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jueves, 26 de octubre de 2017

#hemeroteca #literatura #testimonios | Rafael Chirbes va de fiesta

Imagen: El Mundo / Rafael Chirbes
Rafael Chirbes va de fiesta.
Manuel Hidalgo | El Cultural, El Mundo, 2017-10-26

http://www.elcultural.com/blogs/tengo-una-cita/2017/10/rafael-chirbes-va-de-fiesta/

La buena noticia es que Anagrama pone en circulación unos 'Nuevos Cuadernos', versión actualizada, con mejor diseño y calidades, de aquellos otros preferentemente amarronados y ensayísticos que hace más de cuarenta años tanto alimento cultural e ideológico proporcionaron a los jóvenes y ávidos lectores de entonces.

Siguen siendo textos breves, libros delgados, ideales para el bolsillo trasero del vaquero. La primera tanda de cinco viene firmada por Claudio Magris, Rafael Chirbes, Emmanuel Carrère, Marina Garcés y Jordi Amat.

He leído el segundo, 'El año que nevó en Valencia', hasta ahora inédito y fechado en 2003, cuando Rafael Chirbes (1949-2016) publicó 'Los viejos amigos', la séptima de sus diez novelas.

En apenas cuarenta páginas y en primera persona, Chirbes evoca una fiesta familiar de cumpleaños con parentela de tíos y primos, en un invierno frío e, insólitamente, nevoso en Valencia, cuando el narrador tenía seis o siete años, su padre ya había muerto y él se había desplazado con su madre a la capital –de la que recuerda su mal olor y su carácter destartalado y ruinoso– desde su pueblo, que llama Bovra y que nombra en varias novelas, probable trasunto inventado del suyo propio.

Por diversos detalles, se deduce el sustancial carácter autobiográfico del relato, incluyendo una breve alusión a una estancia juvenil del autor en París –“oscura, húmeda y gris”–, que anticipa en cuatro trazos la sombría visión de la ciudad que Chirbes dio en 'Paris-Austerlitz' (2016), su novela póstuma.

Una fiesta de cumpleaños procura alegrías y goces, se supone, pero, tratándose de Chirbes, y pese a algún escueto momento de alegría (y de turbia sensualidad), la celebración familiar resulta triste y patética, no en balde, y aunque el niño no lo supiera a ciencia cierta, aquel festejo, cuajado de puntos ciegos y zonas negras, iba a tener mucho de despedida y de pérdida.

Chirbes clava a los tipos humanos que le rodean y los hace vivos en las precisas palabras que pronuncian –recogidas con oído exacto– y en los actos sin sustancia que realizan en el rutinario y bailable protocolo de una fiesta tan obligada como amenazada. La sustancia, como tantas veces en Chirbes, está en lo que no se dice, en lo que apenas se ve, en los ocultamientos, secretos, presentimientos e indicios que apuntan a dolores profundos, a comportamientos clandestinos, a realidades negadas, a quiebras inminentes, a cambios traumáticos, a silencios forzosos, a aspiraciones malogradas. El niño ve un mundo adulto que no comprende, que le desazona, que le invita a la soledad y a la huida, que presagia malestares futuros todavía más consistentes que los pasados –la guerra– y los presentes.

En sólo cuarenta páginas, a media voz, en la cotidianidad de los hechos en apariencia menores, Chirbes levanta un universo de desdichas mayores.

El niño tiene simpatía por su tío Antonio, tan cercano a él y, no por casualidad, a su madre, y recuerda los buenos ratos de pesca pasados en su compañía. Escribe: “Me dejaba cuidando la cesta de las anguilas, para que no se abriera y escaparan, y yo, sin que él se diera cuenta, levantaba con cuidado la tapa y metía la mano y tocaba aquellos cuerpos fríos y resbaladizos. Me daba miedo tocarlos, y asco, pero no podía evitarlo. Los tocaba. Algo parecido a lo que me pasó años más tarde con los filetes sangrantes de París”.

Estas líneas me parece que ejemplifican bien el modo en el que Chirbes acostumbraba a introducir de repente, y sin elevar mucho el tono, algo duro y desagradable para dar definitiva e inesperada personalidad a una escena o a un personaje. Pero, sobre todo, bien pueden ser la metáfora de toda su literatura: tener miedo y asco de tocar la realidad, pero no poder evitarlo.

miércoles, 19 de abril de 2017

#hemeroteca #teatro | ‘En la orilla’, Rafael Chirbes llevado al teatro

Imagen: Hoyesarte
‘En la orilla’, Rafael Chirbes llevado al teatro.
Hoyesarte, 2017-04-19

www.hoyesarte.com/evento/2017/04/en-la-orilla-rafael-chirbes-llevado-al-teatro/

Adolfo Fernández y Ángel Solo llevan al teatro 'En la orilla', la galardonada novela de Rafael Chirbes en la que se retrata con toda crudeza las consecuencias de la especulación y la burbuja inmobiliaria. Tras su estreno en Alicante, el Teatro Valle-Inclán (Madrid) acoge la adaptación de esta historia de vidas marcadas por el fracaso, la derrota y los sueños truncados.

Después de ‘Crematorio’ (2007), Chirbes profundiza en la debacle del ladrillo con ‘En la orilla’. La obra comienza donde se quedó la primera historia, esto es “con un perro escarbando en la carroña”, en palabras del propio Chirbes. “Mientras en ‘Crematorio’ había modernidad, agitación, riqueza, ladrillo y costa, aquí lo que hay es el mundo abandonado que había detrás de eso, el patio trasero donde todo se está pudriendo”.

Coproducida por Centro Dramático Nacional, K Producciones, La Pavana / Diputación de Valencia y Emilia Yagüe Producciones, detrás de esta obra está el empeño de Adolfo Fernández, que además de ser autor de la adaptación junto a Ángel Solo, también realiza labores de dirección y producción y forma parte del reparto junto a Sonia Almarcha, Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, César Sarachu y Yoima Valdés.

La historia comienza con la aparición de un cadáver en el pantano de una pequeña localidad costera de España. Esteban, el protagonista, es un carpintero obligado a cerrar su negocio. Junto a él desfilan una serie de personajes, dentro de un mundo en ruina moral y social. Como explica el director, “en la anterior novela de Chirbes estaban muy bien reflejadas las élites políticas y sus corrupciones, pero ésta habla de la codicia más popular, más entendible, la que nos queda más próxima. Esa es la razón de haberla elegido. La historia de un simple carpintero víctima, al final, de su propia codicia”.

“El mérito de Chirbes es haber reflejado un viaje desde la posguerra hasta la actualidad en un pueblo levantino de ficción que él llama Olba. En su pantano, en el marjal, se han escondido infamias desde de la Guerra Civil hasta hoy: los especuladores de la posguerra, los que aprovecharon el marjal para hacer negocios que luego continuaron sus hijos, terminando con una fotografía realista de la corrupción actual”, concluye Ángel Solo.

