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miércoles, 18 de septiembre de 2024

#libros #sociologia | Quiero y no puedo : una historia de los pijos de España

Quiero y no puedo : una historia de los pijos de España / Raquel Peláez.

Blackie Books, 2024 [09-18].
336 p.

/ ES / Libros / ENS / Estereotipos / Historia / Identidades / Pijismo / Sociología / Tribus urbanas

📘 Ed. impresa: ISBN 9788410025233 / 21.90 €
📝 Cita APA-7: Peláez, Raquel (2024). Quiero y no puedo : una historia de los pijos de España. Blackie Books.


Una radiografía de lo pijo en España, desde los señoritos del s. XIX a los cayetanos, pasando por la gauche divine o los yeyé. Un ensayo revelador sobre un fenómeno que va más allá de un arquetipo, y esconde el verdadero origen de la lucha de clases en la sociedad española.

1853 Eugenia de Montijo pide su primer Luisvi
1910 Alfonso XIII pone de moda el veraneo en el norte
1950 La hija de Franco se casa con Cristóbal Martínez- Bordiú, el pollopera
1963 Marisol se pone un vestido de Dior en Rumbo a Río
1970 Julio Iglesias inaugura Puerto Banús
1980 Primera sudadera Don Algodón
1986 Hombres G llevan la palabra «pijo» a las masas
1992 Isabel Preysler y Miguel Boyer se compran Villa Meona
2002 Se casa la hija de Aznar en El Escorial
2003 El Real Madrid ficha a David Beckham
2011 Cayetano Martínez de Irujo: «Los jornaleros andaluces tienen pocas ganas de trabajar».
2016 Felipe Juan Froilán de Todos los Santos alcanza la mayoría de edad
2023 Estalla la «Cayeborroka»

Hitos de la historia de España, tal como la cuenta Raquel Peláez con mirada profundamente analítica y mordaz. La historia de un país encandilado por las apariencias, donde el imaginario de veleros, monterías, cócteles y bolsos de lujo convive con una creciente y angustiosa desigualdad social. Cuando España se integró de lleno en la economía de libre mercado y adoptó los hábitos de consumo de las denominadas sociedades “libres” apareció un arquetipo social que ya nunca ha desaparecido del imaginario español: el pijo. Aquellos jóvenes alegres, despreocupados y consumistas, ni de izquierdas ni de derechas, que iban a conciertos de Hombres G con jerseys de colores pastel y plumíferos fluorescentes eran la cara luminosa y mullida del Estado de Bienestar y la promesa de un mundo sin problemas, como la carita rechoncha de Snoopy, su ídolo. A lo largo de los siguientes cuarenta años los pijos españoles han ido mutado en infinitas variantes, tan escurridizas y sutiles que ya en el siglo XXI solo encuentran una representación tan pura y caricaturesca como aquella primigenia: el cayetano. El universo simbólico cayetano contiene todos los elementos del mundo despreocupado de los pijos de los ochenta pero añade muchos más ingredientes que hablan del triunfo radical del neoliberalismo de la nostalgia de tiempos de señoritos pero también de la furia de las tribus urbanas. ¿Qué es pues un pijo? ¿Existen pijos “de verdad” y pijos “de mentira? ¿Un pijo es siempre de derechas? ¿Es lo mismo ser pijo que rico? ¿Cuantos tipos de pijos existen? ¿En una sociedad obsesionada con el culto a la imagen, el dinero, el triunfo, no somos casi todos un poco sospechosos de pijismo? ¿Por qué el adjetivo “pijo” ha pasado de ser un insulto a un adjetivo que muchos sueñan con poder arrogarse?

😏 Raquel Peláez nació en Ponferrada (León), al lado de una montaña de carbón de diez millones de metros cúbicos y unos ochenta metros de altura el mismo año en que se promulgó la Constitución del 78. Es periodista y desde muy joven comprendió que el infierno de Dante transcurre en una redacción local un domingo por la tarde. Ha escrito anuncios para inmobiliarias, lentes de contacto y mejillones. Ha trabajado en diferentes medios de comunicación (entre ellos la revista Vanity Fair, donde fue redactora jefa web) y actualmente es subdirectora de la revista S Moda de El País. Tras tres años de investigación en archivos y cientos de entrevistas con toda clase de personalidades, acaba de publicar el ensayo Quiero y no puedo, una historia de los pijos de España, donde hace un fascinante recorrido en profundidad por la historia reciente de nuestro país. Un éxito instantáneo que captura uno de los grandes temas del momento y que enriquece el debate sobre la cultura de la aspiración, la desigualdad de clase y el imaginario que rige nuestro sistema de valores.

