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lunes, 29 de enero de 2018

#hemeroteca #violencia #memoria | ¿La batalla del relato?

Imagen: El Confidencial / Maite Pagazaurtundua, hermana de Joseba
¿La batalla del relato?
Sería ingenuo pretender que en este empeño de contar qué fue el terrorismo nuestro trabajo no tiene una potencial lectura política. ETA quiso imponer mediante el asesinato un proyecto totalitario.
Raúl López Romo | El Correo, 2018-01-29
http://www.elcorreo.com/opinion/batalla-relato-20180129203938-nt.html

La expresión ‘batalla del relato’ ha hecho fortuna en los últimos años, coincidiendo con el final del terrorismo de ETA y con la consiguiente revisión de lo sucedido en las últimas décadas en Euskadi. Políticos, periodistas, académicos o activistas de diferentes organizaciones han recurrido a ella. Nadie niega que es expresiva. No obstante, en estas líneas expondré las dudas que me genera su uso y haré un llamamiento a cambiar el léxico, que nunca es inocente.

Mi primera objeción tiene que ver con sus resonancias guerreras. No es de extrañar que la metáfora, o alguna de sus variantes, haya sido esgrimida por destacados miembros de la izquierda abertzale como Arnaldo Otegi, Hasier Arraiz o José Mari Esparza. Ahora bien, aquí, contra lo que defiende el nacionalismo vasco radical, no ha habido una guerra. Por tanto, ahora no estamos asistiendo a un ‘proceso de paz’, sino al cese del terrorismo, forzado por varios factores, entre los que destacan la presión policial y el rechazo de la mayoría de la sociedad al empleo de la violencia en política. Por eso sorprende la facilidad con la que hemos asumido otro término batallero. Máxime cuando los protagonistas de este nuevo periodo ya no son policías que detienen comandos dispuestos a atentar, sino, entre otros, universitarios ‘armados’ de bolígrafos y ordenadores.

El segundo reparo tiene que ver con esto último. Paradójicamente, con esa afición por las alegorías épicas quizás estamos haciéndole el juego a los seguidores de la teoría del ‘conflicto’. Podría pensarse que si hay una batalla es porque hay dos bandos con igual estatus de contendientes. Y no. Hablar de «la batalla del relato» pone las cosas demasiado fáciles a los tibios que se ubican en una cómoda equidistancia entre el Estado democrático y el mundo de ETA. No obstante, se puede rechazar el terrorismo con toda contundencia sin necesidad de comprender las cosas en términos de trincheras opuestas. La realidad, efectivamente, es más compleja que cualquier esquema maniqueo y los académicos no somos tropas auxiliares de los que pretenden simplificarla. A los indecisos no los convenceremos a toque de corneta. Habrá que procurar hacerlo explicando con rigor qué ocurrió, sin eufemismos, sin partidismos y sin constructos que así lo parezcan.

Esto nos conduce a la tercera observación. Se ha dicho que este es tiempo de historiadores. Tiempo de contar en el sentido aritmético y en el sentido narrativo, según una acertada frase de Antonio Muñoz Molina. Pues bien, los historiadores no somos fiscales, ni tampoco generales de batallas imaginarias. Nuestro cometido es otro, más prosaico si se quiere, pero no exento de una función social. Lucien Febvre lo resumió en pocas palabras: comprender el pasado y hacerlo comprender a nuestros conciudadanos. Con sus claroscuros, con honestidad y tomando distancia. Sería ingenuo pretender que en este empeño de relatar qué fue el terrorismo nuestro trabajo no tiene una potencial lectura política. ETA quiso imponer mediante el asesinato un proyecto totalitario. Fue, de largo, la organización terrorista que más mató, la que más duró y la que contó con mayor apoyo social en (una parte de) España. Junto o frente a ella, otras bandas recurrieron a la violencia, eligiendo hacer política por la vía más brutal. Ubicar a ETA y a esas otras organizaciones terroristas en el lugar histórico que les corresponde contribuye a deslegitimarlas.

