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sábado, 15 de julio de 2023

#hemeroteca #transfobia | Los antidisturbios de Mossos protegen una charla antiley trans en Barcelona

Los Mossos custodian el local de CNT donde se celebra la charla tránsfoba //

Los antidisturbios de Mossos protegen una charla antiley trans en Barcelona

La policía catalana blinda una conferencia de Feministes de Catalunya y CNT contra la "medicalización de la infancia" ante las amenazas de los radicales
Ignasi Jorro | El Español, 2023-07-15
https://cronicaglobal.elespanol.com/vida/20230715/los-antidisturbios-mossos-protegen-charla-antiley-barcelona/779172088_0.html

Los antidisturbios de los Mossos d'Esquadra han tenido que proteger una conferencia contra las leyes trans en Barcelona hoy. Efectivos del Área Regional de Recursos Operativos (Arro), de orden público ligero, se han movilizado para blindar una conferencia de Feministes de Catalunya y CNT contra la "medicalización de la infancia".

Ha ocurrido hoy en la sede de la agrupación sindical en Nou Barris, donde Feministes de Catalunya y CNT llamaban a escuchar los argumentos contra las políticas de transición de género de los menores de edad. Colectivos trans y antisistema, como la CUP, han concentrado a sus fieles para boicotear el evento, y la policía ha tenido que interceder entre las dos partes para evitar males mayores.

"Por qué no quieren ser mujeres"
El coloquio lleva como título ‘Por qué tantas niñas no quieren ser mujeres’, y durante el mismo se esperaba presentar el informe ‘De hombres adultos a niñas adolescentes: cambios, tendencias e interrogantes sobre la población atendida por el Servei Trànsit en Catalunya de 2012 a 2021’, elaborado Feministes de Catalunya con datos de la Consejería catalana de Salud.

Al acto han sido convocados Silvia Carrasco, presidenta de Feministes de Catalunya; Erika Bastide, coautora del informe; el periodista científico Martín Endara y Sandra Mercado, una activista contra la transición de género.

Vandalismo y amenazas

Antes de empezar la charla, no obstante, el ambiente se ha caldeado. Colectivos protrans y de la izquierda antisistema habían amenazado por las redes sociales a los convocantes. También han pedido la expulsión de la CNT Barcelona del sindicato nacional.

Asimismo, un grafiti tildando de ‘Fascismo’ a la ‘transfobia’ ha aparecido en la persiana del local de madrugada. Hoy sábado, la Arro de Mossos se ha desplegado ante la sede sindical, interponiéndose entre los asistentes y un grupo de radicales contrarios.

Librería
La tensión de hoy entre activistas pro y antitrans no es nueva. En mayo de 2022, entidades LGTBI boicotearon la presentación del libro ‘Nadie nace en un cuerpo equivocado’, de los autores Marino Pérez y José Errasti también en Barcelona.

En aquella ocasión, tuvo que desplegarse la Brigada Móvil de los Mossos, pues los radicales amagaron con irrumpir en la Casa del Libro de la Rambla de Catalunya, donde se celebraba el coloquio-presentación.

miércoles, 2 de marzo de 2022

#hemeroteca #trans #inmemoriam | Mar C. Llop, la retratista de referencia de las personas trans

El País / Mar C. Llop //
Mar C. Llop, la retratista de referencia de las personas trans.

La muerte repentina de la fotógrafa y activista catalana deja huérfano al colectivo.
Begoña Gómez Urzaiz | El País, 2022-03-02
https://elpais.com/cultura/2022-03-02/mar-c-llop-la-retratista-de-referencia-de-las-personas-trans.html 

Para Mar C. Llop, los retratos eran una extensión de su activismo. Quizá su mayor contribución a una causa a la que dedicó todo su tiempo y energía. La fotógrafa (Barcelona, 54 años), formada en Instituto de Estudios Fotográficos de Barcelona, falleció el pasado viernes de manera repentina, a causa de un infarto, y dejó al colectivo trans huérfano de una de sus mayores referentes y dinamizadoras.

Su proyecto de más larga duración, 'Construccions identitàries', se apellidaba ‘Work in progress’ (trabajo en construcción) precisamente porque siempre estaba creciendo y expandiéndose. Se concretó en una exposición que pasó por decenas de salas, sobre todo en Cataluña, y en un libro que publicó en 2016 en Bellaterra Edicions. Allí retrató a muchas personas de su entorno que estaban en proceso de tránsito. Cuando llegaban a su estudio y las colocaba delante de un lienzo negro, desnudas o vestidas, sus modelos estaban a menudo en su momento más vulnerable, con una relación difícil con su propio cuerpo, pero Llop conseguía, a decir de muchos de sus retratados, que se sintieran completamente relajados ante la cámara.

“El hecho de ser ella también una persona trans hacía que nos sintiéramos cómodas. No era llegar a un estudio y posar. Antes hablaba mucho de su historia, de lo que le pasaba, compartía su propia vida y tenía esa capacidad para empatizar con quien tenía delante de su objetivo”, explica su amiga Sofía Bengoetxea, una de las primeras personas que conoció en el colectivo cuando empezó a encontrar su expresión de género, ya pasados los 40, y compañera de luchas. “Nunca la escuché decir que quisiera ser la Colita del siglo XXI, nunca ansió la fama. Llevaba estos proyectos a cabo porque a ella le hacían bien y disfrutaba ayudando a la gente. Lo importante es que esas fotos eran una herramienta para que la gente creciera. Todas las que salimos en ese libro nos sentimos empoderadas y orgullosas”.

A ese proyecto se sumaron otros, todos enfocados en la misma dirección: un volumen dedicado a los niños y niñas trans y sus familias, para el que colaboró con la asociación de menores trans Chrysallis, y que tuvo también una parte de documental, y una tercera entrega, que no ha podido completar, sobre las identidades no binarias y el género fluido. En 2016 también participó en un espectáculo de danza y performance, 'Crotch', de la compañía Baal que pasó por la feria de teatro de Tàrrega y por la sala Beckett de Barcelona. Compaginó toda esa actividad con sus trabajos fotográficos alimenticios, centrados en el entorno del interiorismo y la arquitectura, con publicaciones en revistas como 'Arquitectura y Diseño', 'El Mueble' y 'Casa Ideal'.

Además de su retratista oficial, Llop era una presencia incansable en el entorno LGBTQ+ barcelonés. El primer lugar en el que se sintió cómoda vistiéndose de mujer fue En Femme, un local del Guinardó que empezó a frecuentar en 2009 y que otra de sus amigas, Patricia Caballero, define como “un lugar seguro y de acogimiento”. “Allí –sigue Caballero– todas las personas que hemos tenido una gran confusión sobre quienes éramos podíamos tener un armario con ropa de mujer, vestirnos, hablar y dejarnos fluir. Nadie juzgaba a nadie. Podías llegar sin afeitar, con zapato plano o con tacones de diez centímetros”. Los jueves era el día de puertas abiertas en En Femme, cuando llegaba gente intrigada por lo que ocurría en el club, y a Llop, que nunca dejó de acudir a esas jornadas, se le daba especialmente bien acoger a aquellos que estaban empezándose a interrogar sobre su expresión de género. De ese espacio surgió también el germen de Generem, la asociación que co-fundó y de la que fue presidenta. El trabajo de Generem resultó instrumental para establecer Trànsit, el servicio de atención a las personas trans que lidera la doctora Rosa Almirall y que ha convertido a Cataluña en un referente europeo en este campo. Llop batalló en las instituciones para la despatologización y la desestigmatización de su colectivo. “Tenía una perseverancia a prueba de bomba y se ganaba a la gente con su empatía y su naturalidad”, apunta Caballero. “No solo acudía a las reuniones, es que las convocaba ella. Con el ayuntamiento de Barcelona, con la Generalitat, con los empresarios...”. Representaba, por tanto, una generación puente en la lucha por los derechos del colectivo trans, la que por edad no sufrió la represión franquista pero que tampoco pudo en muchos casos vivir su identidad plena hasta la edad adulta, con la difícil ruptura de vínculos que eso comportó en casi todos los casos. También en el suyo, ya que perdió el contacto con su única hija.

“No nacemos otra vez cuando salimos del armario, simplemente evolucionamos”
, dijo a este diario en una ocasión. “Por eso me cabrea que se llame ‘nombre muerto’ al nombre que nos dieron al nacer. Yo preferiría algo como ‘nombre pasado’”. No se enfadaba si se lo llamaban por error (pero no “con mala hostia”) sus amigos de toda la vida del barrio de Sants.

Muchas de las personas que acudieron a despedirla el pasado lunes a una ceremonia muy concurrida en el tanatorio Sancho de Ávila de Barcelona ya están preparando homenajes en su memoria, que probablemente se concretarán en el 'Vermut Trans', la jornada festiva y de reivindicación que tiene lugar cada mes de junio en Barcelona durante el mes del Orgullo LGBTQ+. Sobreviven a Llop sus padres, sus dos hermanas y su hija.

lunes, 22 de febrero de 2021

#hemeroteca #trans #derechos | ¿Jugabas con muñecas o coches?: el itinerario que quieren olvidar las personas trans

Imagen: Cuarto Poder / Concentración trans en Madrid

¿Jugabas con muñecas o coches?: el itinerario que quieren olvidar las personas trans.

