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sábado, 28 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | ¿Por qué el Covid-19 no nos va a cambiar en nada?

Imagen: Cuerpos Periféricos en Red
¿Por qué el Covid-19 no nos va a cambiar en nada?
Francisco Brives | Cuerpos Periféricos en Red, 2020-03-28
https://cuerposperifericosenred.com/2020/03/28/por-que-el-covid-19-no-nos-va-a-cambiar-en-nada/

Desde el minuto uno de esta crisis, algo lleva barruntándome a nivel interno. Algo profundamente injusto porque no logro empatizar con la supuesta conciencia general del pánico y la obediencia establecida. El miedo no logra afianzarse en mis neuronas y la establecida cita de los aplausos me repatea los hígados. No veo una sociedad empática, ni percibo un cambio de sistema, y mucho menos auguro que vaya a cambiar nada tras la pandemia, que por otro lado sabemos a ciencia cierta que se va a acabar. Todas las pandemias pasan, el egoísmo continúa.

Judith Butler dice: “el virus no discrimina”. La pensadora nos cuela la misma teoría caduca del medievo y las danzas igualitarias de la muerte. Este virus, como todos, no discrimina, obvio, la naturaleza selecciona que no es lo mismo. El coronavirus actúa según su propia naturaleza, se aloja en las grietas de cuerpas que le permiten sobrevivir. Si hablamos de discriminación, que es absurdo aplicarla a un virus, tendríamos que hablar de deseo: yo puedo desear no ser discriminado y resulta que el virus pasa de mi cuerpa y no me infecta. Pero el nombramiento del Coronavirus sí discriminó, la pandemia que, desde el minuto uno, se identificó como un virus chino, racializado, comunista y, por ende, susceptible de ser tomado a chirigota. Virus televisado, lo cual lo convierte en artículo de primera necesidad, prime time 24/7, vino a discriminar otras crisis globales, se asentó en la pantalla para no hablar de los campos de refugiados, de las atrocidades fronterizas, de los feminicidios, del genocidio de originarios a manos de multinacionales, del desfalco de la casa real española, de la CorinaVirus, de que Cataluña va a ser por fin aplastada y, sobre todo, a ocultarnos el incremento de tropas que EEUU ha desembarcado en las bases españolas desde hace un año. Declarar la pandemia como un estado de guerra es permitir que el estado de excepción vulnere de manera flagrante todas y cada una de la semilibertades en pro de la defensa de lo común que tanto gusta a los políticos airear para robar a espuertas bajo un estado de excepción. Arreglos, tejemanejes, desvíos de fondos, aprobación de regularización de empleos, desmantelamientos de sectores “no productivos” y, sobre todo, muy importante, implantación del miedo, que es lo que más favorece al poder.

Las redes me aturden y la televisión es una especie de viernes 13 con Freddy Krueger haciendo añicos a los que se quedan dormidos ante la pantalla. Lo sabemos todxs, el feminismo lo denunció públicamente el pasado 8M, aunque esto se lleva sabiendo desde que el mundo es mundo. Esto va de clases, de clases que no se igualan ni con la amenaza de la muerte.

Nace una nueva clase, se impone un clasismo por estatus y se aclara bajo pena de multa cuál es en realidad tu estatus social, no el que te crees que tienes, sino el que en realidad eres. Ejemplo, yo estado controlo si tú eres nueva clase social, acudo a tu terraza comunitaria (la privada es de la nueva elite social) para multarte por salir a respirar. Tú que tienes piscina en tu casa privada, sí estás bien para darte un chapuzón con cloro desinfectante; las piscinas comunitarias, esas no están bien. Este es el mensaje que quieren vendernos, todos unidos ante el coronavirus. TODOS (porque la disidencia de las todxs no la vamos a incorporar). La defensa de lo suyo frente a lo de ninguna. Nos la están colando. La violencia del secuestro improductivo frente a las bajas asumibles para no bloquear las camas de hospitales. Nos la están metiendo a pelo. El lenguaje de la guerra y la estructura militar frente al pacifismo y la no violencia. La defensa de la familia nuclear que puede enclaustrarse y gemir de gozo cada noche frente a las fluidas o poliamorosas que nos tienen vetadas las cuerpas de amantes. El placer está prohibido siempre que este sea entre maricas amantes de orgias (y si son catalanas más). ¿Dónde estaba este control de peligro público con los bucakes de los 90 en plena pandemia del sida? ¿Cuando clausuraron el ‘Strong’? ¿O ‘La Men’, el ‘Troyans’ o el ‘Odarko’? Repito, nos la están clavando a pelo y con porras cargadas de nuevos fascismos vestidos de Coronas, virus y otras Herpes, digo Ertes.