Otra cosa es proceder al albur de una ideología determinada, lo que nos llevaría a caer en una mala praxis. Lucien Febvre puso el título ‘Combates por la historia’ a su obra en la que reflexionó más sobre su profesión. Esta es, en todo caso, la labor que nos corresponde emprender: por la historia. Para realizarla lo mejor posible hemos de atender al testimonio tantas veces silenciado de las víctimas del terrorismo, donde se resume una tragedia que nunca debió comenzar y que no debemos permitir que nadie blanquee.

La función del historiador, tal como yo la entiendo, no es llamar a filas para luchar en una ‘batalla del relato’, sino pensar y hacer pensar, lo que también vale para otros creadores, novelistas, cineastas, dramaturgos, fotógrafos… que están ocupados en similares tareas. Si asumimos que hay una batalla por el relato que enfrenta a historiadores profesionales contra publicistas radicales, damos visibilidad a los últimos y sugerimos implícitamente que, aun estando en las antípodas, son nuestros iguales, cuando resulta que los primeros hacen ciencia y los segundos propaganda (y no cualquiera, sino una orientada a ensalzar a ETA). Hay un necesario y sano debate entre diferentes maneras de abordar nuestro pasado. El relato no puede ni debe ser único; de hecho, ya es plural. Mas no debe haber cabida para la versión que pone en el mismo plano a las víctimas y a sus verdugos. Esto es una indignidad contra la que hay que actuar, sencillamente, buscando contar la verdad.

Y TAMBIÉN…
"Apoyé al monstruo (ETA): me arrepiento de mi cobardía, silencio y falta de humanidad".
Un vecino de Andoáin pide "perdón" a la familia de Pagazaurtundua por su actitud durante "los años de la vergüenza" en un escrito remitido al buzón dedicado a la memoria del que fuera jefe de policía.
José Mari Alonso | El Confidencial, 2018-01-30
https://www.elconfidencial.com/espana/pais-vasco/2018-01-30/cartas-buzon-pagazaurtundua_1512150/

miércoles, 19 de octubre de 2016

#hemeroteca #violencia | Cinco años 'de paz'

Imagen: El Diario
Cinco años 'de paz'.
Han pasado demasiadas cosas como para que ahora nos traguemos que todos hemos sido víctimas y culpables en cierto grado, así que todos deberíamos hacer autocrítica.
Raúl López Romo - Centro para la Memoria de las Víctimas del Terrorismo | El Diario, 2016-10-19
http://www.eldiario.es/norte/vientodelnorte/Cincvo-anos-paz_6_571202889.html

Si tomamos al azar un periódico de hace más de cinco años, al hojear su contenido encontraremos pasajes como este:

“Ambos profesores fueron los destinatarios de un sarcástico “comunicado sentimental de los intelectuales” difundido en el campus de Vitoria por Jarrai. En castellano se les acusaba de “españolazos” y “traidores”. El final del texto, redactado en euskera, advertía: “las agujas del reloj marchan hacia adelante. El tiempo se está acabando”. A Portillo se lo han recordado recientemente en una nota dejada en su despacho: “Tu vida ha empezado la marcha atrás. Vete mientras te quede tiempo” (El País, 14 de junio de 1998).

Como tantos otros amenazados por ETA, Txema Portillo y Jon Juaristi, los profesores a los que alude la cita, se vieron obligados a exiliarse. Los cinco años que han transcurrido desde el “cese definitivo” del terrorismo de ETA nos han alejado de situaciones como la descrita. No obstante, en el País Vasco sigue existiendo una amplia cuadrilla de fanáticos cuya actuación recuerda a la de las escuadras fascistas de las décadas de 1920 y 1930. Véase la reciente agresión de una turba contra dos guardias civiles y sus novias en Alsasua o el destrozo en marzo de este año de la biblioteca del campus de Álava de la Universidad pública vasca (el mismo campus que aparece mencionado más arriba). La “izquierda abertzale” ha sembrado el odio durante décadas. No es de extrañar que sus secuaces más brutos no hayan interiorizado aún lo del “nuevo tiempo ilusionante” y les dé por apalear a un “enemigo del pueblo” o por destrozar bienes públicos, como les enseñaron que debían hacer si ellos también querían ser considerados héroes y tener sus fotos colgadas en el altar de la ‘herriko taberna’.

