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domingo, 15 de diciembre de 2019

#hemeroteca #homofobia #franquismo #memoria | Los mitos y realidades de Tefía, la prisión de vagos y maleantes de Fuerteventura durante el franquismo

Imagen: El Diario / Misa en el exterior de la Colonia Afrícola de Tefía
Los mitos y realidades de Tefía, la prisión de vagos y maleantes de Fuerteventura durante el franquismo.
Sobre la Colonia Agricola de Tefía se han creado una serie de ideas erróneas, basadas en interpretaciones equivocadas, datos exagerados y alguna invención que, en aras de la verdad histórica, hay que aclarar.
Víctor M. Ramírez | El Diario, 2019-12-15
https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/realidades-Tefia-maleantes-Fuerteventura-franquismo_0_973952604.html

En el año 1953 se crea, con sede en Las Palmas de Gran Canaria, el Juzgado Especial de Vagos y Maleantes del Archipiélago Canario con el objetivo de juzgar y aplicar las medidas de seguridad previstas en la Ley de Vagos y Maleantes a aquellas personas consideradas peligrosas sociales en virtud de la misma. Esta ley, aprobada en el año 1933, tenía como objetivo rehabilitar a personas cuyas conductas tuvieran inclinaciones delictivas. No obstante, la norma se aplicó con frecuencia como instrumento de represión y control social y político, uso este último que el régimen franquista dio a la ley sin complejos hasta su derogación y su sustitución por la Ley de Peligrosidad Social de 1970. En el año 1954, se creó la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, con el fin de aplicar el oportuno tratamiento de vagos y maleantes, según la propia Orden de constitución. La Colonia estuvo ubicada en las instalaciones, en ese momento abandonadas, del antiguo aeropuerto de Fuerteventura, en el pueblo de Tefía, ubicado en el centro de la isla majorera, a 20 kilómetros de Puerto del Rosario.

Sobre la Colonia Agricola de Tefía se han creado una serie de ideas erróneas, basadas en interpretaciones equivocadas, datos exagerados y alguna invención que, en aras de la verdad histórica, hay que aclarar, hecho que me propongo con este artículo.

Si Tefía se ha hecho conocida ha sido gracias a la difusión que de su existencia realizó el escritor Miguel Ángel Sosa y su novela 'Viaje al centro de la Infamia', en la que narra con escalofriante crudeza las experiencias de algunos presos de ese centro. El libro estuvo inspirado por los testimonios de dos homosexuales, Juan Curbelo y Octavio García, que contaron a Sosa la dura experiencia de haber estado recluidos en la colonia en los años 50 por haber sido considerados peligrosos sociales por su disidencia sexual. Aunque Sosa explicó en su momento, de manera clara, muchos de los errores que ahora intentamos disipar, algunos mitos creados en los últimos años alrededor de la Colonia se han ido reproduciendo de diversa manera en textos periodísticos, obras artísticas e incluso en más de una obra académica. Vamos a intentar desenredar algunos de esos mitos.

Tefía ¿un centro para recluir homosexuales?

Uno de los principales errores que se cometen al hablar de la Colonia de Tefía es considerar que el centro se creó para recluir en él exclusivamente a homosexuales. En Tefía fueron internados no solo homosexuales sino también condenados por otras categorías de las previstas en la Ley de Vagos y Maleantes. Esta conclusión es obvia a partir de varias premisas, la primera es la fecha de la aprobación de la Orden que crea la Colonia Agrícola, 30 de enero de 1954, ya que la homosexualidad no era una categoría de peligrosidad social en ese momento, ya que la reforma de la Ley de Vagos para incluirla como tal fue de 15 de julio de ese mismo año y, por tanto, posteriormente a la creación de la Colonia. Asimismo, la Orden de 30 de enero indica expresamente que se instituye una Colonia Agrícola para el tratamiento de Vagos y Maleantes, en Tefía, sin indicar expresamente una categoría específica, mucho menos la de homosexuales en tanto, en esa fecha, ni siquiera existía. Una última prueba que ratifica lo anteriormente dicho es el estudio de los expedientes de vagos y maleantes que hemos analizado y que obran en el Archivo Histórico Provincial Joaquín Blanco de Las Palmas de Gran Canaria. En dichos expedientes encontramos diversas categorías de peligrosos sociales, así como, presos comunes e incluso, según algunos testimonios, presos políticos.

¿Fueron tan duras las condiciones de reclusión como cuentan?

En este punto nos debemos atener a los testimonios de quienes estuvieron presos en la Colonia, Juan Curbelo y Octavio García. La crudeza de sus recuerdos y la vívida memoria que mantenían de su experiencia no nos permite dudar lo más mínimo de su veracidad. Los presos de Tefía estuvieron sometidos a duros trabajos forzados, a un riguroso régimen disciplinario por el que cualquier mínima infracción era objeto de una duras sanciones, entre las que se incluían terribles palizas. Asimismo, la escasa alimentación que se les suministraba les hacía pasar un hambre atroz, hasta el punto de buscar comida en las basuras o, incluso, de prostituirse con algún funcionario a cambio de comida, como cuenta Juan Curbelo. Sin embargo, según expone Octavio Garcia, este duro régimen no se mantuvo durante toda la existencia de la Colonia. Octavio recuerda cómo, tiempo después de finalizar su encierro se encontró con algún otro preso que estuvo en Tefía con posterioridad a él. Así lo exponía:

"Yo cuento lo mío, mi época. Después los chicos cuando nombraron a este director nuevo (...) Don Prudencio, que era buena persona, era humano, Dios lo bendiga (...). Ese señor dicen que abrió el economato, quitó todos los castigos, todos los castigos los quitó. Las comidas, hacían las perolas de comida, el que quería dos platos le daban dos platos, el que quería tres, tres, daba el pan. Lo que era nuestro, de los presos. Ya yo había salido, afortunadamente".

Según Octavio, el cambio del director de la Colonia hizo que la nueva dirección suavizara el régimen disciplinario de manera importante. En todo caso, el tipo de trabajo a los que forzaron a los recluidos, el nivel de maltrato, el hambre y, en general, las duras condiciones del encierro fueron muy específicas del centro majorero y, según los testimonios, no tuvieron tan rígido carácter en el resto de centros de reclusión canarios, sin quitar por ello importancia al hecho de ser condenados simplemente por su homosexualidad.

¿Colonia Agrícola o Campo de Concentración?

En numerosas ocasiones se habla de la Colonia Agrícola como un campo de concentración, a menudo comparándola con los centros de reclusión del nazismo. Si nos atenemos estrictamente al concepto de Campo de Concentración como aquel establecimiento instalación en la que son recluidas personas por pertenecer a un determinado colectivo (grupo étnico, religioso, político, sexual, etc.) y no por haber cometido algún crimen o delito, difícilmente podemos aplicar este concepto a la Colonia Agrícola. En sentido estricto, las colonias agrícolas eran uno de los tipos de instalaciones previstas en la Ley de Vagos y Maleantes de 1933 que, junto con los establecimientos de trabajo y otro tipo de centros, estaban destinadas a la rehabilitación de los peligrosos sociales mediante el aprendizaje de tareas agrícolas, en el primer caso, o de diversos artes y oficios en el segundo, según establecía el Reglamento de la ley. A la confusión también ayuda el hecho de que también desde el régimen franquista fuera usual utilizar la expresión “campo de concentración” al referirse a la instalación de Tefía, tanto en artículos de prensa como en documentos oficiales que constan en los expedientes de vagos y maleantes.

Sin embargo, en la práctica, la colonia de Tefía se convirtió en un auténtico campo de trabajos forzados y la dura experiencia de Octavio García y de Juan Curbelo les llevó a comparar el centro con los campos de concentración nazis. Aquello era un campo de concentración. Ponlo así, contaba Curbelo en una de las entrevistas a la prensa. Asimismo, Octavio confesaba a Miguel Ángel Sosa en sus conversaciones: "He visto hacer de todo, lo más horrendo que te puedas imaginar...: hambre, palos patadas, vejaciones... El mismo trato que recibieron los judios en los campos de concentración... Solo faltaban las cámaras de gas. Solo eso. Sigo sin conseguir quitarme de la cabeza todo aquel horror..."

Sin lugar a dudas, la dureza de las condiciones en que vivieron los presos durante los primeros años de funcionamiento del centro de Fuerteventura soportan de manera clara esa comparación con los campos de concentración del nazismo.

¿Cuántos homosexuales fueron recluidos en Tefía?

En algunos textos se habla de decenas o de cientos de homosexuales los que cumplieron medidas de seguridad en la Colonia Agrícola. Sin embargo, estas cifras son notablemente exageradas. La colonia estuvo abierta entre los años 1953 y 1966. Es difícil de concretar el número exacto de presos que cumplieron medidas de seguridad o condenas en la colonia majorera. Habría que analizar todos y cada uno de los expedientes de vagos y maleantes de ese periodo para determinarlo claramente, cosa que aún no se ha realizado. Por otro lado, las estadísticas de las Memorias de la Dirección General de Prisiones no recogen todos los años el número exacto de reclusos de Tefía, pues en algunas de ellas este dato no aparece.

Pero de las cifras de altas de presos en el centro y de las medias anuales que se recogen en dichas memorias, podemos deducir que, durante los años de funcionamiento, la colonia agrícola acogió entre 300 y 350 presos. Sin embargo, solo 20 de ellos lo fueron por su disidencia sexual, según los expedientes de vagos y maleantes analizados, un número notablemente inferior al resto de reclusos. Obviamente, el número de expedientes abiertos por homosexualidad durante la vigencia de la ley fue superior. Durante la investigación en el Archivo Histórico, se revisaron un total de 1096 expedientes pertenecientes a los legajos comprendidos entre los años 1954 y 1970. De ellos 192 expedientes fueron abiertos en virtud de la presunta homosexualidad del procesado, de los cuales 68 fueron considerados peligrosos sociales por su homosexualidad y condenados a las correspondientes medidas de seguridad y 120 fueron absueltos. En cuatro expedientes no se llegó a la sentencia por diferentes motivos.

Por lo tanto, en Tefía fueron recluidos algo menos del treinta por ciento de los condenados por el juzgado especial del archipiélago canario por su homosexualidad, y un porcentaje mucho menor del total condenado en la colonia agrícola. El resto fue recluido en las prisiones de Tenerife, La Palma y Gran Canaria.

¿Fue la colonia dirigida por un sacerdote?