La histeria del control vecinal que insulta desde las redes a las ventanas, las madres a las que prohíben ser visitadas por sus hijos pues son casos de riesgo, y también la loca de turno que llama a la guardia civil para que le firme un salvoconducto que le permita salir de Madrid e irse al pueblo. El siempre bienpensante procomún frente a váyase con su miedo a la mierda. La ignorancia violenta frente a la encarnizada defensa de los territorios libres de virus. La estupidez de creer que un virus tiene nacionalidad, demarcación y, por supuesto, es urbanita. Ahora las alarmas de una España vaciada resultan ser de una España que no quiere ser pandemizada. Teruel existe pero no te acerques. Dame pan y dime tonto, volvemos a la postguerra. El lenguaje se militariza, las reservas, el racionamiento, la escasez, aislamiento, cuarentena, inmovilización, los daños colaterales y el ¿”delito sanitario”? Falta el toque de queda, que llegará pronto. No sé si se han enterado, pero hemos asumido que unos señoros con medallas y uniformes nos interpelen en códigos de lenguaje militarista todos los días en un telediario que parece sacado de una mala peli yanqui de cuarta. ¡¡¡Señoros!!! ¿Dónde estaban estas grandes medidas en la pandemia del Sida? Sí, a eso vamos, es la hora de confrontar las clases, usted maricón, silencio. Yo, CoronaVirus, declaro que estoy infectado. Usted sidoso de mierda, Yo población de riesgo. Usted “no hay vacuna desde los 80”, Yo “antes de fin de año esperamos tener vacunas”. Usted su medicación cuesta un dineral a las arcas públicas, Yo tengo que llenar mi carro de la compra como si no hubiera un mañana.

Limitación de movimientos, TODOS EN CASA. Salvo los viejos que si se salen nos ahorramos las pensiones, salvo las residencias de ancianos que nos ahorramos las pensiones, salvo los sin sin, sin techo, sin papeles, lxs sin posibles, salvo los CIES (ah no… estos ya estaban confinados, y además a quién le importa.)

Sanitarios orgullosos de los aplausos, orgullo patrio todas las tardes a las 20h, aplausos en los balcones donde ir colando simpatías forzadas con las vecinas con las que no te hablas desde hace mil años. Aplausos en los balcones mientras el memo de turno nos cuela un pasodoble torero (un buen patriota). Aplausos para que al menos los niños puedan desfogarse y tener algo que hacer en todo el puto día encerrados. Aplausos por mil razones y motivos, tantas como individualidades necesarias tienen los claps del sistema. De verdad… ¡sanitarios!, ¿alguien se cree que va por ustedes? Obediencia Señoros, obediencia o multa. Obediencia o te saco de la carretera. Obediencia o permiso de empresa. Obediencia inhumana hasta para prohibir la asistencia al sepelio de nuestros muertos. ¿Alguien en su sano juicio va a vivir con esa culpa el resto de su obediente vida? No fui al entierro de mi hermano, mi primo, mi abuelo, porque no cumplíamos con la distancia de seguridad. Seguro que esa culpa te la cura un ERTE, ¡tranquilo! ¿De verdad nadie piensa reaccionar? Esto va de clases. ¿Aún no se han enterado? Nuevas clases emergen, limitación de movimientos, hay que tener una puta mascota para poder justificar tu huida del hogar porque no aguantas a tu familia o, lo que es peor, no te aguantas ni a ti mismo. Limitación de movimiento salvo que seas sacerdote y por supuesto aunque tu institución no haya puesto ni un duro para paliar la crisis, sí hay libertad de movimiento para las monjas que huyen del asilo dejando al capellán con los infectados. Licencia de movimiento para los políticos, y desvío de mascarillas, respiradores y guantes señalizados recogidos por colas de coches oficiales en la plataforma de desembarco (entrega directa del trailer al congreso), esos políticos no van a dejar de cobrar por no ir al congreso, esos no van a pasar por un despido ni un ERTE. Licencia para el rey (……… pitido) de ese no se puede hablar.