viernes, 31 de mayo de 2024

#hemeroteca #identidades | Chupas y parkas, la exposición que pone en valor la importancia de la cultura mod y rocker

Una de las imágenes de la exposición //

Chupas y parkas, la exposición que pone en valor la importancia de la cultura mod y rocker
Abraham Rivera | El Confidencial, 2024-05-31

https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2024-05-31/chupas-parkas-exposicion-valor-mod-rocker_3888935/ 

Fue hace sesenta años cuando rockers y mods se hicieron virales. Desde las playas de Brighton, aquellas imágenes surcaron el mundo entero, y llegaron hasta los principales periódicos del planeta. Eran jóvenes con una estética muy determinada, unos vestían polos Fred Perry, chaquetas Harrington y botas Chelsea, mientras que los otros se caracterizaban por llevar pantalones tejanos, cazadoras de cuero y zapatos en punta.

“Espectacular batalla entre dos bandas: 800 mods contra 200 rockers”, se podía leer en el diario Pueblo la jornada siguiente a aquella tangana. Los meses posteriores publicaciones como Triunfo, Paris Match, Life o Gaceta Ilustrada comenzaron a interesarse por ellos. Era el inicio de una historia singular. Con ella da comienzo una de las exposiciones más curiosas e interesantes de la temporada. 

La cultura como identidad
Y es necesario aplaudir al Museo de Antropología, el encargado de acoger esta muestra, que bucea en la historia de dos de las subculturas urbanas más icónicas del siglo XX. La exposición, que puede verse hasta finales de septiembre, es uno de esos viajes que se disfrutan embelesado. El relato no deja atrás ninguno de los objetos más señalados de cada movimiento, desde motocicletas a prendas de vestir, pasando por incontables fanzines, fotos o discos.

Como se encargan de resaltar desde el propio museo, estas subculturas se articulan alrededor de conceptos como el sentido de grupo, pertenencia e identidad. Sus integrantes adoptan símbolos, lenguajes y estéticas que les permiten sentirse parte de una nueva comunidad. “La cultura se convierte así en parte de la identidad de estas personas incluso durante toda la vida”, resaltan.

Es un viaje a través de la evolución de las culturas rocker y mod desde sus orígenes hasta hoy. Dando comienzo con su aparición inicial, pasando por su auge y la revitalización que experimentaron a finales de los años 70, lo que impulsó una vasta producción cultural a nivel global, hasta su consolidación en España en los años ochenta. Todo ello de la mano de dos de sus mayores expertos, Rubén Olivares Rosell en la parte rocker y Dani Llabrés en la dedicada a los mods.

“En su momento, lo acontecido en Brighton fue más bien una anécdota”, comenta el segundo de ellos. “Aunque es cierto que catapultó la fama de los mods y rockers, en realidad fue un episodio insignificante. Cuando nos propusieron el proyecto, teníamos claro que no queríamos centrarlo en este hecho. Fue algo que, con el tiempo, trajo consigo muchos problemas”.

De la elegancia a los programas de radio

Los mods, en su búsqueda obsesiva de perfección, adoptaron elementos del Ivy League estadounidense y el estilo francés e italiano. Desde chaquetas de seersucker hasta trajes entallados de Brioni, su vestimenta reflejaba una estética fina y pulida. A esta mezcla añadieron una variedad infinita de prendas y detalles, manteniéndose siempre al tanto de las últimas tendencias musicales, desde el jazz de posguerra hasta el soul y el ska.

Bailaban al ritmo de la música negra en clubes emblemáticos como el Flamingo, fusionando influencias estadounidenses y europeas en su estilo de vida y sonido. Los nombres legendarios del jazz, el blues y el soul se sumaron a la escena británica, proporcionando la banda sonora para esta generación de jóvenes obsesionados con la moda y la música.

Por su parte, el rock and roll hizo su primera incursión en España en los cincuenta, principalmente entre personas de clase media-alta con acceso a tocadiscos y la capacidad de viajar y recibir influencias extranjeras. “Su llegada se facilitó también a través de los puertos marítimos y las emisoras de radio de las bases americanas, así como por las versiones europeas de éxitos estadounidenses y grupos mexicanos como Teen Tops o Los Llopis”, apuntan en la exposición.