"Te hacen un montón de preguntas que perpetúan los roles de género", rememora para cuartopoder Nico, un chico trans de Galicia. “Te siguen dando una autorización para ser hombre o mujer en función de cómo te adaptas a un estereotipo”, apunta Àlex Bixquert (FELGTB). La ginecóloga Rosa Almirall explica cómo funciona Trànsit, un servicio catalán basado en la decisión de las personas trans.
María F. Sánchez | Cuarto Poder, 2021-02-22
https://www.cuartopoder.es/derechos-sociales/2021/02/22/jugabas-con-munecas-o-coches-el-itinerario-olvidar-las-personas-trans/

¿Te gustaría ser cantante? ¿Te gustaría ser militar? ¿De pequeño te gustaba jugar a las muñecas o a los coches? ¿Te gusta cocinar? ¿Te gusta coquetear? Muchas personas trans se han enfrentado en España a estas y otras preguntas similares para probar la llamada “disforia de género”. Aunque con el paso del tiempo las preguntas se han matizado, el paso por Salud Mental todavía es un requisito previo necesario en varias comunidades autónomas para poder hormonarse y cambiar el sexo en la documentación. La OMS dejó de considerar la transexualidad un trastorno en 2018, pero la normativa y los protocolos autonómicos en España se han adaptado de manera desigual.

“Te hacen un montón de preguntas que perpetúan los roles de género, sobre tu vestimenta o si cuando eras pequeño te hacían jugar con muñecas o con coches. Yo ese día llevaba las uñas pintadas de negro y nunca más me las volví a pintar”, rememora para cuartopoder Nico (nombre ficticio), un chico trans de 20 años que decidió comenzar su proceso de transición hace dos años en Galicia. La comunidad tiene una ley contra la discriminación de la población LGTBI+ (2/2014), pero todavía sigue siendo obligatorio acudir al psicólogo o psiquiatra antes de acceder bloqueadores o tratamientos hormonales.

El origen de este tipo de preguntas se remonta al Cuestionario Multifásico de la Personalidad de Minnesota 2, un test que se crea en los años 40 para evaluar la personalidad y detectar psicopatologías y , especialmente la parte dedicada a los trastornos de “masculinidad-feminidad”. Otro de los pasos previos para poder realizar la transición era, hasta hace unos años, el polémico “test de vida real”. Consistía en una prueba vigilada por un profesional para comportarse en su entorno conforme al género al que se transita, aunque ello pudiera suponer la pérdida de trabajo o el rechazo de la familia.

Ahora son pruebas más flexibles y los tiempos son más rápidos. El “test de vida real” se dejó de realizar, gracias a la campaña que emprendió el activismo trans hace ya más de una década. Pero queda el poso. “Te siguen dando una autorización para ser hombre o mujer en función de cómo te adaptas a un estereotipo”, apunta Àlex Bixquert, responsable del Grupo de Políticas Trans de la Federación Estatal de Gais, Lesbianas y Transexuales (FELGTB). Las unidades psiquiátricas llamadas UTIG (Unidades de Trastorno de Identidad de Género) de toda España han cambiado, eliminaron la "T" de trastorno, pero “el funcionamiento sigue siendo opaco”, critica Bixquert.

De ser aprobada, la Ley Trans del Ministerio de Igualdad supondría un paso más: que ya no sea necesario para las personas trans pasar por esa evaluación psicológica o psiquiátrica para cambiar el sexo en el registro o acceder a tratamientos médicos, independientemente de donde residan. Ahora que un sector del feminismo se opone a esta ley, Bixquert cree oportuno subrayar la paradoja. “Esta reivindicación empezó precisamente porque el diagnóstico se basa en unos criterios sexistas. La gente trans en contacto con el feminismo empezó a cuestionar la idea psiquiátrica de que hay cerebros de hombre y cerebros de mujer en cuerpos equivocados”, rememora.

Los testimonios de las personas trans
Nico cuenta que cuando llegó a la adolescencia no sabía bien qué era una persona trans. Después de un periodo de búsqueda, entendió que era un chico y tuvo que explicárselo a sus abuelos, con quienes vivía. Empezó su proceso a los 18 años y ya sabía que podía pintarse las uñas, de la misma manera que un chico “cis” (no trans) puede hacerlo. Explica que “desgraciadamente” mucha gente se ve obligada a “mentir” para dar el perfil, ante la duda de si el profesional de turno les entenderá. Aún así, considera que "los profesionales no tienen culpa” si en la carrera "no tocan a fondo este tema”.

“Depende de los conocimientos que tenga el pediatra o el médico de cabecera, te envía a Psicología o Psiquiatría. Desde nuestra experiencia, en Psiquiatría hay una mirada mucho más patologizante”, indica Cristina Palacios, presidenta de Arelas y madre de la primera menor trans en visibilizarse y cambiar el nombre en Galicia. Una vez que se consigue el diagnóstico de disforia de género se deriva a las personas trans a Endocrinología. Para esta madre el proceso es ahora algo más amable que cuando ella lo comenzó con su hija, quien sí pudo cambiar el nombre y el sexo en el registro sin ningún informe médico en 2016, antes de que el Constitucional se pronunciara sobre este derecho para los menores.

En Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja o Asturias no hay leyes LGTBI+ o trans. “En mis tiempos si el profesional estaba familiarizado con la transexualidad y más o menos cumplías el papel, acababan derivándote a Endocrinología. O bien podía mandarte a paseo”, cuenta Amanda Azañón, presidenta de la Federación de Castilla y León de LGTBI+. Otras comunidades como Canarias, Navarra y La Rioja cuentan con protocolos sanitarios de atención a las personas trans que definen como “no obligatorio” pasar por Psiquiatría, aunque no tengan leyes específicas para el colectivo.

En Baleares el itinerario de las personas trans ha cambiado desde que se aprobó la Ley LGTBI de 2016. Desde entonces una persona se puede declarar trans sin informe médico o psicológico. La norma fue fruto de la batalla del colectivo. Laura Durán Pérez, presidenta de Balears Diversa, recuerda cómo fue para ella tener que pasar por este trámite antes de la aprobación de la norma: “Tenía miedo. No sabía que querían de mí, ni qué tenía que responder. Empecé a autohormonarme para decirles: o me dais las hormonas o seguiré jugándome la vida por mi cuenta”.

En Cataluña se aprobó una norma LGTBI+ en 2014 que elimina el requisito de disforia de género. B. Agora Castrillo Chico, una chica trans canaria de 24 años, pasó por la UTIG del Hospital Clínic de Barcelona hace unos seis años. “Me hicieron preguntas bastantes raras, tan binarias como si de pequeña jugaba con muñecas o con camiones. Yo contestaba que muñecas, aunque en realidad jugaba con una pelota”, rememora. “Miraban bastante cómo me peinaba, si me maquillaba o no. Era un test de feminidad. He oído historias parecidas de los chicos trans”, cuenta.

Agora decidió entonces cambiar a Tránsit, una unidad de salud pionera en el acompañamiento de personas trans que se ha convertido puerta de entrada al Sistema de Salud en Catalunya. “Yo ya me estaba hormonando en la calle. La diferencia es que quería empezar a hacerlo de manera 'legal'. Allí me explicaron las consecuencias de la hormonación y aspectos que yo no conocía. En ningún momento me cuestionaron y eso me gustó. El trato es muy diferente, mucho más humano”, cuenta.

Trànsit, la unidad de referencia para las personas trans
La ginecóloga Rosa Almirall decidió en 2012 crear una consulta para dar servicios de salud sexual y reproductiva a personas trans en Barcelona. La movía su sensibilidad feminista “por los derechos de las mujeres sobre sus cuerpos y sus vidas”. Aunque pensaba atender a 10 personas al año, en 2016 ya atendía a 300. Tuvo que pedir más recursos al Institut Català de la Salut. En 2017 se aprobó un protocolo donde Trànsit se convertía en la puerta de entrada de las personas trans a los servicios de salud en Cataluña. Ahora trabajaban aquí 10 profesionales sanitarios que han atendido a unas 4.000 personas.

Almirall resume así el servicio que prestan en Trànsit: “Te escucho, te creo, no te juzgo y te acompaño en lo que necesites”. Han atendido en su historia a muchas personas de otras comunidades autónomas. “Las personas que vienen a Trànsit no quieren pasar por el modelo psicológico y psiquiátrico de su comunidad porque les parece que no van a estar bien o porque se han sentido maltratadas o porque con el covid-19 las listas de espera han aumentado muchísimo”, explica.

La mayoría de las personas que llegan a Trànsit, cuenta su directora, llegan después de llevar tiempo cuestionándose su género. En esta unidad también hay dos psicólogas de apoyo, pero no porque sea un requisito para acceder a los tratamientos. “Las psicólogas realizan terapias breves, muy dirigidas a encontrar quién eres y superar los miedos respecto a la sociabilización”. Y además porque “se necesitan estrategia de empoderamiento para dar pasos en entornos especialmente hostiles”. Rosa apunta que por Trànsit pasan perfiles tan variados como pueden ser sacerdotes o policías. También muchos menores. Y cada vez más personas no binarias.

Rosa cree que entre los profesionales de la salud hay mucha desinformación sobre las personas trans, pero confía en que las cosas poco a poco cambien. El Ministerio de Igualdad, para los cambios que planifica, sigue de cerca el modelo de Trànsit. “Me consta que quieren dar unas pautas generales a nivel estatal, aunque las competencias sanitarias sean autonómicas, para que se consolide un modelo de atención basado en la decisión de las personas trans, no en su juicio”.