Puedo poner otro ejemplo que conozco bien. Hace un año y medio alguien dedicó unos minutos de su existencia a pintar dos veces una amenaza, en la casa de mis padres y en la acera junto al negocio de mi aita: “Raul entzun, gora ETA” (Raúl escucha, viva ETA). Ese Raúl soy yo y esa ETA es la que ha matado a 845 personas y herido a más de 2.500, 709 de las cuales sufrieron gran invalidez. Debemos pensar en todas y cada una de las vidas truncadas que hay detrás de las frías cifras. Ignorar a las víctimas en nombre del “nuevo tiempo” que vive el País Vasco supone dejar tiradas a miles de personas para las cuales el terrorismo no es un mal recuerdo, sino una realidad que las marcó para siempre, hasta hoy. Historia y memoria, mucha historia y mucha memoria es lo que necesitamos.

Mi aita borró la pintada de su negocio con un estropajo y aguarrás. Luego tapó la otra pintada, la de su casa, con unos brochazos de pintura del mismo color que el usado por quienes nos quisieron dejar marcados. Solo después de su operación de limpieza me informó de lo que había pasado. No satisfechos con su valerosa acción nocturna, al cabo de unos días volvieron a las andadas. Esta vez fueron más explícitos: “Argi ibili” (ten cuidado), escribieron.

Con estas líneas quiero animar a los amenazados, a las víctimas, a seguir dando a la luz sus valiosos testimonios, tal como hizo Íñigo Domínguez hace poco en Jot Down (“Viviendo con los etarras”). También quiero rememorar a la buena gente que hizo frente al terror en los “años de plomo”. Han pasado demasiadas cosas como para que ahora nos traguemos que todos hemos sido víctimas y culpables en cierto grado, así que todos deberíamos hacer autocrítica. Entre los justos y los injustos se abre un profundo abismo: el de la responsabilidad moral. Ni toda la retórica beata del mundo podrá salvar esa distancia sideral.

En el País Vasco ha habido un ataque contra la libertad que se ha prolongado hasta ayer y que aún hoy da coletazos contra alguna de las categorías sociales estigmatizadas: policías, militares, jueces, políticos, periodistas, profesores e intelectuales no nacionalistas, funcionarios de prisiones, etc. Todos eran víctimas potenciales de la pena de muerte. Cerca de 1.000 personas (concejales, empresarios, fiscales…) llegaron a llevar escolta simultáneamente (en el año 2002) para garantizar su seguridad.

Las cifras que aquí aporto de víctimas mortales, heridos o escoltados provienen de un libro de historia que escribí en 2015: ‘Informe Foronda: los efectos del terrorismo en la sociedad vasca’. Al publicarse sus resultados, algunos quisieron ventilar de un plumazo la rotundidad de los datos: “Argi ibili”. En suma: estamos ante la simplicidad de la consigna agresiva frente a la complejidad de la investigación académica. Joseba Arregui propone que el futuro Memorial para las víctimas del terrorismo en Vitoria recoja una idea que va en esa misma línea: un montaje audiovisual muestra un parlamento en el que se suceden los debates, el diálogo, el intercambio de opiniones diferentes. Una de las voces empieza a cobrar protagonismo, a elevarse por encima de las demás. Al final todos callan porque el chillón pone una pistola encima de la mesa. Esto refleja la tensión entre, por un lado, la pluralidad de toda sociedad moderna y, por otra parte, la brutalidad de la fuerza a la que algunos nos quisieron someter. Parafraseando a Kepa Aulestia, ya no se puede temer igual a una organización terrorista que no dispara más que comunicados, aunque también es cierto que se sigue callando, bajando la voz o mirando bien con quién se habla de ciertos temas.

Jean Améry, judío superviviente de Auschwitz y Buchenwald, dedicó algunas de las páginas más impactantes de sus memorias, ‘Más allá de la culpa y la expiación’, a relatar las torturas que sufrió a manos de la Gestapo tras ser detenido en Bélgica como miembro de la Resistencia. Para Améry esas torturas no eran simplemente una excrecencia del nazismo, una herramienta solo útil para mantener el control social y la seguridad del Estado, sino que eran la misma esencia del régimen nacionalsocialista. Los golpes e insultos, en suma, la deshumanización de las víctimas, era el concentrado que mejor resumía aquel sistema perverso. De igual modo, aunque nos hemos acostumbrado a contemplar el atentado terrorista como la actividad más extrema (y por tanto podría pensarse que la más aislada y excepcional) del nacionalismo radical, lo cierto es que el llamado MLNV se estructuraba en torno a la comprensión, legitimación y protección del terrorismo y de quienes lo ejercían: su “vanguardia armada”. El meollo del MLNV está en la bala que un fanático metía en el buzón de un concejal socialista o popular, o en la nota que alguien dejaba sobre la mesa del despacho de un profesor universitario apremiándole a que abandonara Euskal Herria.

