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lunes, 8 de enero de 2024

#libros #masculinidad | Perforar las masculinidades

Perforar las masculinidades / Alfredo Ramos Pérez ; prólogo de Miquel Missé ; epílogo de Roy Galán.
Manresa, Barcelona: Bellaterra, 2024 [01-08]
276 p.
Serie: Biblioteca Ciudadana.

/ ES / Libros / ENS / Cuidados / Masculinidad / Vulnerabilidad /

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419160379 / 16,00 €
📝 Cita APA-7: Ramos Pérez, Alfredo (2024). Perforar las masculinidades. Bellaterra.

«Yo controlo», nos dice la ficción de autonomía por excelencia. La masculinidad no es un problema de los hombres, sino una norma social, un asunto colectivo. Ha dejado de ser vista como una cosa o un atributo que los hombres poseen, para convertirse en un conjunto de prácticas insertas en las relaciones de género. El éxito es la brújula biográfica de la masculinidad, paradójicamente, los hombres se pasan buena parte de sus vidas fracasando, muy lejos de las trayectorias que proyectan los modelos normativos. El presente libro pone sobre la mesa la necesidad de ‘perforar las masculinidades’ para que sean más vulnerables, para que sean más dependientes, para que se dejen afectar. Es por eso que propone reordenar nuestras instituciones sociales para que la vulnerabilidad sea una prioridad, ya que los cuidados pueden ser uno de los ámbitos de mayor potencialidad para practicar otras masculinidades. Para ello vamos a tener que construir sociedades más habitables para todas las personas. Este libro es una conversación imprescindible entre la masculinidad, el futuro y la esperanza, una invitación a pensar itinerarios colectivos más libres.

Alfredo Ramos Pérez es doctor en Ciencias Políticas por la UCM y Máster en Gestión Cultural por la UOC-UdG. Sus áreas de interés son los estudios de masculinidad, la teoría democrática y la gestión cultural. Promotor del Laboratorio de pensamiento, cultura y género Un Estudio Propio, ha cooperado con diferentes universidades y centros de investigación, tanto en el Estado español como en Portugal, Brasil o Francia. Durante años participó en diferentes iniciativas de economía social y fue asesor de Podemos en la Comunidad de Madrid (2015-2019). En los últimos años investiga especialmente sobre el cruce entre prácticas artísticas y masculinidad, en colaboración con diferentes artistas, como Artor Jesus Inkero o Albert Potrony.

sábado, 8 de mayo de 2021

#hemeroteca #homofobia | Llevé esa muñeca al colegio y me insultaron, me marcaron como el marica de la clase

Imagen: LaSexta / Roy y su muñeca

Llevé esa muñeca al colegio y me insultaron, me marcaron como el marica de la clase.

"Yo no sabía qué significaba la palabra maricón, pero sabía que no debía ser algo bueno porque iba acompañado de la palabra mierda..."
Roy Galán | LaSexta, 2021-05-08
https://www.lasexta.com/el-muro/roy-galan/lleve-esa-muneca-colegio-insultaron-marcaron-como-marica-clase_2021050760955af329c3320001d85672.html 

Todas las fotografías de 1985, el año en el que mis madres me regalaron la primera muñeca que pedí a los Reyes Magos, están desenfocadas.

He de reconocer que yo aquel año no las tenía todas conmigo.

A pesar de haberme portado bien y saber que no merecía carbón (vaya chantaje) en el colegio me habían hecho dudar de si los Reyes Magos eran tan magos o por el contrario eran reyes que juzgaban lo que les pedíamos.

— Eso es de niñas, no te lo PUEDES pedir— me dijo un niño feo o que mi memoria recuerda como feo por lo feo que me decía.

Hasta aquel momento no había sentido ninguna inquietud por mis gustos.

Porque en mi casa mis madres nos dejaban a mí y a mi hermana melliza ser.

Así que nadie jamás nos dijo que no podíamos elegir un color o que había cosas que los niños no hacían porque eran de niñas ni cosas que las niñas no hacían porque eran de niños.

Mi madre siempre decía: Tú sé niño o árbol, pero tienes que ser libre.

Y fue en esa libertad en la que me eduqué.

Ojalá el mundo se hubiera parecido más a mi casa y menos al mundo.

Por eso me gusta tanto esta foto.

Porque ahí estoy siendo yo.

El problema es que fuera no me dejaban.

Llevé esa muñeca al colegio y me insultaron.

Me marcaron como el marica de la clase.

Y yo no sabía qué significaba la palabra maricón.

Pero sabía que no debía ser algo bueno porque iba acompañado de la palabra mierda.

Porque la gente del colegio se apartaba de mí.

Como si tuviera algo contagioso.

La Barbie no estaba enferma.

Y yo tampoco.

Me gusta pensar que las fotos en las que tengo mi primera muñeca están desenfocadas porque mi familia no podía ser enfocada.

Porque al no ser como las demás era muy complicado etiquetarnos.

Aceptar la diversidad supone siempre salirse del foco.

Estar dispuesto a que haya algo que no ves del todo nítido, que lo ves del todo claro, pero que sin embargo existe.