A Rosa le quedan unos meses para jubilarse y confía en que una nueva Ley Trans pueda estandarizar una atención como la que Trànsit presta en Barcelona. “Nuestro objetivo es que algún día no hagamos falta y que en cada centro de Atención Primaria haya un profesional que conozca el tema, como la Planificación Familiar. En su día yo también estuve en esa lucha”, narra.

sábado, 20 de febrero de 2021

#hemeroteca #trans #testimonios | "Estuve un porrón de años luchando contra quien soy; ahora estoy feliz"

Imagen: El Diario / Sandra Herrero

"Estuve un porrón de años luchando contra quien soy; ahora estoy feliz".

El proceso para que las personas trans cambien el sexo legal está en el centro de un duro debate en el seno del Gobierno y en el feminismo. Sandra tuvo que presentar un informe que le diagnostica un "trastorno de la identidad sexual" y Mario espera desde hace año y medio a que su DNI refleje su nombre.
Marta Borraz / Carmen Moraga | El Diario, 2021-02-20
https://www.eldiario.es/sociedad/estuve-porron-anos-luchando-ahora-feliz_1_7224105.html 

Sandra Herrero no recuerda con precisión cuántos años tenía cuando fue consciente de que era una chica, pero al echar la vista atrás, se ve a sí misma rezando por las noches para que aquella losa que sentía desapareciera. "Yo desde siempre sabía que algo iba mal, que algo no cuadraba, pero no tienes palabras para ello. Llega un día en que piensas que por mucho que reces, no va a cambiar", explica en conversación con elDiario.es. A punto de cumplir 23 años, Sandra vive en el madrileño municipio de Móstoles con sus padres, toca el saxofón y busca trabajo como realizadora audiovisual. Hace cuatro que logró cambiar el sexo masculino que figuraba en su DNI por el femenino, y adoptar su nuevo nombre: "Puede parecer una tontería, pero no hacerlo da lugar a situaciones duras".

Este proceso está actualmente en el centro de un duro debate en el seno del Gobierno y en el movimiento feminista. El borrador de Ley Trans elaborado por el Ministerio de Igualdad prevé eliminar los requisitos médicos para que las personas trans puedan modificar su mención en el Registro Civil con la única condición de su "declaración expresa". Actualmente es obligatorio tener un informe que les diagnostique disforia de género y haber estado dos años en tratamiento hormonal. Sin embargo, para el ala socialista del Gobierno, el texto aún debe trabajarse más en aras de la seguridad jurídica. La negociación amaga con enquistarse mientras desde la vicepresidencia primera de Carmen Calvo apuntan a que están estudiando la legislación europea para ofrecer una alternativa a los informes médicos y psicológicos.

Tal y como exige la ley actual, Sandra tuvo que presentar uno de estos diagnósticos. Lo habitual es que los hagan o bien psicólogos privados o los que ejercen en las Unidades de Identidad de Género (UIG), que son servicios integrados en hospitales en algunas comunidades. El de Sandra lo elaboró la psicóloga que la atendía desde los 13 años y a la que sus padres la habían llevado para tratar el malestar que sufría. Fechado a finales de 2016, el informe habla de ella en masculino y acredita que tiene un "trastorno de la identidad sexual". Con este documento y el resto exigidos, acudió a punto de cumplir los 19 años al Registro Civil de Móstoles para modificar sus datos.

El trámite administrativo fue, dice, un "calvario" que duró más de diez meses, debido a que se topó con una cascada de errores burocráticos que alargaron el proceso. Pero lo que "más humillante" le parece es haberse visto obligada a presentar el informe diagnóstico: "Yo tengo ansiedad porque me pegaban en el instituto, tengo asma y puedo tener problemas por ser persona, pero no tengo una enfermedad por ser trans, que es lo que está diciendo este papel", cree la joven, que alude a que lo que buscan las personas trans con el cambio de sexo legal "es el reconocimiento de lo que ya somos": "Tener que fingir algo que no eres por miedo es muy duro. He vivido un porrón de años luchando contra quien soy, pero hay un momento que no puedes más. Ahora estoy feliz", confiesa.

En su caso, Maribel Torregrosa, que empezó a visibilizarse como la mujer que siempre había sentido que era pasados los 50 años, siguió todo su proceso, que empezó hace más de diez, en la UIG del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. La idea de este tipo de servicios es atender a las personas trans de manera integral y cuentan con equipos multidisciplinares formados por psicólogos, endocrinos, ginecólogos, cirujanos... Es allí donde a Maribel le hicieron el informe diagnóstico: "Me lo tomé como un mero trámite, un precio que había que pagar. ¿Acaso no sabía yo de sobra quién era?", cuenta. "En realidad sentía que había que cumplir unos estándares de género para poder pasar el filtro. Tuve compañeras que se vestían y maquillaban 'de mujer' en los servicios antes de entrar...", recuerda la mujer.

Laura Montanez Fernández
, del Servicio de Endocrinología y Nutrición de la UIG del Ramón y Cajal, descarta que en el servicio se haga "un examen psicológico para 'demostrar' la identidad libremente manifestada" porque "creemos en una visión despatologizadora de las identidades". La unidad ha atendido desde 2007, año de su creación, a cerca de 2.000 personas; solo en 2020, comenzaron el proceso 220. Los informes que realizan, explica, son los exigidos por la ley actual y que pretende reformar la Ley Trans: uno médico "que certifica que la persona lleva dos años en tratamiento hormonal" y otro psicológico que acredita "disforia de género estable y persistente" y "la ausencia de psicopatología asociada".

Sobre si desde la UIG se considera que este tipo de requisitos deberían eliminarse, en consonancia con el borrador que propone Igualdad, la doctora concluye que se trata de algo "complejo". Alude a los estudios médicos que apuntan a que las personas trans que no tienen documentos que reconocen su identidad "presentan tasas de depresión, ideación suicida y ansiedad más elevadas que las que sí", tal y como ha reflejado una investigación publicada en The Lancet el pasado marzo que entrevistó a 20.000 personas trans estadounidenses. Y en este sentido, prosigue, la norma vigente, la 3/2007, "condiciona al menos una espera de dos años que puede llegar a ser muy angustiosa para algunas personas, además de que no tiene en cuenta a las que no necesitan o no quieren iniciar el tratamiento hormonal por decisión propia".

Para un sector del feminismo, hacer depender la rectificación registral únicamente de la libre manifestación de la voluntad pondría en peligro "las posibilidades de hacer políticas públicas que combatan la discriminación por razón de sexo de las mujeres". Defienden una "certificación" por parte de profesionales de la salud, según esgrime la Alianza contra el Borrado de las Mujeres en una carta enviada a Carmen Calvo hace una semana. En verano, el PSOE, que en 2017 impulsó una reforma en el Congreso para reconocer la autodeterminación de género, dio a conocer un argumentario en esta línea, que se mostraba contrario a "los posicionamientos que defienden que los sentimientos, expresiones y manifestaciones de la voluntad de la persona tienen automáticamente efectos jurídicos plenos".

Imagen: El Diario / Mario Martín

"Se crean dudas, confusiones, risas..."

Mario Martín, un joven trans bilbaíno de 20 años, empezó a hormonarse hace casi dos y el pasado jueves pasó por el quirófano para someterse a lo que en términos médicos se denomina "masculinización de tórax" o eliminación de los pechos. A diferencia de Sandra y Maribel, aún no cumple con los requisitos para modificar el sexo legal en el Registro Civil, pero confiesa que es un paso que le genera "mucha controversia". "Es una letra distinta en el DNI, la verdad es que no me afecta emocionalmente porque yo sé quien soy, pero desgraciadamente no es solo una letra". No solo le genera incomodidad tener que presentar un diagnóstico, sino que califica de "barbaridad" que se obligue a la hormonación "porque hay muchísimas personas trans y no binarias que están contentas con su cuerpo y no quieren".

El cambio en la documentación oficial no suele ser para las personas trans un mero trámite. Desde la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) apuntan a que en ocasiones los plazos para adaptarla se alargan hasta los tres años, mientras que el Consejo de Europa ha pedido a los Estados que implementen mecanismos "rápidos, transparentes y accesibles". Y es que llevar un DNI, una tarjeta bancaria o un carnet de conducir que no se corresponde con su identidad suele abocar a las personas trans a situaciones incómodas, cuando no violentas, en su vida cotidiana, denuncia la FELGTB.

"Mientras no tienes tu documentación en regla, se sufre de muy distintas maneras. No te sientes una mujer de pleno derecho, recibes constantes miradas de desaprobación, se siguen dirigiendo a ti por un nombre que ya no reconoces, se crean dudas y confusiones, risas...", esgrime Maribel, que apunta también a un "elemento empoderador porque te hace sentir que formas parte de la sociedad". Sandra recuerda una de estas situaciones cuando aún no había hecho el cambio: "Dos agentes de Policía nos pidieron una vez a mis amigos y a mí el DNI para identificarnos, y claro, yo intenté explicarles que no se iban a creer que era el mío, pero uno de ellos empezó a preguntar que a ver de quién era ese documento. Le dije que era una persona trans y se dio la vuelta para comentárselo a su compañero riéndose. El mal trago no te lo quita nadie".