Bandas y solistas locales como Los Estudiantes, Los Milos y Chico Valento permitieron que el estilo se consolidara a partir de los sesenta, con formaciones como Sirex y Mustang en Barcelona, y artistas como Mike Ríos y Bruno Lomas.

El fin de la dictadura facilitó la aparición de los rockers en las calles españolas, con programas de radio y televisión como Champú, peine y brillantina, El cocodrilo y Flor de Pasión, así como estrenos cinematográficos como American Graffiti y The Wanderers. “Surgieron bandas míticas como Loquillo y los Intocables, Los Rebeldes, Golden Zippers y Bulldog, alcanzando su apogeo durante los años 80 antes de regresar al circuito alternativo en las décadas siguientes”, continúan comentando. 

Influencias y lambrettas
“El guión original que nos proporcionaron no era exactamente como se puede ver en la exposición, pero desde el principio lo tuvimos claro”, comenta Llabrés, que es autor de diferentes obras de referencia sobre el movimiento mod. “Llevo involucrado en este ámbito desde 1985, y después de haber escrito varios libros, tenía una idea establecida sobre cómo organizar y estructurar el contenido. Desde el principio tuve claro que quería enfocar una sala principal en el origen de los mods: cómo surgieron, sus influencias de otras subculturas o tribus, y explorar los elementos clave de la estética, la música y las motos tanto para los mods como para los rockers”.

Después, hicieron lo mismo con la cultura rocker: indagar en sus orígenes, moda, estética, música y su relación con el motor, para finalmente contraponer ambas culturas, simbolizadas por las dos motos que aparecen en el centro de la sala. Entre los objetos de más interés, Llabrés destaca: La Lambretta de los coleccionistas Alvaro y Mocky Dimples, “una verdadera joya de la época, con todos los detalles típicos que la hacen única”; también una parca, firmada por los miembros de bandas como The Jam, Madness y The Specials; y fanzines históricos. “Entre las piezas más reseñables se encuentra una revista inglesa de los años sesenta llamada The Mods, dirigida a chicas adolescentes”, recuerda.

Fin de ciclo

Para Llabrés, los dos movimientos están en la recta final. “Lo siento así”, dice. “Aunque sigamos organizando festivales como el Euroyeye, que ya lleva 30 años, y aunque ya haya comprado los billetes de tren y encargado la ropa al sastre desde hace seis meses. Pero sí, estamos en la recta final. Hace muchos años que ya no somos una cultura juvenil. Ya estamos bastante viejos. La media de edad ronda los 40 y pico. Con los rockers, ni te cuento. En los ochenta, cuando nos peleábamos a golpes, ya eran mucho mayores que nosotros. No sé cómo lo estarán llevando. Espero que lo lleven mejor. Pero esto se acabará con nosotros, eso lo tengo clarísimo”.

E insiste: “Ahora todo va muy rápido. Aún recuerdo de memoria todas las canciones de unos 50 discos. Antes todo costaba mucho. No teníamos dinero, así que igual podíamos comprarnos un disco al mes. Pero ese disco era oro, lo atesorábamos, lo escuchábamos una y otra vez hasta sabérnoslo de memoria. Estudiábamos cada detalle, cada foto, mira cómo lleva el nudo de la corbata este tipo, fíjate en esos zapatos”.

Chupas y Parkas se completa con un fanzine, repleto de textos, y multitud de actividades que se irán desarrollando a lo largo de estos meses. También con una sala dedicada a uno de los fotógrafos que mejor inmortalizó a las dos subculturas, Miguel Trillo, que además aparece en otras salas junto a las instantáneas de Daniel Martín, Vicente Mayor y Olaf Pla, otros tres grandes retratistas.

sábado, 11 de mayo de 2019

#hemeroteca #vestimenta #politica | La fabulosa historia de la chaqueta Harrington de Íñigo Errejón

Imagen: El País / Iñigo Errejón con su chaqueta Harrington
La fabulosa historia de la chaqueta Harrington de Íñigo Errejón.
Símbolo mod, favorita de los brit-poperos y prenda económica de las clases obreras: ojo al mensaje que esconde la prenda del líder de Más Madrid.
Raquel Peláez | SModa, El País, 2019-05-11
https://smoda.elpais.com/moda/la-fabulosa-historia-de-la-chaqueta-harrington-de-inigo-errejon/

¡Extra! ¡Extra! ¡Íñigo Errejón se ha puesto una Harrington azul marino para inaugurar la campaña! Fue el pasado jueves durante un acto electoral que se celebró en el madrileño barrio obrero de Orcasitas. ¿Qué es una Harrington? Esa chaqueta de algodón o poliéster con mitones en la cintura y en las mangas y forro de tartán escocés (normalmente tartan Cameron, es decir, rojo) de la que el líder de Más Madrid se acaba de apropiar como la derecha se apropió del chaleco acolchado.