En sus declaraciones, Octavio García se refiere al director de la colonia como un ex-carmelita descalzo llamado Prudencio de la Casa de Dios, al que atribuye las terribles condiciones durante el tiempo en el que estuvo recluido. Esto ha llevado a considerar que la colonia estuvo dirigida por un sacerdote, hecho del todo incierto. Es posible, si nos atenemos a las declaraciones de Octavio, que efectivamente esta persona fuera un ex-carmelita y, por tanto, en el momento de ejercer las funciones de dirección estuviera fuera del ámbito religioso. Hemos intentado confirmar este dato a través de los archivos de la Orden de los Carmelitas Descalzos en Italia desde donde, mediante correo electrónico, se nos aconsejó que nos pusiéramos en contacto con la Provincia Ibérica, ya que ellos conservan los catálogos con todos los datos de los frailes de la Provincia. Tras remitir sendas solicitudes de información a dicho contacto, a través de la página web y de correo electrónico, nunca recibimos respuesta.

Sin embargo, sí podemos acreditar que Prudencio de la Casa de Dios, antes de incorporarse al cuerpo de funcionarios de prisiones, fue militar de graduación. Así, en el Boletín Oficial del Estado de 24 de junio de 1937 se publica su ascenso a Alférez, destinado en agosto de ese año al Regimiento de Infantería de Toledo. En julio de 1938 es ascendido a Teniente. Tras la guerra civil, en el año 1940, es nombrado con carácter provisional oficial del Cuerpo de Prisiones.

Del análisis de los expedientes de vagos y maleantes podemos deducir que Prudencio de la Casa estuvo destinado en Tefía al menos entre los años 1955 y 1959. En enero de este último año es nombrado administrador de la Central del Puerto de Santa María. Durante su destino en Tefía ocupó los cargos de administrador, entre los años 1955 y 1957 y, a partir de julio de este último año, el de director de la colonia hasta el año 1959. Asimismo, la casualidad hizo que otro Prudencio –Prudencio Lafuente–, fuera director durante los tres primeros años de funcionamiento de dicha instalación - probablemente de febrero de 1954 a julio de 1957–.

Todos estos datos nos vienen a aportar la siguiente información. La primera que Prudencio de la Casa de Dios no era sacerdote cuando realizaba sus funciones en Tefía, sino Oficial de Cuerpo de Prisiones. Y por otro lado, nos pone en duda sobre quién pudo ser el responsable de la dureza del régimen de Tefía durante la reclusión de Octavio García en este centro (entre marzo de 1956 y abril de 1957) y de Juan Curbelo (septiembre de 1955 y mayo de 1958), puesto que durante el encierro del primero, Juan de la Casa fue administrador y sólo durante los últimos diez meses de la reclusión de Curbelo actuó como director.

Nos encontramos aquí, por tanto, con cierta incongruencia entre el relato de los testimonios, específicamente el de Octavio García, que da a entender que durante su reclusión, entre los meses de marzo de 1956 y abril de 1957, la dirección de Tefía estaba en manos de Prudencio de la Casa cuando de los expedientes se infiere que durante ese tiempo el director del centro fue Prudencio Lafuente, y el primero ejercía las funciones de administrador.

Octavio García ofreció su testimonio cuando habían transcurrido más de cincuenta años de los hechos por lo que es posible que hubiera confundido nombres o cargos. De esta manera podemos plantear dos hipótesis, la primera que la personalidad y el poder de Prudencio de la Casa de Dios, aun siendo administrador, fueran lo suficientemente destacables como para imponer tan riguroso sistema en la colonia y marcar tan negativamente el recuerdo de los reclusos. Y la segunda, que quien realmente impuso una disciplina tan severa fuera Prudencio Lafuente, por entonces director, y este régimen fuera suavizado por Prudencio de la Casa al sustituirlo en el año 1957, cuando Octavio ya había sido liberado. El fallecimiento de los testigos hace imposible confirmar alguna de las hipótesis.

¿Condenados sin juicio?

Más allá de su reclusión en Tefía u otra prisión, es habitual, y así lo manifiestan muchas de las personas procesadas, creer que la aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes se realizaba sin juicio, es decir, sin la aplicación del procedimiento judicial previsto en la legislación correspondiente. En este sentido hay que anotar que tanto la Ley de 1931, en su Título II, como su Reglamento de desarrollo, regulaban el procedimiento judicial destinado a indagar y hacer constar el estado peligroso de vagos y maleantes, según el artículo 78 de la norma reglamentaria. Durante la tramitación de dicho procedimiento, el encausado tenía legalmente derecho a proponer pruebas en su descargo y a designar Procurador que lo represente y Letrado que lo defienda o pedir al Juez que nombre uno de oficio, según el artículo 13 de la ley.

Del examen de los expedientes del juzgado canario se observa que, efectivamente, los procesos están documentados, incluyendo en ellos tanto las declaraciones que se toman a los inculpados como su firma en las diligencias en las que se les informa de su derecho a designar abogado y procurador. Asimismo se les permitía designar representación procesal y presentar escritos de alegaciones y proponer pruebas documental y testifical en su descargo. Una vez dictada sentencia, era posible interponer el correspondiente recurso ante la Audiencia Provincial. No obstante, el hecho de que no existiera juicio oral, sino que el expediente se tramitara fundamentalmente por escrito, produjo la sensación generalizada de que no se les había realizado juicio alguno.

Por otro lado, encontramos un número notable de procesados que no hicieron uso de tales posibilidades de defensa –elección de abogado o solicitud de uno de oficio, presentación de alegaciones o prueba– y en otros expedientes no se garantizaron plenamente de los derechos procesales. Sin extendernos en exceso, en estos expedientes podemos encontrar que la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes de 1954 se aplicó en los primeros expedientes de manera retroactiva, a personas que fueron detenidas antes de su entrada en vigor, e incluso antes de que la misma ley estuviera vigente. También existen expedientes en los que no se concedió abogado de oficio a algunos procesados que lo solicitaron.

A todo lo anterior debemos añadir los abusos sexuales y malos tratos en las instalaciones policiales y las torturas con los que, en ocasiones, se intentaba extraer información de los procesados durante su estancia en comisaría o la policía armada. La conjunción de estas circunstancias nos ofrece un panorama en el que, a pesar de la tramitación del procedimiento judicial, de estos es fácil deducir en muchos casos la vulneración de los derechos de los inculpados, una situación de notable inseguridad jurídica y la ausencia del respeto a los más elementales derechos humanos.

Más allá de mitos y exageraciones, la realidad de Tefía nos remite a un momento de extrema represión hacia quienes osaban retar al sistema cis-heterosexista del nacional-catolicismo franquista. La Colonia Agrícola de Tefía se ha convertido en un necesario símbolo de esta represión, un espacio que se debe convertir en lugar de encuentro, reflexión y memoria que permita que generaciones futuras conozcan la historia de una comunidad secularmente marginada y cuyas vidas merecen el adecuado reconocimiento.

Víctor M. Ramírez Pérez es activista LGTB e investigador de la memoria histórica de la comunidad del colectivo en Canarias. Acaba de publicar el libro ‘Peligrosas y revolucionarias. Las disidencias sexuales en Canarias durante el franquismo y la transición’, editado por Tamaimos.

viernes, 29 de noviembre de 2019

#hemeroteca #homofobia #franquismo #memoria | Los campos de concentración que Franco abrió en los 50 para "reformar" al colectivo homosexual en Canarias

Imagen: Público / Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía en la actualidad
Los campos de concentración que Franco abrió en los 50 para "reformar" al colectivo homosexual en Canarias.
El Auschwitz de Fuerteventura estaba en Tefía. Durante la represión franquista se confinaron en esta colonia agrícola, entre 1955 y 1966, un centenar de presos que sufrieron todo tipo de vejaciones y torturas. Su historia es inédita. Octavio García cuenta el infierno vivido como uno de los últimos supervivientes.
María Serrano Velázquez | Público, 2019-11-29
https://www.publico.es/sociedad/franco-canarias-campos-concentracion-franco-abrio-50-reformar-colectivo-homosexual-canarias.html

En el archivo histórico provincial de Las Palmas queda intacta la sentencia que llevó hasta el “terrorífico” campo de concentración de Tefía (Fuerteventura) a Octavio García Hernández, con tan solo 24 años, el 12 de septiembre de 1955.

Antoni Ruiz, presidente de la asociación Ex-Presos Sociales, recuerda a ‘Público’ sus días en aquel infierno. Lo llamaban Auschwitz por las terribles condiciones de vida que se vivieron en aquel campo de concentración, conocido como colonia penitenciaria y que abrió sus puertas en enero de 1955.

De todas las conversaciones mantenidas con Octavio, Antoni relata cómo hablaba de aquellos días de terror, de incertidumbre, en un campo que no tenía ni muros. “El propio mar hacía de frontera natural para que nunca salieran de allí y así que creyeran que aquel hacinamiento podría durar mucho tiempo”, aclara a Público.

El joven Octavio García, era uno de los supervivientes que se mantenían con vida de aquellos años en el campo de Tefía. Y en su sentencia (aún bajo secreto de sumario) reza “el traslado a la colonia agrícola” por un tiempo indeterminado. El expedientado era acusado de homosexual, lo que caía de lleno en la “causa de peligrosidad 2º de la ley de vagos y maleantes del 4 de agosto de 1933, y que se adicionaba a la establecida por el régimen de Franco del 4 de julio de 1954”.

Ruiz relata cómo por una causa injusta y falsa este joven canario es acusado de pederastia, siendo “obligado a permanecer en un colonia de trabajo forzado”, como Tefía, un tiempo mínimo de un año y un máximo de tres. Entre el centenar de presos que se hacinaba en aquel paraje casi desierto había incluso algunos presos comunes y presos políticos en una etapa ya tardía de la represión.

Un campo de trabajo forzado en medio de un desierto
La Colonia de Tefía sería instalada en unos terrenos de la Legión que habían sido antes aeródromo del Ministerio del Aire durante la guerra civil. Bajo una orden ministerial de 1954, homosexuales y transexuales fueron confinados en los denominados "centros de trabajo" y "colonias agrícolas penitenciarias”. La Colonia Agrícola-Penitenciaria de Tefía, como sería denominada por el régimen, fue establecida sobre terrenos pedregosos e improductivos donde los presos picaban piedra hasta la extenuación, sin descanso y ante la humillación constante por su orientación sexual.

El periodista Fernando Olmeda, autor del libro ‘El látigo y la pluma’ (editorial Oberón) relata a ‘Público’ que la colonia de Tefía surge en un contexto muy concreto con “la modificación de la Ley de Vagos y Maleantes que incrementa la acción represiva (detenciones, encarcelamientos)”. La creación de la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía responde a ese endurecimiento.