El cambio de nombre, sin diagnósticos
Lo que sí ha hecho ya Mario, que estudia en Madrid un grado medio de Telecomunicaciones, es iniciar el trámite para modificar su nombre en el DNI y que refleje el que usa y por el que le conoce todo el mundo. A diferencia del sexo legal, el nombre se puede cambiar ya sin necesidad de aportar informes diagnósticos debido a una resolución de la Dirección de los Registros y del Notariado, dependiente del Ministerio de Justicia, que en 2018 lo ordenó "a la luz del estado actual de la ciencia" y después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) dejara de considerar la transexualidad una enfermedad para pasar a denominarla "condición", especifica la resolución. Sin embargo, a pesar de que entregó ya hace año y medio las pruebas del uso de su nombre [un recibo del gimnasio y una receta médica] en el Registro Civil, Mario sigue esperando: "No es nada agradable seguir manteniendo en el DNI uno que no utilizo para absolutamente nada", reflexiona.

En todo el proceso, Mario ha contado con el apoyo de su familia, sus amigos y su novia, pero no ha sido un camino fácil. "Nunca he tenido una apariencia muy femenina y eso en parte me ha facilitado a nivel personal esta transición, aunque socialmente me ha creado sufrimiento. No era muy popular en el colegio, en donde algunos me llamaban 'marimacho'. Se metían conmigo y me preguntaban: ¿eh, pero tú qué eres, una chica o un chico?", recuerda. No obstante, afirma que entonces él no lo percibía como acoso. "No dramatizaba. Me daba la vuelta y pasaba de ellos", se sincera. Al llegar al instituto las cosas cambiaron porque la sociedad también había ido evolucionando y se rodeó de "un grupito pequeño de amigos" que siempre le han ayudado a integrarse "en el mundo y ambiente LGTBI", que le ha facilitado las cosas.

No obstante, le sigue costando que la gente se acostumbre a llamarle Mario. En el instituto fue a hablar con la jefa de estudios y con los profesores "uno a uno" para explicarles su nueva identidad. No todos respondieron igual. "Uno de los profesores jamás se dirigía a mí por mi nombre, cuando antes sí lo hacía. Yo se lo decía pero le daba igual. Me empezó a llamar por el apellido para no pronunciar 'Mario' y eso me creó mucha ansiedad".

Por ello, desde la Unidad de Identidad de Género del Ramón y Cajal, la doctora Montanez defiende el abordaje psicológico y la "labor de acompañamiento" que realizan "fundamentalmente" los profesionales de psicología del servicio. "Se ofrecen estrategias de afrontamiento ante determinadas situaciones, manejo de los altibajos emocionales durante la transición, trabajo con las familias y colegios... Es importante recordar que las personas trans sufren en muchas ocasiones situaciones de transfobia, discriminación o acoso, motivos por los que la atención psicológica es todavía más importante".

La decisión de someterse a la operación por la que pasó el pasado jueves, cuenta Mario, "no ha sido fácil" pero sí fruto de "una reflexión larga y sosegada". "Sé que mucha gente no lo entenderá pero me da igual. Soy Mario", insiste, satisfecho de llamarse por fin como se siente y de que se le conozca como él es, un joven trans.

Distintos modelos de atención
Desde el Grupo de Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) defienden un marco de atención especializada a las personas trans. Su coordinador, Antonio Becerra, no se opone a eliminar los requisitos médicos para hacer la rectificación registral, pero sí lamenta que, en ocasiones, "se esté intentando banalizar" el proceso de tránsito y hormonación. "Es algo complejo que requiere de especialización y no sé si ahora mismo en todo el debate se está contando con los profesionales", explica.

En este sentido, pone el foco en el caso de los menores. El borrador de Ley Trans prevé el acceso a bloqueadores hormonales al inicio de la pubertad, algo que por otro lado ya regulan varias comunidades. Y también incluye que los mayores de 16 años puedan dar su consentimiento para acceder a los tratamientos cruzados. Becerra alude a que "en ocasiones se frivoliza" en estos casos, con los que "hay que tener claro que su transexualidad tiene fundamento" y para ello "es necesaria una evaluación clínica, de la que hay mucha experiencia en las Unidades de Identidad de Género", explica el que fuera también coordinador de la UIG madrileña. "El tratamiento hormonal no es un juego, va a producir unos cambios importantes, por lo que hace falta una atención rigurosa y especializada", añade.

A este respecto, varios profesionales sanitarios que ejercen en UIG de distintos puntos de España publicaron a finales del año pasado un artículo en la Revista Española de Salud Pública en el que, entre otras cosas, defienden que haya una valoración previa para acceder al tratamiento con hormonas por parte de los profesionales de salud mental. Los sanitarios consideran que la actividad médica en este asunto no debe descentralizarse de estas unidades y muestran su preocupación por algunas cuestiones: entre ellas, los "conflictos de identidad en la infancia y la adolescencia" que, a su juicio, "no deberían ser inicialmente nominados ni tratados como transexualidad hasta ver su evolución". También nombran las "destransiciones" o los "casos de arrepentimiento".

Otro modelo de atención sanitaria alejado de las malas experiencias que entonces reportaban personas que habían pasado por la UIG del Hospital Clinic de Barcelona es el que, sin embargo, quiso poner en marcha la ginecóloga Rosa Almirall en Catalunya. Tránsit, como se denomina el servicio, funciona desde 2012 desde una perspectiva "despatologizante" y basada en el acompañamiento, explica su impulsora. Su influencia ha ido creciendo con el paso de los años y ha llegado a atender a casi 4.000 personas, 700 de fuera de la comunidad. "No hay ninguna prueba médica ni psicológica que pueda valorar cuál es la identidad de género de una persona. Nadie lo sabe más que ella y a ella le pertenece", defiende la ginecóloga.

El equipo de Trànsit está formado por ginecólogas y psicólogos, entre otros profesionales, que trabajan "dando voz a la persona, que es la que define y decide quién es", apunta Almirall. "Nosotros aceptamos cualquier opción que nos dé, no cuestionamos ni juzgamos su identidad. Ella es experta en quién es y nosotras en acompañarla, dándole estrategias para socializarse en su entorno, información sobre tratamientos hormonales, sobre los cambios reversibles e irreversibles, las pautas, los efectos secundarios... Pero es la persona la que escoge, con toda la información, qué hacer con su identidad", resume la experta.

Sobre la idea de que sean estamentos médicos los que certifiquen la "situación estable de transexualidad" para cambiar el DNI, Almirall recela de las pruebas de verificación sobre la identidad y alude a que quizás un elemento podría ser que la voluntad se mantuviera al cabo de un tiempo. "Pero es que el sufrimiento que ha llevado esa persona durante ese año yendo con una documentación que no le pertenece es enorme. Son personas que inician el tratamiento hoy y empiezan a sufrir cambios físicos. Imagínate cómo podría ser tu vida si ahora mismo vas con un DNI contrario. Imagina buscar empleo, viajar, comprar... ¿Te lo imaginas? Pues eso es lo que les pasa a las personas trans".

sábado, 27 de julio de 2019

#hemeroteca #trans #menores | “Yo soy Cora”, la revolución cotidiana de una niña ‘trans’

Imagen: El País / Cora
“Yo soy Cora”, la revolución cotidiana de una niña ‘trans’.
Gabo Caruso | EPS, El País, 2019-07-27
https://elpais.com/elpais/2019/07/22/eps/1563791901_093684.html

Desde muy temprano sintió que el género y el nombre que le fueron asignados al nacer no se correspondían con su identidad. Se lo dijo y repitió a su familia, hasta que en casa lo entendieron e iniciaron con ella el delicado proceso de romper en plena infancia con el más primario de los esquemas sociales. Así fue la revolución de Cora en su hogar, en su escuela y ante la mirada del resto.

Una noche de 2014, en su cama, antes de dormir, le dijo a su madre: “De mayor quiero ser una niña”. Tenía tres años. Le gustaba usar vestidos y jugar con muñecas. Pero Cora aún no era Cora. Dos años después, la situación se volvió insostenible. Mientras caían las primeras hojas del otoño, miró a su madre en el parque y le dijo: “Mis amigas tienen suerte porque quieren ser niñas y son niñas. A mí, en cambio, nadie me ve”. Cora todavía no era Cora, pero ya le faltaba poco. Solo unos días.

Ana Valenzuela siempre llevará clavadas estas palabras de su hija: “Nadie me ve”. Desde muy temprano, había percibido con intensidad lo que la pequeña sentía, por las señales que le enviaba y por aquella “tristeza de fondo” que emanaba. La familia y sus amistades le decían a Ana que todo se debía a que le tenía adoración, a que quería ser como ella, o que tal vez se le ocurrían “esas ideas” porque era homosexual. Pero aquella tarde Ana se dijo: “Hasta aquí podemos llegar”. Se agachó a su altura, abrazó a su hija de cinco años y le dijo al oído: “Tienes que hablar con papá, ¿sí?”. Recuerda eso y cómo en aquel parque, abrazada a ella, se sintió helada de miedo. Tres días después de aquella frase que lo cambiaría todo, a Ana le sonó el teléfono: “Me lo ha dicho hoy. Yendo al cole”. La voz era de Ramon, su marido.