Al igual que el abrigo Loden, que convierte a su portador en un caballero con dinero viejo en Suiza, o la chaqueta Teba, que consigue transformar al que la luce en un experimentado cazador con gusto por el brandy en copa de balón, es una de esas prendas que carga de significados inmediatamente a quien la lleva. No es solo una chaqueta: es un referente cultural.

La Harrington atraviesa todo el siglo XX sin bajarse ni un solo momento de una percha ‘cool’. La llevó Elvis en King Creole, se la puso James Dean en ‘Rebelde sin causa’, los mods de los años sesenta la convirtieron, junto a la parka; en una de sus señas de identidad; después pasó a ser patrimonio también de los ‘skinheads’; cuando Paul Weller se convirtió en el Apóstol del Segundo Amanecer Mod en los años setenta, lo hizo con ella puesta; más tarde pasó a ser patrimonio de los punkarras nihilistas de los ochenta, aunque en esa época también la amaron los punks nueva oleros. En los noventa cautivó al líder de Blur, Damon Albarn, quien hizo de ella un fetiche del brit-pop igual de reconocible que las chaquetas de chándal y las zapatillas gazelle. En los 2000, el santísimo ‘pope british’ Liam Gallagher creó una marca propia especializadas en este tipo de prendas; en 2008 Tom Ford le diseñó una al James Bond de Daniel Craig. En 2019 se rinde a ella el líder de Más Madrid.

¿Qué significa que Errejón se la haya puesto?

Para empezar, algo que ya sabíamos: que estamos ante uno de los líderes políticos del panorama español con más sentido del estilo. Lo demuestran sus impecables camisas de algodón 100%, sus jerseys clásicos de cuello redondo, su parka de la marca sostenible Ecoalf (valorada en 450 euros), y sobre todo aquella archifamosa sesión de fotos para una revista de moda en la que se atrevió a ponerse prendas de firmas de gama media-alta como Hugo Boss. En numerosas ocasionies el líder de Más Madrid ha demostrado decantarse por los códigos estéticos más cercanos a un profesional liberal que compra su ropa en una tienda multimarca tipo Sportivo que al estereotipo podemita de los primeros tiempos (con Alcampo como ‘boutique’ de referencia).

Ahora comienza la campaña con esa chaqueta que la generación de los festivales ‘indies’ reconoce perfectamente como un símbolo molón pero que al mismo tiempo las abuelas pueden ver como una prenda limpia y apañada.

Cuando el empresario textil británico Alfred Grenfell la creó en los años veinte pensó en ella como un básico de algodón impermeabilizado que podía ser un recurso cómodo para caballeros. Se convirtió muy rápido en tres cosas: un básico para jugar al golf que adoptaron muy rápidamente los relamidos estudiantes de las universidades de la Ivy League y la prenda favorita de los soldados estadounidenses destinados en el extranjero. Fueron ellos los que la popularizaron entre las estrellas de Hollywood.

En Estados Unidos, sin embargo, la Harrington siguió siendo una prenda ‘preppy’ y cursi, típica de los jóvenes ‘wasp’. De hecho el personaje que Ryan O’Neil interpretaba en la serie Peyton Place, un muchacho modélico llamado Peyton Harrington fue quien le acabó dando nombre.

En Europa, en cambio, la chaqueta que ha escogido Errejón se la apropiaron los mods y luego empezó a asociarse con movimiento sociales obreros, tanto de extrema derecha como de extrema izquierda. En esos dominios ha permanecido hasta hoy: sigue siendo un fetiche de modernos, ‘skin heads’ y ‘red skinsy’, continúa estando presente en todas las tiendas especializadas donde se visten estas subculturas.

Pero al mismo tiempo, la Harrington es tan fácil de fabricar por su corte sencillo y es tan socorrida para conferir un aspecto pulcro y elegante a quien la lleva, que a estas alturas es un básico asociado a cualquier clase social.

Esa es la opinión del gran ‘modfather’ barcelonés (y por tanto amante de las Harrington) Kiko Amat: “Yo no creo que haya ningún tipo de intención en su elección. Simplemente es que es una prenda tan alucinantemente bonita y tan cómoda que todo el mundo quiere ponérsela”.