Siempre pienso que de pequeño a mí me dieron el poder de la diversidad.

Ese que pasa por comprobar que esto que nos rodea es siempre mucho más profundo, complejo, hermoso y escurridizo de lo que nos quieren contar.

Un poder que me ayudó a no juzgar a los demás.

A comprender que lo importante no es quién te deje de hablar por ser tú mismo.

Es aprender a descubrir quién te habla cuando no eres tú.

Lo importante es comprobar quién te respeta cuando no mientes.

Cuando no te traicionas.

Mis madres me trajeron aquello que pedí: lo que me hacía feliz a mí, no a ellas.

Y tal vez esa sea la verdadera magia, el verdadero amor, de mis reinas magas.

Quererme tanto.

Como para respetar la persona que era.

A pesar, incluso, de ellas.

viernes, 16 de noviembre de 2018

#hemeroteca #gais #endohomofobia | En busca de la solidaridad LGTB

Imagen: La Mirada Común
En busca de la solidaridad LGTB.
Los feminismos han conseguido acuñar el término de la sororidad, esa solidaridad entre mujeres, para que se ayuden entre ellas y no se hagan más daño, pero en el colectivo LGBT no hemos creado ninguna palabra que designe los cuidados que nos debemos.
Roy Galán | La Mirada Común, 2018-11-16
https://lamiradacomun.es/opinion/en-busca-de-la-solidaridad-lgtb/

Lo ideal sería que no existiera ningún armario del que salir, que no te preguntaran una y otra vez si tienes novia como única opción posible, que se escribieran ficciones en las que “lo gay” no fuera objeto de conflicto, ni de sufrimiento, ni más relevante que cualquier otra cosa, que se terminara ese morbo absurdo por saber qué hacemos en nuestras camas, que las orientaciones sexuales de las personas no se usaran como armas arrojadizas, que no se chantajeara a nadie con revelar un “secreto” a voces, que se asumieran las realidades existentes, que se dejara a un lado la moral imperante y la violencia que las ideas únicas ejercen sobre aquellos que no cumplimos con lo que otros consideran normal.

Eso sería lo ideal, pero no es lo que es. Todavía hoy, si eres LGTB, tienes que enfrentarte a ese momento en el que has de decírselo a la gente que te quiere porque sientes que les estás mintiendo, o al menos estás ocultando una parte importante de ti. Y tienes que “confesarlo” no porque haya nada malo, sino porque el mundo está ordenado de tal manera que se presupone tu heterosexualidad.

Cuando eres feliz quieres compartir tu felicidad, quieres compartir cómo te sientes con los demás, pero tienes miedo a que la gente que te rodea te rechace por ser lo que eres. Te acuestas imaginado cómo será su reacción, te visualizas en la cocina, tal vez en el coche, puede que sea hoy el día en el que te atrevas y lo dejas pasar y dices “mañana será otro día” y te vas haciendo triste con toda la alegría que tenías.

Y un día, por fin, y normalmente sin esperártelo tú mismo, lo cuentas. Te liberas y eres valiente para decir quién eres aunque eso pueda hacer que dejen de quererte.

Si tienes suerte y tu entorno te quiere más que a sus ideas sobre las cosas, entonces piensas que ya está todo hecho, que ahora por fin puedes ser tú y que hay un colectivo de más personas que pueden haber sentido algo parecido esperando a recibirte con los brazos abiertos.

Pero te equivocas.

El problema es que cuando sales del armario descubres que este era solo un cajón y que hay otras puertas aún mayores.

Te encuentras con un rechazo tras otro dentro del propio colectivo oprimido que a su vez oprime.

No plumas, no gordos, no enfermos, no locas, gente fuera del ambiente, ‘mascxmasc’, solo discretos, solo negros, nunca me lo he hecho con un chino, qué asco una vagina (como si tú no hubieras salido de una), bloqueos, silencios o el creías que te iba a tocar la lotería y poder enrollarte con alguien tan guapo, con este cuerpazo y tan varonil como yo.

Homofobia interiorizada, misoginia, machismo y racismo camuflados bajo la bandera de los gustos personales.

Los feminismos han conseguido acuñar el término de la sororidad, de esa solidaridad entre mujeres, para que se ayuden entre ellas y no se hagan más daño, sin embargo en el colectivo LGBT no hemos creado ninguna palabra que designe los cuidados que nos debemos porque tal vez nos hemos acostumbrado a que nos hieran, al maltrato, a considerarnos mercancía, a asumir que las cosas son así y ya está. Tal vez sea hora de buscar una palabra para referirnos a la ‘solidaridad LGTB’, porque una vez exista tendremos que llenarla de contenido, de buenos tratos y podremos apelar a ella cuando sintamos que nuestra autoestima como seres humanos se tambalea una vez más por todos los ataques a la misma.

Porque lo que no puede ser es que reproduzcamos formas nocivas para sentirnos poderosos, lo que no podemos es coger la piedra con la que otros nos golpearon y tirársela a nuestros hermanos de miedos, de dudas, de deseos, de amores y vida. Y porque es nuestra responsabilidad como colectivo humano que cunda el ejemplo del afecto.