Hablemos pues del VIH. Esa clase social que la medicación nos secuestra mes a mes confinados en la sala de la farmacia del hospital. Ese Gregorio Marañón (históricamente homófobo) que se niega y no nos brinda la medicación que prescribe la doctora, porque “antes está la economía que la salud”.

¿Y pretenden hacernos creer a lxs que habitamos los hospitales, como enfermas crónicas, que ahora va a ser distinto? Hablemos de ese desplazamiento de lxs cuerpas inmunodepresivxs que no son nombradxs como población de riesgo. Los asmáticos SÍ, por supuesto, los diabéticos SÍ, los crónicos con enfermedades pulmonares también, los obesos, los ancianos, los alérgicos… ¡vaya! ¡Se les olvidaron los sidosos! ¡Qué casualidad…!

Probablemente sean de esa clase junto a los sintecho, los CIES, los sin papeles… a los que mejor no nombrar. También es altamente probable que seamos lxs primeras cuerpas en protocolo clínico ante la escasez para dejar morir primero. Es la ley que rige la selva del capitalismo.

Y en este punto, como colofón, ¿por qué he tenido yo la impresión de que mi cuerpa serológicamente vulnerable nunca ha merecido la preocupación, tan asumida ahora, de alguien que con un tremendo gripazo se me acercó, abrazó, besó o no mantuvo esa distancia de seguridad tan asumida hoy en día, sin cargo de conciencia?

¡Qué curiosa esta pandemia que tanto se preocupa por uno mismo!

Francisco Brives es activista lgtbq, escritor y cineasta.

jueves, 12 de marzo de 2020

#hemeroteca #trans #testimonios | Elizabeth Duval: “Ser trans no significa tanto en mi vida”

El País / Elizabeth Duval
Elizabeth Duval: “Ser trans no significa tanto en mi vida”.
La joven escritora publica 'Reina', una primera novela en clave autobiográfica donde relata su experiencia como estudiante de Filosofía y Letras en la Sorbonne de París, su ciudad desde hace dos años.
Álex Vicente | El País, 2020-03-12
https://elpais.com/cultura/2020/03/11/babelia/1583948411_096766.html

En su país, Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) es una estrella mediática. En París, en cambio, es solo una estudiante universitaria más. La joven escritora cursa el doble grado de Filosofía y Letras Modernas en la Sorbonne, donde se funde en una masa de alumnos que cargan con ‘tote bags’ y engullen ‘paninis’ veganos bajo el tímido sol que entra en el patio. “París es una manera de alejarme de esa existencia como figura pública”, escribe en 'Reina' (Caballo de Troya), su primera novela autobiográfica, a falta de un nombre mejor. El libro es, a la vez, una autoficción y una crítica a su impúdico dispositivo. “Es un libro escrito a regañadientes, que no quiere ser leído. Lo que me interesaba era reflexionar sobre la difícil posición en la que te sitúa firmar un libro así, contar un relato con la parte morbosa que implica toda literatura del yo”, responde la autora. En el libro, que recoge sus primeros meses como estudiante en París, Duval relata cómo se pincha triptorelina para bloquear la producción de testosterona en su cuerpo. Pero también, o sobre todo, narra su peculiar historia sentimental con Aurore, las tesis sobre las relaciones subterráneas de su íntimo amigo Théo y su breve rollo con Rebecca, una joven que logró fundamentar buena parte de su memoria de posgrado en que Sylvia Plath era lesbiana y estaba carcomida por la heterosexualidad (el jurado le dio la razón).

La profesora de historia del arte del siglo XVII no se ha presentado esta mañana de marzo, por lo que Duval –vestida de negro estricto, salvo por un maletín en falso cuero rojo– aprovecha para responder correos en su Mac de última generación. A unos metros, dos estudiantes discuten: “Desconfía del anarquismo, Marion, ¡no puedes hacer una lectura teleológica de la historia!”. Junto a ellos, dos jóvenes profesores, facsímiles de Louis Garrel en versión realista, están enzarzados en otra disputa de envergadura: “¡Basta ya de verlo todo como una relación de dominación! Mi mujer, sin ir más lejos, ejerce una gran potestad intelectual sobre mí...”. Debe tratarse de ese lugar que, en el libro, la autora califica de "Barrio Sésamo de la militancia". La vida de Duval transcurre, como la de tantos estudiantes de Letras, en este territorio rayano con la parodia, sorbiendo tés en la terraza de la Mezquita de París –donde acabó de revisar ‘Reina’– y en las barras de bares como Le Nouvel Institut, conocido por sus pintas a tres euros, o La Petite, en plena Place de la Contrescarpe, epicentro de ese París insoportablemente pintoresco que ya solo toleran los turistas.