Es posible encontrarla en todo el espectro de precios de la moda. En el extremo menos económico la ofrecen Beams, Gant, de Woolrich, Pringle of Scotland, Wolsey o Burberry (alrededor de 400 euros). En el extremo más barato Fred Perry, Merc o Ben Sherman (en torno a los cuarenta).

Y es precisamente la dualidad prenda obrera/prenda burguesa es lo que hace de la Harrington un objeto políticamente interesante.

Las decisiones estilísticas de Íñigo Errejón pueden ser casuales pero sin duda le desmarcan de la propuesta estética obrera de Pablo Iglesias. “No lo hace por alejarse de Iglesias, es decir, no viste como viste porque Iglesias vaya como va. Se viste distinto porque piensa y siente la política de forma seguramente distinta a Iglesias“, dice Jorge Lago, sociólogo y fundador de Podemos. “Seguramente Íñigo ha buscado un código más neutral, lo que permite generar simpatías o identificaciones en distintos grupos sociales. Los códigos identificables con un solo grupo social tienen dos problemas: uno, que pueden generar rechazo en grupos distintos, y, dos, que dan por sentado que la gente vota a los que siente como semejantes, y muchas veces se vota a los que se ve capaces o eficaces, no a los que son como uno mismo”, añade Lago.

No es la primera vez que Errejón coquetea con símbolos subculturales y a la vez tremendamente masivos que conectan con varias clases sociales: le vimos en la manifestación en favor del Referéndum catalán en 2017 con unas gafas Wayfarer que le colocaban inmediatamente en la onda visual de los Blues Brothers, del Tom Cruise de ‘Risky Business’ y de los líderes de todas las bandas independientes de los 2000. Desde entonces son su complemento favorito.

Solo nos quedaría preguntarnos de qué firma es la Harrington de Errejón. No hay ningún logo visible que nos permita identificarla.

Unonueveocho, la firma favorita de Pablo Iglesias, que pertenece a Juan Manuel del Olmo, secretario de comunicación de Podemos, las tiene en su catálogo. La de Errejón no es de esa marca. Seguro.

viernes, 2 de diciembre de 2016

#hemeroteca #identidades | Crucificados por la moda: el revival ‘bomber’, una apropiación cultural

Imagen: Jot Down
Crucificados por la moda: el revival ‘bomber’, una apropiación cultural.
Carles A. Foguet y Carles Viñas | Jot Down, 2016-12-02
http://www.jotdown.es/2016/12/crucificados-la-moda-revival-bomber-una-apropiacion-cultural/

«Del este de Londres la potencia resurgió, por el resto del mundo, la estirpe floreció», cantaban en 1985, proféticos, los Decibelios, en su adaptación al castellano del mítico «Chaos» de los ingleses 4 Skins. «Vuelven los ‘skinheads’, otra vez las bandas (…) ‘Skins’ en todas partes, unidos para luchar. ‘Skinheads’ en el paro, ‘skinheads’ en el bar, ‘skinheads’ en el metro, controlando la ciudad». Poco podían imaginar esos pioneros del ‘Oi!’ patrio cuando alcanzaron la cima de su exigua popularidad a finales de los ochenta que esa imagen iba a producirse, sí, pero treinta años después. Las bombers son hoy, por fin, omnipresentes. Pero ya no las visten los ‘skinheads’, ni siquiera los ‘pelaos bakalas’ noventeros, sino hordas de ‘fashion victims’ urbanitas que apenas son conscientes de las décadas de historia que llevan a cuestas.

La revista Vogue anticipaba, en febrero de este año, que las ‘bombers’ iban a ser «un exitazo» de ventas, después de haber detectado, el noviembre anterior, que «no hay ‘celebrity’ sin su bomber» (Kendall Jenner o Gigi Hadid se dejaron ver con ellas). A pesar de que los círculos más vanguardistas ya las habían recuperado para sus ‘looks’ pretendidamente más transgresores desde hacía unas temporadas, el modelo en seda de la firma The Upside llamado «The Souvenir» supuso un verdadero punto de inflexión. Lo irónico de la situación es que Ashlea Holdsworth, su diseñadora, vinculaba erróneamente ese modelo a las chaquetas que vistieron los soldados yanquis destinados en Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Y con ello, de paso, obviaba las distintas subculturas urbanas que habían mantenido viva la prenda con respiración asistida durante tantos años, ajena —como sus clientas— a los nuevos significados que habían adquirido dichas cazadoras desde la década de los setenta.