Y TAMBIÉN…
Chirbes y la podredumbre nacional, a escena.
José Luis Romo | El Mundo, 2017-04-19

http://www.elmundo.es/cultura/2017/04/19/58f7997d46163fdf3e8b464c.html

lunes, 27 de febrero de 2017

#hemeroteca #teatro | La España podrida que Chirbes diseccionó retumba en escena

Imagen: El País / 'En la orilla', adaptación de Adolfo Fernández
La España podrida que Chirbes diseccionó retumba en escena.
Adolfo Fernández estrena esta semana en Alicante su versión teatral de 'En la orilla'. Es la primera adaptación dramática de una novela del fallecido escritor valenciano.
Rocío García | El País, 2017-02-27
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/26/actualidad/1488106386_068355.html

Una pasarela de la vida, una vieja fotografía no tan vieja, un retrato desolador y auténtico de los escombros que dejó el pelotazo inmobiliario. El momento en el que todas las carroñas salen a flote. Cuando el marjal va descubriendo aquellas miserias imposibles de esconder. En la orilla, la obra de Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1949-2015), se estrena en teatro en un montaje en el que resuenan, en medio del fango pantanoso, las voces amargas e impúdicas de culpables y víctimas de aquella ruina.

“¿Quién te ha engañado? ¿Quién te ha podrido? ‘En la orilla’ es un triste relato de nuestras realidades. Es una crónica amarga de lo que somos. El espejo en el que no nos queremos mirar. Es una historia dolorosa en la que todos nos podemos sentir reflejados”. Son palabras de Adolfo Fernández (Sevilla, 1958), productor, director y autor, junto a Ángel Solo, de la versión de ‘En la orilla’, primera obra de Rafael Chirbes que se lleva al teatro. Protagonizada por César Sarachu, al que acompañan Marcial Álvarez, Rafael Calatayud, Yoima Valdés, Sonia Almarcha y los propios Adolfo Fernández y Ángel Solo, se estrena el próximo viernes en el Teatro Principal de Alicante, para luego viajar a Bilbao (Arriaga), Madrid (Valle-Inclán) y Valencia (Principal).

Todos los sueños rotos, pero también las ambiciones y odios más feroces, van apareciendo a lo largo de esa jornada sobre la que se ha estructurado la dramatúrgica de la obra. Un encuentro macabro, un juego obsceno y cínico de tres amigos que empiezan cazando patos, continúan delante de una paella y terminan en una catarsis de cocaína y alcohol en la que termina por salir toda la carroña. Es Esteban (César Sarachu), el dueño de la carpintería que se ve obligado a cerrar el negocio dejando en paro a sus cuatro empleados y que ahora se encarga de cuidar a su anciano padre enfermo, el hilo conductor de la historia, el que va narrando ese viaje hacia la miseria moral y el desastre económico. “Es la aventura más potente en la que nos hemos metido como compañía. Es una obra de alto voltaje y gran compromiso”, asegura Fernández, fundador de K. Producciones, tras el ensayo completo que se representó el sábado en una sala de Madrid.

Las dificultades para adaptar esta obra de más de 400 páginas a un montaje teatral de una hora y cuarenta minutos han sido enormes. Ahí están los tres años de trabajo y las ocho versiones realizadas. También la frustración e insatisfacción por todo lo que se ha quedado en el camino. “Es la adaptación más frustrante que hemos realizado nunca. Siempre lo viviré como una frustración porque en el tintero se me han quedado muchas cosas que no quería que se perdieran, pero se han perdido. No hemos podido contar todo lo que queríamos. Me he tenido que separar de la novela y defender el texto que tenemos. He dejado de hurgar para no seguir encontrando cosas. Ha sido una verdadera pelea”, explica el director que ha dejado en casa la novela que ha leído más de 30 veces y cuyas hojas, subrayadas y tachadas, escritas en los márgenes, apenas se sostienen ya.

Son muchos los personajes que, inevitablemente, no están en la obra, pero el espíritu de Chirbes se huele y se siente. “Hemos sido fieles y consecuentes con Chirbes, el cronista de las sombras más oscuras de nuestro país, un hombre valiente que vivió muchos años marginado y que escribió con crudeza de una realidad que denunció como hombre comprometido que fue”, añade Fernández, que ha buscado una escenografía sugerida de esa realidad. Con una gran pantalla al fondo, en la que se revivirá el marjal donde plantar la caña y echar la red, pero también la oculta oficina bancaria o el interior de la carpintería, la acción se desarrolla en una gran pasarela de madera, que se convierte en esa pasarela de la vida que tanto ha buscado reflejar Adolfo Fernández. “Es ahí donde sacaremos a pasear nuestras vergüenzas y nuestras miserias sin pudor. Es la pasarela de nuestros sueños baratos y horteras”.

“Yo he sido el último estafado, el pardillo ideal, el que se enteró el último”, se lamenta Esteban en el escenario, poco antes de tomar la decisión de “devolver la dignidad” a su padre, al hombre que él no conoció, al luchador antifascista y al que culpa de todos sus males. Tras muchos años en Estocolmo, el regreso de César Sarachu (Barakaldo, Vizcaya, 1958) a los escenarios teatrales en España ha sido a lo grande. Tras ‘Reikiavik’, de Juan Mayorga, en el que interpretó al ajedrecista Bobby Fischer, le ha llegado la oportunidad con este personaje de Esteban tan contradictorio y rico en matices. “Es un canalla y una persona honrada a veces, tierno y duro, víctima y prisionero de su propia historia y de las decisiones que él ha tomado y de las que culpa a su padre”, susurra este actor de maneras elegantes y tranquilas. La misma tranquilidad con la que Esteban lleva a su padre al marjal. “No tengas miedo, el pantano tiene un regazo blando”.

La traición colectiva
Adolfo Fernández compró los derechos de ‘En la orilla’ nada más ser publicada en 2013, antes de que la novela se alzara con el Premio Nacional de Narrativa y de la Crítica y todos los éxitos literarios y críticos. Seguidor incondicional de las obras de Chirbes, -‘Crematorio’, ‘La buena letra’ o ‘Los viejos amigos’-, Fernández se lanzó a ‘En la orilla’ por la oportunidad que le brindaba esta novela de contar la historia de las consecuencias del pelotazo inmobiliario sobre los ciudadanos de a pie, más allá del mundo de los políticos o los mafiosos. “Quería poner sobre el escenario esa traición colectiva a unos valores y una ética, el triunfo de la mala educación y el capitalismo más feroz”.

