujeres ya no dependían de los hombres, y esto les proporcionaba una sensación de autonomía, lo cual redundaba en un comportamiento masculino más generoso en la cama. Si las novias y esposas de Alemania Occidental se sentían insatisfechas con el desempeño sexual de sus compañeros masculinos no tenían demasiadas opciones, pues como dependían económicamente de sus parejas lo máximo que podían hacer era intentar convencerlos para que fuesen más atentos con sus necesidades. En el Este, los hombres que deseaban mantener relaciones con mujeres no podían comprar el acceso a ellas con dinero, por lo que tenían incentivos para mejorar su comportamiento. (...) En 1984, Kurt Starke y Walter Friedrich publicaron un libro con los resultados de sus investigaciones sobre el amor y la sexualidad entre sus compatriotas menores de 30 años. Así, descubrieron que la juventud de la RDA, tanto hombres como mujeres, estaba muy satisfecha con su vida sexual: dos tercios de las jóvenes afirmaban llegar al orgasmo “casi siempre” y un 18% “con frecuencia”. Starke y Friedrich sostenían que estos niveles de satisfacción personal en la cama eran resultado de la vida socialista: “La sensación de seguridad social, el equilibrio en cuanto a responsabilidades educativas y profesionales, la igualdad de derechos y de posibilidades a la hora de participar en la vida social y determinar su curso (...)”.

En una encuesta de prácticas sexuales femeninas realizada por el Gewis-Institut de Hamburgo para Neue Revue, el 80% de las alemanas orientales respondió que siempre llegaba al orgasmo, en comparación con el 63% de las occidentales. (...) El contexto [de este estudio] era la pugna ideológica entre el Este y Occidente: una guerra fría que se libraba en el campo de batalla de la sexualidad y en la que el potencial de orgasmos sustituía a la capacidad nuclear. Efectivamente, Sharp explica que la continua vinculación que hacían los sexólogos del Este entre el mayor disfrute sexual de las mujeres de la RDA y su independencia económica y su confianza en sí mismas suponía una amenaza para la sensación de seguridad de Alemania Occidental. La respuesta de los medios occidentales contra la idea de que en el Este pudieran tener algo mejor fue contundente y dio paso a lo que Sharp llamó la “Gran Guerra de los Orgasmos”. Los continuos debates sobre las comparaciones entre los niveles de satisfacción sexual de las dos Alemanias animaron a los historiadores Paul Betts y Josie McLellan a explorar el tema con mayor profundidad en su libro ‘Love in the Time of Communism’ (‘El amor en los tiempos del comunismo’), donde se disecciona el tema a lo largo de 239 páginas. Betts y McLellan confirman la idea de que la independencia económica femenina contribuyó a crear una forma de sexualidad única, no mercantilizada, tal vez más “natural” y “libre”, que floreció en el Este y que permite afirmar que, si bien la teoría de la economía sexual proporciona una descripción adecuada de los mercados del sexo, esta solo es aplicable a las sociedades capitalistas. Sin embargo, como apuntan estos autores, otros factores contribuyeron a las diferencias entre las culturas sexuales. En primer lugar, la Iglesia desempeñaba un papel mucho más importante en la regulación de la moral y la sexualidad en Occidente que en el Este, secular y ateo (aunque es importante señalar que el estudio de 1984 realizado por Starke y Friedrich no encontró diferencias entre las respuestas de las ateas y las de quienes profesaban alguna religión). En cualquier caso, resulta incontestable que la cultura de Alemania Occidental abrazó los patrones de género tradicionales de las Iglesias católica y protestante en mucha mayor medida que la cultura de la Alemania Oriental. En segundo lugar, la naturaleza autoritaria del régimen de la RDA restringía el acceso a la esfera pública, por lo que su ciudadanía respondió retirándose al ámbito privado, donde se construyeron vidas íntimas, acogedoras y ajenas a la ideología en las que refugiarse de la omnipresencia del Estado en todos los demás planos. En tercer lugar, en el Este había mucho menos que hacer en comparación con las distracciones comerciales de Occidente, por lo que probablemente la gente dispusiera de más tiempo para dedicarlo al sexo. Y, por último, el régimen de la RDA animaba al disfrute de la vida sexual como medio para distraer a sus habitantes de la monotonía y de las relativas privaciones de la economía socialista, así como de las restricciones en los desplazamientos.