Las ‘bombers’ de nailon, las auténticas antepasadas de las que hoy se pasean por las calles de tu ciudad, nunca sobrevolaron el imperio del sol naciente. No fue hasta 1948, en plena resaca de la Segunda Guerra Mundial, cuando el matrimonio formado por Robert y Helen Lane consiguió un contrato con el Departamento de Defensa de Estados Unidos para fabricar chaquetas de vuelo para los pilotos de la Fuerza Aérea. Tras formar diversas empresas, la pareja acabó asociándose con Samuel Gelber, quien en 1959 se distanció de los Lane después de hacerse público un intento de soborno a un funcionario del Gobierno para lograr un contrato. En octubre de aquel mismo año, Gelber se unió a Herman «Breezy» Wynn para crear una nueva sociedad. En Knoxville, Tennessee, nacía Alpha Industries.

En un viejo sótano de una fábrica desvencijada los operarios de la empresa producían ropa militar con máquinas de coser alquiladas. El inicio de la guerra de Vietnam supuso una enorme inyección económica para la compañía, que logró cuantiosos contratos con el ejército norteamericano. El impacto del conflicto relanzó a la empresa hasta el punto de erigirse en una de las sociedades líderes de la industria manufacturera local en la década de los sesenta. Un éxito logrado, en buena medida, gracias a uno de sus productos estrella, la cazadora Flight Jacket MA-1. Una pieza que reemplazó a las chaquetas de cuero y las A-2 Jacket, de algodón, que habían lucido los pilotos de caza norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, pero que habían quedado obsoletas ante la rápida progresión tecnológica de los aviones de combate, más pequeños, estilizados y capaces de volar más alto. Alpha Industries diseñó dos modelos de chaqueta específicamente para los aviadores de las Fuerzas Aéreas. Junto a la MA-1 confeccionó la CWU-45/P. La primera, que acabaría haciendo fortuna, estaba fabricada en nailon y únicamente disponible en color negro y verde militar. Contaba con dos bolsillos laterales, uno más pequeño situado en el brazo izquierdo y otro interior. De hecho, la cazadora era reversible, con un revés naranja chillón para poder localizar con mayor facilidad y rapidez al piloto en caso de ser abatido.

Acabada la campaña en Vietnam, la MA-1 se popularizó de la mano de los veteranos, mientras los civiles únicamente la podían adquirir a través del mercado negro o las ventas de excedentes de material militar. Ante el interés, Alpha Industries introdujo algunos cambios en su diseño para adaptarla al nuevo público, ampliando su gama de colores. Las chaquetas no tardarían en volar más allá de las fronteras de Estados Unidos, encontrando sorprendentes grupos de entusiastas, tanto en Japón como en Gran Bretaña. Fue a finales de los setenta cuando la prenda fue adoptada definitivamente por los ‘skinheads’, un estilo emergente en las islas británicas desde 1965 que entonces vivía una segunda juventud y estaba a las puertas de erigirse en un fenómeno global. Las nuevas generaciones de cabezas rapadas extremaron, por influjo del punk, la imagen de sus antecesores, apropiándose el uso de la MA-1 y convirtiéndola en uno de sus referentes estéticos. Desde ese momento, las ‘bombers’ o ‘pilots’, como también fueron conocidas, formaron parte del fondo de armario de los ‘skins’. Cuando en 1980 Steve McQueen protagonizó ‘Cazador a sueldo’ luciendo una MA-1 caqui de forro naranja, ya no quedaba ninguna duda de que las bombers eran las chaquetas preferidas de los tipos duros.

La importación del estilo ‘skin’ a España fue una tarea ardua para los advenedizos que trataban de emular la estética de sus homónimos británicos. Sin las facilidades actuales para completar su vestuario, muchos de aquellos pioneros tuvieron que esperar a que algún amigo viajero les trajera una ‘bomber’ cuando volviera de Londres. Los más impacientes se conformaron con las burdas imitaciones coreanas que compraban en tiendas de ropa militar de segunda mano. Daban el pego pero no eran lo mismo. Coincidiendo con el auge de los cabezas rapadas en los años noventa, las ‘bombers’ empezaron a abarrotar los fondos de los estadios. Los radicales del fútbol las adoptaron como prenda propia. Vestir una ‘bomber’ era «muy ultra». Una moda bien visible cuando en el gol sur del Camp Nou decidieron copiar a los seguidores milanistas y girar sus chaquetas para lucir su reverso naranja. Lo que nació como un guiño al mágico tridente holandés del conjunto italiano (Gullit, Van Basten y Rijkaard) acabó convirtiéndose en un rasgo singular del fenómeno de las hinchadas radicales autóctonas. Una característica que les otorgó justo aquello que anhelaban: visibilidad y protagonismo. Sin embargo, este auge del estilo ‘skin’, al abrigo de su propagación en las gradas, favoreció su conversión en una moda insertada en la sociedad de consumo que acabaría siendo adoptada por colectivos, como los 'makineros', completamente ajenos a los principios originales de dicha subcultura.