Con la adaptación ya escrita, Fernández conoció a Rafael Chirbes en un curso de literatura que impartió el escritor en una masía de Menorca. “Cinco días durmiendo a quince metros de Chirbes y con mi libreto en la mano y fui incapaz de enseñárselo. Él sabía que yo lo tenía pero no tuvo interés en leerlo. Me dijo muchas veces que él había escrito la novela y que lo que hiciéramos con ella le daba igual, que sería otra cosa. Mis compañeros de curso me pedían todos los días en las sobremesas que leyera algo de la adaptación, yo miraba a Chirbes y siempre decía mañana. Ese mañana nunca llegó. De todos modos, creo que le hubiera gustado porque su alma está ahí. Hubiera echado de menos muchas cosas, pero también yo”.

sábado, 10 de diciembre de 2016

#hemeroteca #homenajes | Tavernes de la Valldigna recuerda la figura del escritor Rafael Chirbes

Imagen: El Diario / Homenaje a Rafael Chirbes en Tavernes de la Valldigna
Tavernes de la Valldigna recuerda la figura del escritor Rafael Chirbes.
Exposiciones, anuarios o debates recuerdan al novelista fallecido en 2015, hijo predilecto de la ciudad.
El Diario, 2016-12-10
http://www.eldiario.es/cv/Tavernes-Valldigna-recuerda-Rafael-Chirbes_0_589341160.html

La Fundació Rafael Chirbes y el Ayuntamiento de Tavernes de la Valldigna han homenajeado este sábado al autor de ‘En la orilla’ o ‘Crematorio’, uno de los escritores más aclamados de las últimas décadas.

El programa de actos incluye una exposición de su obra traducida a varios idiomas, un encuentro de los clubs de lectura de Chirbes de Tavernes, su localidad natal, Beniarbeig y Dénia sobre el novelista y la presentación del número 0 del anuario ‘Universo Chirbes’, editado por la Fundació Rafael Chirbes en colaboración con Lletra Impresa Edicions.

En él han participado el editor de Chirbes, Jorge Herralde, de la editorial Anagrama, y Enrique Viciano, el productor de ‘En la orilla’, la película basada en la novela homónima del autor valenciano.

También se ha presentado el convenio “Universo Chirbes”, firmado por los ayuntamientos de Beniarbeig, Dénia, Tavernes de la Valldigna y Valverde de Burguillos (Badajoz), localidades muy importantes en la vida del escritor. Además, se ha descubierto una placa diseñada por Imma Bononad en la plaza dedicada al escritor.

Un anuario para el hijo predilecto de Tavernes

El anuario, dedicado a la figura de Chirbes -nacido en 1949 y fallecido el 15 de agosto de 2015 en Beniarbeig-, incluye las palabras pronunciadas por el novelista cuando fue nombrado 'hijo predilecto' de Tavernes de la Valldigna, una decena de artículos suyos, incluidas fotos que hizo con motivo de sus viajes, y sus artículos gastronómicos; una entrevista que le hizo Josep Bertomeu Moll para la revista 'L'Espill'; un poema de Manuel Vázquez Montalbán; así como escritos de Javier Lluch-Prats ('Voz que pregunta y se interroga, que celebra y se indigna'), Mario García Montalbán ('Está llorando tu pluma'), Pep Romany ('La buena mesa'), Alfons Cervera ('Un olor a exhumación fuera de plazo') y Jorge Herralde ('Rafael Chirbes: la voz de la verdad').

viernes, 18 de marzo de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | El desamor homosexual según Chirbes

Imagen: La Voiz de Galicia / Rafael Chirbes
El desamor homosexual según Chirbes.
«Paris-Austerlitz» es una novela breve, que quedará como testamentario adiós del ya añorado narrador valenciano Rafael Chirbes. No se pudo despedir mejor. Más allá del poso de tristeza y vacío que deja la lectura, es una obra honesta y hermosa que perdurará.
Héctor J. Porto | La Voz de Galicia, 2016-03-18
http://www.lavozdegalicia.es/noticia/fugas/2016/03/17/desamor-homosexual-segun-chirbes/00031458237276149148821.htm

En sus últimos días Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, 1949 - Beniarbeig, 2015) abandonó detrás de la puerta, como paraguas en el estío mediterráneo, sus herramientas de narrador social, de cronista de la realidad española, de la crisis, para escribir una novela de amor que había iniciado en 1996 y retomado y pospuesto en repetidas ocasiones a lo largo de veinte años. El narrador valenciano entregó a su editor el manuscrito apenas un par de meses antes de su fallecimiento en agosto del 2015. Mereció la pena. Con ‘Paris-Austerlitz’ cierra el círculo, pone broche a su trayectoria de manera brillante y doblemente coherente, porque vuelve a la desazón de ‘Mimoun’ (1988), su primera novela, a la indagación intimista y a la temática homoerótica.

Lo que no abandonó es su mirada descarnada, su pesimismo lúcido, su crudeza. Y hasta puede decirse sin riesgo que -discutiendo lo expuesto- hay mucho de retrato de una época en su relato, con la sombra de lo que llama la plaga (el sida) amenazando la vida y la libertad sexual. Pero lo que prima es la historia de amor gay y una clara carga autobiográfica, que da al texto un aire confesional, en la medida que aborda un aspecto de su vida, la condición homosexual, sobre el que Chirbes ha sido siempre extremadamente reservado.

El libro narra el amor de un joven pintor español de familia acomodada que juega a la bohemia en París (y que es la voz narradora) y un rudo obrero francés de edad madura, en su ilusión inicial llena de pasión y en su agonía, preñada de culpa. De hecho, las trampas del amor y los celos, y las distinciones de clase que afloran, no son diferentes de las que podría conllevar una relación heterosexual con esas (u otras) diferencias de edad y de extracción social. Con una sobriedad de estilo notable, Chirbes no se ahorra sordidez ni explicitud erótica, pero es el dolor del fin y la tragedia lo que queda, la ruina de la utopía, la vergüenza y hasta el odio, de tal forma que incluso los lejanos días felices resultan una caricatura de la generosidad de los sentimientos y el romanticismo a tumba abierta del viejo Michel, campesino normando. A la postre, solo queda tristeza y vacío, una desgracia más de promiscuidad y borrachera.

No es fácil narrar con esa honestidad brutal, con esa valentía que maneja Chirbes en ‘Paris-Austerlitz’, ni fácil resulta leerlo, pero su mirada noble sobre la descomposición del amor permanecerá, porque no hay nada fútil en su esfuerzo, solo intensidad, hondura y verdad. Una verdad muy amarga, eso sí.

miércoles, 27 de enero de 2016

#hemeroteca #literatura #rafaelchirbes | Rafael Chirbes: loor del margen

Rafael Chirbes: loor del margen.
Luis Antonio de Villena | El Mundo, 2016-01-27
http://www.elmundo.es/cultura/2016/01/27/56a7befe268e3ef5258b458f.html

Me enteré tarde de la muerte de Chirbes (el pasado 15 de agosto, 1949-2015) porque yo andaba por Colombia. Me hubiera gustado escribir algo sobre él. Nos tratamos poco y nos conocimos menos. Un día Chirbes se acercó a darme las gracias, sobria y cálidamente, por una reseña muy positiva que yo había hecho a la reedición de su primera y muy sugestiva novela ‘Mimoun’ (1988). Chirbes había sido profesor de Español en Marruecos y ese trasfondo vive en ese texto de docencia, sexualidad y juventud masculina. Luego caminamos un poco por la Feria del Libro; a mí me miraba el público (supongo que por raro o exótico) a Rafa no lo miraba nadie.