Ramon Navarro (de 45 años) dirige un centro deportivo. Ana Valenzuela (de 48) fue profesora de gimnasia, está en paro y estudia un posgrado sobre género. Tuvo dos hijos antes que Cora: a los 15 y a los 28 años. Juntos, Ana y Ramon fueron a pedir información a Trànsit, la oficina del Instituto Catalán de la Salud dedicada a la transexualidad. Al salir, él rompió a llorar. “Tenía miedo a no ser capaz de darle lo que necesitaba”, cuenta Ramon. Al llegar a casa, se sentaron con su hija y con su hermano mediano, Marc. Le dijeron a ella: “Nos han explicado todo y nos han dicho que puedes ser una niña”. Lo primero que hizo fue lanzarse a por ‘Chloe’, su perra, y darle un achuchón: “¡Por fin las dos somos chicas!”. Le explicaron a su hija que ahora necesitaban unos días para avisar en el colegio, para contárselo a la familia, para escoger un nombre nuevo. Pero esto último estaba resuelto.

—Yo soy Cora —dijo.

Y entonces su hermano contestó: “Eres mi hermana preciosa”.

Cora ya era Cora.

Para su madre, lo más duro fue vaciar su armario. “Lo hice sola. No sabía si llorar, reír, correr. Pensaba: vacío este armario para llenarlo ¿de qué? ¿Qué va a llegar?”. Su marido y ella fueron a comprar ropa nueva. Al volver a casa, Cora se lo probó “absolutamente todo” y le hizo a Ramon un “pase de modelos”. Frente al espejo, vio, eufórica, cómo este le devolvía la imagen que tanto había estado esperando.

Emprender la transición de género tan temprano no ha sido común hasta ahora, pero las expertas que trabajan en este campo no lo consideran inconveniente. “Si una niña o un niño muestran con mucha claridad que la identidad de género que sienten es otra, ¿por qué no se va a iniciar el tránsito?”, razona Nuria Asenjo, de la unidad de identidad de género del hospital Ramón y Cajal de Madrid. Sore Vega, desde Trànsit, argumenta: “Toda persona, independientemente de cómo construya su identidad, lo hace desde edad temprana, y sin embargo ese proceso solo se pone en entredicho si se realiza en un sentido contrario al género asignado”. Su propuesta es, sobre todo, escuchar y acompañar a las niñas y niños para que tomen decisiones “desde un lugar de autonomía” y evitar “el daño que puede ocasionar negar la identidad de una criatura”. La pediatra Cristina Catsicaris, experta en este tema, sostiene que la identidad de género “no viene determinada por el conjunto de informaciones cromosómicas, órganos genitales, capacidades reproductivas o características secundarias”, sino que responde a la más humana y universal de las preguntas: “¿Quién soy yo?”.

En 2018, la Organización Mundial de la Salud retiró la transexualidad de su lista de enfermedades mentales. Dejar de catalogarla como patología, concebirla como una manera de ser y no como una anomalía, es, según los especialistas, esencial para que las personas trans puedan dar buen asiento a su identidad sin sentirse marginadas ni ser excluidas del sistema. Los problemas que lastran de siempre a este colectivo, dice Vega, no son causa de su identidad, sino del rechazo al que es sometido por la familia, el sistema escolar y el medio social. “Hay que educar a la sociedad para que pueda dar la bienvenida a la diversidad”.

El 16 de noviembre de 2016, Ana Valenzuela despertó a su hija con palabras nuevas: “Buenos días, princesa”. Esa mañana iba por primera vez a la escuela siendo Cora. Una pinza coronaba su corto cabello. Calzaba unas zapatillas en las que se encendían luces de colores al pisar, como si festejasen sus pasos. “Salimos a la calle con un miedo horroroso”, rememora Ramon Navarro. Agarraban de la mano a su niña: “No la queríamos soltar”. Sentían todas las miradas encima. Y Cora, tan dichosa, acercándose a la puerta de su cole. Su amiga Shannon, a la que ya le había contado todo días antes, la vio llegar y gritó:

—¡Hola, Cora!

Y el resto comenzó a llamarla Cora. Su madre explica que fue como si escuchar su nombre le diera alas. “Nos soltó y entró al cole feliz. Nuestra hija tenía que volar”. Le rogaron a la maestra: “Cuídanosla, por favor”. A las nueve de la mañana estaban de vuelta en casa y no tenían que ir a recogerla hasta la una de la tarde. Se pasaron cuatro horas mudos.

Dos otoños después, en noviembre de 2018, visité por primera vez a Cora. Vive en un edificio corriente de Nou Barris, una zona de clase media de Barcelona. Nada más sonar el timbre, me reciben Ana y Ramon. Al ingresar, alguien me asusta por detrás:

—¡Bu!

Al darme la vuelta, la veo. Los ojos enmarcados en larguísimas pestañas. Su espesa cabellera oscura peinada hacia un costado. Lleva un vestido negro y las uñas a juego.

—¡Soy Cora!

Al rato, enseña su cuarto. Por allí están sus juguetes: unicornios de colores, osos de peluche y dos muñecas que trata con un cuidado exquisito. Luego convierte su mano en micrófono y protagoniza un ‘minishow’. Coge un vestido blanco, que casi no le cabe. Lucha con él. Finalmente se lo quita.

—¿Quieres ver mi videojuego nuevo? —dice esta amante de las consolas.

Cuando le pregunto por aquel día clave en que se presentó como niña en el colegio, responde:

—¡Fue guay, porque me llamaban por mi verdadero nombre!

—¿Y por qué elegiste Cora?

—¡Pues porque me gustaba!

Nadie en su familia sabe en realidad de dónde salió su nombre. En su libro ‘Un apartamento en Urano’, el filósofo ‘trans’ Paul B. Preciado escribe: “Soñé mi nuevo nombre una noche en una cama en el Barrio Gótico de Barcelona”. Tal vez Cora también lo soñó, alguna noche, en su cuarto de Nou Barris.

Aquel primer día de colegio como Cora, al ir a recoger a su hija, Ramon y Ana se la encontraron igual de contenta que la habían dejado. Sin embargo, aún les quedaba una fase de adaptación. Ana dice que en los siguientes días notaba cómo la señalaban: “Mira, esa es la madre”, oía. “Fueron días eternos”, lamenta. Una tarde, relata, fueron al parque a jugar y unos niños que la conocían se rieron de ella “porque iba vestida de niña”. Ana se acercó a ellos y les explicó que siempre había sido una niña y que ahora la tenían que tratar así. Las madres de los niños, cuenta, la interrumpieron para pedirle que no les dijese “esas cosas” a sus hijos y reprocharle lo que estaba haciendo con el suyo.

En el colegio todo fue mejor. En enero pasado acompañé a Cora a clase. En cuanto abren las puertas, la niña se pierde en el desfile de mochilas. La jornada empieza, los pasillos se quedan en silencio y Pedro Vidal, el tutor de Cora, cuenta cómo se facilitó su transición. No tenían experiencia, pero se formaron y convocaron a una reunión para hablar de identidad de género. “Solo una madre se opuso”, dice. La profesora de entonces, Elisenda Dunyó, contó un cuento sobre una niña a la que habían confundido con un niño al nacer. En clase se tomaron el cambio con naturalidad: “Los alumnos son intuitivos y de alguna manera ya lo notaban. No pareció que le dieran gran trascendencia”. Aquellos días, “Cora salía al patio y solo corría y corría”.

Ahora está en clase y la observo desde la puerta. En cinco minutos, levanta la mano tres veces. La llaman a la pizarra y da la respuesta correcta a un problema. En el recreo juegan al pillapilla. Cuentan contra la pared hasta 30 y salen a intentar atrapar al resto. Pierde Cora. Se ríe. Después se pone a hacer el pino. Una amiga, Salma, la agarra de los pies para mantenerla segura. En el patio hay baños mixtos. Cora vuelve a ponerse derecha y entra en un aseo. Shannon le sostiene la puerta.

Su familia la rodeó de afecto desde el principio. A unos les costó más comprender el cambio. Otros no tardaron nada, como su abuela Ana. Ella fue fundamental en la transición, cuando su hija apareció en su casa una tarde de noviembre para contarle que su “nieto” a partir de ahora sería Cora. No cambió nada. “¿Una niña?”, respondió la abuela. “¿Cora? Pues ya está. Qué más da”. Ama de casa, viuda hace años, me recibió una tarde del invierno pasado. Debajo de una manga del jersey le asomaba en una muñeca una cinta de colores azul, blanco y rosa, los de la bandera ‘trans’. “Los primeros días me costó un poco no equivocarme con el antiguo nombre, pero eso es porque estoy mayor y ya se me confunden todos los nombres”, dice. Cora está a su lado comiéndose unas galletas de chocolate. La abuela tose y la nieta le da palmadas en la espalda. Luego sale a la terraza, donde está su amiga Shannon. “El amor de una abuela es el mismo”, añade Ana.

—¿Qué consejo le daría para cuando sea mayor?

—Que sea feliz y que no se deje avasallar —responde, y le cae una lágrima.

Afuera las niñas leen un libro. Algo que ven debe de provocar esta pregunta que le hace Cora a Shannon:

—¿Qué es la religión?

Parece que Cora tuviera un don para formular preguntas insondables. Como aquella vez, a los cuatro años, que descolocó a su madre soltándole:

—Mamá, ¿se puede ser niña teniendo pene?