Apenas una década después de su eclosión en el Estado, el estilo ‘skin’ —presuntamente transgresor— se había reconvertido ya en otra moda destinada a saciar el ímpetu de rebeldía adolescente. Su pretensión de conculcar las normas sociales y el sistema imperante, a pesar de no articular ninguna alternativa, acabó reducida a un mero producto comercial más. La profusa explotación de su mercantilización favoreció la desactivación de su faceta subversiva, provocando que el estilo pasara de ser apocalíptico a integrador.

Como sucedió con las construcciones identitarias precedentes surgidas a finales de los años setenta, los ‘skins’ también acabaron siendo fagocitados por el sistema que pretendían contravenir. Así, sus principales elementos de referencia (vestuario y música) se convirtieron en bienes de consumo de masas al generar a su alrededor una incipiente industria. Ir a Londres o Perpiñán dejó de ser una cita ineludible para completar el ajuar ‘skin’. La explotación sistemática del estilo devaluó su pósito contestatario y lo convirtió en un producto convencional al alcance de cualquier bolsillo.

El resultado de este proceso fue que aquello que en su momento resultaba atrayente para los jóvenes que buscaban construir una identidad propia alejada del control parental a través de su adscripción al estilo (como el aura de clandestinidad que comportaba asumir una imagen al margen de los cánones estéticos estándar) se acabó diluyendo al popularizarse el ‘look skin’ como una moda juvenil más a partir de los noventa. De esta forma, los ‘skinheads’ se perpetuaron como una tendencia en declive entre los adolescentes, y en paralelo con un escaso ascendente entre los adultos. Incluso Mark Renton abandonó su mugrienta ‘bomber’ marrón cuando salió del hoyo.

A pesar de que el estilo ‘skin’ planteó en sus inicios retos simbólicos —en términos de desafío social— estos acabaron desvaneciéndose. Así fue como culminó el proceso que permitió reparar el orden social fracturado por su irrupción, integrándolos en el sistema como un simple entretenimiento. Los ‘folk devils’ de antaño fueron reemplazados por unos nuevos chivos expiatorios, las bandas latinas. Desde entonces los ‘skins’ desaparecieron de portadas y tertulias para convertirse en un estilo sin proyección mediática a pesar de mantener una «presencia ausente». Hasta hoy, cuando por lo menos sus características y olvidadas cazadoras han regresado por todo lo alto.

Quejicas y nostálgicos —como nosotros— tienen ahora una nueva oportunidad si son capaces de elevar sus lamentos por encima de las risas despreocupadas de miles de jóvenes que visten orgullosas sus ‘bombers’ de colores. El enfado es comprensible. En palabras de Poppy Frean, de Cargo Collective: «Me cabrea ver al ‘punk’ convertido en una moda por gente que probablemente trata con desdén al mundo sucio, ruidoso, sudoroso y depravado del que proviene». Quique Gallart, al que probablemente con razón Kiko Amat bautizó como «el primer ‘skinhead’ de Barcelona», denunciaba en una entrevista la perversión de su subcultura: «Una pena, nunca pensé que el rollo ‘skin’ llegara a convertirse en una moda tan banalizada. La generalización rompe los códigos y los vacía de contenido». Un apunte, para contextualizar: la entrevista es de 2010 y se refería solo a las nuevas generaciones que habían expandido el culto ‘skin’, poco menos que una minoría marginal, pero la reflexión sirve también para interpretar la comercialización masiva de su prenda más icónica. Un caso de apropiación cultural en toda regla.