Con aspecto de ser bastante mayor de lo que era, Chirbes nació en un pueblo de Valencia y se educó en León, en un colegio para huérfanos de ferroviarios. Uno diría que este hombre que se sabía de la raza de los acusados (y no sólo por sexualidad) deseaba el margen, vivir en las afueras de cócteles y copetines, a los que tan dada es cierta grey literaria que desde luego no gustaba a Chirbes. Cierto que a esos pesados almuerzos no se va sólo a tirar de ironía, pues muchos aprovechan el encuentro para hilvanar negocios. Tampoco eso le agradaría...

Su mundo final (‘En la orilla’, 2013) era dar cuenta de la crisis tan nombrada y del mucho daño que hacía a los más dolientes. No para gritar en los ‘arengarios’ políticos, sino para estar cerca de los que lo pasan mal. Oí otro día: ¿No parece Chirbes mucho más viejo? Las almas con frío son almas que envejecen. Ahora, póstuma, sale su novela final que por las fechas de la última hoja -empezada en 1986- podría haber sido la primera, pero no sabemos exactamente por qué el autor la dejaba y tomaba hasta cerrarla sólo meses antes de su muerte. Algunos dirán que la novela (que habla de un enfermo de sida, pero no sólo) hubiera sido más llamativa que ahora de haberse publicado en 1990, digamos. Es cierto y no. La relación entre un fornido obrero francés en París, Charles, y un español treintón que en realidad es de buena familia y quiere ser pintor, dibuja un entramado de lucha de clases y también de querencia por el sur, ya que su título 'Paris-Austerlitz' (Anagrama) alude a la estación ferroviaria parisina de donde salen los trenes al sur, opuesta a Saint-Lazare que es la partida al norte.

Estamos ante una buena y sugerente novela gay pero más que eso también. Aunque es cierto que nada parece haber en la novela para que Chirbes no la acabara cuando la empezó, pues ni es su obra más compleja ni necesita revisiones: está bien como está, con el pobre obrero francés y el señorito español (que es el narrador) cambiando el plano habitual. Para mí si esta novela es póstuma y el autor la acabó sabiéndose mal, es porque la novela guarda algo muy personal -Chirbes vivió un año en París- que no conocemos o no conozco. ‘Paris-Austerlitz’ no es su mejor novela (‘Los viejos amigos’, 2003, ¿acaso?) pero es una novela buena y con un raro grato aroma de fin leal...

miércoles, 13 de enero de 2016

#libros #literatura #homosexualidad | Paris-Austerlitz

Paris-Austerlitz / Rafael Chirbes.
Barcelona : Anagrama, 2016 [01-13].
160 p.
Colección: Narrativas hispánicas
ISBN 9788433998026 / 15,90 €

/ ES / NOV
/ Ambiente / Amor / Homosexualidad / Literatura / Relaciones intergeneracionales / Testimonios

El narrador de esta historia, un joven pintor madrileño de familia acomodada y afiliado al Partido Comunista, rememora, a modo de urgente confesión que posiblemente se deba a sí mismo, y en la que a ratos parece justificarse, los pasos que le han llevado al último trayecto de su relación con Michel. Michel, el hombre maduro, de cincuenta y tantos, obrero especializado, con la solidez de un cuerpo de campesino normando; el hombre que lo acogió en su casa, en su cama, en su vida cuando el joven pintor se quedó sin techo en París; Michel, cuya entrega sin fisuras le devolvió el orgullo y lo libró del desamparo, hoy agoniza en el hospital de Saint-Louis, atrapado por la plaga, la enfermedad temida y vergonzante. En el principio fueron los días felices, los paseos por las calles de París, las copas en el café-tabac mientras duraba el sueldo, el alcohol y el deseo, el placer de amarse sin más ambición que la de saberse amados. Pero, pronto, los lienzos arrinconados en el modesto apartamento de Michel le señalan al joven que sus aspiraciones están muy lejos de esa habitación sin luz, de una relación de patio trasero que comienza a quebrarse a la vez que se acentúan los efectos de las procedencias desiguales, las diferencias de clase, de edad y de formación, pese a la firme convicción de Michel de anteponer a todo un amor indestructible y eterno... aunque también posesivo y asfixiante.

Rafael Chirbes dio por terminada ‘Paris-Austerlitz’ en mayo de 2015, meses antes de su fallecimiento, tras veinte años de escritura abandonada y retomada intermitentemente. A ese riguroso y exigente empeño debemos una historia que indaga en las razones del corazón, tan espurias en ocasiones como irrenunciables, sin asumir como cierta la naturaleza consoladora del amor o su fuerza redentora, enfrentándose con valentía a la posibilidad de que, aunque nos pese, el amor no lo venza todo.

DOCUMENTACIÓN
Rafael Chirbes, el amor es una jodida mercancía.
Juan Ángel Juristo | Cuarto Poder, 2016-01-07

http://www.cuartopoder.es/detrasdelsol/rafael-chirbes-el-amor-es-una-persistente-polilla/7355
Esa enfermedad llamada amor.
Un joven pintor recuerda a un antiguo amante en la novela póstuma de Rafael Chirbes.
Carlos Zanón | Babelia, El País, 2016-01-04
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/28/babelia/1451326965_698112.html
Chirbes sale del armario.
En unos días llega “París-Austerlitz”, la novela póstuma del autor que dibujó España y se olvidó del amor. Ahora sabemos por qué.
Peio H. Riaño | El Español, 2016-01-03
http://www.elespanol.com/cultura/20160103/91740827_0.html
'Paris-Austerlitz', de Rafael Chirbes, el amor como trampa mortal.
Tres meses antes de morir, el autor de 'Crematorio' dio por terminada 'Paris-Austerlitz', tras 20 años de reescritura.
Manu Llorente | El Mundo, 2015-12-28
http://www.elmundo.es/cultura/2015/12/26/567dd7e946163ff15e8c0277.html

jueves, 7 de enero de 2016

#hemeroteca #libros #literatura | Rafael Chirbes, el amor es una jodida mercancía

Imagen: ABC / Rafael Chirbes
Rafael Chirbes, el amor es una jodida mercancía.
Juan Ángel Juristo | Cuarto Poder, 2016-01-07
http://www.cuartopoder.es/detrasdelsol/rafael-chirbes-el-amor-es-una-persistente-polilla/7355