Un interrogante rompedor al que cabe dar una respuesta constructiva. “Es un error creer que las personas trans han nacido en un cuerpo equivocado”, dice David Tello, integrante de la asociación Chrysallis, que reúne a más de mil familias de menores trans. Este ha sido uno de los grupos que han luchado porque en España se incluya a los menores de edad en la ley que regula el cambio de nombre y sexo en el registro. El 18 de julio el Tribunal Constitucional anuló el artículo que lo impedía y amplió esta posibilidad a los menores que tengan "suficiente madurez y se encuentren en una situación estable de transexualidad". Para Chrysallis, estos requisitos extra siguen manteniendo a menores como Cora en una situación de discriminación jurídica.

“El cuerpo de cualquier niña o niño transexual está igual de bien que el resto”, afirma Tello, y añade que cada vez hay menos personas trans adultas que se quieran operar “porque se les acepta como son y sienten menos la presión social del bisturí”. Iván Mañero, médico especializado en cirugía de género, cree que lo crucial es “apoyarles y enseñarles a entender su cuerpo y que decidan de mayores”.

Cuando Cora aún no se llamaba Cora, le fastidiaba en especial el Día de Reyes, porque los Magos de Oriente no sabían que se sentía niña y no siempre le traían los regalos que deseaba. Ahora la fecha le entusiasma. En enero me enseñó orgullosa el maquillaje que le habían traído el día 6. Con cuidado de no ensuciar su cama, comenzó a colorear su rostro y a ponerse rímel en las pestañas. Luego se pintó los labios de rosa. Y en ese cuarto donde ha tejido y teje sus sueños, donde ha tejido y teje su identidad, donde una vez le dijo a su madre que de mayor quería ser una niña, le pregunté:

—¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

—Quiero ser informática —respondió Cora Navarro Valenzuela—. O fabricar unicornios. 

domingo, 25 de junio de 2017

#hemeroteca #transexualidad #mayores | El género no entiende de edad

Imagen: Naiz / Zenia / Fotografía de Hanna Jarzabek
El género no entiende de edad.
La figura de un hombre maduro que se afirma como mujer transexual, y a veces además lesbiana, cuestiona muchas normas establecidas, produciendo a menudo rechazo e incomprensión. El imaginario colectivo carece de referentes positivos, sobre todo en el caso de las personas que transitan ese camino siendo ya adultas.
Hanna Jarzabek | Zazpika, Naiz, 2017-06-25
http://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2017-06-25-07-00/hemeroteca_articles/el-genero-no-entiende-de-edad

Yo era más hombre que muchos de los hombres que andan por la calle. Un verdadero macho que sabía imponerse, con un cuerpo digno de un culturista y los brazos tatuados. Jamás me sentí atraída por los chicos. Siempre me han gustado únicamente las mujeres». Zenia tenía 5 años cuando por primera vez le pusieron una falda. Alguien trajo ropa para su hermana pequeña y ella sirvió de modelo. Lo pasó en grande. No entendía por qué tuvo que quitarse la falda antes de que su padre volviera del trabajo, pero comprendió que solo a escondidas podría sentirse otra vez feliz.

Zenia creció en un barrio en el que las disputas se resolvían a menudo a golpes. Tenía que saber defender su terreno. Pero la lucha más difícil fue la que llevaba dentro, contra la mujer interior que no quería irse. Se enamoró a los 18 años. Pensó que todo iba a ser «normal», pero la mujer que tenía dentro volvió a la carga. Decidió presentársela a su novia y poco a poco la incorporaron a la vida de pareja.

De cara a la sociedad ella era Álex, conductor de excavadoras. En casa surgía Zenia, vestida con sus prendas de chica. «Yo me sentía muy bien con esa ropa. Pero el mundo exterior te manda otro mensaje. Te hace pensar que es algo malo y finalmente dudas de ti misma», explica.

«Muchas mujeres transexuales adultas viven todavía como hombres de cara a la sociedad –explica Rosa M. Almirall, ginecóloga y cofundadora de Trànsit, un servicio que se creó en Barcelona en el 2013 para asistir a las personas transexuales–. En su adolescencia ni se planteaban que algún día podrían vivir de acuerdo con su verdadero género. Asociaban la transexualidad a la marginación, la prostitución o la enfermedad. Estas mujeres han hecho todo un desarrollo profesional y familiar asumiendo el papel masculino. Pero en su intimidad, buscan momentos que les permitan expresar su feminidad y durante años conviven con los dos roles, hasta que llega un momento en que la necesidad de afirmarse es imparable».

Zenia: «Una voz me dijo ‘¡Mátate!’»
En Zenia, esta doble vida desató una espiral de sentimientos muy contradictorios. El bienestar que le procuraba la ropa femenina se entremezclaba con una sensación de culpa: «Intenté hacerme aún más machote. Me tatué los brazos y me dejé perilla. Quería asegurarme de que cuando me pusiera un vestido vería que no cuadraba con mi cuerpo. Que yo era todo un hombre y debía quedarme con eso y seguir tirando».

Un día, mientras conducía la excavadora, se oyó decir a sí misma: «¡Mátate!». Fue el detonante y entendió que tenía que hacer algo. La psicóloga le recetó pastillas contra la depresión. Dos años más tarde, Zenia seguía sin entender lo que le pasaba y, aunque oyó hablar de mujeres transexuales, no se identificaba con ellas. A ella le gustaban las chicas. Un artículo en internet le abrió los ojos: «Por primera vez leí que una mujer transexual puede también ser lesbiana. ¡Finalmente las cosas encajaban!». El sentimiento de culpa iba desapareciendo y Zenia empezó a disfrutar realmente de su feminidad. A veces iba a casa de su amiga Yolanda, con ropa femenina en una bolsa. «Me cambiaba allí y pasábamos el tiempo charlando. La primera vez que le expliqué lo que me pasaba se levantó y me trajo ropa suya».

Cuando sufrió un accidente laboral, se dijo que había llegado el momento de las decisiones. Tomó un mes para reflexionar sobre su vida y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. «Por la noche, vestida de mujer, paseaba por las calles para ver cómo me sentía –explica–. Y entendí que no podía fingir más ser un hombre». De vuelta a Barcelona descubrió EnFeme, un espacio privado donde personas como ella pueden expresar su género sin sentirse juzgadas. Allí también conoció a Soraya, una psicoterapeuta que le ayudó a tomar confianza en sí misma. Poco después Zenia empezó el tratamiento hormonal.

El primer golpe vino desde la Unidad de Trastorno de Identidad de Género (UTIG), donde acudió porque quería seguir su tratamiento bajo el control de un endocrinólogo. Necesitaba también un informe de un psicólogo para poder cambiar su DNI. «Después de quince minutos de entrevista, la psicóloga me diagnosticó como travesti-fetichista, solo porque le dije que tenía novia. Me negó todo lo que le pedía. Yo ya sabía muy bien quién era pero, incluso así, salí a la calle muy afectada».

El largo y duro camino legal
La experiencia de Zenia no es algo aislado, es una situación que los colectivos transexuales denuncian desde hace tiempo. Incluso aunque desde el 2007 las personas trans pueden cambiar su DNI en el Estado español sin necesidad de operarse, la ley mantiene un procedimiento psiquiátrico y psicológico obligatorio para otras etapas de la transición. Para poder cambiar el carnet de identidad, acceder a las hormonas o someterse a una operación es necesario obtener un diagnóstico de disforia de género. Según los colectivos transexuales, para elaborar esta diagnosis se usan criterios muy rígidos que definen de antemano un ideal transexual y la realidad de trans, dicen, es tan diversa como la de cualquier otro grupo humano.

«Hay un abanico de posibilidades de cómo puedes ser, desde un hombre supermacho hasta una mujer superfemenina –explica Zenia–. ¿Por qué yo tengo que elegir entre los dos extremos? A mí me apetece quedarme en una de las escalas intermedias. Me gustan las chicas y estoy orgullosa de mi identidad transgénero. Disfruto de lo que tengo femenino y me perdono mi lado masculino. ¿Por qué tengo que pensar que es un problema?».

Zenia pudo cambiar sus papeles y acceder a las hormonas gracias a la ayuda de Trànsit, pero en localidades donde no existe un servicio similar las mujeres trans todavía tienen que someterse a procedimientos psicológicos obligatorios. «El carácter obligatorio de las evaluaciones psicológicas no tiene ningún sentido –subraya Rosa Almirall–. De las personas adultas que acuden a Trànsit, solo un 20% pide un acompañamiento psicológico durante la transición. La gran mayoría tiene muy claro quiénes son y para ellas la evaluación obligatoria resulta muy penosa».

Gracias a la lucha de los colectivos trans, las cosas empiezan a cambiar poco a poco. «En Catalunya, el departamento de Salud anunció en octubre pasado que se adoptará un nuevo modelo de atención a las personas trans –explica Eric Sancho, de Generem!, asociación creada en Barcelona en el 2015–. El cambio incluye, entre otros, que no se hará ningún examen psicológico obligatorio. Ahora es cuestión de determinar el protocolo e implementarlo».

A nivel estatal, a principios de mayo se aprobó en el Congreso un proyecto de la ley de igualdad LGTBI que va en la misma dirección. «Es importante –subraya Eric Sancho– por si hubiera un cambio de Gobierno, porque los partidos ya se han comprometido».

Pero otros cambios son también necesarios. «Hace falta quitar todos los estigmas y estereotipos sobre las mujeres transexuales, que existen también entre los profesionales de salud –matiza Almirall–. La transexualidad puede aparecer en cualquier familia, independientemente de su estatus social, religión o posición política. Cualquier persona se puede encontrar con alguien que quiere hacer la transición. Otra cosa es que se atreva a decirlo. Hay todavía mucha gente escondida».