“Aquella represión desmedida respondía a coordenadas intrínsecas de la alianza nacional católica del régimen de Franco, que identificó al franquismo: arbitrariedad e impunidad, crueldad gratuita, poder omnímodo sobre la vida de terceros, en este caso los homosexuales”, concluye Olmeda.

El investigador Felipe Gómez narra en su libro ‘El derecho a la memoria’ cómo la razón de aquel hacinamiento del colectivo en Tefía era el encarcelamiento para una posterior reforma. “Hay informes que no han salido a la luz de cómo los detenidos eran obligados a trabajar hasta la extenuación, sin ningún interés por su bienestar, por no mencionar su interés en su reforma y los continuos maltratos por parte de los funcionarios de prisiones”.

El infierno de Octavio: 16 meses interno y sin juicio
El Ministerio fiscal pediría para Octavio García, en su expediente número 79 de 1955 del Juzgado Especial de Vagos y Maleantes, que en aquel campo no se pudiera relacionar con nadie. Que tendría que quedar incomunicado. El fiscal pide explícitamente “absoluta separación de los demás”.

García fue llevado sin previo juicio a la colonia canaria. Aquel expediente, al que ha tenido acceso Público, “le prohibía residir en el lugar o territorio que el tribunal designara y la obligación de declarar el domicilio durante un año” tras su salida del campo.

En su testimonio sobre aquellos días recordaba como los vecinos de la isla los miraban como si fueran “casi terroristas”. Octavio declara que eran tratados como “ganado” y no olvida cuando llegaron escoltados por la Guardia Civil a una especie de espigón. “Nos tenían a pleno sol para ponernos en evidencia. Nos echaban un toldo y en un camión nos llevaron tapados para que no viéramos el camino si queríamos escaparnos”.

Cuando llegaron a Tefía había en el campo de trabajo unos 50 presos. “Vino un funcionario que le llamaban la Viga, un tío altísimo de un metro ochenta, que nos decía que éramos maricones y nos iba a quitar esa enfermedad y eso era una cosa nuestra, innata”, recuerda Octavio.

La rutina era de instrucción militar. “Nos levantaban a las seis de la mañana para hacer la cama; pero en aquel paraje no había cama, había petate a ras del suelo. Se escuchaba el viento por la noche con una manta muy fina y unos uniformes grises con los que nos identificaban los guardias”.

Octavio García estuvo afincado 16 meses en Tefía. “Estar allí tanto tiempo te estropea la mente. Aquello solo era cargar piedras y agua. Hombres de 80 kilos que llegaban a pesar treinta kilos y si te equivocabas en la marcha te daban con una fusta que los funcionarios llevaban en la mano”.

Octavio no olvidaría los días que vivió junto a su compañero más joven, Juan Curbelo Oramas, que estuvo durante tres años picando piedra en la colonia, unido a castigos y muchas palizas.

En su libro 'Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo', el periodista e historiador Arturo Arnalte relata cómo Curbelo llegó a Fuerteventura con la cabeza rapada. “Lo mandaron a la isla”, ya que antes del boom turístico era un paraje para desterrar y alejar a los que no eran adeptos al régimen.

El director del campo, sacerdote castrense de Vitoria
Los que vivieron en aquellas condiciones recuerdan cómo un sacerdote vasco era quien controlaba la organización y el orden de aquella colonia agrícola. Un sacerdote que, detalla Arnalte, “era capaz de esconder las cartas de los familiares y tener durante más tiempo recluido a los condenados” en su internamiento en Tefía por el juzgado de Vagos y Maleantes.

Octavio rememora que no había agua corriente. “Con agua de pozo estancada nos teníamos que duchar solo un día a la semana”. Tampoco olvida cómo iban andando para ir a misa hasta un pueblo muy cercano donde los vecinos no entendían “si eran delincuentes comunes, ni por qué aquellos jóvenes se encontraban hacinados y encerrados en tales condiciones”.

La colonia duró muchos más años de lo previsto. En 1966 se decreta su cierre, aunque siguieron enviando a los homosexuales a la cárcel. Las conocidas galerías de invertidos se ubicaban en cárceles como la de Huelva o la de Badajoz “gracias a la Ley de Vagos y Maleantes que en 1970 fue sustituida por la de Peligrosidad Social”.

Fernando Olmeda señala que las penalidades sufridas por quienes tuvieron la desgracia de pasar por allí “son suficientemente elocuentes”. La dictadura convirtió “al diferente en peligroso. De aquí que, de maleantes, pasaron a ser peligrosos, y de ahí la aprobación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social años después".

Los violetas, como la prensa y los propios guardias los llamaban despectivamente, guardan una historia silenciada de aquella represión que está llegando hoy a la sociedad, a través de otros formatos, incluso de cómic. Las viñetas de 'El Violeta' escrito por Marina Cochet, Jesús Sepúlveda y Antonio Santos (editorial Drakul) refleja la historia de Bruno Llopis, un joven homosexual que es detenido en plena dictadura y encerrado. Antoni Ruiz señala cómo en sus páginas queda latente la historia de Octavio y sus días en Tefía para “no olvidar ese episodio tan oscuro y reciente de nuestra historia”.

En 2004, el Cabildo de Fuerteventura quiso dar un homenaje a aquellos presos que lograron soportar las vejaciones y torturas de Tefía. Se instaló una placa en memoria de quienes fueron recluidos en la colonia. Cuatro años más tarde, el Gobierno de Canarias celebró en aquel espacio, hoy albergue juvenil, el primer acto constitucional el Día Internacional contra la homofobia para no olvidar a aquellos presos, ni tampoco sus historias.

viernes, 2 de noviembre de 2018

#hemeroteca #memoria #franquismo | Un campo de concentración para aislar a los gais del turismo

Imagen: La Marea / Recuerdo a los represaliados en Tefía, Fuerteventura
Un campo de concentración para aislar a los gais del turismo.
La Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, en Fuerteventura, fue creada para encerrar a los homosexuales.
Eduardo Robaina | Rutas de la Memoria, La Marea, 2018-11-02
https://rutasdelamemoria.lamarea.com/un-campo-de-concentracion-para-aislar-a-los-gays-del-turismo/

Tefía, Fuerteventura (Canarias). Estado de conservación: Las instalaciones están perfectas y la zona está cuidada, debido a que ahora cumple funciones de albergue. Se han construido nuevos edificios alrededor, pero el principal sigue igual. Esta ruta fue realizada en septiembre de 2018.

“Desierto es esta solemne y querida tierra aislada de Fuerteventura”, escribió Miguel de Unamuno durante su destierro a la isla en 1924. Allí lo envió Primo de Rivera por sus continuos ataques a él y al rey. Casi un siglo después, el paisaje que dibujó el escritor a través de sus letras se mantiene inmutable. A medida que se avanza hacia el interior, los campos se vuelven cada vez más áridos, y las paradisíacas playas de arena dorada desaparecen de la vista. El verano, que araña sus últimos días de protagonismo, se hace notar con gran temperatura. La humedad, que no pide permiso, contribuye a que el ambiente sea aún más agobiante. En Fuerteventura las carreteras no abundan. Y llegar a Tefía no entraña gran complicación. Estamos en un modesto pueblo de apenas 200 habitantes situado a 20 kilómetros de la capital, Puerto del Rosario –por entonces Puerto de Cabras–, que acabó siendo el lugar elegido para la llamada Colonia Agrícola Penitenciaria.

Ahora es necesario continuar la carretera que atraviesa el pueblo. Lo primero que puede verse es un Ecomuseo, principal atractivo turístico de la zona. En la parte derecha, continuando la andadura por la FV-207, queda al descubierto un gran tablón de madera: “Albergue de Tefía”, anuncia. La carretera asfaltada desaparece y el camino se vuelve salvaje. A lo lejos, un molino, como tantos de los que pueblan la isla. Tras él, el centro juvenil que adelantaba el cartel. Las puertas están abiertas. Unos cuantos edificios, un gran patio, y un modesto observatorio astronómico completan el lugar. Sobre estos metros cuadrados, cientos de personas fueron recluidas por la dictadura franquista con el fin de “proteger la paz social y la tranquilidad pública”. Ahora es un lugar de encuentro para la diversión. Antes lo era del sufrimiento.

El grueso de personas que fueron encerradas en aquel lugar eran “maricones”, apelativo empleado por los policías y resto de funcionarios. No habían cometido ningún delito. Se castigaba a los que hubiesen realizado “actos de homosexualidad”, tal y como figuraba en la modificación del 17 de julio de 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes, aprobada por el dictador Francisco Franco. Tefía se convirtió, así, en el centro al que fue a parar la mayor parte del colectivo LGTBI de las islas.

La idea de su creación llevaba tiempo en mente. El 30 de agosto de 1947, el periódico Falange publicó una entrevista con el entonces director general de prisiones, Francisco Aylagas Alonso, quien afirmó que su visita a Canarias se debía a la búsqueda de unos “magníficos terrenos” en los que establecer “una Colonia Agrícola Penitenciaria Modelo”. No se supo más del proyecto hasta el 17 de julio de 1953, cuando en el mismo medio, el nuevo encargado de prisiones, José María Herreros de Tejada, ya hacía directamente alusión a Fuerteventura, y particularmente a Tefía. Y así fue. Mediante una orden ministerial, el 15 de enero de 1954 se creó la Colonia. El Ministerio del Aire había cedido un aeródromo convertido en cuartel de la Legión tras la guerra civil.

Como atestigua la memoria de instituciones penitenciarias, en su primer año ya había 43 internos y 6 funcionarios. En sus inicios era capaz de albergar a 200 individuos, pero su capacidad fue aumentada hasta los 300, cifra jamás lograda. El objetivo, más que cumplido según afirmaban, resolvía el grave problema “que preocupaba a las autoridades, pues habida cuenta de la importancia del turismo en las islas, se hacía preciso aislar a los nocivos elementos que con sus ademanes hacían desmerecer el magnífico concepto que al arribar a aquellas tierras adquirían tanto los extranjeros como los nacionales en el momento de desembarcar”.