Estamos ante una novela inusual en el panorama literario español. Inusual por la dureza, que se diría ahora, de aquello que se cuenta pero no tanto de las acciones descritas como de lo que éstas esconden. Por eso, 'Paris- Austerlitz' (Anagrama) es una de las novelas más esclarecedoras sobre el fenómeno del amor que se nos ha dado a leer en los últimos años en la narrativa española. No hay en ella atisbo de comodidad alguna. El autor se enfrenta de continuo al autoengaño y en esa lucha, un tanto agónica, extenuante, no hay lugar, resquicio alguno, a la redención de cualquier tipo que sea. La novela se constituye así en narración sin vuelta de hoja: aquello que se cuenta, el amor como trueque, es la única verdad que se muestra. Esto y las consecuencias que conlleva: la explotación de unos a otros y el amor como refugio interesado, por lo cambiante de las condiciones más extremas que nos depara la vida. El amor, refugio ilusorio de las miserias. También Proust llegó a la misma conclusión, salvo que por otros medios: en la novela de Chirbes estaría del lado de aquellos que esperan aventuras extenuantes con bellos emigrantes, fueran estos argelinos, marroquíes o, en los sesenta, españoles que terminaban los fines de semana en la sala Bataclan. No es exactamente así en el caso que nos ocupa: el obrero, Michel, es francés, y el amante acomodado, madrileño con rentas fijas. Las vueltas que da la vida.

La novela, muy esperada, abre el año respecto a las novedades más acendradas. Es novela corta, inacabada, finalizada con prisas, las últimas páginas no aportan la resolución que se espera y, aun así, se nota que es narración en la que Chirbes trabajó durante años, con enormes intermitencias, es decir, narraciones esenciales en su obra por medio. En este sentido puede afirmarse que es novela de esas que llevan media vida, un poco al modo de lo que le sucedió a Faulkner con ‘Una fábula’, aunque ello no sea garantía de excelencia. En el caso de Chirbes asistimos, probablemente, a una de sus grandes narraciones, y todo ello a pesar de estar inacabada. La razón estriba en que en ella vuelve a sus temas presentes desde aquella primera ‘Mimoun’, narraciones sombrías en las que lo inquietante era parte esencial del aire que se respiraba. Algunos apreciamos sobre todo aquellas narraciones en que Chirbes no dejaba intersticio en que podía colarse el pasteleo, incluso con los propios sentimientos, sobre todo con éstos. Y no sólo hablamos de ‘Mimoun’ sino de libros como ‘La buena letra’, que aún esperan su justa apreciación dentro del panorama de la narrativa española de los últimos años. Esperaremos en vano.

Ni que decir tiene que ‘Paris- Austerlitz’ poco o nada tiene que ver con ‘Crematorio’ o ‘En la orilla’, sus novelas anteriores. Lejos de esa cualidad de descripción de ciertos elementos presentes en nuestra realidad social más inmediata, sobre todo la corrupción, la novela se centra en elementos más sutiles y no por ello menos despiadados. Pero no teman. Para los que han gustado sobremanera de esa descripción, que muchos han confundido con premoniciones casi de Sibila cuando lo cierto es que Chirbes ha narrado la descomposición de nuestra sociedad dentro de una tradición de novela realista alejada del ‘thriller’, que ha hecho de ello algo único por inusual, esta novela describe una sociedad francesa plagada de competencia. El español utiliza el amor porque quiere medrar en una empresa de muebles y llegar a ser artista conocido, mientras Michel lo necesita para no caer en un irremediable vacío. Y, por supuesto, hay referencias a la España de la Transición del mismo modo que en las dos últimas novelas se ocupaba de la España del dinero fácil, de la que escribió desde 2007 con obsesiva concentración.

‘París- Austerlitz’ es una novela donde la homosexualidad es elemento determinante. Con ello quiero decir que no es que esté presente sino que no se explica sin la reflexión sobre ciertos ambientes homosexuales presentes en los años de los que escribe. La novela comienza con la visita del amante a Michel, después de años sin tener relación alguna, pero se centra en el recuerdo de los días de vino y rosas, de alcohol, de sexo desaforado y ambientes duros, peligrosos… Sin que ello reste para que el autor nos deje impresiones sobre el mundo del arte que no oculta, antes bien, le sirve como afirmación estética. Reivindica a Matisse y a Francis Bacon, pintor que le cuadra como anillo al dedo, frente a la banalidad del arte contemporáneo, al que se le exige ingenio frente al buen hacer, en justa correspondencia en tanto ilusión con el sentimiento del amor antes aludido.

Metáforas brillantes, secas, contundentes… La prosa de Chirbes brilla aquí en su máxima expresión de significado en su extremado cuidado en saberse escueta, lúcida, escandalosa. Leyendo la novela no he dejado de compararla con piezas ya clásicas de la literatura de tema homosexual del siglo XX, tales las de Pasolini y las de Joe Orton. Es igual de descarnada que la de estos maestros e igualmente sombría, terrible, que los ambientes descritos por el italiano, o las sensaciones parecidas a las de aquellos urinarios londinenses de Orton. Si no fuera por la diferencia de grado tampoco le haría ascos a compararla con los ambientes que Roland Barthes describe en sus memorias, aquí, sí, llenas de argelinos.

Estoy tentado de escribir una tontería. Todo eso de que ‘Paris- Austerlitz’ es su novela más personal. Tan personal como el resto, en ella sí se deja jirones del alma.

lunes, 4 de enero de 2016

#hemeroteca #libros #literatura | Esa enfermedad llamada amor

Imagen: Google Imágenes / Rafael Chirbes
Esa enfermedad llamada amor.
Un joven pintor recuerda a un antiguo amante en la novela póstuma de Rafael Chirbes.
Carlos Zanón | Babelia, El País, 2016-01-04
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/28/babelia/1451326965_698112.html

Abajo esas cejas arqueadas. Libro póstumo no suele casar bien con criterio literario de autor en vida. Y ante esta novela breve de Rafael Chirbes (1940-2015), uno de los mejores escritores de este país, las dudas son tantas o más legítimas, dado el potencial comercial de la edición de una obra inédita. Restablecido el arco de las cejas, toca esconder las prevenciones. En primer lugar porque su autor, a pesar de tratarse de un proyecto que fue retomado y abandonado por espacio de 20 años, la dio por finalizada meses antes de su muerte. Y en segundo lugar, por una razón que, de necesitarlo, anularía la anterior: ‘Paris-Austerlitz’ es una novela breve soberbia, digna del talento y el oficio de su autor.

La temática de ‘Paris-Austerlitz’ retrotrae a libros anteriores a los últimos de Chirbes, monumentales, shakesperianos, como ‘Crematorio’ o ‘En la orilla’. La trama se ubica a finales del siglo pasado, en París, una pareja homosexual a las que les diferencia edad, nacionalidad y extracción social. Quien nos narra esta historia a modo de duelo más intelectualizado que sentido es un joven madrileño, de familia acomodada, que viaja a París en su sueño de labrarse la vida como pintor.