(...) La idea que se tenía del sexo en Alemania del Este sigue resultando conservadora cuando la comparamos con los estándares actuales. Los gais y las lesbianas, aunque no sufrían una persecución abierta, llevaban vidas limitadas, confinadas a la esfera privada. Y, por mucho que el Estado intentase convencer a los hombres de que echasen una mano en casa, las mujeres seguían realizando la mayoría del trabajo doméstico. Pese a la disponibilidad de anticonceptivos y a que el aborto era legal, la RDA, al igual que otros Estados socialistas, seguía manteniendo una fuerte política de fomento de la natalidad: la maternidad se consideraba un deber y los socialistas tendían a ver el sexo como algo que acabaría por llevar al matrimonio y a los bebés. Por último, aunque el sexo placentero se veía como algo deseable para ambos géneros, el Estado nunca estuvo a favor de la promiscuidad descontrolada ni del sexo “hedonístico”: se consideraba que el sexo era una expresión de amor y cariño entre camaradas iguales.

Kristen Ghodsee, etnógrafa, es profesora de Estudios de Rusia y Europa del Este en la Universidad de Pensilvania (EE UU) y autora de varios libros. Este es un extracto de ‘Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo’, que publica Capitán Swing este 7 de octubre.

jueves, 3 de octubre de 2019

#hemeroteca #mujeres #sexualidad | Kristen Ghodsee, autora y etnógrafa: Por qué el capitalismo se cargó el orgasmo femenino

Imagen: El Diario / Una pareja hetero de la Alemania Oriental en 1975
Kristen Ghodsee, autora y etnógrafa: Por qué el capitalismo se cargó el orgasmo femenino.
En ‘Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo’, Kristen Godsee señala al capitalismo como yugo principal de la mujer y destaca algunos aspectos del socialismo de Estado en materia de género. Según la intelectual, todo se basa en la seguridad social porque una sociedad que no castigue a la mujer por tener hijos, ni devalúe su trabajo, provocará que sean más felices y disfruten de su sexualidad sin que esta sea un activo comercial.
Mónica Zas Marcos | El Diario, 2019-10-03
https://www.eldiario.es/cultura/libros/capitalismo-cargo-orgasmo-femenino_0_948055932.html

En la última huelga por el día internacional de la mujer, Ciudadanos rehusó participar porque, en su opinión, ser feminista no es incompatible con ser capitalista. O, en otras palabras, porque faltar a trabajar el día 8 de marzo es un gesto ideológico que no ayuda a la igualdad. Como si el terreno laboral y los cuidados domésticos no fuesen dos de los principales nichos de machismo, al menos, en la sociedad occidental.

Si la escritora y etnógrafa estadounidense Kristen Ghodsee hubiese escuchado a Rivera y a Inés Arrimadas en la víspera de la marcha feminista, se hubiera echado a temblar. Hace un par de años, ella misma fue atacada por el ala republicana y las defensoras del feminismo liberal por una columna en The New York Times titulada ¿Por qué las mujeres tuvieron mejor sexo bajo el socialismo?

La premisa quedaba bastante clara en las siete palabras de la cabecera y no faltó quien la quiso echar a los leones sin siquiera haberse leído el artículo. Estalinista y defensora de los gulags fueron las acusaciones más suaves. Pero, lejos de sucumbir a la presión, Ghodsee convirtió la pieza de opinión en un ensayo de 200 páginas que llega a nuestro país de la mano de Capitán Swing.

Partiendo de la base de que el sexo y el cuerpo femenino hace tiempo que abandonaron la esfera privada, y que incluso los orgasmos fingidos son políticos, la autora encuentra en el capitalismo el peor yugo para la mujer. Su teoría es que, "cuando se desarrolla correctamente", el socialismo conduce a la independencia económica, al equilibrio entre el trabajo y la vida, a mejoras laborales "y, sí, a un mejor sexo".

"Hay evidencias empíricas de que, en el contexto de la Alemania Oriental y Occidental, las mujeres de la RDA indicaron niveles mucho más altos de satisfacción sexual que las mujeres de la RFA", explica la autora a eldiario.es. En concreto, dos tercios de las jóvenes afirmaban llegar al orgasmo "casi siempre" y un 18% "con frecuencia".

Ghodsee lleva dos décadas estudiando el impacto cotidiano y los trastornos sociales, políticos y económicos posteriores a la caída del Muro de Berlín en 1989 y su conclusión siempre es la misma: con la entrada del libre mercado, todos los avances que la mujer consiguió bajo el paraguas del socialismo se fueron a pique. Incluidos los del sexo.