Entre Lacan y Bad Bunny
Pese a todo, su domicilio oficial se encuentra en La Queue-en-Brie, un “pueblo desdeñable de nombre ridículo” –en argot, ‘queue’ es el miembro viril– situado a hora y media de distancia del centro, donde comparte piso con otra estudiante española pagando 500 euros por cabeza. Aun así, la escritora pasa la mayoría de sus noches en el barrio parisino de Belleville –en territorio ‘bobo’, o ‘bourgeois bohème’–, donde vive su pareja, una estudiante a la que cita de pasada en el libro y que se acabó volviendo algo más que una amiga. “Pese a que tenga mis ingresos, mis padres me siguen ayudando. Si no, sería imposible seguir en una ciudad con un coste de vida tan elevado”, admite. Subsiste sin más lujos que beber cañas y comer fuera, comprar libros y pagarse un abono mensual para el cine y otro anual para el teatro. El sábado bailó lo nuevo de Bad Bunny en un centro asociativo del barrio. El domingo se quedó en casa y vio ‘Las chicas del cable’. El lunes leyó a Saussure y a Bolaño. El epígrafe del libro lo firman Lacan y Derrida. “Al principio, iban a ser C. Tangana y Rosalía”, confiesa. En clase, algunos compañeros hispanohablantes la reconocen. A veces le llaman “la estrella”. “Me hace gracia”, sonríe ella.

Hace dos años que la escritora divide su tiempo entre la capital francesa y Madrid. “Son dos nostalgias distintas. Madrid hace ver que el pasado no existió. París lo recuerda sin cesar”, dice. Pese a la contrastada sequedad de los autóctonos, el proceso de aclimatación no le costó. Para empezar, dominaba la lengua ­­–empezó a tomar clases en 3º de ESO y luego se pasó a la sección francesa– y tenía cierta afinidad de temperamento. “Tengo un carácter más frío que la media española. En muchos casos, la distancia de los franceses no me molesta tanto. Tolero bastante bien la idea de dejar absolutamente en paz al otro. Esa noción casi neoliberal del individuo como una isla me conviene...”.

Al atardecer, Duval da cita en La Plaine, un pequeño bar sin atributos pegado al cementerio de Père Lachaise, en ese París desvencijado, pero mucho más habitable, donde pasa sus noches. Pide al camarero magrebí dos pintas de 1664. “Ya no son horas de café”, decreta. Hacia el final del libro, escribe: "¿Qué ficción hay en París como para quedarse y privar a quienes quieres de tu presencia? Da la sensación de que quieres encontrar algo en París que ya no existe, que dejó de existir hace mucho”. Se refiere “a esa fantasía de libro de Vila-Matas", a quien parodia voluntariamente, "al hecho de vivir en una pequeña buhardilla y en un ambiente cultural efervescente, entre decorados bellísimos...”. Todo parisino de adopción sabe que esa ilusión no tarda en desvanecerse. Se quedan en la ciudad quienes, superado ese brutal desengaño, siguen apreciando lo que tienen ante sus ojos. “Por ejemplo, yo creí que estudiaría en la Sorbonne, pero me encontré en la facultad de Tolbiac, una ciénaga con torres de 21 plantas en el extremo este de la ciudad. París es una urbe llena de edificios feos, con mucho ruido y una rigidez tremenda. Los exámenes son el colmo del cartesianismo: te obligan a desarrollar tus ideas con tesis, antítesis y síntesis”. Y, sin embargo, aquí sigue.