El relato es un cierto pliego de descargo, descarnado y valiente, frío bisturí aplicado a la carne de la relación y al examante agonizante a causa del sida, sin piedad ni mentiras piadosas. Éste se llama Michel, de cincuenta y tantos, obrero cualificado de ascendencia normanda. El amante maduro y el amante joven. Carne nueva y protección. Intereses y desamparo. Te doy todo porque lo quiero todo de ti. Una batalla que como todas acaba con intercambio de cadáveres y reproches. Amante que abandona al enfermo. Amante que asfixia con su dependencia a quien no sabe cómo llamar a lo que siente. La agonía de Michel, en el hospital de Saint-Louis, y las visitas de su examante son un prodigio de la destreza de Chirbes tanto cuando relata el itinerario como el runrún de la carcoma, el colapso, el miedo, el desenlace, los distintos egoísmos del que se entrega sin preguntar y el que se va alejando sin avisar del todo. Y fascinante la manera en que Chirbes inserta los interludios del narrador explicando anécdotas de la infancia de Michel o las relaciones de ambos con sus respectivas madres.

Rafael Chirbes se nos muestra en estado de gracia en el control del qué y el cómo. Es directo y profundo, valiente y certero. No es concisión lo suyo sino algo que tiene mucho más que ver con la precisión, con la lucidez, con la verdad poética de levantar el telón, ver lo oculto, volverlo a bajar y tratar de olvidar lo visto. No sales igual que entras en esta estación de París Austerlitz. El único motivo por el cual no es incontestable este libro es por la resolución un poco abrupta, no fallida pero que muestra un desequilibrio con las casi 150 páginas anteriores. Como si mientras la escribía arrebatado por la inspiración —fantaseemos en modo Kubla Khan, de Coleridge—, alguien hubiera llamado al timbre de casa de Chirbes y a esa interrupción no hubiese podido reponerse el novelista. Ése es todo el “debe” a este libro.

Devoramos las páginas de la trama, del ayer más o menos remoto al inmediato, al hoy y a un lugar por determinar desde el que nos habla quien narra. No hay compasión al narrar la carnicería que es amarse. Rafael Chirbes consigue aislar ese sentimiento, ese trastorno llamado amor y aplicarle tratamiento de verdad. El enfermo que se muere de sida lo hace por falta de anticuerpos, por falta de protección, de no prevenirse. Chirbes consigue que entendamos en una sutil comparativa que existe otro virus más tóxico, letal y universal que el sida, que es el amor romántico. Un sentir artificial más que natural ante el que la sociedad desde el siglo XVIII no tiene defensas, desamparada ante su adicción destructiva, abrasiva, sin remedio. Nos morimos mucho antes que —como Michel— de neumonía, de insatisfacción, de infelicidad, de frustración. Sin defensas ante el fuerte, el que abandona, el que no se entrega, el que decide. Sin defensas ante el débil, el que chantajea, el que reprocha, responsabiliza y se autolesiona. La disección de esa enfermedad llamada amor que hace Rafael Chirbes es certera, salvaje y valiente, en cierto modo, racionalmente incontestable. Sobre todo porque lo hace al servicio de la narración no de engrudo ensayístico, pulsando las teclas justas de explicador de historias, casi de memoria, sin esfuerzo, y adoleciendo, quizás, de esas 50 páginas de más que al menos yo necesito para que esta obra sea ¿perfecta? Y es que vamos a echar mucho de menos a Rafael Chirbes.

‘Paris-Austerlitz’.
Un fragmento de la novela que dejó por publicar al morir en agosto. Anagrama la edita el día 13.


De noche, ya tarde, acudía al bar de los marroquíes. Lo había frecuentado con él. Pero ahora Michel no estaba entre los escasos clientes que seguían bebiendo a aquellas horas. Se había mudado a una ciudad paralela. Desde la cocina de mi casa, veía el patio mal iluminado, y, al fondo, hundida en sombras, la ventana del cuarto que habíamos compartido. Procuraba no pensar en él, metido a aquellas horas en la habitación del hospital, la vía intravenosa perforándole el dorso de la mano, la mascarilla tapándole la cara. A pesar de los sedantes que le suministraban —o a causa de ellos— tenía pesadillas. Decía que lo ataban a la cama y le obligaban a contemplar cosas espantosas en una pantalla que le colocaban por las noches en la habitación. Sufría alucinaciones. Qué podían proyectarle, si al mismo tiempo se quejaba de que apenas veía, aunque yo nunca he dejado de sospechar que haya habido alguna verdad en lo de que lo ataban. Imagino que —sobre todo al principio— no ha debido de ser fácil controlar sus accesos de furor; además, muchos sanitarios tratan a los enfermos de la plaga con una mezcla de asco, crueldad y desprecio. A todos nos desquicia el misterioso comportamiento del mal, su ferocidad. A todos nos asusta.

No me dirigía nadie la palabra, a pesar de mis esfuerzos por entablar conversación. Me miraban con desconfianza, quizá porque, aunque cuando acudía allí iba vestido con pantalón vaquero, chupa de cuero o anorak, durante el día me veían recorrer la calle de vuelta del trabajo o guardar cola en la panadería o ante el puesto de verduras cubierto con un riguroso abrigo de paño azul, chaqueta y corbata; un tipo que hablaba un francés aprendido en el Lycée Français de Madrid, con apoyo de profesores nativos de pago, y perfeccionado en colegios de Burdeos y Lausanne, no tenía que hacerles mucha gracia que pisara el bar. Estaban convencidos de que yo era un policía del departamento de estupefacientes, o de la brigada de inmigración; un curioso que quería meter las narices para oler la porquería dondequiera que la tuviesen guardada; en el mejor de los casos, un periodista o algo así, alguien que poco tenía que ver con su mundo, o —peor aún— que pertenecía a un mundo que peleaba contra el suyo. En aquel bar, discreto, esquinado, que pasaba desapercibido para la mayoría de la gente del barrio por encontrarse en un pequeño pasadizo lateral, se traficaba, se consumía, se compraba y vendía cocaína y hachís, carne humana de todos los sexos y edades y mano de obra en todos los estadios de la ilegalidad. Por fuerza tenían que preguntarse qué hacía un tipo como yo recorriendo los oscuros laberintos en los que se extraviaba Michel los últimos meses. El chico bien vestido que acompaña al obrero borracho Michel. Que se folla al borracho Michel. Que seguramente le paga porque es un rico vicioso que se excita con los marginados. Los hay. Olisquean en los túneles del metro, en los muelles del río. Buena parte del santoral católico se nutre de ese tipo de pervertidos. Que te excite la pobreza ajena, descubrir un rescoldo de la energía subyacente donde se ha consumado la derrota y querer sorberlo, apropiarse de ese fulgor: una caridad corrompida. Aunque imagino que para los del bar el razonamiento era bastante más fácil: el soplón que se pega a Michel para espiarnos a nosotros.

domingo, 3 de enero de 2016

#hemeroteca #libros #literatura | Chirbes sale del armario

Chirbes sale del armario.
En unos días llega “París-Austerlitz”, la novela póstuma del autor que dibujó España y se olvidó del amor. Ahora sabemos por qué.
Peio H. Riaño | El Español, 2016-01-03
http://www.elespanol.com/cultura/20160103/91740827_0.html

“Te he capturado”, le decía Michel cuando apretaba su polla con fuerza una vez la tenía dentro. Y él, el narrador, el protagonista de ‘París-Austerlitz’ (Anagrama), se revolvía al recordar aquellas palabras dichas entre juegos, transformadas en siniestro aire premonitorio del sida. No quiere morir, no quiere entregarse, ni dejarse capturar, no quiere convertirse en víctima, como ha hecho su amante francés, que le echa en cara no haberse entregado nunca al amor por andarse con prevenciones y condones. “El amor como una trampa mortal”, cuenta la primera persona que teje un amargo tratado sobre el amor y que Rafael Chirbes tuvo guardado en el cajón durante casi veinte años hasta que lo dio por terminado, tres meses antes de su fallecimiento, el pasado agosto.