No es ocioso tener presente todo esto ahora que llegamos a los cinco años “de paz” y ETA es una organización con una presencia operativa insignificante. Lo que no es irrelevante es su larga trayectoria de terror, que es preciso conocer con el máximo rigor, algo que compete en primer lugar a unos transmisores de verdades incómodas: los historiadores.

Tras años de exilio forzado Txema Portillo sigue con su profesión y hoy vuelve a impartir clase en el campus de Vitoria.

Y TAMBIÉN…
Florencio Domínguez: "Comparando el final de ETA con las FARC o el IRA, aquí ganamos por goleada".
El director del Memorial de Víctimas del Terrorismo Florencio Domínguez afirma que "son ETA y su mundo los únicos que viven esa ficción de negociar la entrega de las armas a cambio de sus presos y huidos y la desmilitarización". "En los buenos tiempos, ETA reclamaba paz por autodeterminación, luego fue paz por presos y ahora ya solo queda la paz por la RGI [Renta de Garantía de Ingresos]", sostiene. "El día que Noruega expulsa a los negociadores de ETA, en febrero de 2013, la estrategia de Aiete fracasa, después todo lo que ha hecho ETA es improvisar", describe. "ETA es una olvidada social, la sociedad vasca se ha olvidado de que todavía ETA existe".
Aitor Guenaga | El Diario, 2016-10-19
http://www.eldiario.es/norte/euskadi/terrorismo-memoria-ETA-FARC-IRA-presos-cinco_anos-victimas_0_571143057.html

miércoles, 18 de noviembre de 2015

#hemeroteca #libros #historia | Tras Franco, ¿de quién era la calle?

Imagen: El Diario / Fotografía de Mikel Alonso
Tras Franco, ¿de quién era la calle?
Raúl López Romo | El Diario, 2015-11-18

http://www.eldiario.es/norte/vientodelnorte/Franco-calle_6_453264680.html

Se ha dicho que vivimos en la era del testigo. Esto tiene mucho que ver con la exaltación de la memoria, que no tiene por qué ser perniciosa, salvo, entre otras cosas, si se construye por oposición a la historia académica. “El que vio y vivió para contarlo” es necesario para dar cuenta, por ejemplo, de las atrocidades del siglo XX. Primo Levi es el arquetipo de esto (su trilogía sobre Auschwitz es un trabajo monumental e imprescindible), aunque para él los testigos más fidedignos, los que conocieron el horror en toda su inmensidad, fueron los que entraron en las cámaras de gas, es decir, los que no volvieron y callan para siempre.

Aparte, uno, como historiador, no puede evitar señalar que en nombre de la memoria se dicen muchas simplicidades, y que abundan los testigos que, ante un mismo hecho, según el modelo de gafas que gasten, ven cosas opuestas o no ven nada. Valga la muestra: unos recuerdan que la Transición fue un tiempo en el que Euskadi vivía bajo un estado de excepción no declarado, en el que las tanquetas de la Policía se enseñoreaban de las calles. Otros sostienen que por aquel entonces los policías eran unos pobres diablos que vivían en barrios muy humildes, expuestos a los atentados de ETA y aislados del resto de la población, que los despreciaba. Solo esto ya da que pensar sobre esa sentencia tan castiza, que se emplea como argumento de autoridad con excesiva frecuencia: “yo estaba allí; yo sé lo que pasó”. Ojalá fuera así de fácil. En realidad, las fuentes orales son más valiosas para reconstruir narrativas subjetivas que para obtener datos incontrovertibles.