"Llamé 'señoro' a Paul B. Preciado"
En el libro, Duval admite echar de menos algunas cosas. Por ejemplo, a José Luis Rodríguez Zapatero. “Sí, aunque solo cuando estoy borracha”, puntualiza. “Ha ganado puntos con el tiempo, respecto a la degeneración de Felipe González, por ejemplo. Hay ocho millones de cosas criticables y yo nunca he votado al PSOE, pero sigo considerando que Zapatero es el mejor presidente que hemos tenido en democracia”. En ‘Reina’, la autora también critica a Paul B. Preciado, a quien despoja de su estatus de intocable de la teoría ‘queer’. Le afea que, en su libro ‘Un apartamento en Urano’, el autor escriba que no se considera “ni hombre ni mujer”, sino “un disidente del sistema género-género” que desdeña esas viejas categorías. “Intercambiamos mensajes hace unos meses, porque se molestó cuando le llamé ‘señoro’ en un artículo”, dice Duval, que se excusó ante su enfado. “Sin embargo, es sintomático que la portavocía intelectual de lo trans la ejerzan siempre los hombres, como Preciado, Miquel Missé o Lucas Platero. Ellos pueden reivindican la no binariedad todo lo que quieran, pero por las noches no pasan miedo cuando vuelven a casa. Si eres tú quien provoca ese miedo y no quien lo siente, debes tomar conciencia de que no estás en la posición del oprimido y que, lo quieras o no, también ejerces el patriarcado”, responde Duval. Para ella, el género no ha desaparecido, sino que sigue "tan polarizado como siempre".

La escritora reacciona ante la irrupción de ese feminismo transexcluyente que marcó la celebración del pasado 8-M: “Me parece triste, porque este grado de violencia impide la emergencia de una conversación serena sobre cuestiones como el feminismo, las identidades o el género como sistema, que son temas debatibles. Señalar al transactivismo como caballo de Troya dentro del feminismo me parece absurdo. Se explica por la disputa por la hegemonía del feminismo entre la vieja guardia y los corrientes actuales, sobre el trasfondo de la contienda política entre el PSOE y Podemos”. Duval cree que ese conflicto surge de la importación en España “de análisis y conceptos anglosajones” y que se explica por “la mediocridad de la intelectualidad española, su incapacidad para generar ideas y contextualizaciones propias y su servilismo ante la hegemonía intelectual yanqui”, según recita leyendo un texto de su móvil, que formará parte de un ensayo sobre la cuestión trans que prepara para 2021. “En realidad, las relaciones de género no tienen que ver, en el día a día, con la genitalidad. Una enorme cantidad de los hombres que se me acercan por la calle probablemente me imaginen con vulva. Es una cuestión de percepción y no de realidad, que no soporta un análisis de brocha gorda”, opina la autora. “Yo no tengo miedo por mí misma, porque ostento cierto capital cultural, pero esa violencia puede reproducirse hacia gente más vulnerable. Y eso sí me asusta un poco”.

Los recelos que despierta su persona, convertida en diana de innumerables ataques en las redes en los últimos meses, podrían ser producto de cierta sobreexposición mediática, que arrancó a los 14 años con una recordada aparición en ‘El intermedio’. “Era una versión cómoda de lo que ser trans significada. Me aproveché de ello”, admite en el libro. Hacia el final de la entrevista, Duval apuntará a otros factores. “Es una cuestión de envidia y de frustraciones congénitas de algunas personas, y de cómo suelen menospreciar tus logros en función de las etiquetas que se te adjudiquen socialmente”, afirma. Por ejemplo, odia que la presenten como escritora trans y lesbiana. “¿Qué influencia tiene eso en lo que hago? Mi nuevo poemario lo pudo escribir un hombre...”, dice sobre ‘Excepción’, recién publicado por Letraversal. “En ‘Reina’, la palabra ‘trans’ aparece un total de cinco veces. Lo trans es una realidad que me ha sucedido, pero tampoco significa tanto en mi vida. No sabría decir en qué varía mi existencia por el hecho de ser trans, más allá de tener que ponerme un parche cada cierto tiempo”. El libro termina con el incendio de Notre Dame, pese a que al final la catedral no se derrumbe, privándola de un apoteósico desenlace. Acabará encontrando otro que lo iguala o supera: "Vengo de una larga estirpe: Don Quijote, Madame Bovary; Flaubert con sangre alcalaína", escribe en esa recta final, donde pondrá en duda la solidez de su propio edificio. "Y es que no me gusta vivir: me gusta escribir las cosas. Vivir es aburridísimo".

martes, 7 de enero de 2020

#hemeroteca #lenguaje #masculinidad | Christina Rosenvinge: «A no ser que acepten la palabra ‘señoro’, jamás me plantearía entrar en la RAE»

Imagen: El País / Christina Rosenvinge
Christina Rosenvinge: «A no ser que acepten la palabra ‘señoro’, jamás me plantearía entrar en la RAE».
Tras debutar como escritora, está a punto de cerrar la gira de su catártico disco ‘El hombre rubio’.
Sergio Del Amo | SModa, El País, 2020-07
https://smoda.elpais.com/moda/christina-rosenvinge-a-no-ser-que-acepten-la-palabra-senoro-jamas-me-plantearia-entrar-en-la-rae/ 

El hombre rubio más importante que ha pasado por su vida es…
El hombre rubio en realidad soy yo. Según la RAE el hombre es un ser animado racional, varón o mujer. Así que yo soy un hombre. De todos modos, en el disco hay un diálogo entre mi padre y mis hijos, que también son rubios.