Chirbes abandona en su despedida los lodos de los poceros de este país de sombras, con su obra más cruda y personal. La que, posiblemente, nunca se hubiese atrevido a defender, conociendo la reserva con la que conducía su vida privada. En poco más de un centenar de páginas aparta los deslices del país para centrarse en las obsesiones que se filtran a lo largo de su carrera -sin tanta evidencia-, como la soledad, el amor, el egoísmo, el aislamiento, el sexo, la traición, la vergüenza, los impostores, la corrección, las aspiraciones, las ambiciones, la represión, el resentimiento, la familia y, claro está, la culpa.

Cambia de tercio para volver a la casilla de salida: todo eso estaba ya en ‘Mimoun’ (1988), novela surgida de sus experiencias en Marruecos como profesor de español, en la que Manuel, el protagonista, termina regresando a España para reconstruir su vida, harto de ver cómo las personas se usan recíprocamente para no quedarse a oscuras, a solas. Chirbes vivió antes un año en París, en 1969, cuando tenía 20 y unas ganas locas de leer a Marx, Lenin, Sartre y ver ‘El acorazado Potemkin’ y escapar de la opresión franquista.

En 'París-Austerlitz 'el protagonista huye a la capital francesa para zafarse de la incomprensión, de la incapacidad de su familia para aceptar su orientación sexual. Allí hallará lo mismo que el primer personaje de Chirbes: el amor como un pacto contra el abandono, el amor útil. Ruin, escéptico y destructivo, como esta novela en la que el autor de ‘Crematorio’ logra que uno aborrezca a todos los personajes, incluido el amor.

No te confundas
De esto estamos hablando cuando decimos amor: exaltación, ebriedad, sexo, deseo y una forma perversa de intercambio. “Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán por gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mirar el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado”. No hay esperanza, todo son condiciones. El joven español lo necesita para salir a flote en su llegada a París, para prosperar como diseñador de una empresa de muebles y convertirse en artista. El maduro francés lo necesita para no caer en el vacío. El amor es poco más que apego reemplazable.

“Durante meses he llegado a creerme que mi ideal de vida coincidía con el suyo: envejecer juntos chapoteando en el pequeño estanque de los hábitos”. Y al cabo de los meses, termina por volver a saltar del barco. Las visitas al hospital de su examante postrado, convertido en una madeja de huesos, forman parte de esa obligación adquirida al pronunciar las grandes palabras. Aunque no signifiquen nada, aunque no sienta nada. Es el alcohol el que habla en nombre del amor, son las horas enteras follando las que declaran fidelidad y vejez. Y qué bien las cuenta Chirbes.

Más leña, por si no había quedado claro: el amor es como el ruido de la carcoma. “La presencia de una piedrecita o de un clavo en el zapato: uno se empeña en seguir caminando con la esperanza de que la costumbre disimule la molestia que produce, pero ocurre al revés: la molestia se convierte en dolor y el dolor se vuelve insoportable”.

Chirbes pletórico en la prosa de sus imágenes, certeras y dañinas. Es posible que sea ésta su pieza más directa y descarnada, menos subordinada, la que más profundiza en el paisaje interior de los personajes y poco en lo que los envuelve. “Me veía a mí mismo como el calefactor que climatizaba la casa después de que se le ha estropeado al inquilino el aparato que le funcionó durante algún tiempo. Un bien útil”. Pues eso, no se puede vivir sin agua o sin luz o sin aire, pero se puede vivir sin compañía. Este es el testamento de Rafael Chirbes.

Inacabada, ¿y qué?
El próximo 13 de enero, cuando aparezca en las librerías ‘París-Austerlitz’, leeremos la novela menos preservativa de Chirbes. Un libro sin grasa ni desarrollo, pura fibra amorosa inacabada. Escribió su final, pero es una novela a la que le dedicó toda una vida -iba y venía sobre ella- y se le terminó echando la enfermedad encima. Dudaba, la temía. Es una cuenta pendiente con sus fantasmas (familiares). Chirbes se ventila en las últimas cinco páginas el asunto como puede, dejando en el aire el desarrollo del protagonista. Debió entregar apenas un centenar de folios, que la editorial ha estirado ampliando márgenes, hasta las 150.

Solía decir que sólo escribía con un motivo y cada vez que se le presentaba todo quedaba paralizado. El milagro español le tuvo ocupado desde 2007 (‘Crematorio’ y ‘En la orilla’), antes se había preocupado de la posguerra y Transición (‘La larga marcha’, ‘La caída de Madrid’ y ‘Los viejos amigos’) y antes de todo los despojos de la Guerra Civil (‘En la lucha final’, ‘La buena letra’, ‘Los disparos del cazador’).

Será la Fundación Rafael Chirbes, con su sobrina María José en la dirección, la encargada de gestionar su legado literario y ayudar al patrimonio cultural de su tierra valenciana, tal y como dejó dicho antes de su muerte. La primera responsabilidad de la misma serán los derechos de autor de la obra póstuma.

Nos tendremos que conformar con los cimientos de un novelón, en el que, por supuesto, aparece la fuga hacia arriba en la escala social. Por si hubiera poca tensión entre los amantes, no comparten clase social. El madrileño tiene el futuro garantizado con antiguas rentas, el parisino es un obrero. Comían cerca de la fábrica. Michel no se quitaba el mono, veía sus dedos manchados de grasa al partir el pan. Era un local sombrío, “con largas mesas de madera sobre las que tendían manteles de papel que compartíamos con otros obreros de las industrias cercanas”.