En sus memorias, Stefan Zweig narra un episodio iluminador. Durante un viaje suyo a Viena en los convulsos años 30, estallaron en la capital austríaca fuertes enfrentamientos entre los socialistas y las autoridades. A su vuelta a Salzburgo, donde residía, varios conocidos, creyendo estar ante un testigo ocular, le preguntaron qué había ocurrido. Zweig, con toda franqueza, contestó: “no lo sé; mejor cómprense un periódico extranjero”. Necesitamos testigos e historiadores honestos. Lo importante es identificarlos.

Acaba de ver la luz un libro sobre la Transición en Euskadi, publicado oportunamente a los 40 años de la muerte de Franco, tras los otros 40 años que duró su dictadura. Antonio Rivera y Santiago Burutxaga, dos protagonistas de aquellos años de intenso y acelerado cambio, firman el prólogo y el epílogo respectivamente. Como Zweig, ambos reconocen, cada uno a su manera, que su experiencia directa llegó hasta donde llegó, a un ámbito limitado, y que otra cosa es lo complejo de la realidad. Rivera, consagrado historiador aparte de testigo (y esta doble cualidad confirma que las cosas no son blanco o negro), escribe que, aunque entonces no lo vieran, “no estábamos solos (…) junto a los miles de entregados pasionales estaban también los no partidarios, los que habían defendido la dictadura…”. Y Burutxaga remata la idea: “la mía es la transición de las trencas y las barbas, las primeras feministas y los puños en alto. Una de las muchas tribus. Antes de que se me olvide, es necesario confirmar que la mayor parte de la población estaba en otras cosas”.

‘La calle es nuestra’ se nutre de las fotografías de Mikel Alonso y de los textos de un historiador, Gaizka Fernández Soldevilla, que nació en 1981, cuando la transición terminaba. Su relato, que calificamos como desapasionado (ya que sabemos que “objetivo” es una meta tan noble como imposible), es el complemento perfecto a la pasión que traslucen las imágenes de Alonso. El resultado, la combinación de palabras e instantáneas, es sumamente sugestivo, y lo es tanto para los jóvenes que quieren conocer los entresijos de un periodo hoy políticamente muy discutido, como para los veteranos que vivieron el momento y desean volver a asomarse a él por nostalgia, por ansias de saber más o para quejarse de que no aparece tal o cual episodio. Estos últimos lo van a tener difícil.

El libro reúne un completo ramillete de temas en torno a una idea principal, la de que, pese a los deseos del que en 1976 era Ministro de Gobernación, o sea, responsable de las Fuerzas de Orden Público, Manuel Fraga, la calle había dejado de ser suya (o sea, de las autoridades del Estado) para pasar a estar en manos de la gente corriente. Una versión canónica terminaría la frase diciendo que la calle pasó a ser de la gente corriente que reclamaba y construía las libertades. Una versión más compleja e incómoda, como la de Fernández Soldevilla, remarca que, junto o frente a estos últimos, la calle también fue disputada por liberticidas diferentes a los franquistas y sus epígonos, esta vez al grito de “ETA mátalos” y barbaridades similares, y que su matonismo les terminó generando jugosos réditos en términos de control social. Pero sería injusto y erróneo decir, como se ha dicho no pocas veces, que el monopolio de los movimientos alternativos era de signo nacionalista vasco radical. No hubo tal monopolio, y menos para lo que tiene que ver con las primeras fases de la Transición, en la segunda mitad de los 70, sino, como queda reflejado en la obra, una relación compleja y conflictiva.

El ecologismo, el euskera, el feminismo, el mundo obrero, y también episodios oscuros, como el terrorismo o los abusos policiales; todo ello conforma la espina dorsal de este libro, primorosamente editado bajo la batuta de Mikel Toral, otro testigo inquieto, a cuya labor de promoción cultural debemos la aparición de este precioso (y honesto, en todas sus facetas) volumen. Dice Susan Sontag que “las fotografías procuran pruebas. Algo que sabemos de oídas pero de lo cual dudamos, parece demostrado cuando nos muestran una fotografía”. Y más adelante Sontag añade que “en lo fundamental, tener una experiencia se transforma en algo idéntico a fotografiarla, y la participación en un acontecimiento público equivale cada vez más a mirarlo en forma de fotografía”. Sumando ambas afirmaciones, diríase que las fotos de Mikel Alonso son pruebas rotundas, poderosamente evocadoras de una experiencia determinada, la de los revolucionarios de izquierdas que querían transformar el mundo y sus circunstancias; mientras los textos de Gaizka Fernández completan la panorámica aportando datos, diferentes puntos de vista, matices e interpretaciones generales sobre cada asunto, lo que no es sino la labor bien entendida de un historiador solvente. No queda más que felicitarnos por el hecho de que estos profesionales de talla hayan unido sus fuerzas.