¿Aceptaría un sillón en la RAE? ¿Al lado de quién?
A no ser que acepten la palabra ‘señoro’, jamás me plantearía entrar. Si así fuera, me gustaría estar al lado de Marta Sanz y Belén Gopegui.

En su disco se habla de la masculinidad tóxica. ¿Cómo ha educado a sus hijos para que no caigan en ella?
El mío era un padre presente, pero ausente, duro y algo autodestructivo. Vivimos en una sociedad en la que a los hombres se les da el valor de su sueldo y la ternura no se valora económicamente. Lo que quiero que trascienda de esta historia es que la ternura de los padres es importantísima para los hijos.

¿Qué haría si pillase a sus hijos escuchando reguetón?

Ya los he pillado. Tienen la suficiente capacidad crítica como para hacer un análisis de género de las canciones. No hay que censurar las cosas, sino educar el oído crítico.

¿Qué es lo que más admira de su generación?
Que tienen otro sentido de la libertad y la comunidad.

Y, al contrario, ¿lo que más le sorprende para mal?
Que hayan sustituido la vida real por la pantalla. De todos modos, ellos entienden el valor de la privacidad y se exponen mucho menos en las redes sociales que los treintañeros.

¿Cuándo tuvo que poner a un hombre en su sitio por última vez?
El otro día estaba viendo a Kate Tempest y había un grupo que se estaba peleando. Les echamos una bronca.

¿Qué es lo que más le enamora de una persona?
La gente que tiene la capacidad de vivir en este mundo sin contaminarse.

¿Y lo que más le repele?
Que pretenda ser algo que no es o que crea que se merece más de lo que tiene.

¿Quién le gustaría que protagonizara su ‘biopic’?
Me gusta más cuando se busca la identidad del espíritu. Un chico gay de 35 años podría hacer perfectamente de mí.

viernes, 9 de noviembre de 2018

#hemeroteca #lgtbifobia #machismo | ¿Por qué a los ‘señoros gays’ el activismo moderno les parece una ‘mariconez’?

Imagen: Shangay
¿Por qué a los ‘señoros gais’ el activismo moderno les parece una ‘mariconez’?
Paco Tomás | Shangay, 2018-11-09
https://shangay.com/2018/11/09/senores-gays-mariconez-activismo-lgtb/

En ocasiones tuiteo, leo comentarios en las redes sociales, y me siento como el tímido William llegando a ‘Westworld’, ese ‘far west’ de HBO donde los humanos olvidan toda su capacidad de discernimiento, toda su empatía, para entregarse a ser quienes realmente son.

Desde hace años, en ese ‘west world’ de las redes, existen unos anfitriones dignos de análisis. Se trata de los “señoros”, hombres muy machos, de incuestionable heterosexualidad, que fuman, beben y van con mujeres, pero que, a diferencia de la mediocridad del antiguo régimen, han leído.

Son intelectuales, escriben, debaten sobre fútbol y sobre el siglo de oro español sin despresurizarse, y sueltan tacos con denominación de origen. El activismo moderno les parece una “mariconada”, una colección de frivolidades absurdas que lo único que hacen es cuestionar la libertad de su exabrupto en nombre de lo políticamente correcto. Porque, para lo que quieren, el trabajo intelectual lo dejan a un lado y ponen en el mostrador sus cojones, que venden más porque exigen menos. Es la evolución del machismo, que lo contamina todo, independientemente del género y la orientación sexual.

Hay mujeres “señoros” y hay “señoros” gais. Me voy a detener en estos últimos. Estos ‘señoros’ –este fenómeno no es tan habitual entre lesbianas e identidades trans– abogan por un único modelo de masculinidad respetable y ante cualquier debate que incomode su estatus y su deseo, se erigen como defensores de la libertad individual, que es el principal argumento del neoliberalismo para sentar los cimientos de una sociedad individualista en la que lo único rentable sea uno mismo.