En su construcción colaboraron la Dirección General de Prisiones, autoridades civiles y militares de Las Palmas y el Cabildo de la isla, quien dio todo tipo de facilidades y “costeó materiales y utensilios”, señalan documentos oficiales. Fue un campo de concentración, como destacan los que lo sufrieron; pero no fueron los únicos en usar esa definición. El presidente de la Audiencia Territorial, en unas declaraciones recogidas por el diario del régimen, tampoco dudó en llamarlo así. Otros lo denominaban campo de trabajo. Un término que hacía referencia a la realidad a la que se enfrentaban los presos, obligados a tareas más allá de las relacionadas con la agricultura.

Fueron usados como peones en muchas de las obras que hoy pueden verse; cargaban piedras y agua; o se les obligaba a explotar una cantera de piedra de cal de la zona, como atestiguan periódicos de la época. Las obligaciones también pasaban por practicar la instrucción militar con sesiones de gimnasia.

Muchos presos guardaron silencio. Unos por miedo, otros por vergüenza. El transcurso de la vida se ha ido llevando, sin posibilidad de retorno, todos esos testimonios. Otros, sin embargo, sí decidieron alzar la voz. Octavio García jamás se calló nada de lo que vivió en aquel lugar. Nació en 1931 en Las Palmas de Gran Canaria, y a los 23 ya fue encarcelado. Fue uno de los primeros de Tefía, donde pasó 16 meses. Octavio falleció el pasado agosto. Tenía 87 años y un sinfín de horrorosos recuerdos. En varias de las entrevistas que concedió a lo largo de su vida, relató las palizas que les propiciaba el personal, las humillaciones verbales y físicas. “Te transforma; te quita la mente”, dijo en una de ellas. Su intención al dar la cara siempre era la misma: “Para que la juventud sepa lo que fue la homosexualidad, cómo la reprimían”. Tras casi tres años encerrados volvió a Gran Canaria, a su hogar, del que había sido desterrado por las autoridades isleñas.

Fueron 11 los años que permaneció en funcionamiento la Colonia. Su clausura llegó por orden del Ministerio de Justicia el 21 de julio de 1966 debido al casi inexistente número de reclusos. Quedaban siete personas que fueron derivadas a la prisión de Barranco Seco en Las Palmas de Gran Canaria, hoy usada como Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE). Una placa fijada en 2008 por el Cabildo de Fuerteventura reconoce el horror y la injusticia que por esos caminos de tierra y escasa vegetación se perpetuó durante más de una década. Una isla asociada como destino de sol y playa forma parte de la historia que nuestro país no debe olvidar.

jueves, 23 de agosto de 2018

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Somos ellas y ellos

Imagen: 20 Minutos
Somos ellas y ellos.
Candela Caro Saavedra. Técnica y activista del Colectivo Gamá LGTB de Canarias | 1 de cada 10, 20 Minutos, 2018-08-23
https://blogs.20minutos.es/1-de-cada-10/2018/08/23/somos-ellas-y-ellos/

Utilizamos el tiempo como medida consensuada, para secuenciar lo que nos ocurre, para ordenar en la esfera cronológica nuestras vivencias. Sean individuales, colectivas, compartidas. Pasado, presente, futuro. ‘Ahí más allá, el otro día, hace un par de años, en unas semanas…’

Resulta que hay personas que nacieron ‘antes’ que otras y, por lo tanto, guardan ‘más historias’ o ‘más Historia’ en el zurrón de sus andares por las calles de Canarias. Personas ‘mayores’, de la ‘3ª Edad’, ‘en la vejez’, ‘viejxs’, ‘abuelxs’, o personas ‘con experiencias’, como nos cuenta A.M, uno al que le ‘brindamos la mano’ en Gamá, conocido como ‘Le Prince de La Nuit’ desde que emigró a París cuando tenía apenas 17 años.

A estas personas y nuestra relación con ellas hacen referencia estas breves líneas; a la Memoria Histórica que convive con una juventud que tiene la responsabilidad y el deseo de conocer los rostros de los y las que vinieron antes. De leer y escuchar las narrativas de aquel momento que no era precisamente amable con las personas LGTB. Pero qué nuevo les puedo contar que ya no sepan: Ley de Vagos y Maleantes (1954), la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970), la ‘Colonia Agrícola’ como campo de concentración de Tefía (Fuerteventura), las detenciones, las torturas, la exclusión y la discriminación por ser y amar fuera de la norma.

Y, antes de continuar, querría recordar a Octavio García, recientemente fallecido, por la valentía y el coraje de sacar a la luz aquellos 16 meses y la marca el resto de sus días cargando agua, picando piedra y encerrado en Tefía por ser homosexual. Vean aquí su testimonio: https://www.youtube.com/watch?v=9So2ecahdzk

Volviendo a la relación con las y los que vinieron antes, es importante y necesario escucharlas para poder seguir entendiendo que somos quien somos. Yo a menudo lo hago y, desde que participo el en proyecto de Te Brindo la Mano*, mucho más. Me conmueve, me estremece, me emociona. También, alguna vez, le doy al ‘play’ a la grabadora ‘antes de’ para poder escuchar lo que me cuentan todas las veces que quiera. Siempre con permiso.

Yo tengo guardado bajo llave a M. describiendo cómo eran los techos de uralita de su casa de las chabolas, la falta de agua potable corriente o la nueva vivienda que le dieron en los altos de Las Palmas de Gran Canaria. A B. recordando cómo fue la primera mujer trans que se subió al escenario de la Gala Drag Queen 1998 cubierta de plumas y de purpurina. A A.M. contando cómo se enamoró de un azafato de vuelo de Air France y siempre llamaba a los hoteles donde decía que se quedaba su gran amor para ver si había llegado, mientras compramos un pantalón naranja en un Centro Comercial de la GC-1. Y a tantas y tantos que resistieron en los distintos barrios de Las Palmas de Gran Canaria, desde La Isleta hasta Zárate, y quieren compartir sus palabras como tesoros. Es más fácil de lo que creemos. Están encantadas y encantados de hacerlo: sólo tenemos que tocar sus puertas. “Toc, toc. Adelante.”

Salir del armario, dialogar, agradecer, reconocer, rescatar, reparar. Son sólo algunos verbos que pueden estar presentes en un encuentro con estas personas que vivieron la dictadura y que necesitan seguir pronunciando el mundo, hacerse protagonistas de sus vidas. A mí, éstas, me acompañan antes de irme a dormir. O en la guagua cuando voy a Guanarteme. Sus historias son las mías, porque también somos ellas y ellos.

Y con esto, para terminar, recuerdo a mi padre, en el año 2007, el día que unos primos se casaron, y que no pudo aguantar las lágrimas de la emoción: “Candela, yo recuerdo, de chiquitito, cuando les tiraban piedras por la calle.”
 
*Si quieres participar en el proyecto ‘Te Brindo la Mano – Atención a la Diversidad en mayores LGTB- “, estás a tiempo. Está abierto a cualquier persona joven que quiera aportar su granito de arena en Gran Canaria. ¡Anímate! 

lunes, 20 de agosto de 2018

#hemeroteca #inmemoriam | Octavio García, in memoriam

Imagen: Diario de Fuerteventura / Octavio García
Octavio García, in memoriam.
Facebook, Colectivo Gamá LGTB, 2018-08-20

Nos enteramos hoy, lunes 20 de agosto, del fallecimiento de Octavio García, uno de los presos homosexuales que durante el franquismo cumplieron condena en la colonia agrícola de Tefía, en Fuerteventura, tras ser declarados “peligrosos sociales”. Octavio y Juan Curbelo Oramas fueron los únicos presos de aquel campo del terror que tuvieron la entereza suficiente como para dar testimonio de sus padecimientos en lo que el mismo Octavio calificó como un auténtico campo de concentración. Los años de Tefía fueron para ambos, al igual que para todos los que fueron recluidos en Tefía, un tiempo de hambre, malos tratos, humillaciones y trabajos forzados. Tuvieron que pasar muchos años hasta que reunieron la fuerza suficiente para hablar libre y abiertamente de su dura experiencia, gracias al trabajo del historiador Miguel Ángel Sosa, que convirtió sus entrevistas con ellos en la imprescindible novela “Viaje al centro de la Infamia”.

Octavio era un hombres sensible y educado. Oírle narrar sus memorias de aquellos años siempre fue una experiencia escalofriante. En su mirada se percibía el dolor de los recuerdos aún varias décadas después de su liberación. Consciente, además, de la importancia de su experiencia, no dudó nunca en abrir las puertas de su casa y las de su memoria para colaborar con investigadores, escritores y cineastas que lo solicitaban. Gracias a su compromiso tenemos un privilegiado testimonio de primera mano de aquellos temibles años, de un valor incalculable para la recuperación y mantenimiento de la memoria histórica de la comunidad lgtb canaria.

Octavio se ha ido, pero nos quedan sus colaboraciones en forma de libros, artículos, documentales y, también, en el recuerdo de quienes le conocimos, pleno de afectos y vacío de rencores. Desde Gamá, honramos su memoria y nos comprometemos a mantenerla permanentemente viva.

DOCUMENTACIÓN
Un símbolo de la represión franquista contra los homosexuales.
Diario de Fuerteventura, 2018-02-18

https://www.diariodefuerteventura.com/noticia/un-s%C3%ADmbolo-de-la-represi%C3%B3n-franquista-contra-los-homosexuales
Los homosexuales durante el franquismo: vagos, maleantes y peligrosos.
La homosexualidad y la bisexualidad, tanto masculina como femenina, así como cualquier ruptura con el binarismo de género, se consideraban en el franquismo no sólo pecaminosas sino además delito y enfermedad. Y se legisló contra ello. La influencia del turismo una de las causas a las que el régimen atribuye tal tsunami homosexual. Obviamente Canarias no fue ajena a esta influencia extrajera. Numerosos testimonios de los represaliados indican que, el afeminamiento o ‘la pluma’, era suficiente para ser detenido y pasar varios días en un calabozo de la comisaría.
Víctor M. Ramírez | El Diario, 2016-05-17
https://www.eldiario.es/canariasahora/premium_en_abierto/Homosexuales-vagos-maleantes-peligrosos_0_516549100.html
Octavio García: "Me pusieron a picar piedra".
Lo denunciaron por `tirarse´ al hijo de un médico. Pasó por el camop de trabajo de Tefía (Fuerteventura). Lo soltaron por enseñar a rezar a otros presos.
Interviú, 2007-02-05
http://www.interviu.es/reportajes/articulos/octavio-garcia-me-pusieron-a-picar-piedra/
Tefía, en la memoria.
El País, 2006-08-26

https://elpais.com/diario/2006/08/26/babelia/1156549817_850215.html

domingo, 18 de febrero de 2018

#hemeroteca #homosexualidad #franquismo | Octavio García: Un símbolo de la represión franquista contra los homosexuales

Imagen: Diario de Fuerventura / Octavio García
Un símbolo de la represión franquista contra los homosexuales.
Diario de Fuerteventura, 2018-02-18
https://www.diariodefuerteventura.com/noticia/un-s%C3%ADmbolo-de-la-represi%C3%B3n-franquista-contra-los-homosexuales

Octavio García (Las Palmas de Gran Canaria, 1931) llegó en 1954 al actual El Castillo (Antigua) a bordo de El Correíllo. “No había ni muelle”, recordaba en 2012 para una entrevista para el Archivo de la Memoria Histórica, en la que colaboró el colectivo LGTB Gamá. En el momento de la grabación habían pasado casi 60 años, pero Octavio se acordaba perfectamente de la “humillación” a la que se sometió a los presos que llegaron desde Gran Canaria a cumplir pena en el campo de concentración majorero de Tefía (Puerto del Rosario), en su caso “única y exclusivamente por maricón” según sus propias palabras.