Mikel Toral (ed.), textos de Gaizka Fernández Soldevilla y fotografías de Mikel Alonso, con la colaboración de Antonio Rivera y Santiago Burutxaga: ‘La calle es nuestra: la transición en el País Vasco (1973-1982)’. Bilbao: Cultura Abierta, 2015. 242 pp.

jueves, 30 de junio de 2011

#articulos #historia | Una identidad emergente : el surgimiento del movimiento gay en el País Vasco de la Transición


Una identidad emergente : el surgimiento del movimiento gay en el País Vasco de la Transición / Raúl López Romo · UPV/EHU
En: Historia social, movimientos sociales y ciudadanía / Gonzalo Capellán, Roberto Fandiño y Julio Pérez Serrano (eds.). Instituto de Estudios Riojanos, Logroño : 2011 [06], p. 333-354
/ ES / Artículos / SH
/ EHGAM / Euskal Herria / Franquismo / Historia - Siglo XX / Transición
TEXTO COMPLETO | Academia
http://goo.gl/bMfB8J
Biblioteca UPV/EHU
http://millennium.ehu.es/record=b1725490~S1*spi

La Transición no fue sólo un periodo de importantes cambios políticos, sino también un tiempo de profundas transformaciones socioculturales, entre las que ocuparon un lugar importante diferentes aspectos relacionados con la homosexualidad. Este capítulo trata de dar respuesta a dos preguntas principales. Primero, ¿existió una forma de identidad «gay» en la Transición y, de ser así, cómo se formó y qué contenidos adquirió? En segundo lugar, ¿qué papel ejerció en ese proceso de construcción identitaria la aparición de unas organizaciones específicamente de gays y lesbianas en el País Vasco? A través de estas cuestiones se pretende profundizar en un problema que planteó el sociólogo y antropólogo francés Pierre Bourdieu: “¿cómo rebelarse contra una categorización socialmente impuesta [la homosexualidad] si no es organizándose en una categoría construida de acuerdo con dicha categorización, y haciendo existir de ese modo las clasificaciones y restricciones a las que pretende resistirse?”.

Buena parte del movimiento de gays y lesbianas3 se articuló a partir de los años sesenta del siglo XX, en el mundo occidental, en torno a una figura retórica consistente en la búsqueda de la exteriorización de la experiencia homosexual y la proclamación del orgullo, del "gay pride". Ese orgullo estaba en el centro de una nueva manera de comprenderse, que superase complejos y auto-opresiones y que además adquiriese un tono de reivindicación política. Argumentamos que el «orgullo» era el lazo de unión construido en clave positiva. Pero aún faltaba la fijación de otro nexo, esta vez en negativo, para señalar con nitidez aquello que se pretendía superar.

Relacionado con esto último, desde las organizaciones del movimiento de gays y lesbianas se comenzó a elaborar el concepto de «gueto» con un doble sentido: por un lado, como cárcel interior y, por otra parte, como reclusión en una serie de locales comerciales donde permanecer cómodos en compañía de personas de la misma orientación sexual pero, al mismo tiempo, separados del resto de la sociedad. Como consecuencia de esta crítica hacia la también llamada «jaula de oro», el «¡fuera del gueto!, ¡a la calle!» se convirtió en una consigna fetiche, cargada de connotaciones negativas hacia de la permanencia del homosexual en la autonegación y el aislamiento.

Ahora bien, cuando en el marco de la Transición apareció el primer movimiento de gays y lesbianas de la historia del País Vasco (compuesto por organizaciones como la Juventud Gay de Euskadi y, sobre todo, el Movimiento de Liberación Gay del País Vasco, EHGAM, "Euskal Herriko Gay Askapen Mugimendua"), muchos de sus participantes se mostraron reacios a que se les catalogase como homosexuales, por considerar que la orientación sexual de las personas no era motivo suficiente para clasificarlas. Más si cabe en un tiempo en el que la homosexualidad era castigada con penas de cárcel, terapias de conversión o reclusión en psiquiátricos.