Cuando enfrentas a un “señoro” gay a lo discutible de sus principios, cuando les hablas de la plumofobia, cuando les explicas que hay jóvenes homosexuales con trastornos alimentarios por el excesivo culto al cuerpo, cuando les comentas lo importante que es cambiar la palabra “mariconez” en una canción de hace treinta años, cuando abres el debate, siempre complejo y nunca sereno, de la gestación subrogada, ellos se amparan en su libertad individual para legitimar comportamientos claramente homófobos, tránsfobos, machistas, sexistas y racistas.

Su estrategia, como ha hecho el heteropatriarcado y su ejército de “señoros” durante siglos, es ridiculizarte, despreciar tus argumentaciones, que, según ellos, siempre están condicionadas por tu frustración al no ser, al no tener, lo que ellos son y tienen. Nos disfrazan de loquitos urbanos, de activistas pesadas repartiendo propaganda, de inquisidores que queremos acabar con la libertad creativa de los autores..., reduciendo un debate saludable a una burda cuestión de censura. Te gritan “censor” y cuando te cansas de escucharlos y los bloqueas, entonces se preguntan que dónde está tu tolerancia. El viejo truco.

Ni se cuestionan que estamos nueve pisos por encima, que esto no va de censuras ni de ser políticamente correcto; que esto va de dejar de asumir conductas, palabras, expresiones, que hemos interiorizado, que algunos hemos desactivado, pero que son objetivamente lesivas para el sano desarrollo de los seres humanos. Hoy, hay una sociedad que se cuestiona lo incuestionable.

Hay una generación joven, educada en otros valores, que se atreve a discutir la norma. Y los ‘señoros’, como hicieron los viejos de entonces con nuestras propuestas de cambio, les niegan ese derecho despreciando sus argumentos y burlándose de ellos. Es terrible descubrir esa actitud en una parte del hombre gay occidental de los últimos años.

Quizá tengamos que volver a aquellos tiempos en los que nos dividíamos en comunitaristas o igualitaristas. Quizá tengamos que volver a concienciarnos de quienes somos, de nuestra lucha, para comprender que vienen tiempos duros y que cuanto más sólido sea nuestro pensamiento, más difícil será desmontarlo. Más compromiso y menos mancuernas. Solo así conseguiremos convertirnos en los anfitriones que necesita nuestra revolución. Aunque los “señoros” gais luchen en el bando contrario, al final, nuestra victoria también será la suya. Como comprobó Javier Maroto el 18 de septiembre de hace tres años.

miércoles, 10 de octubre de 2018

#hemeroteca #lenguaje #feminismo | La vida empuja a la lengua: de señora a señoro

Imagen: El País
La vida empuja a la lengua: de señora a señoro.
'Señoro' tiene un sentido despectivo, señala a los varones que tratan de forma condescendiente a las mujeres.
Lola Pons Rodríguez | Verne, El País, 2018-10-10
https://verne.elpais.com/verne/2018/10/05/articulo/1538748293_739942.html

El escritor José Agustín Goytisolo le daba en un poema este aviso a su hija Julia: "Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja". A su manera, las palabras también son empujadas por la vida, obligadas a adaptarse a las realidades y necesidades de un tiempo y un lugar. Hay cambios obvios: no existe una palabra para escáner hasta que éste no se inventa, y dejan de emplearse las voces télex o béstola porque tales herramientas han sido desplazadas por el correo electrónico y por el arado mecánico, respectivamente. Pero hay otros cambios más sutiles; está la palabra que se ha ido haciendo al devenir de los tiempos, a las reclamaciones y modas que han ido apeteciendo a los hablantes.

La palabra "señor" reúne mucho de lo que le exigimos a una lengua cuando queremos adaptarla a nuestras necesidades. Desde sus primeros usos en castellano hasta el actual "señoro" que empieza a difundirse desde redes sociales, "señor" es una muestra de todo lo que somos capaces de hacer los hablantes con el idioma.

Como la mayoría de las voces de nuestra lengua, "señor" es herencia del latín. Viene de senex, que significaba "viejo"; de senex derivaba el comparativo senior-es, o sea, "más viejo(s)".

La estructura de poder vigente en la Antigüedad reforzaba la idea de que los jefes de familia, los mayores de cada casa, eran las cabezas visibles del grupo. Por eso el mayor, el más viejo, pasó a ser también el más respetable; señor va a ser no solo o no forzosamente el más viejo sino el importante, el tratado con deferencia. En ese punto se encontraba la palabra cuando la heredamos en castellano y aquí empezó la cadena de empujones a la que la hemos sometido.