Tina: «Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!»
Tina también pasó gran parte de su vida luchando contra su feminidad interior. Hoy tiene 48 años. «Cada momento de mi vida iba acompañado de la idea de no estar en mi papel –explica–. Es como si alguien te hubiese puesto frente a una película: sabes que estás dentro, pero es como si mirases una película. Estás siguiendo un guion que no es tuyo. Hablaba con la gente y, mientras les escuchaba refiriéndose a mí en masculino, una voz dentro de mí decía: ‘¡Que soy yo! ¿No lo ves? Estoy aquí dentro, ¡sácame de aquí!’».

Un día, siendo todavía adolescente, grabó un mensaje en una casete, copió el contenido en un papel y escondió ambos de manera que cualquiera hubiera podido encontrarlo. «Quería que alguien lo oyera, lo leyese, y que ‘la bomba’ explotara. No pensé en lo que iba a pasar después. Solo quería que esto saltase ya y no encontraba otra manera».

Pero la bomba no explotó y Tina tuvo que guardar su secreto muchos años más. Se enamoró a los 18 años y también pensó que todo se iba a arreglar. Pasaron dieciséis años, un divorcio y otra relación. La sensación de que algo no cuadraba volvía cada vez con más intensidad y la mujer que llevaba dentro buscaba una salida. A veces, Tina imaginaba cómo podía ser su vida si dejara libre el ser que vivía en su interior. Pero el horizonte se llenaba rápidamente con los peores presagios: prostitución, marginación: «No tenía ninguna gana de ser prostituta ni de divertir a la gente. Quería mantener mi vida y mi trabajo. Solo quería liberarme de este cuerpo que no era mío».

Muchas mujeres trans prefieren aparcar su transición por miedo a perder su trabajo: el proceso puede durar hasta cuatro años y, durante este tiempo, temen ser expuestas al rechazo. Otras optan por iniciar el tratamiento cuando, por ejemplo, están en paro, sin que nadie lo sepa y así poder construir de cero una nueva vida. Encontrar un trabajo después ya es otra cuestión, dado que la transfobia es muy aguda en el mundo laboral. La Federación Es&bs;pañola de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales estima que el colectivo acusa una tasa de paro de entre el 60% y el 80%.

A Tina un problema de salud le hizo replantearse su vida. Tenía 41 años y se dio cuenta de que le podía pasar cualquier cosa en el momento menos esperado y no quería llevarse su secreto a la tumba. Sabía que la transición iba a ser dura y decidió buscarse «aliados». En cada entorno eligió a una persona a la que se sentía más cercana y habló primero con ella. «Tina me invitó un día a casa a tomar café –recuerda Mari Carmen, una de sus vecinas y su gran amiga– y, con su aspecto masculino, me dijo que, en realidad, era una mujer. Mi primera reacción fue mirar alrededor, por si había una cámara escondida por algún lado».

Aunque hoy lo recuerdan entre risas, al principio cada una de estas discusiones requería mucho valor por parte de Tina. «Hace falta mucha fuerza para imponer al mundo tu verdadero yo. Nadie te apoya, nadie te ayuda y hay muchas que terminan suicidándose. Hace dos años estuve en el entierro de una amiga. Oficialmente era un hombre de 68 años que se colgó y no es verdad. Era una mujer transexual pero nadie lo sabrá jamás».

Faltan todavía muchas cosas para que la situación de estas mujeres mejore. Tener más referentes positivos es seguramente una de ellas. En este sentido, el encuentro con Nati fue decisivo para Tina. «La conocí al principio de mi transición. Es dueña de una peluquería, vive desde hace años muy feliz con un hombre y sus mejores clientes son gitanos que requieren sus servicios para sus bodas. O sea, ¡algo que jamás me iba a imaginar!».

Hace ya 26 años que Tina trabaja en la misma empresa. Desde hace más de un año, como agente cívico (servicio de apoyo a la Policía) recorre los barrios más turísticos o problemáticos de Barcelona. «La gente sigue pensando que una mujer transexual sirve solo para una cosa. Por eso me da tanta satisfacción llevar ahora mi uniforme, para que vean que no estamos en la calle solo para dar precios». Otro freno muy importante que impide a muchas mujeres trans empezar su transición es el miedo a perder a su familia. «La mayoría de parejas de estas mujeres tienen un imaginario muy negativo sobre la transexualidad. A menudo, de entrada, lo rechazan –explica Almirall–. En cuanto a los niños, no todos lo saben y entre los que están al tanto de la situación, solo un 5% la acepta».

Carol: «Fue una suerte que lo entendiese estando jubilada»
Carol tiene 71 años. Cuando decidió «salir del armario», de un día para otro se vio en la calle con dos maletas en la mano. Cuarenta años de matrimonio se terminaron con un divorcio en cuestión de días.

Desde fuera, la vida de Carol parecía solucionada: dos hijos, una casa grande, piscina privada y coches de competición. Trabajaba como comercial de ventas en la empresa de su suegro y, poco a poco, subiendo escalones, llegó a ser director general del consejo administrativo. Pero en su interior la necesidad de afirmar su feminidad crecía con el tiempo. Hasta que llegó un momento en que no pudo más: «Es como con el champán. Cuando sacas el corcho todo explota con fuerza y no lo puedes parar. Estuve toda mi vida viviendo con la creencia de que era un bicho raro. Pero cuando entendí quién era, ya no podía dar marcha atrás».

Desde muy pequeña Carol sentía atracción por la vestimenta femenina y, cuando se quedaba sola en casa, corría a probarse las prendas de su madre y su hermana. Mientras duró su matrimonio se compraba la ropa a escondidas. Poco a poco empezó a contárselo a su mujer. «Ella no estaba de acuerdo ni lo entendía, pero lo toleraba mientras que, de cara al exterior, se mantuviera el secreto. Todo cambió cuando decidí hacer la transición», cuenta. Empezó el proceso hace apenas siete años. ¿Por qué tardó tanto? «Me tocó vivir mi juventud en un ambiente cerrado y muy fascista. Yo misma no sabía lo que me pasaba. E incluso si era el caso, ¿a quién hubiera podido decir que era una mujer transexual? En el mejor de los casos te daban una paliza. En el peor te metían en una celda para que los hombres disfrutaran contigo. Dentro de lo malo, quizás fue una suerte que entendiese todo cuando ya estaba jubilada. Si hubiera sabido antes qué pasaba conmigo, mi vida probablemente habría sido muy diferente. Seguramente nunca habría llegado a ser director general y, a lo mejor, ni siguiera hubiera podido mantener un trabajo cualquiera. Por lo menos ahora no temo por mi porvenir».

Lina y Ali, más allá del género
Por suerte no todas las transiciones conllevan rupturas afectivas tan dolorosas. El ejemplo de Lina y Ali demuestra que es posible dar el paso sin perder la familia. Ellas se conocieron hace más de 24 años. Hasta hace poco Lina, que hoy tiene 44 años, cumplía como podía con su papel de hombre y padre. Por dentro, cuenta, libraba una batalla contra sí misma y solo en carnaval se daba el permiso de salir a la calle vestida de mujer. Finalmente, un día le explicó a su esposa que quería hormonarse y empezar un proceso de transición. «No quiero en mi vida al hombre amargado de antes –dice Ali–. No éramos felices ni sinceras la una con la otra. Ahora Lina disfruta de una nueva juventud y yo me siento como si me hubiera dado una nueva vida».

Todavía quedaba contárselo a su hijo. Un día, mientras Lina jugaba con él, el niño le dio un empujón y, al quejarse, el pequeño le soltó: «Es que tú eres un poco mujercita». La frase dio paso a una conversación que siguió con un documental que vieron los tres juntos sobre transexualidad. «¿Y esto es lo que le ha pasado a papá toda su vida? –suspiró el niño–. ¡Pobrecito, lo que ha sufrido!».

Hoy viven en armonía y Lina afirma ya plenamente su verdadero género. «El camino no es fácil, pero tampoco imposible –dice Ali–. Sé que todavía habrá muchas piedras que evitar y lloros por secar. Pero nuestro amor me da fuerzas para seguir. Más allá de la apariencia y del género, yo solo veo en Lina a la persona más importante en mi vida y eso me basta».

viernes, 23 de octubre de 2015

#hemeroteca #transexualidad | Rosa Almirall: “Necesitamos protocolos ginecológicos para personas trans”

Imagen: Diagonal / Rosa Amirall
Rosa Almirall · Ginecóloga: “Necesitamos protocolos ginecológicos para personas trans”.
Más de 450 personas trans han pasado por la consulta ginecológica del programa pionero Transit. El 24 de octubre se celebra el Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans.
Izaskun Sánchez Aroca | Diagonal, 2015-10-23
https://www.diagonalperiodico.net/cuerpo/28118-necesitamos-protocolos-ginecologicos-para-personas-trans.html

La práctica médica dominante, como casi todo en nuestras sociedades, está marcada por el binarismo, por una división entre hombres y mujeres, en la que además el hombre y la heterosexualidad son el patrón y el modelo en torno al cual giran todas las disciplinas.

Superar esta visión implica salirse de la institución más encorsetada y echar un vistazo a una realidad social formada por una amplia diversidad de personas que rara vez encajan en esos patrones establecidos en libros o estudios.