Así, muchos de los activistas de las organizaciones del movimiento de gays y lesbianas en el País Vasco (y en toda España), se vieron abocados a una paradoja. Para hacer frente a las leyes discriminatorias y al estigma social que pesaba sobre las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo debían agruparse bajo una categoría que al mismo tiempo estaban tratando de eliminar por considerar que la separación dicotómica entre heterosexualidad –homosexualidad estaba en el origen de la represión que sufría esta última. Para ayudar a completar el contexto veamos primero cuál era la situación de la homosexualidad bajo el Franquismo y la Transición.

viernes, 30 de noviembre de 2007

#libros #historia | Del gueto a la calle : el movimiento gay y lesbiano en el País Vasco y Navarra, 1975-1983


Del gueto a la calle : el movimiento gay y lesbiano en el País Vasco y Navarra, 1975-1983 / Raúl López Romo.
Tercera Prensa, San Sebastián : 2008
208 p.
Colección: Gakoa Liburuak ; 3
ISBN 9788496993013
Homosexualidad
Movimientos sociales -- País Vasco
Movimientos sociales -- Navarra
País Vasco -- Condiciones sociales -- Siglo XX
Navarra -- Condiciones sociales -- Siglo XX
Biblioteca UPV/EHU · Bbc
https://millennium.ehu.es/record=b1559687~S1*spi

El libro de Raúl López es extraordinariamente oportuno a la hora de recordarnos, especialmente a las jóvenes generaciones, las profundas mutaciones sucedidas en unos pocos años en la sociedad española con respecto a la homosexualidad, que ha pasado de una situación de cuasi-clandestinidad, de la represión por el Estado o su reprobación por parte de los dirigentes de la extrema izquierda, a un tratamiento público e institucional respetuoso. No es el de Raúl López un libro al uso. Escrito con una llamativa riqueza narrativa, cuenta con un soporte teórico excelente y con una claridad expositiva envidiable, que permiten seguir la evolución del movimiento gay desde sus balbuceos y complicados comienzos hasta su progresiva consolidación. Es, en suma, un magnífico retrato del paso de un colectivo desde la marginación hasta su paulatina visibilidad.

Prólogo / Luis Castells Arteche · Catedrático de Historia Contemporánea, UPV-EHU

Cuando el panorama intelectual y académico del País Vasco viene marcado por la atonía y la reiteración, cuando no por la instrumentalización o dirección política, el libro de Raúl López representa una bocanada de aire fresco. Es un trabajo novedoso, que aborda una temática hasta hace poco maldita, conforme a lo que socialmente representaba la homosexualidad. La historiografía vasca, tan aficionada a indagar en nuestros pasados identitarios nacionales o en las raíces de clase, no estimaba suficientemente respetable dirigir su mirada hacia colectivos que se consideraban fuera de las convenciones socialmente establecidas. Afortunadamente, los cambios culturales y políticos acaecidos en el mundo occidental en los últimos lustros han supuesto la afloración de nuevos movimientos sociales y que se produzca, especialmente fuera de nuestras fronteras, una considerable literatura analizando sus características. Así, el auge que desde finales de la década de 1960 han tenido las protestas sociales no integradas y el estudio de los nuevos repertorios de acción colectiva ha impulsado asimismo a la historiografía – y especialmente a los jóvenes historiadores- a abrirse a otros campos y a indagar sobre esos nuevos movimientos sociales.

Dentro de estos nuevos parámetros se inscribe el trabajo de Raúl López, abordando un tema que hasta hace bien poco era considerado como vidrioso y tenía una escasa receptividad en el mundo académico, no importando si éste estaba representado por gentes de derechas o de izquierdas. Pero uno de los aciertos del libro no estriba sólo en su novedad y en su capacidad para estudiar el movimiento gay y lesbiano sin los estrechos corsés morales o las rígidas ortodoxias aún persistentes, sino en la vía que emplea, en el enfoque metodológico que utiliza para acercarnos a un colectivo que poco a poco se fue forjando hasta hacerse visible. Para ello alterna, como dos caras de una misma moneda, el análisis del movimiento, de cómo se fue organizando y saliendo a la luz pública, por un lado, con las experiencias de las gentes que componían ese colectivo, con sus vivencias, por otro. Algunos historiadores consideramos que la indagación de la vida cotidiana es sustancial para apreciar los fenómenos históricos en toda su complejidad y variedad. Es un enfoque que nos permite profundizar tanto en los planos subjetivos de las gentes como en las pautas culturales sobre las que se normativiza la sociedad. El prisma de lo cotidiano humaniza la historia, propicia acercarnos a los sujetos, explorar sus inquietudes a la vez que sacar a flote lo que permanece inadvertido y que, sin embargo, regulariza las pautas sociales.