Octavio pasó 16 meses en la bautizada como granja agrícola penitenciaria, en cumplimiento de la ley de vagos y maleantes, promulgada durante la II República y donde el franquismo encontró el hueco para incluir a los homosexuales en un período de 12 años, hasta 1966. Por Tefía pasaron unas 90 personas, la mayoría reclusos comunes que se acogían a la reducción de pena (cada día de estancia contaba por dos).

El campo acogía, así, a “parásitos y sujetos indeseables que torpemente dañan la convivencia humana; rufianes y proxenetas; mendigos profesionales; ebrios y toxicómanos habituales y demás personas que con su irregular o anormal conducta fueren merecedores de esta saludable y enérgica sanción social”, categoría en la que se englobaba a los seis gais que pasaron por la granja.

El ahora acogedor albergue era en plena época franquista un aciago edificio donde se sometía a duros trabajos a los reclusos, picando piedra o trabajando en las gavias, “inhóspitas, improductivas”, privados de cuestiones básicas como el propio alimento. “Allí se entraba con 80 kilos y se salía con 45”, explica Víctor Ramírez, investigador y expresidente de Gamá, que ha participado en el proyecto de Memoria Histórica de Canarias.

La crueldad de los administradores, sobre todo en la primera época, con un excarmelita al frente del centro, llegaba a extremos de retener los paquetes de comida que enviaban los familiares y entregarlos cuando los víveres estaban ya podridos.

Sin embargo, para Octavio García, que se libró de los trabajos forzados por sus conocimientos de la religión católica al ser él mismo un devoto creyente y fue elegido para instruir al resto de presos, lo más doloroso fue que lo acusaran de corrupción de menores y pederastia pasiva. Una terrible y falsa calumnia que ha pesado sobre él toda su vida. “¡Corruptor de menores y escándalo en la vía pública! ¡No he sido ladrón, ni maleante, ni mala persona! El único motivo para ser detenido era ser maricón”, explicó a Víctor Ramírez, que en su documentado artículo ‘Los homosexuales durante el franquismo: vagos, maleantes y peligrosos’ indica que Octavio enfatiza el insulto, “la palabra que lo ha definido durante toda su vida, la única con la que, al final, se siente identificado”, asegura el investigador.

Estos fueron los meses que le tocó vivir al que hoy se ha convertido en un símbolo del movimiento LGTBI y que volvió al centro en 2004, para recibir un homenaje del colectivo majorero Altihay. “Recuerdo que llegó taciturno, como avergonzado y casi escondido en sus gafas y su bufanda”, dice Ramírez, que participó en el encuentro. “Pero pronto se dio cuenta de que estaba entre amigos, de que todos estábamos allí para escuchar su testimonio y recompensarle de alguna manera”, concluye.

Ayudó también que el actual albergue no le recordara en nada al lugar en el que él había vivido. “Ahora es un palacio. Antes se dormía con las ventanas abiertas, con aquel viento entrando a todas horas, con una manta picona en aquel colchón, que no era ni colchón”, contaba Octavio en la entrevista para Memoria Histórica. “Los funcionarios creían que humillándonos de esa manera eso se nos iba a quitar. Y eso no se quita, es una cosa nuestra, de nuestro interior”, relata.

martes, 17 de mayo de 2016

#hemeroteca #lgtbi #franquismo | Los homosexuales durante el franquismo: vagos, maleantes y peligrosos

El régimen franquista incluyó la homosexualidad en la Ley de vagos y maleantes //

Los homosexuales durante el franquismo: vagos, maleantes y peligrosos

La homosexualidad y la bisexualidad, tanto masculina como femenina, así como cualquier ruptura con el binarismo de género, se consideraban en el franquismo no sólo pecaminosas sino además delito y enfermedad. Y se legisló contra ello. La influencia del turismo una de las causas a las que el régimen atribuye tal tsunami homosexual. Obviamente Canarias no fue ajena a esta influencia extrajera. Numerosos testimonios de los represaliados indican que, el afeminamiento o ‘la pluma’, era suficiente para ser detenido y pasar varios días en un calabozo de la comisaría.
Víctor M. Ramírez | Canarias Ahora, El Diario, 2016-05-17
https://www.eldiario.es/canariasahora/premium-en-abierto/homosexuales-vagos-maleantes-peligrosos_1_3991002.html

Homosexuales: vagos y maleantes

Tras la cruenta guerra civil española, el régimen de Francisco Franco dedicó todos los medios a su alcance para crear una estructura política y social que le permitiera consolidar su poder y controlar, de manera totalitaria, una sociedad ya de por sí moralmente devastada por la violencia generada durante el conflicto armado. Con el ejército y las fuerzas del orden público ejerciendo un férreo control coercitivo, orientado fundamentalmente a eliminar cualquier resquicio de indisciplina política, el control moral del nuevo estado fue encomendado a la Iglesia Católica, institución cuya percepción del pecado y la virtud impregnó la sociedad durante los siguientes cuarenta años.

En el concepto de sociedad franquista, la consideración de la superioridad del hombre y, por tanto, de la virilidad como valor ejemplar y supremo y el estatus de la mujer a su servicio, como mero instrumento para la perpetuación de la raza, fueron las consignas oficiales del régimen y de su religión oficial. Este contexto ideológico puramente patriarcal excluía cualquier disidencia sexual y de género. La homosexualidad y la bisexualidad, tanto masculina como femenina, así como cualquier ruptura con el binarismo de género, se consideraban no sólo pecaminosas sino además delito y enfermedad. De esta manera, todas las instituciones del sistema fueron puestas al servicio de esta ideología machista y profundamente lgtb-fóbica. Quienes no se atuvieran a esa ideología tendrían que sufrir terribles consecuencias en su dignidad y derechos esenciales.

Si bien durante los primeros años de la dictadura la homosexualidad no pareció ser una preocupación prioritaria del régimen, ocupado como estaba de aniquilar cualquier disidencia ideológica, no es menos cierto que ya se utilizaba la figura del escándalo público, recogida en el artículo 431 del Código Penal, para condenar las prácticas homosexuales.

No obstante, no considerando suficiente este instrumento, en el año 1954 se modifica la Ley de Vagos y Maleantes de 1933 para incluir, entre otros supuestos, a los homosexuales al entenderse que ‘ofenden la sana moral de nuestro país por el agravio que acusan al acervo de buenas costumbres, fielmente mantenido en la sociedad española’, según reza la exposición inicial de la reforma. Las medidas adoptadas en esta Ley, según la misma, ‘no son propiamente penas, sino medidas de seguridad con finalidad preventiva, cuya finalidad es proteger y reformar’.

Con este fin protector de la sociedad y reformador del ‘maleante, a los homosexuales se les condenaba al internamiento en un establecimiento de trabajo o Colonia Agrícola (…), en Instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás’. Este internamiento no podía ser superior a tres años. Así mismo se les prohibía residir en determinado lugar o territorio, que solía coincidir con el de su residencia habitual, y a estar sometido a la vigilancia de los Delegados.

Una colonia penitenciaria en Canarias

El 29 de agosto de 1947, en un buque procedente de Tenerife, arriba a Gran Canaria acompañado de su esposa e hijas don Francisco Aylagas Alonso, entonces Director General de Prisiones. El día siguiente el diario Falange (1) publica una entrevista con el personaje que, al ser preguntado por el motivo de su viaje, explica que uno de los principales asuntos que le trae a las islas es “adquirir unos magníficos terrenos, dotados de agua y otros buenos elementos, con el fin de fundar una colonia agrícola penitenciaria modelo, que tendrá talleres para el trabajo, centros de experimentación y explotación agrícolas, etc., etc. Y es que” – prosigue el político – “en España no se confina a los delincuentes con el único propósito de alejarlos del contacto con la sociedad, sino que, interpretando el sentido humano y cristiano que define sobre todo a nuestro régimen se les recupera y devuelve a la convivencia nacional dignificados por el trabajo”.



La creación de una colonia agrícola en Canarias, con el fin de rehabilitar en ella a condenados por la Ley de Vagos y Maleantes, no era nueva. Ya en 1934, en el diario republicano de ‘TenerifeHoy’, en un artículo titulado ‘¿Canarias, colonia penal?’, el periodista denunciaba el proyecto de establecer “campos de concentración para vagos y maleantes” en las islas de Lanzarote y El Hierro. El autor mostraba su férrea oposición a la propuesta aludiendo a las duras condiciones económicas de las islas, que obligaban a la emigración por falta de trabajo, al secular olvido de las infraestructuras imprescindibles, como las vías de comunicación, la necesidad de “alumbramientos de caudales de agua o la construcción de embalses”, y al posible daño que tal instalación podría ocasionar a la industria turística, que había atraído “hacia nuestras islas grandes contingentes de viajeros”. Pero los planes de crear en las islas tal establecimiento no fructificaron ni en 1934 ni en 1947.

En el año 1953 regresa a las islas un nuevo Director General de Prisiones, don José María Herrero de Tejada. De este viaje da cuenta el diario Falange de 17 de julio de ese año. Tras visitar Lanzarote y Fuerteventura el Director General explica al diario que su visita tiene como objetivo estudiar “sobre el terreno diversos aspectos fundamentales para el emplazamiento de una colonia agrícola penitenciaria”, sin querer concretar el emplazamiento definitivo, aunque realiza una alusión específica a Tefía, “donde existe un campo de aviación que actualmente no se utiliza”.

