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sábado, 9 de noviembre de 2024

#hemeroteca #identidades | 'Neochulapismo', la estrategia del PP de Madrid que se apropia de la tradición para convertirla en "antiprogre"

Esperanza Aguirre, vestida de chulapa, en San Isidro //

'Neochulapismo', la estrategia del PP de Madrid que se apropia de la tradición para convertirla en "antiprogre

“La política es un juego de máscaras. Aguirre supo representar su papel y ahora Ayuso imita su acento castizamente impostado”, apunta el sociólogo Emmanuel Rodríguez, mientras la periodista Raquel Peláez cree que esta corriente “funciona como reacción a la existencia de otros nacionalismos”
Guillermo Hormigo | El Diario, 2024-11-09
https://www.eldiario.es/madrid/somos/neochulapismo-estrategia-pp-madrid-apropia-tradicion-convertirla-antiprogre_1_11762152.html

En su repaso a la visita de varios políticos a la Pradera de San Isidro en 2007, durante la precampaña de unas elecciones autonómicas y municipales en Madrid que volverían a encumbrar al PP de Madrid, la periodista Ruth Toledano (que dos años después se convertiría en la primera mujer nombrada cronista de la Villa) analizaba la extensión del término “parpusa” para referirse a la gorra chulapa.

Toledano contrasta en su análisis los usos y costumbres del por entonces alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón, con los de la expresidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre: “Gallardón, que es un populista de primera, pasó de usar parpusa. El gran contemporizador dijo que no le gusta ponerse trajes que no lleva habitualmente. Y el caso es que lleva razón, porque esto parece un circo. Esperanza apareció embutida en un disfraz de chulapona al que solo le faltó la pañoleta (o como quiera que se llame en castizo ese trapo a la cabeza)”.

“Lo castizo no es solo lo folclórico. Es una manera de estar en la ciudad, tanto del pueblo como de la aristocracia, clasista y a la vez populachera”, explica el sociólogo e historiador Emmanuel Rodríguez para diferenciar la utilización de esta identidad por parte de los sectores populares frente a la que hacen figuras políticas como Aguirre. Para Rodríguez, en conversación con Somos Madrid, “la política es un juego de máscaras” en el que Aguirre “supo representar su papel”.

Un juego que ahora “Ayuso imita e incorpora”. Según el autor de ‘El efecto clase media. Crítica y crisis de la paz social’ (2022), la actual presidenta del Gobierno regional toma de su predecesora elementos como “un acento castizamente impostado”. Pero ya no desde la posición de las élites que se dirigen al pueblo, sino desde un discurso diseñado para apelar directamente a las clases medias asimilándose con ellas.

“Ayuso no es trumpismo, sino la evolución de una corriente previa, la de los ‘neocons’ madrileños de Aguirre. Es la última entrega de los neoconservadores madrileños, el gran laboratorio del PP de los años noventa, y de nuevo la versión triunfante del PP, terminados de aguar los rescoldos del 15M y los recuerdos de la corrupción popular”, escribía Rodríguez en un análisis del neoconservadurismo madrileño.

El sociólogo traza las líneas maestras de esta corriente: “Se caracterizan por su orientación atlantista, anticomunistas, neoliberales en lo económico, conservadores en lo político, liberales a medias, privatizadores redomados, pero también estatalistas en la protección de sus clientelas sociales: contradicciones andantes y cambiantes según quien habla, según a quién se dirijan. Hay un exceso de ideología, de movilización, de teatralización, un exceso tras otro exceso. El rasgo más definitorio de los ‘neocon’ es su estilo: agresivo, sólido, correoso. Las patocherías de Ayuso son menos una provocación, que un arte: estar siempre en el centro de los medios, en el centro de las conversaciones, en las redes sociales y en las cafeterías”.