El libro que tenemos entre manos de Raúl López es un magnífico ejemplo tanto de la necesidad de analizar la vida cotidiana, como de las posibilidades heurísticas de esta perspectiva. A través de sus páginas el lector va a encontrarse con un relato en el que no sólo se aborda cómo evoluciona el movimiento gay desde un plano organizativo, sino también las penurias, dificultades e incomprensiones en que se han desenvuelto (o se desenvuelven) las personas que lo componían, dándole a la narración un tono próximo a aquellas gentes, de forma que podemos acercarnos y entender lo que suponía la condición de homosexual y el hecho de aparecer socialmente como tal.

Visto desde nuestros días, el cambio en la aceptación pública de la homosexualidad ha sido sustancial en unos pocos años (otra cosa, contra lo que pueda parecer, sería el ámbito de lo privado). El libro es extraordinariamente oportuno a la hora de recordarnos, especialmente a las jóvenes generaciones, las profundas mutaciones sucedidas en unos pocos años en la sociedad española con respecto a la homosexualidad, que ha pasado de una situación de marginalidad y de cuasi-clandestinidad, de la represión por el Estado o su reprobación por parte de los dirigentes de la extrema izquierda (véanse las que en la actualidad nos parecerían chocantes declaraciones de los dirigentes de la ORT y del PTE), a un tratamiento público e institucional respetuoso. Esa transformación se ha producido no sin dificultades. En este sentido, el libro también es una forma de observar la Transición vista desde otra vertiente. Y aquí se constata los diferentes ritmos en que esas modificaciones tuvieron lugar.

La Transición política se realizó con evidentes tensiones, pero desde un consenso sobre su necesidad por parte de las fuerzas democráticas y de gran parte de la sociedad española, que permitió en un tiempo relativamente breve llevar a buen puerto las reformas más sustanciales. Otra cosa diferente fue el recorrido que tuvo que atravesar el movimiento gay y lesbiano para hacerse “visible”, para ser asumido con normalidad por la sociedad, para salir “del gueto a la calle”. Y es que aquí se topaban con sentimientos culturales asentados a través del tiempo, con mentalidades rancias sustentadas en valores tradicionales a las que un tema como la homosexualidad les desbordaba y se sentían incapaces de asimilarlo. Por eso, el camino que siguió, y sigue, está erizado de obstáculos e incomprensiones, con un rechazo – a veces encubierto- de las formaciones conservadoras, pero también con una relación incómoda, cuando no reticente, por parte de los partidos de izquierda. En este punto, en el libro se resalta y se hace justicia a la labor que ha desempeñado tanto el movimiento organizado como las acciones individuales a la hora de llevar al escenario público la cuestión homosexual y hacer posible así una transformación, difícil pero cierta, en la percepción ciudadana. Es también un termómetro que mide con bastante fidelidad los cambios acaecidos en la sociedad española y para constatar que si el avance que se ha registrado ha sido estimable, todavía queda camino por recorrer.

No es el de Raúl López un libro al uso. Escrito con una llamativa riqueza narrativa, cuenta con un soporte teórico excelente y con una claridad expositiva envidiable, que permiten seguir la evolución del movimiento gay desde sus balbuceos y complicados comienzos hasta su progresiva consolidación. Es, en suma, un magnífico retrato del paso de un colectivo desde la marginación hacia su paulatina visibilidad.

VISTA PREVIA | Academia.edu
https://www.academia.edu/6198063/Del_gueto_a_la_calle_el_movimiento_gay_y_lesbiano_en_el_Pais_Vasco_y_Navarra_1975-1983_San_Sebastian_Tercera_Prensa_2008_