Uno de los conceptos más controvertidos que derivó del libre mercado, según ella, fue la economía sexual. Mientras que en el capitalismo el sexo de las mujeres es un activo que se ven obligadas a vender o regalar para satisfacer sus necesidades básicas, en el socialismo pueden satisfacerlas por sus propios medios y, por ende, serán menos reticentes a venderlo y "más dispuestas estarán a disfrutarlo por placer".

Otros factores que devaluarían el sexo en los estados socialistas son la disponibilidad de anticonceptivos y el aborto legal. Sin embargo, tampoco obvia el papel de Stalin y otros líderes soviéticos en la restricción de todos esos derechos, además de cercenar otros: "Los gobiernos del socialismo de Estado reprimieron los debates sobre acoso sexual, la violencia doméstica y la violación".

Quien crea que Ghodsee llega a esta conclusión a través de un cúmulo de frivolidades, se equivoca. Su ensayo se cuida de parecer un "tratado académico", pero incluye sucesos históricos, encuestas, conceptos económicos y textos sociológicos del siglo XX que conforman de todo menos una lectura ligera. Como hay aspectos que nos llevaría decenas de miles de palabras explicar, qué mejor que los aborde ella misma de su puño y letra.

- Ha tenido que explicar en numerosas ocasiones que no aboga por volver a un sistema como el soviético. ¿Por qué cree que la lucha contra el sistema capitalista se relaciona enseguida con los estados totalitarios?

- ¡Gracias! No estoy defendiendo de ninguna manera volver al socialismo de Estado del siglo XX, y me frustra cuando los críticos intentan definir el libro como una especie de nota nostálgica por el totalitarismo. Hay políticas que han sido aprobadas en países que no son estrictamente socialistas, más bien capitalistas (Europa occidental, Canadá o Australia), y podríamos aprender de ellos en EEUU.

Dondequiera que miremos, el capitalismo contemporáneo está flaqueando. Las políticas de austeridad han destruido vidas y han creado una carga increíble para las mujeres y las familias. Durante demasiado tiempo hemos vivido en un mundo donde las ganancias son más importantes que las personas. Mi libro aboga por un mundo donde las personas y el planeta sean más importantes que las ganancias. Algunas personas dirán que esta es una idea utópica, pero creo que es una visión necesaria para nuestro futuro político y económico colectivo.

- Sin embargo, admite que muchas de las políticas de igualdad conseguidas por el socialismo fueron inmediatamente aplastadas por los hombres que entraban al poder, como Stalin con el aborto. ¿Funcionaba el patriarcado en Europa del Este de forma más velada?

- El patriarcado nunca desapareció en el Este, pero su poder se vio atenuado por la independencia económica y un compromiso fundamental con la emancipación de las mujeres (aunque fuera solo teórica). Aunque no lograron que los hombres contribuyeran al cuidado de los niños y al trabajo doméstico, intentaron apoyar a las mujeres ampliando la red de seguridad social para proporcionar estos servicios públicamente.

En las sociedades capitalistas, el trabajo de las mujeres en el hogar no tiene valor en la economía formal, y los capitalistas pueden aumentar sus ganancias porque las mujeres dan a luz y crían a la próxima generación de trabajadores y contribuyentes de forma gratuita. Piensa en las políticas de austeridad. Cuando el trabajo de cuidar a los niños, a los enfermos y a los ancianos ahora ocurre en el hogar, la carga de ese trabajo recae sobre los hombros de las mujeres.

Por lo tanto, el patriarcado en las sociedades capitalistas es mucho más insidioso que el patriarcado en las sociedades donde hay más provisión pública de servicios sociales.

- ¿Y por qué no sobrevivieron esas políticas socialistas tras la caída del Telón de Acero?

- Porque la transición del socialismo al capitalismo requirió despidos masivos y los estados obligaron a las mujeres a regresar al hogar para ser amas de casa, adonde supuestamente pertenecían. Al abandonar el compromiso con la igualdad de género y las garantías de empleo al mismo tiempo, los estados post-socialistas podrían reducir efectivamente la fuerza laboral a la mitad.

En los países capitalistas, las mujeres siempre han servido como un ejército de reserva de trabajo cuando es necesario, y no importa lo que quieran o no. Las mujeres de Europa del Este fueron en gran medida víctimas del proceso de transición porque los estados podían reducir sus números oficiales de desempleo al reclasificarlas como "amas de casa". En muchos estados, esta fue una política abierta e intencionada que devastó a las mujeres que habían trabajado durante toda su vida.