El “procesismo” madrileño
Rodríguez desgrana la aplicación de este mismo prefijo ‘neo-‘ al ‘chulapismo’: “Hay un componente antiprogre, de soberbia y suficiencia moral frente a la supuesta hipocresía de una izquierda que se dirige a la clase obrera pese a provenir de esas mismas clases medias que Ayuso”. Cree que la dirigente madrileña “ha sabido representar su papel, asumir el conflicto y hacer como que habla con franqueza”. Una “especie de honestidad, por mucho que sea igual de impostada que las formas de otros políticos, que también explica por ejemplo el éxito del primer Podemos”.

Ese “asumir el conflicto” del que habla el también editor de Traficantes de Sueños se materializa a través de la exacerbación de la identidad madrileña, que funciona a modo de “afirmación de los intereses locales frente a lo que tiende a venderse como un asedio de Catalunya”. Una identidad que busca asimilarse a la nacional, a la española, y en contraposición con el nacionalismo catalán. “El procesismo de Ayuso consiste en enfrentar una fábula con otra fábula: el nacionalismo catalán con el orgullo madrileño, el despecho periférico a los capitalinos con la apología de la ‘xuleria madrilenya’, el odio al Madrid facha con la celebración del Madrid liberal. Todo muy emocional”, escribía Rodríguez.

Un nacionalismo “a la madrileña” que intenta construir una identidad para luego hacerla pasar por el epítome de lo español. Es lo que sostiene Raquel Peláez, periodista que ha publicado recientemente con la editorial Blackie Books el libro ‘Quiero y no puedo: una historia de los pijos de España’. “Ese nacionalismo madrileño funciona a modo de reacción a la existencia de otros que ya existían. Pero es descabellado darle connotaciones nacionalistas a lo madrileño, que no es una nación histórica”, apunta en declaraciones a este periódico.

“Lo vemos en esa transformación semántica del uso madrileño (o de algunos sectores madrileños) de la palabra ‘libertad’. La libertad se convierte en mezclar sin vergüenza ninguna los recursos públicos con los privados”, critica Peláez, en una frase que recuerda a la de “estatalistas en la protección de sus clientelas sociales” que describía Emmanuel Rodríguez. “Es decir, la libertad pasa a ser una especie de permiso para hacer el mal o contravenir las normas. Como si la libertad fuera disfrutar haciendo maldades”, expone la periodista.

Un “malismo” (como se bautiza a esta corriente en el nuevo libro de Mauro Entrialgo) cuyas formas van mucho más allá de la política. Sirve de ejemplo la apuesta por los negocios con nombre y estética canallita que proliferan en la capital, especialmente en distritos con solera como Chamberí, justo el mismo del que es originaria y residente Isabel Díaz Ayuso.

Raquel Peláez distingue eso sí estos negocios que hasta presumen de su origen pijo de aquellos castizos o populares: “Los nombres comerciales de los lugares castizos suelen destacar cualidades positivas (La Imperial, La Graciosa...). Ahora los nuevos negocios un poco más y te insultan a la cara”: La Malcriada, La Chunga, Bellaco Mida... En una línea similar se mueven los locales con juegos de palabras chabacanos, como el ya desaparecido La Polla del Pollo en la calle de Zurbano.

“En España hay una larga tradición de pijos canallas, y todavía sigue: los pijos de más alta alcurnia, aristócratas por ejemplo, ya tienen su destino escrito. En cierto modo, una persona llana es más afortunada, pues tiene más libertad de elección, y muchos pijos se rebelan contra esa predeterminación a través del ‘canallismo’, la transgresión”, afirmaba en el mismo sentido Iñaki Domínguez en un artículo de El País. Una forma de rebelarse ante la nada, de inventarse una opresión cuando nada oprime.

'Neochulapismo' de izquierdas
Emmanuel Rodríguez situaba “la hipocresía de la izquierda”, o al menos la sensación que pueden transmitir esas formaciones, como una de las claves del rédito electoral que logra la “franqueza” de Ayuso, por mucho que pueda ser una sinceridad diseñada y escenificada. Raquel Peláez recuerda en este sentido el papel clave que Más Madrid otorgó y otorga también a lo castizo, un “’neochulapismo’ con uso folclórico amable”. Menciona, como ejemplo, la tipografía del partido inspirada en los carteles del Madrid antiguo.