El texto guarda otro secreto alucinante, que se había deslizado en otros capítulos de su trayectoria, pero que no es hasta éste cuando saca a relucir sin miedo su buen ojo para el arte, con especial interés por Bacon y Matisse y desidia por las instalaciones contemporáneas. “Parece que no se le pide habilidad de artesano a un artista contemporáneo, más bien se le aplaude el ingenio”. El amor también requiere de ilusionistas que le engañen a uno y le hagan creer en algo, alguien con quien creer en el trampantojo (barroco, siempre), reino de la arbitrariedad, “fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué”.

lunes, 28 de diciembre de 2015

#hemeroteca #libros #literatura | 'Paris-Austerlitz', de Rafael Chirbes, el amor como trampa mortal

Imagen: El Mundo / Paris, 1986
'Paris-Austerlitz', de Rafael Chirbes, el amor como trampa mortal.
Tres meses antes de morir, el autor de 'Crematorio' dio por terminada 'Paris-Austerlitz', tras 20 años de reescritura.
Manu Llorente | El Mundo, 2015-12-28
http://www.elmundo.es/cultura/2015/12/26/567dd7e946163ff15e8c0277.html

El infierno y el paraíso del amor, los restos de su naufragio, las ilusiones de los primeros momentos, el desencanto... Ese carrusel desbocado de cuando se empieza a conocer (y desconocer) a otro. Eso, y mucho más, es lo que dejó como legado Rafael Chirbes. Parte de la almendra de su última novela, 'Paris-Austerlitz' (Anagrama), que estará en las librerías desde comienzos de enero.

El libro lo dio por concluido en mayo de este año. Su autor murió meses después, el 15 de agosto. Pero estas páginas las estuvo macerando durante dos décadas: lo tomaba y lo dejaba reposar, volvía a él y se distanciaba. Y tiene su sentido. Son 153 páginas intensas, directas, sin concesiones.

En París transcurre buena parte de este ‘tour de force’ entre un joven adolescente español y un hombre francés, Michel. La fascinación entre alguien desvalido que busca y encuentra alguien que lo sostenga. Un amor homosexual relatado con su crudeza y su lirismo, sin escamotear palabras directas, deseos ardientes, urgencias inaplazables.

Nada que ver con esos retratos de la España contemporánea con los que Chirbes alcanzó el respeto casi unánime de la crítica y un respaldo popular que se iba incrementando con cada libro. El espaldarazo lo logró Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1949) con la adaptación televisiva de su novela 'Crematorio' (2007), Premio de la Crítica. La minuciosa descripción del despiadado boom inmobiliario, la falta de escrúpulos, el arribismo, los olvidos del compromiso social de algunos empresarios que venían de la izquierda, las traiciones por el dinero fácil, tuvo su culmen con ‘En la orilla’ (2013), Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica y Premio Francisco Umbral al libro del año.

Ya antes, Rafael Chirbes había puesto sus cartas sobre la mesa con libros que abordaban sin piedad la deslealtad política, la existencia amarga de hombres que habían perdido la guerra -y la posguerra-, la amistad, el poder, las relaciones familiares en novelas como ‘La buena letra’ (1992), ‘Los disparos del cazador’ (1994), ‘Los viejos amigos’ (2003)... tan imprescindibles como necesarios. Todo había comenzado con una ‘nouvelle’, ‘Mimoun’ (1998), finalista del Premio Herralde, ambientada en Marruecos. La desolación personal, el sentimiento de desarraigo en un país cercano y extraño, la huida, todo confundido por la bruma de la noche y su lado más oscuro fue saludado por Carmen Martín Gaite con palabras como éstas: "’Mimoun’ consigue ese tono sugerente y misterioso con que aciertan a iniciar su relato los buenos narradores orales y cuya llamada envolvente despierta nuestra atención aletargada".

No es este libro de los más leídos de Chirbes, y es, a la vez, el más próximo a ‘Paris-Austerlitz’ (¿es el título un homenaje a la estación donde llegaban los trenes desde España?). Por el tono, por la oscuridad en que se desenvuelve la trama, lo incierto como futuro, la sospecha, la incertidumbre anidada en la aparente seguridad.

La selva de la pasión
Mas nunca como ahora Rafael Chirbes se había adentrado en la selva de la pasión, donde las reglas -escasas- tienen el arraigo que pueda soportar el primer vendaval. Jamás había apostado -todo a una ficha- por el abismo de una relación a tumba abierta. Y no ya sólo por reproches, por el cerco asfixiante de los celos sino también por las amenazas familiares ante un amor inconcebible para unos padres discretos, esa burguesía en la que no cabe lo que no esté incluido en la palabra decoro, en lo establecido, en la lógica de un futuro previsto y que pueda ser exhibido como fiel prolongación de un modo de vida apacible.

Todo lo arrasa el desenfreno, el alcohol, el deambular nocturno buscando el último café-tabac abierto, la urgencia del sexo, el no tiempo como único mandamiento.

El caleidoscopio de ‘Paris-Austerlitz’ también atesora escenas de violencia, los desgarros de la Segunda Guerra Mundial, la violencia de un padre autoritario y despótico sobre un chaval desamparado, la entrega de una mujer al invasor, la venganza despiadada.

Todo está contenido y todo se muestra con aquella frialdad de los inviernos del estraperlo francés de finales de los 40, de la huida como único sendero para salir del silencio de la desolación, esos años interminables de frío y miseria.

Mas todo se ilumina. Los personajes de la novela (¿hasta qué punto autobiográfica?) se yerguen con el amor como salvación. Es lo único que tienen. En un pequeño apartamento, sin apenas luz, construyen su firmamento. Basta una cama -qué más da que sea estrecha- para que los amantes den la espalda a trabajos de suburbio -ese viaje en autobús aún de madrugada-, rutinarios, mal pagados.

Pero también surge el envés de la fantasía. "El amor como trampa mortal", puede leerse en Paris-Austerlitz. La aparición de "las manchas que tanto me habían preocupado".

Y aparece, mientras se lee esta novela, la figura de Jaime Gil de Biedma. Y su poema 'Pandémica y Celeste'. Y estos versos: "Para saber de amor, para aprenderle,/ haber estado solo es necesario./ Y es necesario en cuatrocientas noches/ -con cuatrocientos cuerpos diferentes-/ haber hecho el amor...".

Uno lee este libro sobrecogido; asiste a los encuentros y desencuentros como si se estuviera allí mismo, en el escenario donde comen, aman, pasean, se emborrachan, madrugan, se enfadan, se extrañan. El lector es testigo mudo y voraz de lo que acontece. Como si fuese un cámara que filmara todas las escenas de la novela. Y luego, cuando abandona la lectura, la película le persigue, las imágenes le asaltan, y le acompañan.

El hombre que vivía solo en Beniarbeig (Alicante), con dos perros y dos gatos, que se dedicaba a leer y a cocinar más que a leer estos últimos años; el mismo que fue venerado antes en Alemania que en su tierra; ese que supo de cocina antes de que presumir de ello fuera una tarjeta de presentación -dirigió la revista Sobremesa-, ha cambiado el pie, nos ha cambiado el pie. Ha venido a decir "aquí os dejo esto, nada que ver con lo que os he acostumbrado, a ver cómo lo veis". Y nos ha dejado en silencio. Asombrados. Con ganas de más. Con el propósito de volver a leerlo. Como si no nos importara otra cosa.