Sin embargo, el concepto mismo de apropiación cultural está discutido, sobre todo para menesteres más serios que una triste chaqueta. Quien sospecha de él, alega que no hay culturas puras ni fronteras estancas y que la Cultura —en mayúsculas— es, por definición, un proceso de apropiaciones constantes en todas las direcciones. Al fin y al cabo, incluso los primeros ‘skinheads’ dieron la vuelta como un calcetín al uso y significado de la chaqueta de aviador, una vez esta había sido sustituida entre sus portadores originales por otras prendas que cumplían mejor su función, o sea, guarecerlos del frío. Pero, mientras que aquellos primeros cabezas rapadas se apropiaron de un objeto dejado de la mano de Dios para convertirlo en una de sus divisas más visibles, cuarenta años después sus herederos han visto cómo la industria de la moda les desnudaba sin reparos ante los ojos de todos.

No es nada personal, solo son negocios. No hay en esta explosión comercial ningún tipo de homenaje ni reconocimiento. Tampoco es asimilación, ni siquiera la pretensión consciente de aculturación de ese colectivo de jóvenes salvajes —o de buenos salvajes, en términos rousseaunianos— que alguna vez fueron los ‘skinheads’. Todo ello supondría que alguien hubiera dedicado un solo minuto a pensar en ellos, o a saber por lo menos que existían. Lo único que sucede es que una cultura dominante, casi hegemónica, usurpa un elemento característico de otra y lo deforma hasta dejarlo irreconocible en el fondo, pero confuso en la forma. Hagamos un ejercicio: pongamos a un ‘skin’ al lado de una chica pija. Las chaquetas podrán parecer idénticas, pero mientras que para ella no significa nada, para él lo encarna todo. Sin duda los tiempos cambian; ahora aquella prenda que en su momento ensalzó el machismo más exacerbado, al vincularse con la rudeza de los ‘skins’, es usada casi exclusivamente por mujeres.

Lo que está ocurriendo con las ‘bombers’ no es un fenómeno nuevo, ni excepcional. Agotado casi todo lo que el escaparate del ‘punk’ podía ofrecer, había que tirar del hilo para expoliar el patrimonio estético de otras subculturas. Raf Simons o Rick Owens han hecho de esta apropiación su sello personal —y su negocio— desde principios de siglo. Ayer fueron las chupas de cuero con tachuelas a miles de euros o sus versiones más asequibles —aunque todavía de piel, rozando los cuatrocientos— comercializadas en plataformas masivas como Urban Outfitters que ya incluían sus parches y parafernalia punk para ahorrarle trabajo al consumidor compulsivo (si los anarquistas Crass no tuvieran alergia a los abogados, podrían haber financiado su comuna hasta 2045). Hoy son las ‘bombers’, que van desde los dos mil quinientos euros de la versión de Gucci hasta los apenas veinte euros que cuestan en Zara o H&M. Y mañana ya se verá. Las modas duran cada vez menos. Y nadie está a salvo de la voracidad del sistema: más allá del ‘punk’ y sus derivados, el movimiento ‘rasta’, el ‘grunge’, el ‘metal’ o el ‘hip hop’ también han caído en sus garras a lo largo de la última década. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez «¿Por qué llevas esa camiseta si no sabes qué significa?» al ver a alguien vestido con el logo de los Ramones o Nirvana?

Grace Coddington, la cara oscura de Anna Wintour a la cabeza de Vogue, ponía de manifiesto estas contradicciones en la Met Gala de 2013, rodeada de modelos luciendo parafernalia contestataria: «Me gustaría ver a auténticos ‘punks’ por aquí, auténticos ‘punks’ de la calle, pero dudo que les hayan invitado». La cara de la norteamericana Hilary Rhoda era un poema.

Tras casi cuatro décadas de implantación de los ‘skins’ en España, ahora una de sus prendas fetiche, la ‘bomber’, se ha convertido en la nueva ‘blazer’ de moda, el complemento estrella de la temporada. La «chaqueta del 2016», según El País (asociándola equivocadamente con el movimiento ‘rockabilly’), ha sido elevada a los altares de la comercialidad más banal por marcas como Louis Vuitton o Gucci y alabada por ser sinónimo de un «’look’ fresco, juvenil y ‘supercool’» (sic). Una tendencia que riza el rizo cuando se complementa con «botas y gafas estilo aviador. Perfectas para lucir igual de ‘glam’ que las estrellas». «¡Oh, Gucci, sinceramente nos habéis robado el corazón!», exclamaban con entusiasmo en la versión británica de la revista Marie Claire, admirados ante tamaña aberración. Pero no eran corazones de lo único de lo que Gucci se había apropiado.

Quedan muy lejos aquellos años en los que los ‘skinheads’ merodeaban por las discotecas pijas de Barcelona para sustraer las ‘bombers’ que lucían aquellos que pretendían usurpar su imagen. Hoy en día no darían abasto.