Para Peláez, esta estrategia “luego se ha violentado a través de una maniobra concienzuda de la derecha por transformar ciertos símbolos en una reacción frente a otros nacionalismos”. Sugiere incluso que “los trajes regionales de lagarterana o de maragata son un invento para desplegar un imaginario que no existía”.

Entonces, ¿todo lo castizo es impostado? Raquel Peláez encuentra su refugio de chulapismo sincero en las Bodegas Alfaro. Esta taberna centenaria de Lavapiés, fundada por la familia Alfaro a principios del siglo XX y actualmente regentada por Ángel Rodríguez, es una institución del tapeo español. Una consideración lograda gracias a una carta que incluye exitazos como la melva con pimientos, el solomillo en aceite, la sardina ahumada, las chacinas ibéricas, el queso manchego, los boquerones en vinagre, el salmorejo, la cerveza de barril o el vermut. Un local que mantiene la estética de sus comienzos, aunque sus actuales dueños le dieron un pequeño lavado de cara ampliando el espacio y dejando ver en algunos rincones la piedra sobre la que se construyó.

Peláez también reivindica La Pradera. Una explanada que cada año toman jóvenes de botellón, decenas de puestos de feriantes o familias humildes y en una gran proporción de origen migrante. “Es muy difícil convertir La Pradera en la Feria de Abril”, sentencia. Claro que por allí también pudo verse este año a Mario Vaquerizo, que actuó con su banda Nancys Rubias a cambio de 30.000 euros pagados por el Ayuntamiento de Madrid. Todo ello un año después de protagonizar el anuncio más representativo del Madrid castizo de las élites. Ayuso adjudicó cuatro contratos a dedo para el anuncio de promoción de Madrid, que costó 54.268 euros de los que Vaquerizo cobró 13.310 euros. El ‘neochulapismo’ canalla no es solo ideológico, también se paga. 

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https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2024-06-14/escritor-neochulapo-culturas-regiones_3894176/ 

miércoles, 30 de enero de 2019

#hemeroteca #ideologiadeodio | ¿Por qué la extrema derecha está obsesionada con la “ideología de género”?

Imagen: ctxt / Marcha de mujeres en Washington, 1970-08-26
¿Por qué la extrema derecha está obsesionada con la “ideología de género”?
El objetivo de los neocon es integrar amplias capas sociales descontentas con el sistema otorgándoles un estatus en el orden sexual y racial, un sentido de pertenencia que el sistema económico les roba.
Fernanda Rodríguez | ctxt, 2019-01-30
https://ctxt.es/es/20190130/Politica/24099/Fernanda-Rodr%C3%ADguez-sistema-neocon-idelogia-de-genero-Dworkin-y-MacKinnon-pornografia.htm

Hace más de una década que eso que llaman ideología de género está en el punto de mira conservador. Es un ataque a la teoría queer pero sobre todo al feminismo. Los neocon –Vox y una facción importante del PP– se erigen en punta de lanza de ese antagonismo. Esta obsesión por vertebrar la política en torno de la naturaleza de los sexos sería extraña si no respondiera a las necesidades estratégicas del proyecto neocon (o si se concibiera la política como conflicto de clase desconectado de eso que antes se llamaba “superestructura” –ideología, cultura, etc.–). Entender en qué consiste dicha maniobra política es básico para saber qué hacer y qué no en esta confrontación.