- Hablemos ahora de la temática del libro y una de las teorías que más ha escamado en su país: el sexo femenino como moneda de cambio para conseguir amor, compromiso y/o manutención. ¿De qué manera ese intercambio sigue existiendo en los países occidentales?

- Sé que esto es muy controvertido, pero claro que todavía existe, y especialmente en los Estados Unidos. La teoría económica sexual tiene muchos problemas, pero lo que me interesa es que la idea del "intercambio sexual" es esencialmente la misma que la crítica socialista del siglo XIX sobre el efecto del capitalismo en las relaciones románticas.

En las sociedades que ponen toda la carga del trabajo de cuidado en las mujeres, ellas tendrán dificultades para combinar el trabajo y la vida familiar. Esto las obliga a depender económicamente de los hombres y esa dependencia a menudo crea una situación en la que las mujeres mismas se convierten en un tipo de mercancía. Los socialistas han hablado de esto durante más de 150 años, pero el problema no ha desaparecido.

Por lo tanto, mi argumento es muy simple pero importante: cuando las mujeres pueden atender sus propias necesidades materiales y las de sus hijos, y ya no dependen económicamente de los hombres, tienen la libertad de dejar relaciones heterosexuales infelices o abusivas o insatisfactorias, si es que las tienen. Esa autonomía básicamente permite una relación más igualitaria con los hombres y más libertad en la sociedad.

- Habla del intercambio sexual dentro del matrimonio. Como Silvia Federici, ¿lo considera más alienante que otras transacciones explícitas y monetarias como la prostitución?

- El trabajo sexual es trabajo. Es un intercambio abierto de fuerza de trabajo. En este caso, servicios sexuales por un salario monetario. Una vez que se transfiere el dinero, se puede reutilizar en la economía para todos los demás bienes y servicios. El trabajo sexual, por supuesto, existía antes del capitalismo.

Pero las mujeres pueden intercambiar el acceso a su sexualidad por una remuneración no monetaria (cena, bebidas, ropa, un anillo de bodas) y estas cosas no se convierten fácilmente en dinero para su uso en el resto de la economía. La mercantilización de la sexualidad no es una transacción negociada explícitamente, sino un conjunto de expectativas sociales cambiantes sobre las cosas que las mujeres pueden o deberían o podrían exigir a cambio del acceso a su sexualidad.

- Por último, ¿qué opina de la defensa del feminismo ‘mainstream’? Es decir, al que ha engullido el capitalismo.

- Ciertamente el capitalismo se ha tragado el movimiento feminista dominante. Creo que todas las feministas deberían ser socialistas si quieren que el gobierno intervenga para corregir las deficiencias del mercado libre en términos de la devaluación del trabajo de los cuidados.

Los mercados libres solo pueden empoderar a las mujeres sin hijos. Y tal vez es por eso estamos viendo una disminución tan profunda de las tasas de natalidad en los países capitalistas avanzados.

Las mujeres saben que su trabajo de cuidado es esencialmente inútil en una economía capitalista moderna, por lo que eligen limitar o renunciar a la maternidad. Pero si las mujeres quieren tener hijos y alguna forma de independencia económica, necesitarán la ayuda de políticas sociales progresivas implementadas por el estado. En definitiva, creo que el feminismo necesita socialismo si quiere trabajar para todas las mujeres.

martes, 28 de agosto de 2018

#hemeroteca #memoria | ‘Good Bye, Lenin!’ en el geriátrico

Imagen: El País / Recreación de un salón de la Alemania comunista en el geriátrico
‘Good Bye, Lenin!’ en el geriátrico.
La recreación de escenarios típicos de la RDA se emplea en Dresde para ayudar a residentes con demencia.
Ana Carbajosa | El País, 2018-08-28
https://elpais.com/cultura/2018/08/27/actualidad/1535395834_031495.html

La singular versión geriátrica de 'Good Bye, Lenin!' nació en Dresde por culpa de una motocicleta. Un buen día, el director de Alexa, residencia de ancianos del este de Alemania decidió montar un cine. Para el estreno, quisieron hacer algo especial y al director, Gunter Wolfram se le ocurrió traer una moto Troll, de esas que fueron tan populares en tiempos de la RDA. Entonces, sucedió algo muy especial; algo que cambiaría la vida del centro y de sus habitantes.