Sí se extiende el Director de prisiones en explicar los beneficios para la isla de tal instalación, ya que “al amparo de los establecimientos penales se derrama siempre mucho dinero, de lo que se beneficia el comercio, la industria, etc.”. Explica igualmente que dadas las “peculiaridades de la isla de Fuerteventura, con tan amplias zonas improductivas, los beneficios serán mayores si tenemos en cuenta que se aprovecharán muchos brazos de los que allí han de redimirse para transformar zonas actualmente improductivas”.

El proyecto se concreta por fin mediante la Orden del Ministerio de Justicia de 15 de enero de 1954, por la que “se instituye una Colonia Agrícola para el tratamiento de Vagos y Maleantes, en ‘Tefía’, de la Isla de Fuerteventura” (BOE núm. 30, de 30 de enero de 1954). La colonia se ubicará en “las instalaciones cedidas a este fin por el Ministerio del Aire”, confirmándose su ubicación en el antiguo aeropuerto de la isla. La Orden establece asimismo que se deberán dictar las órdenes complementarias para su funcionamiento y “se seleccionará libremente el personal que consideren necesario para su destino a dicha Colonia”.

Tras la Orden de 30 de enero 1954, la creación de la colonia no se hizo esperar y el 11 de febrero de ese mismo año, según un artículo publicado en el diario Falange el 3 de marzo de 1954, marcharon al centro de reclusión “seis funcionaros del Cuerpo de Prisiones, y el 18 del mismo mes han sido destinados a dicho Campo doce presos reincidentes para auxiliar en los trabajos de instalación de dicho establecimiento penitenciario”.

Con la habilitación de la nueva colonia se concluía un proceso de creación de órganos judiciales e instalaciones destinadas a la reclusión que iban a facilitar en las islas la aplicación efectiva de la Ley de Vagos y Maleantes y que se había iniciado en 1953, con la creación de un Juzgado Especial para la aplicación de dicha ley. Con esta infraestructura básica se iba a poner en marcha el mecanismo judicial y penal imprescindible para reprimir, mediante su internamiento y un duro régimen de trabajo, a todos aquellos “parásitos y sujetos indeseables que torpemente dañan la convivencia humana”, según el citado artículo de Falange, entre los que se encontraban vagos habituales; rufianes y proxenetas; mendigos profesionales; ebrios y toxicómanos habituales y “demás personas que con su irregular o anormal conducta fueren merecedores de esta saludable y enérgica sanción social”, en palabras del Presidente de la Audiencia Territorial citadas en el artículo. Los homosexuales, sin embargo, no estarían contemplados en la ley hasta la reforma de julio de 1954.

Es, por tanto, en el antiguo Aeropuerto de Tefía que, lejos de ser aquellos “magníficos terrenos, dotados de agua y otros buenos elementos” de los que hablaba el Director General de Prisiones en 1947, era más bien un desierto pedregoso, donde el gobierno decide finalmente instalar la colonia agrícola. Allí, varias decenas de hombres redimieron, mediante trabajos forzados y unas duras condiciones de vida, según el “sentido humano y cristiano” que definía al régimen, su condición de vagos y maleantes durante los años siguientes, incluyendo varias decenas de homosexuales.

Tefía: el infierno de Octavio

“La exploración clínica evidencia encontrarnos ante un amanerado con movimientos y gestos feminoides así como su manera de hablar. Psiquismo deformado por su propia perversión; no tendencia al delito; estado físico normal. En el reconocimiento correspondiente con su dilatación esfinteriana y casi desaparición de pliegues nos permite formular el diagnóstico de pederasta pasivo. Es apto para toda clase de actividades”.

Esta descripción fue incluida por el historiador y escritor Miguel Ángel Sosa Machín en el artículo ‘Invertidos’, publicado en el Dominical del diario ‘La Provincia’ el 29 de junio de 2003. El informe forense está incluido en el expediente incoado a Octavio García en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. Detenido simplemente por ser maricón, como él mismo ha explicado en innumerables ocasiones desde que el historiador sacó a la luz su historia, su terrorífico testimonio es ejemplo del trato dado a los presos de Tefía y que de manera escalofriante plasmó Sosa Machín en su imprescindible novela ‘Viaje al Centro de la Infamia’.

Octavio García nació en 1931 en Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de una familia humilde. Estudió en el internado de San Antonio, en el barrio de Vegueta de la capital grancanaria y posteriormente continuó sus estudios básicos en Los Salesianos. De educación y convicciones católicas, nunca podría imaginar que sus conocimientos de religión le permitirían aliviar el calvario que habría de pasar años más tarde en Tefía.

En 1953, con 22 años, fue detenido tras una denuncia y, sin juicio alguno, como él afirma, se le aplicó la Ley de Vagos y Maleantes. En su testimonio suele repetir con profundo dolor los motivos de su condena: por ser homosexual, corruptor de menores y por escándalo en la vía pública. “¡Corruptor de menores y escándalo en la vía pública! ¡No he sido ladrón, ni maleante, ni mala persona!”, repite indignado. “El único motivo para ser detenido era ser maricón”, explica enfatizando el insulto, la palabra que lo ha definido durante toda su vida, la única con la que, al final, se siente identificado.

Tras varios meses de condena en la cárcel de Barranco Seco de Gran Canaria, es trasladado en el correíllo – buque que realizaba los transportes marítimos entre islas –, a Fuerteventura. La reciente apertura de la colonia de Tefía, le convirtió en uno de los primeros presos que cumplió condena en ella. Iban siete presos, esposados, escoltados por la Guardia Civil, a la vista de todo el mundo, “como si fuéramos los peores delincuentes”.

“Tefía era un campo inhóspito, sólo tierra y miseria”, recuerda. “La colonia estaba vacía, había que llenarla. ¡qué deprimente cuando llegamos allí, todos en fila, con un sol, un viento…!”

Al llegar le despojaron de su ropa y le ofrecieron un “mono canelo de tela picona” y unas botas que no eran de su número y tuvo que intercambiar con otros presos para poder tener un calzado adecuado.

El centro era dirigido con mano de hierro por un excarmelita que instauró un auténtico régimen de terror, peor que un campo de concentración, en palabras de Octavio García. Su trabajo allí consistía en acarrear agua de un pozo, ya que el centro carecía de agua corriente, picar piedra de una cantera de piedra de cal y levantar gavias y muros, todo ello bajo el sol inclemente de la isla y la rigurosa vigilancia de los funcionarios. Cualquier mínimo motivo era suficiente para recibir una paliza. “He visto allí las palizas más atroces a los pobres presos”, testimonia Octavio. Los insultos y humillaciones eran constantes.

Estando preso, cuenta Octavio, “una hermana mía (…) dio a luz y me mandaron un telegrama que dice: Pinito tuvo una niña. Y cuando me llamaron al centro para leerme el telegrama (…) me dicen: enhorabuena le felicito, su mujer tuvo una niña, después yo le dije: no es mi mujer, es mi hermana. Y me hincharon a palos por haberle contestado mal”.

Junto al duro trabajo y a las arbitrarias palizas, otra de las pesadillas del centro era la escasa alimentación, que les hacía pasar un hambre atroz y constante: “lo peor era la comida, batatas enraizadas, arroz con gorgojos, un pan pequeño para todo el día. (…) Vi hombres allí que entraban con 87 kilos y se quedaban en 45”. En una ocasión apareció por el centro un sacerdote para una ceremonia católica. Muchos presos no tenían educación religiosa y, al realizar el cura algunas preguntas, a Octavio se le ocurrió responder. Lo hizo acertadamente y al día siguiente lo llamaron y lo nombraron maestro de religión. Esa fue su salvación. A partir de ahí no trabajó más en la cantera, ni cargó más agua, estaba bien mirado y considerado.

Pero el paso por la prisión lo dejó marcado de por vida. Tras su salida y luego de algunos trabajos, se fue de Canarias y sólo hasta hace unos años fue capaz de contar su historia. En el año 2009 el Gobierno español aprobó la concesión de indemnizaciones a las personas homosexuales o transexuales que hubieran sido encarceladas durante el franquismo. Octavio García recibió 12.000 euros por sus dieciséis meses de cautiverio. La Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía cerró por Orden del Ministerio de Justicia de 21 de julio de 1966, “en atención al reducido número de penados sancionados por el Tribunal de Vagos y Maleantes, en la que actualmente existen siete reclusos, los cuales pasarán a la Prisión de Santa Cruz de La Palma”, según informaba El Eco de Canarias de 26 de agosto de 1966.

La Palma: la reclusión de Manuel Alfonso

Manuel Alfonso nació en 1946, en el barrio de Guanarteme de Las Palmas de Gran Canaria, junto a la playa de Las Canteras. Su padre trabajaba en la Compañía Transmediterránea. Su madre se dedicó a las tareas de hogar hasta que se separó de su padre y comenzó a trabajar en las factorías de pescado ubicadas en el mismo barrio en el que residía.

Desde su infancia estuvo marcado por sus ademanes femeninos que lo convirtieron en víctima de habituales insultos por parte de sus compañeros, que, como él mismo cuenta, habitualmente le gritaban: “¡maricón, que eres un maricón!”. Manuel, en ocasiones, respondía a los insultos de manera agresiva, porque, como explica “me daba mucho coraje que me llamaran maricón. Aunque yo sabía que lo era”.

La primera vez que estuvo en comisaría tenía 15 años, porque la policía se equivocó con su edad y le pusieron dos años más. Con esa edad estuvo una semana en la prisión de Barranco Seco. Las detenciones e idas y venidas a la comisaría eran frecuentes, por el mero hecho de exponerse en las calles:

“Nos poníamos en una esquina dos, tres o cuatro a hablar de nuestras cosas (…) en ese momento estábamos descuidados, como era de noche, a oscuras (…) paraban justo delante de nosotros, estábamos tranquilos y descuidados, paraban y venga, carnet de identidad y palante, para la comisaría, y en comisaría una semana, tres días a la cárcel, diez días, quince días, y así pero un montón de entradas y salidas que tuve yo y, bueno, como yo, montones de amigos de la época aquella”.

“El periodo más largo que tengo – explica Manuel – fue el que me pegué, cuando la policía se cansó de cogerme una y otra vez… había un juez (…) de vagos y maleantes al que si eras pudiente y le llevabas un buen anillo de oro o un sobre con dinero, diez o quince mil pesetas, ese señor te quitaba la ley de vagos y maleantes y no ibas a prisión. Aunque fueras el chorizo más grande del mundo o el maricón más grande del mundo. Pero a las personas humildes como mi madre que no tenía dos o tres mil pesetas en un sobre para darle, no te digo dos o tres mil sino diez o quince mil pesetas, si no tenías para darle te enviaba a prisión. Y mi madre llorando, ¡Ay, no me metas a mi hijo tanto tiempo allá arriba!”.