En la época del auge de los fascismos se trataba de generar un bloque social que integrase a la clase trabajadora autóctona, sobre la base de la cohesión del cuerpo sano de la nación. Una nación compuesta por cuerpos reales, normalizados, de buenas costumbres frente a la amenaza bolchevique –en medio de un impostado pánico rojo, pues tanto en Europa como en Norteamérica las organizaciones obreras estaban debilitadas, y se podría decir, derrotadas. El derrocamiento definitivo requería atraer al pueblo llano mediante operaciones culturales a las posiciones e intereses de la clase dominante. Tenían mucho más de revolución conservadora –en el caso europeo– y de ataque preventivo –en el estadounidense– que de reacción a una inminente revolución obrera. No obstante, sirvieron de barrera a la expresión del conflicto de clase.

El surgimiento neocon
Los neocon nacieron en Estados Unidos en la segunda mitad de los 70 y vuelven a esas fuentes con un propósito: reactualizar la estrategia de integración de los estratos populares por medio de una división fantasmática en bandos, la América popular y originaria y sus enemigos sexuales y raciales. La gran contestación anticapitalista que había recorrido tanto el Occidente rico como el amplio mundo sometido al colonialismo y al imperialismo había sido ya derrocada y una vez más, solo se trataba de rematar esa derrota. Con razón esa estrategia fue denominada por Thomas Frank el “contragolpe” o por Finkielkraut –otro de los estudiosos de este fenómeno político– la “revancha”. Ambos señalan que el escenario preferido de sus tácticas de movilización fue paradójicamente la cultura, la guerrilla cultural, y no la clase.

En ese tiempo, hicieron también su aparición los movimientos provida, y parecieron resurgir de sus cenizas todas las obsesiones en torno a la sexualidad y a la naturaleza de los sexos: los discursos de retorno al hogar y de protección de las mujeres, la homofobia más plena de odio –acrecentada además con la emergencia de la pandemia del sida–, la recuperación de las raíces cristianas y el puritanismo moral.

Podemos recordar un curioso episodio no mayoritario dentro del feminismo y contestado por él, pero muy significativo, cuyo foco de atención era la violencia contra las mujeres. Me refiero al protagonizado por las feministas radicales MacKinnon y Dworkin, quienes se aliaron con la Administración Reagan –de signo parcialmente neoconservador–, a fin de censurar la pornografía que entendían como parte de la cultura de la violación mediante la promulgación de una legislación prohibicionista. El diagnóstico ha tardado tiempo en ser compartido, pero las consecuencias prácticas que sacaron Dworkin y MacKinnon eran a todas luces erradas. Al hacer de la pornografía la expresión de una realidad propia del espacio público, convirtieron este en un peligro, alimentando así los discursos de protección de las mujeres que debía ser relegada a la esfera doméstica –por su propio bien–. Entraron de pleno entonces en la esfera de los intereses neocon.

¿Por qué aceptaron esa alianza Dworkin y MacKinnon? Podrían no haberlo hecho. Podrían haberse centrado en la desigualdad económica y en la necesidad de autonomía que permite fugarse de la violencia. O quizás en la valorización del trabajo de cuidado concebida como cuestión social y por tanto común, lo que en buena lógica supondría el socavamiento de la división sexual del trabajo y de sus efectos en el mercado laboral. Esto también tendría consecuencias en la desgenerización como horizonte. Sin embargo, la línea del feminismo materialista que en los años 70 era dominante, no fue continuada por ellas cuando se decidieron por una lucha procensura en relación a la pornografía. ¿Qué las empujó hacia esa extraña coalición con los conservadores? ¿Había allí también un intento de mantener y conservar un sujeto 'mujer', de fronteras fijas, inamovible? Este episodio del feminismo norteamericano es revelador.

Traído al presente podemos decir que también se nos plantean algunas preguntas: ¿cuánto tiempo perdurará la resistencia interna del feminismo al punitivismo que alientan los conservadores? Y sobre todo, en caso de mantenerse el antipunitivismo feminista firme y sin fisuras, ¿podrá convencer al resto de la sociedad?