Rosa Almirall es ginecóloga, lleva 38 años ejerciendo su profesión y es directora de área de Atención a la Salud Sexual y Reproductiva (ASSIR) de Barce­lona, un servicio que forma parte del Institut Català de la Salut de la Generalitat.

Al­mirall es una de esas personas que sabe mirar fuera de las rigideces de la academia, que pone las necesidades de las personas en el centro de su práctica diaria. En 2012 impulsó la creación de Transit, un servicio que se centra en la promoción de la atención ginecológica a las personas trans y por donde ya han pasado más de 450 personas.

"Es el dilema que siempre existe: el de los servicios que consideran la transexualidad una enfermedad mental y servicios que dan la voz a la persona". Almirall apuesta por realizar una labor informativa y de asistencia sin darle más literatura de la necesaria a un servicio "que no es más complicado que cualquier otra cosa que hacemos en nuestro día a día: citologías, mamografías, o hablar de anticoncepción".

¿Cómo empieza Transit?

Surge hace cuatro años, cuando ocurren distintas cosas, como el caso de una persona trans que se presentó en nuestro servicio y no fue bien tratada. En­tonces me pregunté por qué en 38 años de especialidad no había tenido contacto con gente trans, por qué no venían a los servicios de ginecología. Ahí es cuando pensé que sería interesante crear dentro de mi servicio una consulta para la promoción de la salud de las personas trans, pero desde una visión de la ginecología y obstetricia. ¿Por qué esta gente no viene? ¿Por qué no hay prevención?

Pensé que era necesario intentar crear una consulta sin estereotipos, sin prejuicios, donde se hagan citologías, mamografías o se resuelvan dudas sobre sexualidad, reproducción o anticoncepción, pero desde una visión ginecológica y obstétrica.

¿Cómo sales de una práctica ginecológica normalizada y extendida?

Vengo del feminismo y de cuestionar la propia ginecología y los modelos patriarcales dentro de la medicina. Ya trabajaba en esta línea cuando el aborto o los anticonceptivos estaban prohibidos o se practicaban histerectomías que yo viví como agresivas. Defiendo el derecho de la persona a decidir qué hacer con su cuerpo después de haber recibido una información lo más objetiva posible. Me cuesta poco situarme en las personas, se autoetiqueten como se autoetiqueten. Desde muchos posicionamientos diferentes he ido buscando otros espacios donde hacer las cosas de otra manera. Cuando empecé a pensar en Transit no tenía ni idea de lo que era la transexualidad, ni de lo que necesitaban.

Entonces empecé a leer, estudiar e informarme. Mi objetivo ­realmente era hacer lo mismo que hago con las personas 'cis' [aquellas cuya identidad de género y el género que se les asigna al nacer coinciden], pero con las personas trans, y desde un sitio de respeto a sus identidades, cuerpos y variaciones. Contacté con gente trans, sobre todo activistas, para presentar mi idea y ver si podía cuajar. Tuvo muy buena acogida. También fui a la Unidad de Trastornos de Género de Barcelona a presentar este proyecto y les pareció muy complementario, porque había aspectos de atención primaria que no se estaban cubriendo.

¿Cómo imaginas Transit en los próximos años? ¿Qué sería deseable esperar?

Podemos hablar de modelos transitorios y modelos definitivos. Tal y como yo lo visualizo, creo que Transit debería desaparecer como servicio. Me gustaría que se desplegara la atención trans por todo el territorio y todos los servicios, que la sanidad de estas personas fuera integrada en el modelo normalizado de sanidad.

Lo idóneo sería que parte del acompañamiento lo pudiera hacer el personal médico de familia, los endocrinólogos o los ginecólogos de atención primaria. Éste sería el modelo hacia donde ir. Como el desconocimiento es muy grande, probablemente Transit sea necesario un tiempo para ir formando a los profesionales que asuman desde la normalidad la atención a estas personas.

Mucha gente del sector sanitario argumentará que no hay formación ni información.

Esta película ya la he vivido. Es lo mismo que ocurrió con los centros de planificación familiar y con la anticoncepción, cuando estaba prohibida. Entonces ni los ginecólogos ni los médicos de familia estaban formados en anticoncepción, pero al final se crearon macroestructuras, muchas de ellas dependientes de los ayuntamien­tos. Fue­ron los centros de planificación familiar. Al principio parecía muy difícil y muy complejo pero, a medida que los profesionales se fueron formando, estos centros se integraron en la red pública normalizada.

Yo visualizo un poco el mismo camino. No es rápido ni fácil, pero poco a poco se hará. Porque, en este momento, 170 personas del total que hemos atendido desde Transit en los inicios de su transición ya están siendo llevadas por médicos de familia. Y esto es algo muy importante.

¿Qué tipo de programas ­desarrolláis?


Trabajamos mucho en torno a la prevención. Hay que intentar incorporar a los hombres trans a los mismos protocolos que tenemos las mujeres 'cis'. Es decir, si hay útero –una parte importante de hombres trans lo matienen–, se incorpora la vagina a los juegos sexuales y, si tienen más de 25 años, es necesario que esas personas estén en un programa en el que se hagan citologías. Entiendo que para los hombres trans su parte genital o vaginal puede despertar un pudor comprensible, por eso es muy bueno encontrarse con profesionales sensibles. Gracias a esto tenemos un 80% de chicos trans en un programa de cáncer de cuello de útero.

Otro ejemplo son las mujeres trans que tienen mamas y toman hormonas, por qué no usar los mismos criterios de prácticas de mamografía o al menos ­ofrecerlos, aunque haya muchos cuestionamientos sobre las mamografías, y yo misma soy crítica. El programa de cribado de cáncer de mama que hay en Catalunya incluye a las mujeres trans, pero sólo a las que hayan hecho un cambio en su DNI. Algunas no lo han hecho por lo que, aunque sean mujeres trans, no se beneficiarán de estos programas. Con las mujeres trans que se hayan hecho una vaginoplastia, también hacemos un acompañamiento para esta nueva vagina, para que puedan reaprender una nueva sexualidad o el uso de dilatadores para que sea más elástica.

Uno de los grandes temas y más desconocidos es la orientación en cuestiones reproductivas y de anticoncepción. La gente trans puede decidir si quiere o no reproducirse en función de la situación que estén viviendo. Es importante que los chicos trans sepan que si tienen relación con chicos 'cis' o con mujeres trans y están en baja dosis de testosterona, pueden quedarse embarazados si incorporan la vagina en sus juegos. Igual hay que pensar en buscar un método anticonceptivo no hormonal, como el diafragma o los dispositivos intrauterinos.

De vez en cuando te encuentras a algún chico trans que se ha quedado embarazado o que te pide la pastilla del día después. Hay que informar de estas posibilidades. Al igual que antes de iniciar un proceso hormonal tenemos que informar de las técnicas de reproducción asistida de las que se puede beneficiar la persona si en un futuro quiere tener la posibilidad de reproducirse. Algu­nas mujeres trans antes de iniciar el proceso deciden criopreservar semen. Depende de qué tipo de pareja tengan, a lo mejor pueden usar este semen para tener un hijo o hija biológica.

Todos estos temas se tratan en la entrevista que hacemos al inicio. El espectro de atención ginecológica es amplio y no es diferente de lo que se hace con otras personas que no son trans. Básicamente es informar para que decidan.

Parece que volvemos al inicio de la entrevista. Básicamente se trata de que la medicina ponga el foco en las necesidades de las personas.

Exacto. Estoy pensando en el principio de los 80, con los inicios del VIH, cuando, desde la medicina, cuando una mujer daba positivo, se recomendaba muy vivamente la ligadura de trompas. Menuda burrada hicimos. En aquel momento no sabíamos. Yo no soy partidaria de cerrar puertas definitivamente, por eso hago mucha labor en los hombres trans para que no se hagan una histerectomía ni una anexectomía. Es lo mismo que he hecho siempre con las mujeres 'cis', ahora lo hago con los hombres trans.

La decisión siempre es de la persona, pero no quiero que pesen esas amenazas de que con la testosterona los ovarios se secan y se pueden convertir en cancerosos, porque no es algo probado. La información objetiva es que no hay estudios suficientes, porque a la mayoría de hombres trans les han quitado los ovarios. Por eso no se sabe qué puede pasar con un ovario después de muchos años de tratamiento con testosterona.

Es muy distinto decir que no se sabe o que seguro da cáncer. Se trata de que la información sea veraz porque, a veces, desde los púlpitos médicos damos informaciones sesgadas no se sabe muy bien respondiendo a qué intereses. Hay que incorporar a la gente trans con una mirada que normalice.

La transfobia perjudica seriamente tu salud... y la mía
El 24 de octubre se celebra el Día Internacional de Acción por la Despatologización Trans. Cada año, distintos colectivos de Navarra, Barcelona o Madrid, entre otros territorios, organizan actividades que van desde la reflexión, con charlas, talleres o documentales, hasta la ocupación de los espacios públicos a través de una gran manifestación. Algunos de los objetivos de la campaña y del día de acción es la retirada de términos como Trastorno de Identidad de Género o Disforia de Género, presentes en distintas legislaciones y servicios médicos alrededor del mundo, o que exista una cobertura sanitaria pública.

Este año en Madrid han convocado una semana de acciones y una manifestación el día 24 a las 19.00 horas de la plaza de Chueca a Jacinto Benavente. El lema del Octubre Trans de Madrid es "La Transforbia perjudica seriamente tu salud y la mía".