En la prisión eran habituales los abusos de los funcionarios, también los sexuales. Manuel cuenta que “en la prisión de Barranco Seco por la noche iba algún funcionario abría la puerta y si había algún mariconcillo joven como yo que le gustaba, lo sacaban afuera y con la excusa de “hacerles el cuarto”, tenían que mantener relaciones sexuales con él. Me ocurrió a mí en la prisión de allí”.

En su expediente constan cuatro detenciones e ingresos en prisión en el año 1963, con 17 años, por delito de conducta atentatoria contra la moral. En 1964 es detenido y finalmente declarado en estado peligroso por su condición Homosexual, según consta en el Expediente nº 62/63 del Juzgado Especial de Vagos y Maleantes del Archipiélago Canario. Tras esta declaración es recluido en la prisión de Gran Canaria, luego trasladado a la de Tenerife y, posteriormente a La Palma. Como expresa con humor: “yo hice una ‘turné’, como la que va de gira”. Entre esas tres prisiones cumplió un año de condena.

En la prisión de La Palma los homosexuales estaban separados del resto de reclusos, según obligaba la ley. Esto implicaba estar la mayor parte del tiempo encerrados en una celda: “estábamos en la celda 22 horas encerrados al día. La celda constaba de un baño pequeñito, un lavabo en una esquina y tres literas. Allí cumplíamos seis personas. (…). Cuando subían los machos del patio salíamos los maricones”.

Había que taponar los baños para que no salieran las ratas de la letrina. “Nosotros limpiábamos la celda, lavábamos la ropa y la tendíamos en la misma celda (…). Donde mismo hacíamos las necesidades, lavábamos la ropa y comíamos. (…)”.

Las ocupaciones en la prisión eran fundamentalmente de limpieza: lavar ropa de otros presos, limpiar cristales, incluso desde el exterior de la prisión… “nos tenían entretenidos”, explica. Había un funcionario mayor que les hacían limpiar los pasillos de la prisión con ceniza, con cepillos de mano, de rodillas en el suelo. “Decía que la ceniza purificaba”.

El régimen carcelario no tenía la dureza de Tefía, pero el temor a las agresiones era constante: “en muy pocas ocasiones llegaban a pegarte, aunque a veces se le iba la mano y te pegaban un cachetón o te daban un par de porrazos buenos. Cuando hablabas con un funcionario tenías que poner las manos a la espalda y si decías una palabra que no les gustaba jalaba con la mano y cachetón que te pego”.

No obstante, para un joven de apenas 18 años, la experiencia carcelaria, la separación de su familia y la sensación de aislamiento y estigma que significaba el estar separados de los demás presos eran situaciones difíciles de afrontar: “en aquella época, como era joven, lloré mucho, lo pasé muy mal, pero siempre con la ilusión de que iba a salir. Mi madre fue a verme a Tenerife (…) después también fue a verme a La Palma, aprovechando que mi padre trabajaba en el barco y se quedaba en él por las noches. (…) Las cartas de mi madre me daban fuerzas para luchar y seguir adelante. Yo decía que ya llegaría mi tiempo de salir a la calle”.

De la prisión de La Palma salió en 1965. En 1966 fue trasladado a la comisaría de Policía “por haber sido detenido en la vía pública por llevar a cabo actos de ostentación homosexual”. Fue condenado a una multa de cinco mil pesetas e ingresó para cumplir 30 días de prisión. Por sus diferentes pasos por prisión fue indemnizado con una cuantía de 8.000 euros.

Como a todos los que sufrieron la represión del régimen, su experiencia le marcó profundamente: “yo no puedo olvidar que una persona me diera un porrazo sin yo hacerle daño. Que yo estuviera en una esquina con dos amigos, hablando, y que llegaran unos señores vestidos con un uniforme, representando a la ley de España y que esos señores me maltrataran y me pegaran. (…) Yo no lo entendía y no lo entenderé así viva cien años”.

Patologización y momentos de cambio


Si, como decíamos al comienzo de este artículo, la Iglesia fue un pilar ideológico y referente moral del franquismo, una segunda institución social vino a reafirmar, con el aval de la ciencia – o pseudo-ciencia al servicio del régimen -, el tratamiento represivo de las disidencias sexuales: la institución médica y, especialmente, la psiquiatría. La condición patológica de la homosexualidad fue asumida por la psiquiatría oficial del régimen franquista, disciplina médica que se apoyó en tal condición para adaptarse sin remordimientos a las exigencias morales del nacional-catolicismo.

Esta visión patologizante de las disidencias sexuales se pone en evidencia en artículos como el publicado en el diario Falange, editado en Las Palmas de Gran Canaria, el 4 de junio de 1956, en el que el Dr. Laforet comenta el libro titulado ‘Sodomitas’, de Mauricio Carlavilla, un panfleto agresivamente homófobo publicado ese año. En su comentario, titulado ‘Un grito de alarma’, el doctor Laforet califica de “valentía viril” el hecho de “atacar al crimen nefando dondequiera que se encuentre y a quienquiera que lo pueda defender”.

“Ya era hora”, expone el doctor, “de que se hablase claro y decididamente sobre un contagio psíquico tan pernicioso”, con el fin de evitar que “entre en la morada de la mente de los adolescentes ese aliado del demonio que es el pederasta. (…) El sodomita es un monstruo peligroso por su proselitismo y porque odia, rencoroso, todo lo que va mostrando a cada paso la inicuidad (sic) de sus crímenes contra la naturaleza y contra Dios. (…) La sodomía”, ultima el galeno, “no tiene ni puede tener justificación científica, como no la tiene la lujuria del heterosexual”.

Con una mezcolanza de ideas pseudo-científicas y prejuicios religiosos el autor muestra una imagen demonizada y psíquicamente perversa de la homosexualidad. Su publicación en el único diario de la época, controlado por el régimen, facilita la difusión del estigma, con la consecuente influencia en las actitudes fóbicas de una sociedad ya vigilada hasta en sus más profundos pensamientos. También la institución médica, como vemos, fue un instrumento útil para profundizar en el trato humillante a las disidencias sexuales durante el franquismo.

Sin embargo, y a pesar de la modificación de la ley en 1954, la homosexualidad no pareció ser una especial preocupación del régimen durante las primeras décadas de vigencia. Las memorias de la Fiscalía General del Estado de 1959 lo expresan de la siguiente manera:

“El balance del año judicial de 1957 (…) nos ofrece saldo positivo y un panorama satisfactorio y alentador en esenciales aspectos: el índice de criminalidad dolosa clásica (…), acusa una tendencia, más que estacionaria, regresiva, en relación con el incremento demográfico; sin que parezcan motivos de preocupación problemas candentes en otros países, tales como actividades terroristas, delincuencia juvenil y extensión y alarde de prácticas homosexuales”.

Pero algo estaba cambiando sustancialmente en la sociedad española. La sustitución de la desastrosa política autárquica de las primeras décadas, cuyos frutos habían sido hambre y miseria para el pueblo, por una política más aperturista, más las ayudas internacionales que Franco obtuvo gracias al apoyo incondicional a Estados Unidos, propiciaron un cambio socio económico que traería abundantes divisas y el inicio de una época caracterizada por el denominado desarrollismo económico.

La mejora de la economía se reflejó en un notable proceso de industrialización y la subsiguiente aparición de fenómenos como el éxodo rural a las ciudades. La llegada del turismo y cierta apertura de los medios de comunicación, no obstante, su cercana vigilancia por las autoridades, colaboraron en el proceso. Estos ingredientes facilitaron un incipiente cambio de mentalidad en la sociedad que comenzó a resquebrajar, aunque fuera de manera superficial, la sólida estructura ideológica y moral impuesta durante las primeras décadas de la dictadura.

La influencia del turismo

La industria turística fue un elemento clave en el desarrollo de la economía de las Islas Canarias a partir de los años 60. El clima insular atrajo a un turismo masivo de sol y playa que se tradujo en un “boom” económico que implicó, además, un importante cambio sociológico en el archipiélago. La tradicional población rural comenzó a trasformar su economía y sus costumbres; el desarrollo de los núcleos urbanos costeros con atracción turística atrajo a la población del interior; los sectores de la construcción y de servicios sustituyeron rápidamente a la agricultura y se impusieron como los principales motores de las economías insulares, especialmente en las islas mayores.

El turismo europeo, con mentalidades más abiertas y de amplia cultura democrática, no sólo influyó en el aspecto puramente económico sino también impulsó un cambio de mentalidad de la sociedad. “El espectáculo de libertad que inundó las playas y discotecas españolas, las nuevas pautas de actuación social, moral y cultural y, en suma, el acercamiento a las formas de vida de las sociedades educadas bajo sistemas democráticos provocaron una auténtica revolución en las mentalidades, sobre todo entre los sectores más jóvenes (2)”.

Estas nuevas ideas y formas de vida que empezaron a afectar a la sociedad no eran en absoluto del agrado del régimen. Los cambios de mentalidad comenzaron a influir en las actitudes de la ciudadanía, especialmente en el ámbito urbano, en el que el anonimato y cierta libertad social permitieron una mayor visibilización de las disidencias sexuales, aún a pesar de su persecución.

Esta visibilidad dio al régimen la sensación de un aumento de la homosexualidad que los informes de la Fiscalía del Tribunal Supremo pusieron de manifiesto. Así, el fiscal de Barcelona, en el informe del año 1962 manifiesta cierta alarma ante la “creciente ola de homosexualismo” que el “dique de la Ley de Vagos parece insuficiente para contener”, por lo que “considera preciso tipificar como delito tan nefando vicio, hijo muchas veces de la vida fácil y licensiosa (sic)”.

La sensación de la existencia de una ola de homosexualismo, se expone a lo largo de diferentes informes con expresiones como “aumento constante del homosexualismo” o “el aumento de los delitos de escándalo público, principalmente el homosexualismo”, según manifiesta la Fiscalía de Tenerife en su informe del año 1967.

Es precisamente la influencia del turismo una de las causas a las que el régimen atribuye tal tsunami homosexual. Obviamente Canarias no fue ajena a esta influencia extrajera. El Fiscal de Las Palmas, en el informe del año 1971, consideraba que contribuye “al aumento de prácticas homosexuales (…) una clase especial y degenerada de turistas extranjeros. El fenómeno deriva en aumento de la delincuencia contra la propiedad al inducir a los jóvenes que se dedican a dichas prácticas a hacerse pago por sus propios medios de los ”servicios“ prestados y a desvalijar a veces a los ”clientes“.