En cualquier caso, centralizar la cuestión de la desigualdad únicamente en la violencia sexual tiene unos costos políticos previsibles que se evidencian ya en signos preocupantes, como la defensa de la exclusión de las mujeres trans del feminismo. Esta exclusión es imposible de justificar sobre la base de argumentos lógicos pero sí identitarios. En ese corporativismo excluyente, replegado en la identidad biológica, y con la que se teme arriesgar la posición de sujeto, se renuncia a hacer del feminismo una potencia transformadora. Se renuncia a su pretensión hegemónica, pues la hegemonía consiste en la apertura de un elemento concreto de conflicto a un plano de significación universal y en ganar predominio en dicha apertura. Ésa es la forma modernamente heredada e insoslayable de la política. Por ello, renunciar a una apuesta hegemónica es renunciar también a constituirse en sujeto político.

En esos términos, no se trata de salvaguardar una identidad “mujer” sino de asumir que el feminismo contiene en su reivindicación de los cuidados una potencia que no sería susceptible de ser atrapada en el lazo neoconservador. Se trata por tanto de la transformación de lo que hoy es ser hombre y ser mujer, porque el feminismo es cambiar lo que se concibe como sujeto político; supone rehacer el vínculo social en torno a la cuestión vital de la reproducción social de la vida, puesta seriamente en riesgo por el capitalismo financiero. Esto es urgente y beneficioso para todos (también para los varones) y lo más desestabilizador para el proyecto neoconservador, que es capitalista.

Por el lado neocon, las denuncias a los varones mediante el recurso a la Ley de Violencia de Género en realidad es para ellos una preocupación superficial. Podrían haber abierto el debate a reformar ley, sus protocolos y mecanismos jurídicos, sin derogarla (pues no se puede negar una violencia específica hacia las mujeres con más de 900 asesinadas desde 2003). Esto es, sin necesidad de hacer una enmienda a la totalidad en cuanto que instrumento legal de una venenosa “ideología de género”. De hecho, este “pasarse de frenada” con la cuestión sexual visibiliza a la ultraderecha, pero no permite producir las alianzas y los consensos necesarios para hacer útil el voto protesta que movilizan en términos de pactos de gobierno.

No obstante, este exceso tan poco medido con respecto del feminismo sería incomprensible si no latiese en su fondo el deseo de vertebrar la hegemonía de la clase dominante sobre el resto de la sociedad en torno a un masculinismo herido. Procura con ello integrar amplias capas sociales razonablemente descontentas con el sistema otorgándoles un estatus en el orden sexual y racial, una dignidad y sentido de pertenencia, que el mismo sistema económico que quieren preservar les roba. De ahí la estúpida retórica antisistema de una gente neoliberal y absolutamente sistémica. Sin esa función reguladora y de cohesión en torno a la idea de nación y de normalidad sexual que le es propia, este clamoroso resentimiento masculinista no conformaría el núcleo duro de un discurso político que va de USA a España pasando por Brasil.

Es preciso por tanto no olvidar la razón de esta molestia profunda, a saber: la pérdida de centralidad de la masculinidad en tanto que forma de cohesión de clase. Dicho malestar se produjo ya en el espectro conservador a causa de la huelga feminista de 2018 sin que tuviera un protagonismo exclusivo la violencia sexual. Olvidar el vínculo de esa centralidad masculina con una cultura de clase es sencillamente echar en olvido la causa real de la confrontación, cuyo fondo es la clase, y permitir desplazarla hacia cuestiones puramente securitarias que retroalimentan al sujeto político conservador como ordenador y vertebrador de lo social. Lo que resultó perturbador del pasado 8M no fue un programa, absolutamente necesario y aún por hacer, sino sencillamente la posible hegemonía en el campo social de un feminismo de clase, anticapitalista. Pues así de central y de transformador es hoy el feminismo. Y de urgente. Si queremos, la tumba –no reactivamente, sino a la ofensiva– del proyecto conservador.

Fernanda Rodríguez. Filósofa especializada en temas de género.