Muchos ancianos, la mayoría afectados por la demencia, habían tenido una moto similar en casa hacía años y empezaron a recordar excursiones que habían hecho con amigos y romances de novietes sobre dos ruedas. Wolfram comprendió que había sucedido algo espectacular, que al entrar en contacto con objetos de aquel pasado, los pacientes revivían esa época que en Alemania se borró de un día para otro. “Empezamos a ver que surgían recuerdos y habilidades de antes de enfermar. Notamos que gente con demencia severa perdía agresividad”. En aquel estreno, lo de menos fue el cine; el gran éxito fue sin duda la moto.

Animado por aquella experiencia, Wolfram decidió decorar una habitación como hubiera sido hace 50 años en la Alemania del Este. Allí, los residentes podrían desarrollar algunas de las rutinas que hacían entonces, como encender la estufa de carbón de hierro, limpiar los zapatos, cocinar con los cacharros de la época o cantar las canciones de entonces.

En total hay dos habitaciones del recuerdo. Una ambientada en los años sesenta y otra de los setenta. Un papel psicodélico en tonos naranjas y marrones cubre las paredes de la setentera. Hay también una butaca, una radio, una lámpara, un salero de plástico, un barreño para cocinar, una batidora manual, un sifón… tal cual podía haber estado en un cuarto de estar cualquiera en la Alemania dividida. En la de los sesenta se ha recreado un ultramarinos con estanterías que guardan productos con marcas de entonces. Detergente, pan ruso, sopa precocinada… A la entrada de las salas, una ristra de andadores aparcados.

Como muchas otras residencias, Alexa ha sufrido de lleno los efectos de la curva demográfica alemana. Si hace 10 años la mayoría de los internados eran personas con problemas de movilidad, “en los últimos tres o cuatro años nos hemos encontrado con más gente con demencia”. Ahora, de las 130 personas que viven en el centro, el 80% padece algún tipo de demencia. “Tenemos gente que no reconoce dónde está o que quiere salir corriendo porque cree que llega tarde al trabajo o a recoger a los niños. Tuvimos que adaptarnos a la nueva realidad”, explica Wolfram. Fue entonces cuando surgió la idea del cine.

Los que participan en el programa de las salas del recuerdo hacen el hatillo por la mañana y pasan el día en ese particular túnel del tiempo. Uno de ellos es Werner Mehlhorn. Tiene 97 años y trabajó en una fábrica de motores. Él piensa que “ahora solo se habla de la Stasi y cosas así, pero cada sistema tiene sus ventajas y sus inconvenientes”. Aunque asume que la RDA tenía que acabar. “Yo quiero una Alemania unida”. Su memoria a largo plazo funciona como un reloj. “Esto no cura la demencia, pero allí hacen cosas y están más contentos”. A veces, incluso, algunos pacientes les explican a los jóvenes enfermeros cómo funcionan los viejos aparatos. “Su autoestima mejora y la relación con los cuidadores se vuelve más horizontal”, cuenta Wolfram, quien reconoce que no dispone de estudios científicos que avalen su proyecto. El director, que lleva 12 años en este centro privado financiado parcialmente por las mutuas de los trabajadores alemanes, asegura que simplemente observa que funciona y que por eso sigue adelante.

Stefanie Wiloth, investigadora del Instituto de Gerontología de la Universidad de Heildelberg explica que “sí hay evidencias de que conectando con aspectos de la biografía de las personas con demencia, se pueden generar emociones positivas”. Y añade: “Se trata de activar sus recursos sociales y emocionales, de revivir las memorias positivas de su pasado y hacerles sentir que la demencia no sólo supone pérdidas; es decir, de mejorar su calidad de vida”.

El muro cayó de un día para otro, y con él, un mundo de certezas incuestionables saltaron por los aires. Millones de ciudadanos tuvieron que adaptarse a marchas forzadas a un nuevo sistema de valores. La virtud, la disciplina, la lealtad… fue como si todo lo aprendido adquiriese de repente otro significado. La autoestima colectiva se resintió y en el plano individual, cada uno hizo su transición como pudo, con los mimbres psicológicos disponibles. Por eso, no es difícil comprender que los mayores experimenten una cierta sensación de confort cuando se reconocen en su antigua cotidianidad.

Y TAMBIÉN…
Dogmatismo y aislamiento de los exiliados españoles en la RDA.

Aparece en Francia el primer trabajo específico y exhaustivo sobre la vida de los comunistas españoles en la extinta Alemania Oriental.
Cristian Segura | El País, 2017-08-22
https://elpais.com/cultura/2017/08/20/actualidad/1503222486_958082.html