“La proliferación de estas conductas en algunos lugares muy determinados y perfectamente conocidos, que van alcanzando ya renombre internacional y que son frecuentados especialmente por gran número de extranjeros habituales, exigiría medidas extraordinarias de represión”, concluye al respecto el informe de la Fiscalía General del Estado de ese año. Sin nombrarlos la Fiscalía pone de manifiesto un fenómeno que, a pesar de sus intentos de represión, sería imparable y, efectivamente, daría renombre internacional a algunas zonas del país, entre ellas Canarias: las mecas del turismo homosexual, de las que Sitges y Torremolinos fueron precursoras.

El diario El Eco de Canarias reflejaba este fenómeno en un artículo titulado ‘El subproducto del turismo’, publicado el 17 de marzo de 1972. El autor llamaba la atención sobre determinados establecimientos, cuya ubicación no especifica (3) y, según cuenta, “cuya finalidad, y tal vez negocio, es la corrupción de la gente joven”.

“La señal de alarma – narra el periodista –, se ha dado con el cierre nada menos que de cuatro establecimientos que se identificaban “Para homosexuales” e incluso se hacían publicidad en este sentido en los países de origen de los posteriores visitantes”. Estos hechos ponen de manifiesto, a su juicio, “la tragedia que sobre nuestra juventud se está echando como una de las más vergonzosas plagas de la humanidad”.

Tras vincular tales hechos con el tráfico de drogas y la trata de blancas, el periodista termina su artículo clamando por una “investigación hasta las “raíces” en todo lo que huela a esta nueva (?) invasión social organizada que afecta e infecta a nuestra querida y, hasta hace bien poco, cándida isla”.

La connivencia de la prensa con la ideología profundamente lgtb-fóbica del régimen, a través del control institucional y la censura, convertía a los medios de comunicación en portavoces de la moral nacional-católica oficial. La difusión de la ideología lgtb-fóbica por parte de los medios facilitó y expandió la estigmatización de las disidencias sexuales y su consecuente rechazo social. La publicación de artículos como los citados difundía con facilidad la imagen perversa del homosexual. A la condena penal se añadía la propaganda injuriosa realizada a través de los medios, directamente controlados por el régimen. Sin duda, la represión era ejercida por el sistema a través de todos los medios a su alcance.

Afeminados y peligrosos


Mientras otros países europeos habían despenalizado las relaciones homosexuales en la década de los sesenta, en España el régimen de Franco decidió actualizar la Ley de Vagos y Maleantes y, en 1970, fue aprobada la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. El artículo segundo de la ley establecía que “serán declarados en estado peligroso y se les aplicarán las correspondientes medidas de seguridad, quienes: […] b) se aprecie en ellos una peligrosidad social”. Entre los “supuestos de estado peligroso se encontraba el de aquellos que realicen actos de homosexualidad”.

Esta nueva ley, a diferencia de la de vagos y maleantes, exigía expresamente la comisión de “actos de homosexualidad” y, por tanto, la realización de prácticas sexuales de carácter homosexual y no la mera condición de homosexual. Siendo esto un “avance”, pongámoslo entre comillas, la realidad de la práctica de la ley fue muy diferente. Numerosos testimonios de los represaliados indican que la mera expresión de la ruptura de los códigos de género, es decir, el afeminamiento o la pluma, era suficiente para ser detenido y pasar varios días en un calabozo de la comisaría. Y si esto ocurría en varias ocasiones era muy probable que el juez acabara aplicando la ley y condenando al reo al internamiento en un centro de reeducación.

En este sentido, es significativa la percepción social de la necesidad de reprimir incluso por la vía penal el afeminamiento, especialmente el masculino, ya que la mujer estaba prácticamente ausente del debate represivo desde el punto de vista legal (4). La columna titulada Mirador, publicada en El Eco de Canarias de 4 de noviembre de 1969, aludía al inicio del proceso de aprobación de la Ley de Peligrosidad social. “Dentro de la nueva Ley parece que se trata de incluir como factor grave de peligrosidad social el afeminamiento en la indumentaria masculina (…), ciertas bandas, pandillas y todos aquellos persistentes en contrarias a la normal convivencia social. En suma, continuaba el artículo, ese ‘narcisismo’ imperante en la juventud, favorecida por el afeminamiento en el uso de indumentarias y el sentido hedonista y materialista de la vida, los ebrios, la prostitución, etc.”.

“Y todo esto que hoy bulle en la mente de selectas clases rectoras parece deducirse del establecimiento diferencial entre hechos delictivos y conductas antisociales. (…) La peligrosidad que se deriva de la conducta de muchos jóvenes necesita adecuados remedios y a ello tienen las modificaciones (…), restablecer las buenas costumbres en la juventud”.

Si bien el texto final de la ley no fue tan restrictivo como para considerar peligroso el afeminamiento en la indumentaria masculina, no deja de llamar la atención que al articulista le resultara normal, y hasta conveniente, el condenar a un centro de reeducación a una persona exclusivamente por la posible ambigüedad de su vestimenta. Este hecho da una medida clara del rígido sistema de roles de género impuesto por el régimen que fue asumido con naturalidad por la sociedad de la época.

La tramitación de la Ley de Peligrosidad Social tuvo amplia repercusión en la prensa del régimen. Ya en la portada de El Eco de Canarias del 11 de octubre de 1969 el titular más destacado rezaba: El Consejo de Ministros ha pasado a las Cortes el proyecto Ley de Peligrosidad Social. Reforma la de vagos y maleantes. En el interior, el artículo resaltaba que la nueva ley no consistía en “un nuevo ordenamiento de los estados peligrosos, sino meramente en edición actualizada de la ley de 4 de agosto de 1933”.

Según el artículo “se aspira a sustituir el título de ‘Vagos y Maleantes’ (…) por el más cabal, menos vejatorio y más concretamente comprensivo de las diversas conductas que interesan, de ‘Peligrosidad Social’. Asimismo aspiraba la ley a “dotar al sistema de efectividad (…) evitando que las medidas de seguridad se conviertan en corrientes penas privativas de libertad y que se frustren el propósito ellas“, para lo cual “se crean los establecimientos especiales precisos, de custodia, trabajo, colonias agrícolas, reeducación, preservación y templanza (…)”.

Más allá de las intenciones de la ley, la realidad es que en Canarias, al igual que en el resto del Estado, no se ejecutaron en absoluto las previsiones de la ley en cuanto a infraestructuras destinadas a aplicar las medidas de seguridad. La arbitrariedad en su aplicación fue tan habitual como en la Ley de Vagos y Maleantes. Algunos estudios determinan que, a nivel nacional, fueron más de cinco mil los disidentes sexuales que fueron víctimas de la represión por esta ley, aunque su número real no está aún contabilizado.

La muerte del dictador en 1975 y la aprobación, en diciembre de 1978, de la Constitución española permitieron la reforma de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, por ser incompatible con los principios democráticos. Esta ley se modificó en 1978, mediante una reforma legal en la que se eliminaron varios artículos de la misma, entre ellos los que hacían referencia a los actos de homosexualidad.

Conclusiones

La represión de las disidencias sexuales durante el franquismo se fraguó mediante la conjunción de normas penales, discursos pseudo-científicos patologizantes, castradores sermones nacional-católicos y la propaganda estigmatizadora de los medios de comunicación, controlados por el régimen.

En Canarias, durante los primeros años de la década de los 50, se creó el sistema judicial y penitenciario que iba a garantizar la efectiva aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes en el territorio y que, con la modificación de la misma en 1954, en la que se incluyó a los homosexuales, permitiría una represión no menos intensa que en otros territorios del estado.

La Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía se ha convertido en un triste símbolo de esa represión, por la inhumanidad de su régimen carcelario. Los valientes testimonios de algunos de los presos canarios, tanto de Tefía como de otras cárceles como la de Santa Cruz de La Palma, nos han permitido conocer de primera voz la dureza de la represión de las disidencias sexuales y las injusticias de un sistema represor y arbitrario.

Junto con la represión legal, la prensa local controlada por el régimen contribuyó a la estigmatización de las disidencias sexuales, propagando una imagen patológica, retorcida y perversa y fomentando el rechazo social a las diferencias sexuales y de género.

Los cambios económicos y sociales producidos en Canarias durante los años 60, especialmente los originados por el auge del turismo, contribuyeron también a los cambios de mentalidad en la sociedad de las islas. Una sociedad más urbana y cosmopolita permitió una mayor visibilización de la diversidad sexual y de género. Este fenómeno produjo un auténtico pánico homosexual en las autoridades que desembocó en la aprobación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, que incluía las prácticas homosexuales como causa de peligrosidad social. No obstante, la evolución social era imparable a pesar de la crudeza en la represión social y política durante los estertores de la dictadura.

En el estudio de la represión de las disidencias sexuales en Canarias durante el franquismo no se ha profundizado lo suficientemente. Más allá de algunos artículos periodísticos y la obra de Miguel Ángel Sosa, prácticamente no hay trabajos sobre el tema. Se hace necesario ahondar en esta parte de nuestra memoria histórica. Quienes sufrieron la represión merecen recuerdo y reconocimiento. Y las futuras generaciones tienen el derecho de conocer nuestra historia, que es parte de nuestro patrimonio como comunidad LGTB y como sociedad. Sirva este artículo de homenaje y recuerdo a las personas represaliadas y también de incentivo para seguir dando luz a esta oscura época de nuestra historia.

  • (1) El diario Falange fue editado en Las Palmas de Gran Canaria entre los años 1936 y 1963. Fue un órgano de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. como medio de comunicación directo del régimen franquista. En 1963 cambió su cabecera por la de ‘El Eco de Canarias’ (1963-1976), que continuó con la condición de ‘Prensa del Movimiento’. (Fuente: Jable, archivo de prensa digital de Canarias).
  • (2) Sánchez Sánchez, Esther M. (2001).
  • (3) Fernando Olmeda (2004), hace referencia a algunos locales frecuentados por homosexuales en Las Palmas de Gran Canaria, ubicados en los alrededores del Parque de Santa Catalina y la playa de Las Canteras, en su ensayo ‘El Látigo y la Pluma’.
  • (4) De hecho, hasta la fecha sólo se tiene constancia de dos mujeres a las que se aplicara, por su lesbianismo, la legislación de peligrosidad social.