La evolución a 'señoro'

Primer cambio: creamos un femenino. Por llamativo que parezca, en los textos castellanos más antiguos 'señor' valía para hombre y para mujer. En el siglo XIV leemos que un enamorado quiere cumplir "el mandado de aquesta mi señor" (‘Libro de Buen Amor’), sin a y aludiendo, obviamente, a su amada.

No había ningún sexismo lingüístico en este hecho, sino el esquema que traía la palabra desde su origen; como era un comparativo, no conocía la terminación femenina; de hecho hoy seguimos sin tenerla en la mayoría de los comparativos latinos, no decimos mayora o peora (sí "superiora" porque, como señora, se ha convertido en sustantivo). El nuevo femenino, ya general al final de la Edad Media, se hizo añadiendo una marca, la a, a una palabra que acaba en consonante (como en andaluz, andaluza).

Segundo cambio: señor prestigia, pero también insulta. El uso respetuoso era el común; se podía aludir al "señor duque" o hablar de "mi señor". Pero desde el siglo XVII, el empleo de "señor" acompañado de formas insultantes se hizo frecuente: señor gandul, señora ladrona. Las formas "seor" y "so", con sonidos perdidos por el desgaste, vienen de señor y de ahí que digamos "so gandul" o "so lenta" (de hecho, posiblemente zopenco sea un "so penco", por poco trabajador). La contradicción de nuestro Julio Iglesias, que es un truhan y es un señor, resume bien la doble posibilidad del significado de señor... y lo sabes.

Igual que señor tiene su correlato insultante en so, señora lo tiene en... señora, que puede ser palabra sentida como una forma de cargar de años y de olvido a la mujer: el impecable debate en tres partes entre Elvira Lindo y Álex de la Iglesia cuando este aludía despectivamente a las señoras mayores nos da una muestra de ello.

Tercer cambio: le creamos una familia a "señor". Los sufijos del español nos han dado a señoritas y a señoritos, pero también a señoronas, señoritingos y otras especies. Y aquí también se ha pasado del respeto a los empleos más dudosos: el señorito era el hijo del señor y hoy es el inútil que no trabaja y vive de otros; la señorita era la señora no casada, pero hoy la palabra se ha restringido para la seño del cole, y se prefiere no usar señorita porque implica hacer una distinción de estado civil que no se practica en el masculino. Por su parte, señorones y señoronas hay en la lengua desde el siglo XVII y se convirtieron en palabra común del español cuando aparecieron como personajes en las novelas del XIX.

Cuarto cambio: el nuevo masculino "señoro". La anonimia de Internet hace complejo discernir quién empezó este uso, que hoy se localiza en redes sociales y en canales de mucha agilidad comunicativa. "Señoro" tiene un sentido despectivo, señala a los varones que tratan de forma condescendiente a las mujeres o dudan de la legitimidad del movimiento feminista.

Gramaticalmente, a los señoros les han puesto una marca explícita de género masculino, la o. Como señor es una palabra que ya es masculina, se trata de una especie de doble masculino que subraya peyorativamente el machismo de algunas actitudes.

De momento, el uso parece similar a otros juegos humorísticos con el género que se han hecho alguna vez y que no han pasado de ser empleos esporádicos fundados en las posibilidades del idioma. Por ejemplo, la terminación femenina –isa es rara, pero se da en varias palabras del español, como papisa y poetisa. Pues bien, en algunas ocasiones se ha usado en masculino poetiso, como "señoro", con sentido ofensivo. Pablo Neruda hablaba en sus memorias de un poetiso uruguayo que lo perseguía y criticaba, y llamó a Octavio Paz pululante poetiso en su ‘Canto general’. Tal vez a señoro le ocurra como a poetiso y se quede en ocurrencia inspirada que alguien tuvo, o quizá se extienda como le pasó a otras creaciones.

Tendemos a pensar que la lengua es como el tiempo, que cambia por ciclos que no dominamos y que actúa por caprichos fuera de nuestro control. Y se trata de lo contrario: la lengua no existe sino dentro de nosotros, y es lo que es porque queremos, acordamos y aceptamos que sea así. También está en las palabras para Julia: su destino está en los demás, su futuro es su propia vida. El límite para la lengua no está en el diccionario sino en nosotros.